sábado, 20 de noviembre de 2021

Niños conduciendo un país

Por Juan Felipe Giraldo Trejos



Por estos días se debate en el Congreso de la República un proyecto de ley que modificaría los artículos 172 y 177 de la Constitución Política colombiana. Está por definirse la fecha para sesionar el tercer debate de esta iniciativa de acto legislativo, que consiste en que cualquier persona mayor de dieciocho años pueda ser elegido como congresista. En síntesis, lo que se busca es bajar la edad para que los jóvenes puedan ser parte integrante del Poder Legislativo de la Nación.

    Recordemos las edades que están definidas en la Constitución para ocupar ciertos cargos públicos: para ser Presidente se necesita ser mayor de treinta años. Para la Alcaldía de Bogotá, mayor de treinta años. Para el Senado se requiere tener mínimo treinta años, y para la Cámara de Representantes, veinticinco, y es en estos dos últimos donde se quiere bajar el umbral a dieciocho. Por cierto, con esa edad, uno podría aspirar a ser Concejal, Diputado o Alcalde de cualquier municipio del país. Y estamos hablando de lo único que se necesitaría para ello, como si los años vividos dieran por sí solos la erudición.


    “Es que esa institución podrá estar muy desprestigiada por el pueblo, pero se pagan tan buenos salarios…”, escucho que la gente comenta en la calle, algunos a favor del proyecto, otros en contra. “Es que son muy imberbes para aspirar a semejante distinción”, reniega alguien mientras sorbe un tinto en la Plaza de Bolívar. “¿Y qué han hecho los viejos?”, pregunta un artista enérgico que pinta cuadros en el suelo de la plaza. El viejo que sorbe el café y se acaba de quemar el bigote vuelve a la réplica: “si los muchachos no saben qué hacer con su vida, ni qué van a estudiar, mucho menos van a saber qué hacer con un país”. “Pero hay jóvenes que están mucho mejor preparados que los que llevan años allá mamando de la teta del Estado, y algunos apenas con bachiller, como ese tal M…”, responde el pintor, que se ve interrumpido abruptamente por un funcionario de la Secretaría de Gobierno y Dirección de Espacio Público, quien le pide no pintar ahí porque los espectadores de su arte están generando obstrucción en la vía.

    El tema ha dado para mucha polémica. Los mismos congresistas que impulsan el proyecto de ley no deben creer de a mucho que un recién desempacado del colegio pueda llegar a ocupar su puesto. Se le reirían en la cara viéndolo llegar a una sesión plenaria como si estuviera llegando a una clase en la universidad. Pero les daría ejemplo, pues muchos de esos mozalbetes sí que asistirían a las sesiones puntualmente, de lunes a viernes, a diferencia de tantos legisladores actuales que brillan por su ausentismo.



    Debe ser que redactar las leyes de un país como Colombia es algo tan trivial que hasta un muchacho de dieciocho años sin experiencia puede realizarlo. Debe ser que el cargo de Senador o Representante no implica lidiar con la presión de todo un pueblo, de la prensa, de los opositores, en fin. Será que no es necesario asumir el compromiso con responsabilidad. Será que es como un juego de niños en donde gana el que más quebrante las reglas.

    ¿Algunos de estos jóvenes que aspirarán a ser congresistas, en caso de que aprueben el proyecto, se habrán leído la Constitución, la Historia de Colombia; sabrán cómo se tramita y se presenta un proyecto legislativo? ¿Tienen madera para hacer un debate político? ¿Si a los dieciocho años ya es difícil ser padre de un hijo, no será más difícil ser padre de toda una patria?

    Creo que no sólo habría que aumentar la edad para ocupar ciertos cargos públicos, sino la exigencia de requisitos que no se consiguen siendo tan joven. Como mínimo el aspirante debiera acreditar la experiencia y la educación para demostrar que está en capacidad de dirigir así sea una Junta de Acción Comunal. Peor aún si se trata del Congreso de la República, en donde se supone que se diseñan las reglas de juego para cincuenta millones de colombianos.

    Es curioso que mientras la sociedad colombiana rechazó los desmanes que algunos muchachos cometieron durante la pasada toma guerrillera que azoló al país en forma de “protesta social”, desde el Estado se esté promoviendo que sean ellos los que tejan los hilos de la patria. Obvio, la mayor parte de la juventud colombiana no tiene nada que ver con vandalismo ni actos delincuenciales. Si algo quieren los muchachos es poder acceder a la educación, formarse y salir a ejercer una profesión u oficio en bien de la sociedad. Si algo reclaman estos valerosos colombianos no es que se les entregue un cargo político como contraprestación a la falta de oportunidades de trabajo y a la crisis que están sufriendo por el alto desempleo juvenil, sino que puedan vislumbrar futuro en su país.



    Al contrario, soy yo el que quiere sacar la cara por la juventud colombiana que sí desea superarse y lograr sus metas con esfuerzo. Eso de dejarlos participar en política sin la preparación adecuada, y que lleguen a ocupar cargos en el Congreso, me parece más bien una iniciativa populista, oportunista, y sobre todo un contentillo para que ciertos grupos de connotación negativa, como el llamado Primera Línea, dejen de incendiar el país.

    El Estado ha cedido a las presiones, y ahora pretende él mismo cambiar la ley para que quienes infunden miedo y no representan el verdadero deseo de la juventud, tengan su curul asegurada. Ya sabemos que la estrategia funcionó con otros actores armados, ¿por qué no implementarla entonces en nombre de los jóvenes para calmar los ánimos aguerridos de unos cuantos y así seguir echándoselos al bolsillo?

    Es paradójico que en Colombia, para aspirar a puestos de salario inferior como el de barrendero, recolector de basura o limpiador de vidrios, sea preciso tener el cartón de bachiller, el certificado de alturas, o un curso de manejo de residuos. Y como mínimo un año de experiencia. Para el puesto de Presidente de la República, de Senador, de Alcalde, y de Gobernador, no hay que ser profesional: basta con tener la cédula de ciudadanía. Y ganar las elecciones… hasta ahora.



  Y mientras se discute si la problemática de los jóvenes se soluciona dándoles curules en el Congreso, nada se habla de los temas que sí deben formar parte de la alta política del país. Para los problemas reales como el desempleo, los cultivos ilícitos, el micro-tráfico, los grupos narcoterroristas, la inseguridad, la desmedida corrupción, la inflación, el déficit fiscal, la devaluación de la moneda, la reducción de la pobreza, la falta de vías, etc., etc.; para esos problemas no se agilizan los debates ni se escuchan las propuestas. 

    En eso estamos, perdiendo el tiempo creyendo que así vamos a salvarnos de la debacle que se nos avecina. Majaderías, diría un patriota de los de antaño. Y es verdad. De razón que somos un país leguleyo, caricaturesco, un monumento a la estulticia. Con razón algunos creen que los niños conducirían mejor el destino de esta gran república bananera.

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