sábado, 25 de diciembre de 2021

El fantasma del patriarcado

Por Juan Felipe Giraldo Trejos








Honor al hombre,

a esa obra maestra de la naturaleza,

a ese rey de la creación.

 

Alejandro Dumas, El Conde de Montecristo

 

 

    Nos dice el portal Economipedia en su definición técnica acerca de la palabra patriarcado: “es una forma de organización social en la que el hombre ostenta la autoridad y ejerce su posición dominante sobre la mujer”.[1]

    En el artículo titulado “Patriarcado” del 5 de noviembre de 2020, el columnista Alfredo Marín García, citando a la historiadora Gerda Lerner, nos cuenta que este ordenamiento social se produjo, no tanto por la superioridad física del hombre sobre la mujer, sino por un conjunto de factores “demográficos, culturales, ecológicos e históricos”[2] que dieron lugar a esa jerarquización.

    El factor religioso, por ejemplo, sentó las bases conservadoras en las que los roles del hombre y la mujer fueron asignados casi como una especie de división del trabajo. El primero quedó supeditado al sustento económico y a la defensa del hogar, y la segunda al cuidado de la casa y la educación de los hijos. Esta noción, sin duda, obedece a ciertas sociedades inspiradas en las religiones de la antigüedad que han perdurado por siglos. Luego el cristianismo tomó mucho de ese modelo para mantenerse en pie, direccionando todo el asunto de la autoridad hacia la figura paterna.

    El apóstol Pablo lo señaló así por inspiración divina en una de sus epístolas: “la mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio”. (1 Timoteo 2:11-12). Bueno, algunos historiadores dicen que ese pasaje bíblico no se corresponde con el mandato de Dios, y que más bien fue una opinión personal del propio apóstol Pablo. Otros sostienen que esa frase fue modificada luego por escribanos machistas, pero no pretendo ahondar en esa discusión, de por sí demasiado arriesgada para esta época. Aquí solo estoy reflejando cómo la religión, y en este caso el cristianismo, ha sido uno de los puntales para mantener vivo el patriarcado.



    Y sí, resulta que las sociedades que mayoritariamente mantuvieron la cristiandad como su eje, en consecuencia, conservaron por más tiempo la justicia, la fortaleza, la templanza y la prudencia como directrices de la familia. En todas ellas también operó el sistema patriarcal, que no sólo iba de la mano con el cristianismo, sino con otras religiones que lo llevaron incluso a un nivel extremo. (El Corán, por ejemplo prohíbe a las mujeres la participación en la vida pública y el derecho a la propiedad).

    Pero es en Occidente, cuna del cristianismo, donde mayormente se ha erradicado ese “temible demonio” del patriarcado, al que se le debe el fortalecimiento de ciertos valores que en su momento fue necesario cultivar para afrontar las guerras y contrarrestar las amenazas externas contra la familia y la propiedad, pero que ahora es un fantasma.

    Por fortuna la humanidad avanzó y la mujer dejó de ser un mero botín de guerra para convertirse en la célula fundamental de la familia y la sociedad, y gracias a los sistemas de participación democrática de los países occidentales fue donde se valoró más su papel. La mujer se equiparó en derechos con el hombre, lo cual fue justo y debió ser así desde un principio si la imposición religiosa no hubiera metido las narices en esto. Menos mal las cosas cambiaron y la mujer es hoy la protagonista de las transformaciones, ya que nada hay en la ley que le impida realizarse personal y profesionalmente como su corazón se lo indique.

    No lo quieren entender así las feministas. Ellas aducen que sigue existiendo ese sistema de dominación que las mantiene en una condición de desigualdad frente al hombre. Culpan al capitalismo de ello, a pesar de que el patriarcado es muy anterior, que viene prácticamente desde la época del hombre primitivo: ellas no lo saben situar en el contexto histórico. Y es verdad que mientras duró el patriarcado, este oprimió a la mujer y la subyugó a una posición inferior, pero ese sistema es ahora un mito.



    En todo caso las desigualdades entre hombres y mujeres en la actualidad no se deberían explicar por un vicio sistemático, sino por unas coyunturas de muy variada índole en la que tienen que ver otros factores, y por supuesto que el mercado está entre ellos. Pese a ello, no perjudica exclusivamente a la mujer. La “desigualdad” de la época contemporánea afecta a los dos sexos por igual, qué irónico decirlo así.

    Fue en la década del setenta cuando una feminista radical llamada Kate Miller hizo del patriarcado su objeto de estudio y su caballo de batalla, cuando en su libro escribió que era un sistema de dominación central que estaba implícito en todos los sistemas de opresión, como si fuese el padre de toda la tiranía. Articuló un discurso político que es la base del discurso feminista de la actualidad. Con él, y con el aporte de otras ideólogas de este movimiento se ha logrado fundar una secta que recluta a mujeres jóvenes, en su mayoría estudiantes universitarias y hasta de secundaria. La complicidad de los claustros educativos y de las organizaciones internacionales que las financian es irrebatible. Cada día se hace más poderoso este movimiento, más radical, más violento, más absorbente. Captan militantes —a veces pobres hombres deconstruidos— de todas las nacionalidades y le dan sustento a su teoría en la batalla contra ese enemigo mortal: el patriarcado.

