sábado, 4 de diciembre de 2021

La cosificación del hombre (La existencia vacía)

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Rupertino Díaz siempre se ha visto como un hombre normal mientras no tenga que entrar en contacto con los otros. El problema comienza al momento de la interacción. De un tiempo para acá viene sintiendo que ha perdido su condición de ser humano y que es ahora algo menos que un animal: es simplemente un objeto.

    Su vida en el almacén de cadena donde trabaja como vendedor externo está supeditada a un solo concepto: cumplir la cuota. Teniendo en cuenta que detesta socializar, es fácil inferir que Rupertino odia su trabajo. Su actitud permanente es la de albergar un sentimiento de impotencia por el aislamiento continuo al que se ve sometido. Cabe anotar que Rupertino, a sus 45 años, sigue siendo soltero y que le es indiferente a las mujeres.

    En el almacén tiene varias compañeras de trabajo cuya relación con él es meramente de carácter instrumental. Ellas sólo le dirigen la palabra cuando ven que Rupertino les puede ser de utilidad en la consecución de alguno de sus objetivos. A Rupertino le gusta mucho una de ellas, Xiomara, la secretaria, pero no se atreve a manifestarle su sentimiento. Teme que si ella le concede una cita romántica, tal vez la arruine como le sucedió la última vez que salió con una mujer: el éxito que Rupertino tuvo para llevarla a la cama se convirtió en fracaso cuando este no logró un buen desempeño sexual. Porque Rupertino no siente nada, su cuerpo no reacciona a los estímulos; ha sufrido una pérdida progresiva de los vínculos afectivos.

    En aquella ocasión la mujer a la que creyó haber conquistado no tuvo interés de cooperar ni ser solidaria. Ella buscaba un gozo erótico y Rupertino no se lo pudo prodigar. Simplemente había que pasar la página.




    El día de elecciones Rupertino no sabía por quién votar. Uno de los candidatos proponía libre mercado a ultranza. El otro proponía intervención estatal en todo y para todo. A él los medios de comunicación y los debates en redes sociales lo convencieron de decidirse por el segundo, a ver si el Estado se encargaba de compensarle su desazón a través de cualquier beneficio gratuito. Estaba cansado de pagar tantos impuestos para nada, de respetar las leyes y ser buen ciudadano.

    Su ideal de vida, el que le habían dicho que era el apropiado, ahora está completamente desdibujado. Anda dividido, lejos de su potencial, de su pensamiento. Dos meses seguidos lleva sin poder lograr la meta de ventas y ya su jefe le dio un jalón de orejas. La semana siguiente ajustará el tercer mes y sabe lo que eso significará: probablemente pierda su trabajo. En síntesis, Rupertino hace parte de la clase de hombres que carecen de dignidad, de identidad, de aprobación: está cosificado.

    Así como Rupertino, millones de personas en el planeta se consideran una mercancía transferible, cualquier cosa intercambiable. Muchos lo somos sin darnos cuenta. Se dice que este fenómeno —la cosificación—es propio de la vida moderna y capitalista; un método que vuelve rutinarias las actividades cotidianas, que deviene en pobreza de espíritu, que deja de lado la conciencia, olvidando que la función primordial de esta última es preservar la especie humana. Nada que amenace tanto a la especie como la falta de razonamiento, de conexión con el universo. Y sí, hay que decirlo sin vergüenza, la falta de Dios. Así, la sociedad de consumo como producto del capitalismo salvaje le impuso a Rupertino un rol diferente al que él hubiera querido ejercer en el mundo: el rol de ente productivo y consumidor. En el sistema de vida presente no se necesita más. En el futuro, bastará con que solamente sea consumidor.



