Los estudiosos de las ciencias sociales nos
hablan de tres variables sobre las cuales se constituye el ser humano desde el
punto de vista antropológico: la variable psicológica, que es aquella que está
relacionada con el funcionamiento de lo mental; la variable física, que atañe
al cuerpo; y finalmente la variable espiritual, que es la más difícil de
desentrañar por cuanto depende en gran medida de la cultura, la fe, la educación,
y otras complejidades extrínsecas.
El aspecto espiritual del hombre, que es el
que me interesa para este artículo, es el que pasa por su peor momento. Si bien
la humanidad ha evolucionado en conocimientos y la expectativa de vida ha
mejorado, así como la calidad de vida en la mayor parte del globo terráqueo (a
pesar de todo, hoy la mayoría de la gente vive mejor que en los siglos
pasados), es la falta de dimensión espiritual lo que la tiene sumida en la
oscuridad. Es el eslabón más frágil de la cadena, pues al haber abandonado el
cultivo del espíritu, el hombre no tiene valores ni principios a los cuales
asirse. No hay raíces, no hay trascendencia, se encuentra más en el afuera que
en el adentro. De ahí que sienta angustia, se sienta desvalido, luchando solo
contra el mundo.
Entonces surgen esas ideas reveladoras y
muy tentadoras que lo llevan a pensar que su falta de fe no tiene que
compensarse con la búsqueda de Dios a través de la iglesia o el ejercicio de la
creencia que practica; ni a través del estudio bíblico, ni el recogimiento, ni
el ayudar al prójimo. No. La búsqueda del ser superior se vuelve innecesaria
porque según la nueva filosofía, este ser ya habita en el interior de todo
hombre, y ni siquiera se ha dado cuenta. “Dios existe dentro de cada uno de
nosotros”, aconseja la sabiduría moderna, pero se atreve a ir mucho más allá:
“Dios somos todos los hombres”, “Dios eres tú”.
No pretendo abrir el debate teológico ante
la idea de un Dios que a nadie de este mundo terrenal le consta cómo es en
verdad, pero no tengo dudas de que si en alguien no está Dios, es en el hombre.
La Biblia nos enseña que fuimos creados a su imagen y semejanza, no que somos Él.
De todas formas no antepongo un argumento religioso que apenas se basa en una
creencia occidental cristiana, pero vamos a la evidencia: si algo hay
imperfecto y dual en la creación, es el ser humano. Por tanto la idea de que
Dios habita en cada uno de nosotros se invalida, puesto que si ello fuera así,
este mundo sería un paraíso de perfección, cosa que sabemos, no es cierta.
Ahora, potencialmente tenemos muchas
cualidades de Dios, y en unos están más desarrolladas que en otros. No dudo que
en cada persona se aloja la semilla de la bondad y el virtuosismo, pero eso no
hace a nadie perfecto. Si Dios habitara dentro de nosotros, cada uno de los
hombres haríamos parte de la misma totalidad. Ya no seríamos individuos dentro
de la creación, sino individuos ejerciendo como dioses creadores. Esa última
idea es precisamente la que ha germinado en la espiritualidad moderna. Que todo
lo podemos hacer porque también tenemos el poder creador de Dios, y con este
poder, prácticamente no lo necesitamos.
Se alude una vez más al viejo dilema de si
es el hombre creación de Dios, o Dios creación del hombre. Porque en el pasado
nos impusieron un Dios castigador que tenía ojos en todas partes, y en el siglo
XX un filósofo loco hasta se atrevió a decir que teníamos que matarlo: matar
por lo menos la concepción de Dios.
Bajo esta premisa, ¿qué sentido tiene creer
en un ser superior? ¿Cuál es el fin de la espiritualidad? ¿Acaso si el hombre
todo lo puede, tendría algún provecho seguir alimentando una mística religiosa?
