sábado, 13 de noviembre de 2021

El Homo stultus

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    A propósito de la marcha de “los que caminan hacia atrás” que se presentó hace unos días y de la que me ocupé en un artículo anterior, quise abordar el día de hoy un concepto muy poco original (y me temo que muy martillado por la Ciencia con palabras más técnicas), pero que a mí me resulta muy útil y sonoro para describir a una cofradía de sujetos que van por ahí dando tumbos en el mundo sin saber ni qué son ni para qué están aquí: el concepto del Homo stultus, o del hombre estulto.

    La estulticia es una palabra que se deriva del latín stultitĭa y que significa necedad, estupidez, ignorancia. Ese es pues el término con el que yo defino a una nueva categoría de hombre en la escala evolutiva, y que al contrario de su predecesor, el Homo sapiens, de sapiencia no tiene mucho. Más bien es un hombre que ha dejado de pensar para entregarse de lleno al goce que le produce la exploración de sus sentidos. El “pienso, luego existo” que tanto nos recalcó Descartes en el período de la Ilustración, viene ahora a ser reemplazado por el “siento, y no sé si existo”, porque en últimas a la realidad post-moderna también hay que ponerla en duda, no sea que todo lo que veamos a nuestro alrededor tan sólo forme parte de un sueño, al mejor estilo de la filosofía Renardiana de La desaparición del universo.

    Es que el hombre contemporáneo, el que ha devenido en Homo stultus y que de algún modo todos hemos representado, prácticamente le ha entregado el poder de su vida al elemental acto de sentir. De nada valen para él las facultades racionales ni el discernimiento cuando no hay en ello el placer implícito. La escuela del hedonismo se encuentra aquí deformada a un extremo tal, que incluso el propio Epicuro se echaría la bendición al ver lo que han hecho con la noción que él enseñaba del placer como bien supremo de la vida, entendido este como algo que no excitara los sentidos ni provocara un mal luego de haberse prodigado en principio lo que pareciera ser un bien: sacrificar el bienestar posterior por tener placeres momentáneos no hacía parte de sus formulaciones. Para el Homo stultus sí, y de hecho ha confundido y entremezclado el placer con la felicidad, convirtiéndose en un esclavo de sus deseos. Lo peor de todo es que se muestra orgulloso de su comportamiento, como si con ello bastara para alcanzar el virtuosismo. Porque tampoco sabe lo que significa este último ideal: el virtuosismo.



    El Homo stultus considera los conceptos occidentales del trabajo y el ahorro como un “esquema vulgar y alineante” en el que se ha perdido la grandeza y la “conexión con el misterio”. Lo que para el virtuoso es sagrado y único a través de su fe religiosa, para el Homo stultus la conexión espiritual se logra con los psicoactivos que propende porque los gobiernos legalicen. No tiene religión, más que su credo de valores post-modernos que defiende y respeta bajo el postulado de la libertad, que es al fin libertinaje. Luego se arroga una superioridad moral y con ella le hace la apología a todo lo que considera bueno, inocuo, parte de su desarrollo personal. En realidad, siendo consciente o no, lo que hace es prestarle un pésimo servicio al mal, a la degradación del individuo. Si con ello logra la destrucción de las instituciones que por siglos han regentado las normas de comportamiento, se sentirá muy feliz y liberado de lo que considera que es la opresión.

    El Homo stultus sataniza la tradición y ensalza la moral de lo nuevo a través de la “narrativa humanista” que coquetea hasta con los más abyectos actos de depravación. Su fin justifica los medios. Su lema es deconstruir, que en últimas es sinónimo de destruir. Necesita la destrucción de lo edificado por otros para cimentar así su edificación de ruina moral. Al final siempre habrá un culpable: los otros.

    Si saltarse los límites establecidos es extraordinario para el Homo Stultus, así como echar por la borda todos los dogmas que imponen las instituciones normativas; en el momento en que sus aspiraciones chocan contra una realidad objetiva que para nada es relativa, sobreviene la mayor de las decepciones: la incapacidad para sentir amor de verdad.



    El cuerpo, desligado ya de la voluntad y de la fe en lo que para él es la falacia de Dios, se convierte en una suerte de vehículo extraño, en un objeto de padecimientos físicos y un mecanismo de experimentación con el que pretende modificar la naturaleza, tratando incluso de cambiar el género que le fue otorgado por aquella desde el nacimiento. El Homo stultus terminará por desobedecer esa naturaleza, por negar la división entre lo femenino y lo masculino así como niega la distinción entre lo bueno y lo malo.

    Amarrado a esa red que no le permite dilucidar el límite entre lo uno y lo otro, cree que deben existir otras posturas. Por el camino del medio, que es ancho, cómodo y seductor, finalmente es arrastrado a su propia perdición sin darse cuenta en qué momento cruzó la línea.

    De esa forma, el que al principio era un hombre creyente en el progreso humano, termina siendo el individuo categórico de un nuevo poder del cual ya no puede escapar. El Homo stultus ha caído en las garras de sus amos, los mismos que alentaron su filosofía de la inmoralidad. Es ahora un paciente digno de hospital mental, un sujeto depresivo, un ser atrapado en un cuerpo que considera equivocado, un ente fragmentado, sin raíces; en fin, un suicida en potencia. Una vez que ha tomado la difícil decisión de atentar contra su vida, la culpa será del mundo de afuera, de la realidad exterior que se negó a reconocerlo y aceptarlo, del horror que nunca quiso enfrentar, del sistema opresivo que atentó contra su autopercepción.

    El Homo stultus está aturdido por el exceso de información. Teme elegir el silencio por el pánico a recorrer el camino en soledad. Busca el colectivo que le provea seguridad y le reconfirme quién es, pues él aún no lo sabe. Está desasosegado pero no tiene el valor de enfrentar sus demonios. Como está despojado de toda moral y todo dogma que lo lleve a concebir un Dios espiritual, no sabe a quién dirigir sus plegarias. No sabe lo que expresó Paul Simon cuando dijo en su canción que “Dios nos habla en el silencio”.



    El Homo stultus fui yo alguna vez, fue mi vecino, mi profesor de humanidades, algún jefe que en la vida tuve, un compañero de la infancia. Todos en algún momento hemos sido hombres estúpidos, adictos a los placeres, al mundo, al sueño. Y todavía la realidad nos golpea de frente, y en lugar de aceptar la imperfección creemos que hallaremos el país de las maravillas escondiendo la cabeza y negando aquello que no se puede negar.

    El Homo stultus, que le dio todo el peso de su existencia a las emociones, se olvidó de actuar con inteligencia, con aplomo, con autocontrol, que es lo que nos hace mejores seres humanos. Y nadie que no ponga en práctica la máxima más elemental de Santo Tomás, podrá alcanzar eso que el Homo stultus cree que es la felicidad a través del placer: “El bien se debe hacer y buscar, y el mal se debe evitar”.

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