Mientras en Ucrania muchos de
sus ciudadanos se han quedado a pelear la guerra y están dispuestos a defender su
patria y a dar la vida por ella ante la invasión del tirano Putin, en una
muestra magnánima de patriotismo verdadero, de sacrificio en nombre de la
libertad; en la región latinoamericana se presentan hechos que nos llenan de
vergüenza, que nos convierten en el hazme reír del mundo o que simplemente son
motivo de una indignidad profunda.
Definitivamente Dios le da pan
al que no tiene dientes. Cuánto no dieran los ucranianos por vivir en una
tierra como la colombiana, por ejemplo, con tantas posibilidades de ser una
potencia agrícola, la despensa alimentaria del mundo. Y sin embargo ahí están
soportando unos bombazos injustos que no tienen por qué soportar, y todo porque
a un loco se le antojó que Ucrania tenía que estar bajo su mando, porque no quiere
que su vecino sea un país libre. Claro, las razones son mucho más complejas, y
es fundamental estudiar la Historia para entender el contexto de la guerra,
pero en últimas todas las guerras siempre serán una cuestión de mala voluntad.
Al final no falta el fanático que la declara y está dispuesto a llevarse a todo
el mundo por delante, pensando que tiene que promover una acción bélica. Y
aunque haya motivos para realizarla, nunca será suficientemente justificada.
Nada, absolutamente nada justifica la matanza de inocentes. Máxime tratándose
de una potencia nuclear frente a una nación democrática que no pude pelearle de
igual a igual.
La valentía de los ucranianos es un ejemplo para el mundo. Ellos saben que existe una amenaza externa que les quiere anular su soberanía como país.
En Colombia tenemos esa misma
amenaza, pero al parecer no nos queremos dar cuenta. Atendiendo a esa insensata
terquedad nos empeñamos en irnos por el precipicio con tal de que también se
vayan otros. Es la nefasta lógica del “si a mí me va mal, a ti te tiene que ir
peor”. Eso es típico de un país cuyos ciudadanos no tienen sentido de patria.
Como si esta no les perteneciera.
Y esa amenaza es el fantasma,
no digamos del comunismo, para no caer en el discurso extremista, sino de una
dictadura, cualquiera que sea su orientación: es la amenaza del totalitarismo,
la esencia de todas las tiranías.
Actualmente están predominando
los gobiernos devenidos del Socialismo del Siglo XXI en Latinoamérica, aunque
también en otros tiempos tuvimos las llamadas dictaduras de derecha, que de
derecha no tenían nada. Hoy, tanto en Colombia como en el resto de la región,
se está propiciando un ambiente de marcada tendencia izquierdista. Algunos países
ya están disfrutando de esas mieles; otros apenas vamos a verter ese manjar en nuestro plato. Pronto
estaremos pagando el precio de no haber actuado con patriotismo, una
palabra que nos queda grande.
Ayudados por la corrupción de
los opositores, que son sus principales jefes de campaña, los demagogos que
hablan a favor de la justicia social y la igualdad ascienden como globos de
helio. También los impulsa la apatía de unos ciudadanos hastiados de la
politiquería, la corrupción, el clientelismo, que a la final optan por la
opción que ellos ingenuamente creen que es la opción del cambio, sin entender
que esa decisión los llevará a un destino trágico. Votan por cansancio, y por
cansancio entregan el país a ese llamado cambio
que lo único que cambia es de nombres, pero no de prácticas.
En Cuba, por ejemplo, llevan
sesenta años de dictadura. Ya se sabe que es un país perdido para la posteridad.
Allí no hay nada por rescatar, salvo su gente buena, pues el régimen se adueñó de lo único que no le
deben quitar a un individuo aparte de la vida: la libertad. Y sin libertad ni comida,
pero sobre todo sin sentido de trascendencia,
el sujeto político carece de la fuerza para romper sus cadenas. La política de sumisión lo hace preguntarse ¿para qué va a
luchar si siempre ha vivido así?