Por ello nos convirtieron en pequeños y soberbios dioses; omnipotentes, orgullosos, vanidosos, egocéntricos. Hasta nos han dicho que esto que vivimos es un sueño y que somos de otro mundo, y que por tanto no tenemos por qué identificarnos con esta realidad, ni con nuestro cuerpo siquiera. Así, ignorando que somos menos que un punto en la inmensidad del universo, vamos por la vida preocupados tan sólo de bebernos el momento presente hasta la saciedad, convencidos de que hay que vivirlo todo porque no hay mañana, porque “la vida es un ratico”.
Y como ninguno tiene un poder ilimitado,
sino que somos finitos y tan mortales como cualquier otro ser vivo, el miedo al
sufrimiento nos lleva a inventarnos tretas para evitarlo. No a la muerte como
tal, sino al terrible acto de morir: al momento de la transición.
Antes bien, esta es una sociedad que adora
la muerte como principio eterno, pero no ha encontrado mecanismos indoloros de
llegar a ella. Si así fuera este sería un planeta de suicidas (¿Acaso ya no lo
es?).
Por ello, para hacerle el quite a los
tormentos, se tergiversa el lenguaje de manera que podamos convertirnos en
cosas que se pueden desechar al menor descuido, y como las cosas no sienten, no
hay lugar al remordimiento.
Lo primero es borrar a Dios como la fuente
de todo bien supremo, como “el Camino, la Verdad y la Vida”. Para deshumanizar
al hombre hay que atacar esa verdad, reemplazar el conocimiento con la
fantasía, disfrazar la realidad y que no se indague mucho: en la era de la posverdad
cualquier creencia es cierta, pues todos tienen razón y no hay lugar para cuestionamientos.
Lo segundo es atacar el libre albedrío,
constreñir a la persona a que tome la decisión errónea, imponer decisiones por
la fuerza, sugerir u obligar a hacer lo que no se quiere hacer. Así se
interfiere con la voluntad.
Lo tercero es el ataque siniestro a la vida
en sociedad para romper los lazos afectivos. Lo hicieron más evidente con el
virus del globalismo. De este modo nos hicieron perder el contacto, nos
prohibieron abrazar a nuestros seres queridos, nos segregaron y nos graduaron entre
los hombres como enemigos unos de otros.
Finalmente nos engañan utilizando el
demagógico recurso de las emociones. Entonces se busca la sensibilización al
extremo para conmovernos. La naturaleza y el arte son formas de lograr esa
sensibilización: nos venden paisajes, nos hacen ver belleza en donde no la hay,
nos tocan los sentimientos, nos instan a dejar salir las emociones y a no
contenerlas porque en lugar de inculcar la inteligencia emocional y el control,
nos dicen que “lo importante es lo que tú sientas”.
Un momento. ¿Acaso el objetivo no es la
cosificación? ¿Acaso no quieren que seamos entes que no sienten, cosas
simplemente? ¿Por qué entonces nos instan al sentir, al despliegue emocional?
Ahí está el cebo que conduce hacia la trampa. Porque esas emociones desbordadas
deben canalizarse hacia aquello que los poderes impongan como paradigma de vida,
y no hacia la idea de Dios.
Por ello buscamos respuestas inmediatas, satisfacer
nuestros deseos con fórmulas mágicas e instantáneas. Queremos obviar los
procesos, los duelos, el esfuerzo. Tampoco toleramos la crítica porque en todo
vemos discurso de odio.
Pretendemos ser pastores sin olvidar que
conservamos la mentalidad de oveja. Queremos el papel protagónico sin siquiera
entender la obra ni conocer al personaje, porque nos importa el momento, la
gloria, los quince minutos de fama, los likes,
la inmediatez, el titular, la foto llamativa. Pensamos que la omnipotencia de
Dios nos pertenece, y por ello no asumimos que él existe como entidad independiente
en alguna región espiritual del universo, sino que está en nosotros… nosotros
somos Él. Y que siendo nosotros Él, no hay un Dios con personalidad individual;
por ende este no existe. Y si no existe, hay que desterrarlo de nuestras
creencias.
¡Ah!, ahora lo entiendo: el silogismo se devuelve, el atentado en últimas es contra el hombre, a quien le dicen: “Tú eres Dios, pero Dios no existe; por lo tanto tú no existes”.
Ahí comenzamos a ser cualquier cosa.
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