Fue algún racionalista del siglo XVII el
que por primera vez acuñó el término de sociedad
enferma al entorno que lo rodeaba. El mismo Rousseau sostenía que el germen
de la degradación está inserto en el colectivo cuando hablaba de cómo los
hombres nacen buenos y la sociedad se encarga de depravarlos. Contando con
suerte, apenas unos cuantos elementos aislados de esa sociedad podrían
permanecer sin contaminarse. El resto serían individuos patológicos,
tristemente condenados a la perversión del sistema.
Cuando los seres humanos estamos al
servicio de una gran maquinaria productiva que nos trata como instrumentos de transformación
de energía, como piezas dinamizadoras de la información, o como agentes de
consumo servil; inevitablemente la psicología del grupo social se ve afectada: unas
sociedades estarán más perturbadas que otras, según el grado de desarrollo
industrial al que hayan llegado, porque la tecnología crea nuevos subordinados
que con el tiempo pasarán a ser parte de la infinita legión de esclavos. La
relación amo-esclavo implica que unos se someten a las decisiones de los otros,
y estos otros son los que se adjudican la sabiduría y el poder. Así, el hombre
es esclavo de los dispositivos y los dueños de las corporaciones tecnológicas
son los que determinan sus gustos y preferencias, y por ende su elección.
En otros tiempos el poder estaba
concentrado en manos de la religión, y era ella con sus ritos, sus dogmas, sus
protocolos, quien se encargaba de definir en qué Dios había que creer. Con el
humanismo iluminista se perdió la idea de dicho Dios: el hombre llegó para
sustituirlo. Si lo humano superó el antiguo paradigma teocéntrico, el nuevo
desafío es pensar en cómo ello debe ser nuevamente superado. Así, el hombre
resulta siendo un producto insignificante, una consecuencia de su medio social,
un residuo de la evolución, un ente enfermo y sin remedio. La sociedad enferma, ahondando en su decadencia,
le puede ofrecer una alternativa que va más allá de sus posibilidades
limitadamente humanas: el transhumanismo, por ejemplo, resulta una salida bastante
cosificada.
Lo primero para pervertir a la sociedad es
adueñarse del lenguaje. Es así como en este consenso de aberración, un niño por
nacer no es un niño, sino un puñado de células; o los viejos no son seres provechosos
para la comunidad, sino seres improductivos que le cuestan demasiado al sistema
y que están sufriendo injustamente. Y en lugar de que la ciencia obre en pos de
descubrir nuevos paliativos para mitigar sus dolores, lo que se les ofrece es
la “muerte con dignidad”, porque se les vendió el discurso de que la vejez es
indigna. No hay el
mínimo esfuerzo por atender sus necesidades y hacerles más grata la existencia.
La eutanasia se aplaude como un gran avance.
Nada más ver cómo los consultorios
psicológicos y psiquiátricos están llenos de pacientes con carencias afectivas,
reflejando la problemática de la sociedad
enferma. Ellos son el campo fértil para que germinen las pseudo ideologías,
la masonería, los cultos a la naturaleza y a los animales, el sincretismo
religioso, todas las creencias en contravía con el cristianismo, y hasta el
mismo cristianismo exacerbado y radical. Y si las filosofías son de procedencia
oriental, mucho mejor para estos pacientes desventurados que pueden encontrar
en el New Age o en la reencarnación la
cura para sus heridas psicológicas. No importa en qué se crea con tal de que se
piense que se está encontrando la trascendencia, aunque sea por caminos falsos.
Lo segundo para cosificarnos en esta sociedad enferma es la ingeniería
social. Nada como manipular la mente para hacerle creer al convaleciente que su
mal no existe. La ciencia, la política, la cultura, el arte, todos los aspectos
de la vida estriban en la corrección política para no importunar a nadie. Esta
es una sociedad que no se quiere ofender ni incomodar, que no está dispuesta a
soportar el dolor ni a padecer el sufrimiento. Todo aquello que se perciba
doloroso se tiende a evitar, y será culpa del individuo si no es capaz de
controlarlo: la felicidad, así mismo, es responsabilidad individual.
Y parte de esa ingeniería se encuentra en
la filosofía del desprendimiento, no sólo de las cosas materiales, sino de la
esencia y de la identidad. Dese el Foro de Davos nos dicen que “no poseeremos
nada y seremos felices”, pero la verdad agazapada es que “no seremos nada”,
porque despojándonos del ser es que pretenden hacernos creer que se puede
alcanzar la felicidad: mientras más atomizado esté el hombre —sin patria, sin
hogar, sin libertad, sin propiedad, y hasta sin Dios—, solamente le quedará ser
un ciudadano del mundo que se dedica
al consumo de lo efímero, de cualquier droga para no sentir dolor, igual que
una cosa que no siente. Por eso
estamos reducidos al objeto. Y siendo
objetos de un eterno presente, sin pasado y sin futuro, ¿a qué trascendencia
podemos aspirar? ¿A la de los lemas publicitarios de “el presente es lo único
que hay”, “tú lo puedes todo”, “sé tu propio jefe”?
Así, el ciudadano del mundo deambula por todos lados sin echar raíces en ninguna parte, solamente buscando la vaguedad del presente que piensa que no se agotará, temiendo al sufrimiento, bregando por desterrarlo de la realidad a través de la artimaña de las pantallas en donde los algoritmos ofrecen millones de elecciones, no para encontrar nada, sino para seguir en la búsqueda frenética de lo que no sabemos qué es.
La sociedad enferma necesita
liberarse, pero que
la liberación sólo pueda lograrse a través de la cooperación y los valores
fraternos, es una falacia gigantesca: la humanidad se niega a propiciar su
alivio, no tiene la intención. No hay
razón para pensar que la sanidad nos llegará con otro orden mundial, pues me
temo que el objetivo es empeorar para provocar la auto-aniquilación.
¿Por qué en lugar
de aliviarse la sociedad tiende a enfermarse y a enfermarnos cada vez más?
Porque está deshumanizada. Todos lo estamos. La deshumanización es una
consecuencia directa de la pérdida de trascendencia. No se aspira a la superación
porque se piensa que a través de la ciencia todo es posible, todo se puede
modificar, cada uno puede convertirse en lo que desee.
Después de todo,
vivimos inmersos en una cultura que aborda la existencia con base en los
objetos que rodean el entorno, hasta el punto de asumirnos nosotros mismos como
el objeto. Así les resulta mucho más fácil a los grandes poderes controlarnos y
eliminarnos cuando ya no nos necesiten; cuando dejemos de ser un elemento de
producción y de consumo.
Y dejaremos de serlo
en el momento en que se apague nuestra vida. Muchos habrán trascendido a través
de la fe, de los hijos, de las acciones que sembraron en ellos, de la guía
espiritual que proporcionaron al prójimo. Pero el hombre tiene límites. La sociedad enferma considera que esos límites se pueden transgredir.
No es así.
Si no hay respeto
ni conocimiento de los límites, mucho menos hay posibilidad de superación,
porque la superación no está en la transgresión, sino en la libertad: la que se tiene para hacer el bien tanto como para hacer el mal. Sobrepasar los límites por la vía del "todo vale", sin el menor atisbo de una ética virtuosa, es cruzar el umbral que conduce de vuelta a la esclavitud de nuestras propias pasiones.
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