Venezuela y Nicaragua son otros dos ejemplos de perdición. Las protestas son una cosa del pasado, pues nadie se atreve a hacerlo. A los opositores los encarcelan y a los ciudadanos inconformes los dispersan con un par de tiros. La última vez que lo hicieron les fue tan mal en la Hermana República, que hasta el líder religioso más importante del catolicismo salió pregonando el camino del diálogo y con eso le dio alas al régimen, como si todos se hubieran puesto en contra de los inocentes. El resultado: posiblemente otros veinte años de dictadura, de los cuales llevan veintitrés y van contando.
Argentina comenzó hace una década
y ya está recogiendo los frutos del socialismo con una inflación galopante del
80% que no se quiere detener. El comercio está arruinado, el argentino promedio
cada vez más desmoralizado, la comida escasa, la cultura totalmente depreciada.
La solución que ofrece el gobierno es promover las ideas de la degradación para
que desde el sistema escolar se gesten los nuevos ciudadanos que serán como
zombis bien adormilados y no se atreverán a cuestionar a sus dirigentes el día
de mañana. Como dato curioso en ese país, hace poco se invirtieron millones de
pesos en una discutida licitación para comprar penes de madera con los que
supuestamente les enseñarán a los niños de primaria sobre educación sexual. Vaya
manera de podrir a la niñez con lo que ahora llaman educación. Vaya futuro el que nos espera. ¿Puede un padre protestar
por esto? Por supuesto que no. Es obligatorio para todos imbuirse en el nuevo
plan curricular. El Estado es quien manda.
En Bolivia ya se acostumbraron al robo continuado y a la pobreza perenne. Están resignados a ser un país que nunca saldrá adelante, y parece que no les interesa mucho. México, que sí es un país que aspiraba al primer mundo, y que tenía con qué serlo, cogió por el camino equivocado. Su gobierno es nada menos que el anfitrión del Foro de Puebla, el cónclave de los socialistas de la peor laya, de donde salen muchas de las directrices para la región. Por su parte, Perú y Chile, este año, ya decidieron su destino con sendos pro-comunistas en el poder. Ya están hablando de cambiar la Constitución, de empoderar a los marginales, de distribuir lo que hay entre todos. Craso error, porque Perú venía en ascenso económico hasta hace unos tres años, y Chile era el modelo a seguir en Latinoamérica. Al parecer no basta con tener buenos indicadores comerciales si de todas maneras hay que hacer la revolución por la revolución.
Y Colombia, ¿qué puede uno de decir de Colombia a estas alturas? Nada, sólo que se encuentra recreando el título de una novela de García Márquez, en otrora amigo del tirano Fidel Castro: “Crónica de una muerte anunciada”.
Es una vergüenza que mientras un pequeño país de la Europa oriental que ha sufrido históricamente los vejámenes de la guerra lucha a muerte por mantener a su patria a salvo de la dominación, la región latinoamericana se regodea con caudillos vulgares que la esclavizan, la saquean y la destruyen mientras el pueblo se sienta a esperar que sea el Estado el que le resuelva todos sus problemas. Parece que nos gusta entregarle todo el poder a un Leviatán con tal de que nos brinde algo de pan y cualquier circo con el que nos podamos conformar. Parece que no queremos ser llamados a la grandeza, a despertar, a ser parte de los destinos de la patria. El mínimo esfuerzo nos parece suficiente para continuar viviendo hasta que llegue el día en que la Historia la cambien otros, tal vez los que todavía no han nacido.
¿Será acaso
que estamos condenados a padecer las penas eternas de América latina? ¿Qué es
lo que pasa con nuestra raza? Sospecho que todo obedece a un macabro plan, y
ese plan lo tenemos que desbaratar. Aunque sea sabotear, así como un valeroso
pueblo le está saboteando los planes al siniestro Putin. Que triunfe la libertad.
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