Rupertino Díaz siempre se ha visto como un
hombre normal mientras no tenga que entrar en contacto con los otros. El
problema comienza al momento de la interacción. De un tiempo para acá viene
sintiendo que ha perdido su condición de ser humano y que es ahora algo menos
que un animal: es simplemente un objeto.
Su vida en el almacén de cadena donde
trabaja como vendedor externo está supeditada a un solo concepto: cumplir la
cuota. Teniendo en cuenta que detesta socializar, es fácil inferir que
Rupertino odia su trabajo. Su actitud permanente es la de albergar un
sentimiento de impotencia por el aislamiento continuo al que se ve sometido.
Cabe anotar que Rupertino, a sus 45 años, sigue siendo soltero y que le es
indiferente a las mujeres.
En el almacén tiene varias compañeras de
trabajo cuya relación con él es meramente de carácter instrumental. Ellas sólo
le dirigen la palabra cuando ven que Rupertino les puede ser de utilidad en la
consecución de alguno de sus objetivos. A Rupertino le gusta mucho una de ellas,
Xiomara, la secretaria, pero no se atreve a manifestarle su sentimiento. Teme
que si ella le concede una cita romántica, tal vez la arruine como le sucedió
la última vez que salió con una mujer: el éxito que Rupertino tuvo para
llevarla a la cama se convirtió en fracaso cuando este no logró un buen
desempeño sexual. Porque Rupertino no siente nada, su cuerpo no reacciona a los
estímulos; ha sufrido una pérdida progresiva de los vínculos afectivos.
En aquella ocasión la mujer a la que creyó
haber conquistado no tuvo interés de cooperar ni ser solidaria. Ella buscaba un
gozo erótico y Rupertino no se lo pudo prodigar. Simplemente había que pasar la
página.
El día de elecciones Rupertino no sabía por quién votar. Uno de los candidatos proponía libre mercado a ultranza. El otro proponía intervención estatal en todo y para todo. A él los medios de comunicación y los debates en redes sociales lo convencieron de decidirse por el segundo, a ver si el Estado se encargaba de compensarle su desazón a través de cualquier beneficio gratuito. Estaba cansado de pagar tantos impuestos para nada, de respetar las leyes y ser buen ciudadano.
Su ideal de vida, el que le habían dicho
que era el apropiado, ahora está completamente desdibujado. Anda dividido, lejos
de su potencial, de su pensamiento. Dos meses seguidos lleva sin poder lograr
la meta de ventas y ya su jefe le dio un jalón de orejas. La semana siguiente
ajustará el tercer mes y sabe lo que eso significará: probablemente pierda su
trabajo. En síntesis, Rupertino hace parte de la clase de hombres que carecen
de dignidad, de identidad, de aprobación: está cosificado.
Así como Rupertino, millones de personas en
el planeta se consideran una mercancía transferible, cualquier cosa
intercambiable. Muchos lo somos sin darnos cuenta. Se dice que este fenómeno —la
cosificación—es propio de la vida moderna y capitalista; un método que vuelve
rutinarias las actividades cotidianas, que deviene en pobreza de espíritu, que deja
de lado la conciencia, olvidando que la función primordial de esta última es preservar
la especie humana. Nada que amenace tanto a la especie como la falta de
razonamiento, de conexión con el universo. Y sí, hay que decirlo sin vergüenza, la falta de Dios. Así, la sociedad de consumo como producto del capitalismo salvaje le
impuso a Rupertino un rol diferente al que él hubiera querido ejercer en el
mundo: el rol de ente productivo y consumidor. En el sistema de vida presente no
se necesita más. En el futuro, bastará con que solamente sea consumidor.
Por
eso cuando él llega a su casa, que en realidad es una habitación que tiene
rentada a una familia en un barrio de clase media, su primer acto es comerse
las frituras que compró al salir del trabajo con un refresco de cola, al tiempo
que ve los capítulos atrasados de su serie favorita en la plataforma streaming de moda, porque todos en la oficina hablan de esa serie tan
emocionante y él no quiere quedarse atrás. Aunque no tiene mucho con quién
hablar, y de hecho no le gusta, él de todos modos quiere estar preparado por si
en algún momento tiene que aportar algo emocionante a la conversación. Y ruega
que así sea. Le gustaría que Xiomara, la secretaria, le preguntara si se vio la
noche pasada la serie “X”, o la “Y”, porque él se las conoce todas, y entonces
podría hablarle de lo que vio y decirle con cuál personaje se identifica. De
todos modos no sería el héroe, ni el más valiente. Rupertino se identifica con
el antihéroe, que es el que en estos momentos alaba la sociedad.
Cuando hombres como Rupertino, que están
totalmente enajenados en una colectividad automatizada, asoman su cabeza al
mundo y se toman un minuto para la reflexión, se dan cuenta que muy poco queda
por hacer: sin conciencia no puede haber moral ni ética.
Anota Capi Vidal, autor de la columna de la
Cosificación del hombre en el Portal Libertario, que “la conciencia existirá
cuando el hombre se escuche así mismo y no se vea como una cosa o una
mercancía”.[1] Para no caer en la
cosificación se incentiva mejor a que se proclame la concientización. Dos
estados mentales mutuamente excluyentes.
Fromm enfatizó en la necesidad de moldear y transformar la naturaleza externa del hombre para que este se moldeara y cambiara así mismo.[2] Él, hijo de la escuela de Frankfurt, heredera del socialismo en comunión con la teoría freudiana, no dudaba en culpar a la sociedad capitalista de todos los males del hombre, lo cual no es del todo falso, pero tampoco del todo cierto. Considera que el proceso productivo grande y complejo hace que el trabajo pierda su carácter de actividad humana con sentido. Que el trabajador está aislado mentalmente del objeto de su trabajo y de la industria a la que pertenece, como una pequeña pieza que no encaja. Así que el único sentido que el sujeto le ve al trabajo es el de obtener dinero y no el de realizar una actividad social con beneficio para su vida.
Pero ¿de qué le sirve al hombre transformar
lo material, el entorno, el exterior, si no hay un cambio en su interior, si no
adquiere conciencia de su trascendencia? No podrá modificarse la sociedad, ni
podrá haber un ideal liberador mientras ello no opere individualmente. El éxito
“aparentemente embriagador” del que hablara Fromm es solo un espejismo cuando
se ha sacrificado el sentido de la vida. En eso estamos de acuerdo, pero más
que del sistema económico, político o religioso, el cambio debe provenir de los
esquemas mentales de los hombres que ahora están cosificados. Porque la cultura
le ha vendido ídolos y este los ha comprado. Le ha vendido identidades, y este
ha pagado por ellas.
Pero volvamos al hombre de esta historia, a
Rupertino, para no hacer de este relato una mera disertación filosófica de la
que yo tampoco entiendo mucho. Rupertino termina de ingerir su comida chatarra,
de ver sus series basura de Netflix o de cualquier plataforma, y a
continuación, antes de dormir, destina la mejor parte del día para su auto
contemplación. Es su manera de prodigarse afecto y replantearse como un ser que
todavía siente. Sintoniza el canal porno en el televisor, a bajo volúmen para
que no escuchen los señores de la casa, y se masturba compulsivamente hasta
saciarse, pensando en Xiomara, que nunca lo verá como un prospecto. En ese acto
está condensado su pírrico momento de felicidad.
Por esta noche Rupertino podrá dormir
tranquilo, pues cuando amanezca estará listo para enfrentarse a los desafíos de
su existencia vacía, que al fin y al cabo es la única que tiene, y aún no llega
el momento de desprenderse de ella.





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