    Por eso cuando él llega a su casa, que en realidad es una habitación que tiene rentada a una familia en un barrio de clase media, su primer acto es comerse las frituras que compró al salir del trabajo con un refresco de cola, al tiempo que ve los capítulos atrasados de su serie favorita en la plataforma streaming de moda, porque todos en la oficina hablan de esa serie tan emocionante y él no quiere quedarse atrás. Aunque no tiene mucho con quién hablar, y de hecho no le gusta, él de todos modos quiere estar preparado por si en algún momento tiene que aportar algo emocionante a la conversación. Y ruega que así sea. Le gustaría que Xiomara, la secretaria, le preguntara si se vio la noche pasada la serie “X”, o la “Y”, porque él se las conoce todas, y entonces podría hablarle de lo que vio y decirle con cuál personaje se identifica. De todos modos no sería el héroe, ni el más valiente. Rupertino se identifica con el antihéroe, que es el que en estos momentos alaba la sociedad.

    Cuando hombres como Rupertino, que están totalmente enajenados en una colectividad automatizada, asoman su cabeza al mundo y se toman un minuto para la reflexión, se dan cuenta que muy poco queda por hacer: sin conciencia no puede haber moral ni ética.

    Anota Capi Vidal, autor de la columna de la Cosificación del hombre en el Portal Libertario, que “la conciencia existirá cuando el hombre se escuche así mismo y no se vea como una cosa o una mercancía”.[1] Para no caer en la cosificación se incentiva mejor a que se proclame la concientización. Dos estados mentales mutuamente excluyentes.



    Fromm enfatizó en la necesidad de moldear y transformar la naturaleza externa del hombre para que este se moldeara y cambiara así mismo.[2] Él, hijo de la escuela de Frankfurt, heredera del socialismo en comunión con la teoría freudiana, no dudaba en culpar a la sociedad capitalista de todos los males del hombre, lo cual no es del todo falso, pero tampoco del todo cierto. Considera que el proceso productivo grande y complejo hace que el trabajo pierda su carácter de actividad humana con sentido. Que el trabajador está aislado mentalmente del objeto de su trabajo y de la industria a la que pertenece, como una pequeña pieza que no encaja. Así que el único sentido que el sujeto le ve al trabajo es el de obtener dinero y no el de realizar una actividad social con beneficio para su vida.

    Pero ¿de qué le sirve al hombre transformar lo material, el entorno, el exterior, si no hay un cambio en su interior, si no adquiere conciencia de su trascendencia? No podrá modificarse la sociedad, ni podrá haber un ideal liberador mientras ello no opere individualmente. El éxito “aparentemente embriagador” del que hablara Fromm es solo un espejismo cuando se ha sacrificado el sentido de la vida. En eso estamos de acuerdo, pero más que del sistema económico, político o religioso, el cambio debe provenir de los esquemas mentales de los hombres que ahora están cosificados. Porque la cultura le ha vendido ídolos y este los ha comprado. Le ha vendido identidades, y este ha pagado por ellas.



    Pero volvamos al hombre de esta historia, a Rupertino, para no hacer de este relato una mera disertación filosófica de la que yo tampoco entiendo mucho. Rupertino termina de ingerir su comida chatarra, de ver sus series basura de Netflix o de cualquier plataforma, y a continuación, antes de dormir, destina la mejor parte del día para su auto contemplación. Es su manera de prodigarse afecto y replantearse como un ser que todavía siente. Sintoniza el canal porno en el televisor, a bajo volúmen para que no escuchen los señores de la casa, y se masturba compulsivamente hasta saciarse, pensando en Xiomara, que nunca lo verá como un prospecto. En ese acto está condensado su pírrico momento de felicidad.

    Por esta noche Rupertino podrá dormir tranquilo, pues cuando amanezca estará listo para enfrentarse a los desafíos de su existencia vacía, que al fin y al cabo es la única que tiene, y aún no llega el momento de desprenderse de ella.



[1] https://www.portaloaca.com/articulos/anticapitalismo/6547-la-cosificacion-del-hombre.html

[2] La enajenación en la sociedad capitalista. Una aproximación a las tesis de Erich Fromm", publicado en Germinal. Revista de Estudios Libertarios núm.8.

 

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