    Pero es bueno que nos detengamos a pensar si en realidad, en pleno siglo XXI, segunda década, los hombres tenemos esas prerrogativas que dicen las feministas que tenemos; si es cierto que nuestra condición de machos nos permite gozar de privilegios aplastando la dignidad femenina; si en realidad somos los amos del universo, los reyes de la creación.

    Les soy sincero. Ser hombre en el mundo de hoy es cada vez más complicado. No las tenemos todas con nosotros, y ya no somos los consentidos de un sistema que si bien oprimió a la mujer, en parte también la protegía.



    Somos los hombres los que tenemos que pelear las guerras, los que mayoritariamente debemos morir asesinados si un ladrón ataca nuestra casa: el 79% de los homicidios a nivel global son de hombres. Nuestra esperanza de vida con respecto a la mujer es cinco años menor, pero debemos esperar cinco años más para pensionarnos, por lo menos en Colombia. Aparte, cuando los problemas no tienen solución, nos vemos avocados al suicidio en una proporción tres veces mayor. Sufrimos más accidentes laborales, por cuanto los  trabajos más peligrosos son ejecutados por hombres. No todos tienen mi suerte de trabajar detrás de un computador, y aun así, cuando un hombre poco aventurero aspira a un cargo de oficinista, pues ¿qué creen?, las mujeres tienen preferencia. En un país como Estados unidos el 65% de los bienes le pertenecen a las mujeres, y a nivel global, el rubro de los servicios, que es el que más ingresos genera, está ocupado por mujeres en un 54%. En cuanto al flagelo de la drogadicción, las víctimas son mayoritariamente hombres, y el 75% de la indigencia del mundo está compuesta también por hombres, pues una cosa está en relación con la otra.[3]

    Con estas estadísticas, no es un privilegio ser hombre, y de aquel sistema patriarcal que en el pasado nos favorecía apenas queda el humo que todavía aspiran las feministas para tener con qué atacarnos, pues sin esa obsesión del patriarcado su discurso se cae. De modo que si el patriarcado existe, nos está jugando en nuestra contra, pues no puede ser que el opresor, en este sistema, sea el que más muere y el que más se perjudica.



    En el plano sentimental todavía somos los hombres quienes tenemos que tomarnos el trabajo de conquistar a la mujer, hacerle propuestas halagadoras, ser galantes, pagar la cuenta, demostrar solvencia, ofrecer entretenimiento, seguridad y protección. En últimas, somos nosotros quienes nos ganamos el derecho a ser amados mientras ellas escogen a quien aman, porque además tienen bajo su dominio el poder que mueve al mundo: el poder del sexo.   

    Dirán que de todas maneras existen corporaciones que discriminan, que se le paga menos a la mujer por el mismo salario, que la balanza sigue siendo desfavorable para ellas y que por tanto se necesitan las políticas de cuotas buscando que todo sea equitativo. Yo les digo que sí, que me parece justo, que la ley de cuotas se establezca para todos los cargos, incluyendo los trabajos menos apetecidos en el mercado,  que son casi siempre realizados por hombres: recolección de basura, limpieza de cañerías, construcción en las alturas, manejo de herramientas peligrosas; cosas que implican algún riesgo de muerte o de indignidad. Supongo que no solo para los cargos administrativos es que debe proponerse la ley de equidad de género, ¿o sí?



    Y pensar que son ellas, las mujeres, las que tienen en sus manos el futuro del mundo, porque son quienes traen los hijos y dan vida a las nuevas generaciones. Muchas ya no los quieren tener por decisión propia, lo cual está muy bien. No obstante, pienso que eso de ir por mitades en lugar de hacerles bien, las perjudica. Yo le digo a las mujeres que no se conformen con poco y que vayan por más, no sea que por una ley absurda se desperdicie el 50% del talento humano en la escena laboral: ustedes ya nos han superado con creces y perfectamente pueden hacer mayoría, y eso también está muy bien, pues no les faltan méritos.

    De resto, que las feministas no se preocupen del patriarcado, que ese es un fantasma que ya no asusta a nadie.



[1] https://economipedia.com/definiciones/patriarcado.html

[2] Ibíd.

 

[3] Estadísticas suministradas en el ensayo aparecido en https://prensarepublicana.com/patriarcado-no-existe-agustin-laje/

 y en el video  de www.youtube.com, Videoserie 3: El patriarcado no existe – Agustín Laje

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