Buena noticia para los genocidas.
En Colombia se legalizó el asesinato de niños de hasta seis meses de gestación
sin tener que recurrir a justificación de ningún tipo para poder
hacerlo. Basta con el deseo de la madre y el hecho será perpetrado. Además será
posible a partir del 21 de febrero de 2022 eliminar la criatura hasta un minuto
antes del parto. (Grábense esa fecha, que será recordada de ahora en adelante
como la fecha en que se legalizó el genocidio en mi país, y será repudiada cada
año).
Sí, despreciados asesinos, pueden frotarse las
manos, no estoy mintiendo. Como si fuera poco quedó extendido el plazo para la
matanza: se puede pedir el amparo de una de las tres causales dictaminadas por
esa “honorable” Corte Constitucional para practicar el aborto hasta los nueve
meses de gestación.
Este es un triunfo para
Herodes, que ni en sus más remotos sueños hubiera imaginado que dos mil años
después de su paso por la tierra, la humanidad hubiese hecho oficial y legal su
voluntad de matar a los niños. Todavía mejor, a los niños que están por nacer, a
los que ya cuentan hasta con seis meses de gestación, cuando ya se han formado
como una persona con órganos y sentidos diferenciados de los de la madre, y que
todavía no han visto la luz del mundo. Celebren pues los genocidas, porque ese
delito quedó legalizado en esta tierra cafetera que se preciaba de ser el país
del Sagrado Corazón. Corazón fue lo que le faltó a los magistrados. Quién iba a
pensar que habitar el vientre de la madre sería un lugar altamente inseguro.
Es que así como la práctica ya se ha legalizado en otros países del mundo (“del primer mundo”) que siempre van a la vanguardia de todo, y en algunos de la región latinoamericana como Argentina y México, aquí no nos podíamos quedar atrás, no señor, y por eso casi que les doblamos el plazo para darles más oportunidades a los genocidas. Que se vea el progreso, que se vea que el país va por la modernización, que se vea que matar niños en el vientre materno es ya un gran salto hacia adelante, porque era que antes estábamos al borde del precipicio.
Y hay quienes dicen que esto
es un gran triunfo de las mujeres, como el candidato de la P, el ex guerrillero
que ya todos conocemos, que prefiere un toro a un bebé, diciendo que con esto la mujer se empodera, y que ese
es el mejor camino para proteger la vida. ¿Ah? ¡Qué tal el cinismo! ¿Y eso es
lo que la gente quiere elegir?
Porque el discurso de que este “asfixiante sistema patriarcal” no les ha permitido tomar decisiones sobre sus cuerpos, que siempre las ha invisibilizado y no ha tenido en cuenta su opinión cuando son ellas las que tienen que soportar los embarazos no deseados, está mandado a recoger. La vida está por encima.
Excepto en los casos de abuso,
para lo cual hay otro tratamiento jurídico, y que no reflejan la mayoría de los
embarazos, la mujer también puede decidir si se embaraza o no. No es el “Estado opresor”, “el juez que te juzga
por nacer”, el que decide por ellas. Con el reciente pronunciamiento de la
Corte no hace falta sufrir una violación, o que se vea comprometida la salud de
la mujer[1] para
tener derecho al aborto. Además no importa que el niño esté teniendo un perfecto
desarrollo embrionario. Si esa madre lo desea, puede condenarlo a muerte. ¿Eso
era lo que querían decidir?
Me apena por esas mujeres que no saben que lo que llevan en su vientre es un cuerpo con vida propia que ya siente dolor; un ente que está allí formándose y que necesita de ella para vivir. Alegar que el embarazo está causando problemas psicológicos a la mujer, que la tiene deprimida y que por ello toma la decisión de salir de ese estado hasta el sexto mes de gestación, como aprueba esta satánica ley, es ampararse en la más grande de las cobardías, aquella que inspira a matar a un ser en su propio vientre que no tiene cómo defenderse.
No, detestadas pro-aborto, no
son sus cuerpos el objeto sobre el que creen tener derechos. La naturaleza creó
a las mujeres con la facultad de engendrar vida, y esa naturaleza tiene que ser
respetada, pues se sabe lo que pasa cuando se va en contra de ella: tarde o
temprano nos cobra nuestros errores, ya que ella no perdona.
Arriba: magistrados que votaron sí al aborto.
Abajo: magistrados que votaron no al aborto.
Con este pronunciamiento la Corte hizo un llamado a los asesinos del mundo para que vengan a Colombia, porque aquí van a encontrar el paraíso del infanticidio. Y todo gracias a cinco infames, digo, cinco magistrados de la Corte Constitucional que votaron a favor de la despenalización. Ellos son Diana Fajardo, Antonio José Lizarazo,Julio Andrés Ossa (conjuez), Alberto Rojas y José Fernando Reyes. Recordemos bien estos nombres, que fueron los que arbitrariamente decidieron por cincuenta millones de colombianos sin que nadie los hubiera elegido, porque sus cargos no provienen de la democracia. Otros los han puesto allí, y ese modus operandi algún día habrá que terminarlo. Urge la reforma política para que no se siga estableciendo la dictadura del poder judicial. Ya que a esos cinco demonios no se les puede cobrar electoralmente su infamia, habrá que cobrarles al menos socialmente, exponerlos, publicar su foto en redes, abuchearlos en la calle y recordarles cada día su tremenda culpabilidad en el genocidio que comenzó a operar en Colombia a partir, repito, de la fatídica fecha del 21 de febrero de 2022, que será instaurada como el día del infanticidio colombiano, para que la repudiable ONU tome nota.
Lo que sigue ahora es que el movimiento
Provida se una y utilice las mismas estrategias del enemigo: que salga a las
calles, que se haga notar, que se apodere de las redes sociales y del lobby, que
hagan todo el ruido y el proselitismo que hacen los pro-muerte, que además son
minoría y están muy bien financiados. Pero sabemos que más que una batalla cultural,
esta debe ser una lucha política. De nada vale que los hombres de bien nos
rebelemos si no tenemos forma de llegar al poder. En eso debería pensar primero
un colombiano a la hora de votar, ya que estamos en la época electoral: pensar cuál
de los aspirantes a ocupar los altos cargos del gobierno es realmente defensor
de la vida, la libertad, la familia y la propiedad.
Propongo, sí, una gran
movilización a quienes trabajan para construir país y aspiran a una sociedad de
ideales trascendentes; que salgamos a las calles y exijamos nuestro derecho de
vivir en una nación que ama y respeta la vida. Tenemos que formar una
organización civil para que
hagamos un frente de resistencia tan implacable, que esos partidarios de la
muerte, como los que consideran que esto es un triunfo, tiemblen cuando tengan
que enfrentarnos.
Ya mi generación y la siguiente se han echado a perder por causa de las enseñanzas que se derivan de acciones como la que tomaron los magistrados de la corte; es decir, que por el hecho de hacer legal el infanticidio se crea de ahora en adelante que es bueno, y la generación siguiente crezca pensando que lo es. Pero todavía se puede hacer algo por las generaciones venideras; por los adolescentes que apenas están empezando a asomarse a un sistema que los quiere adoctrinar; por los niños que hoy deben ser disciplinados y educados en valores para que cuando crezcan no sean terreno fértil para la manipulación; por los que están naciendo con el consecuente riesgo de ser abortados gracias a la mala legislación de las cortes y a la desinformación que los medios poderosos infunden en sus madres confundidas.
Por ahora celebra Herodes,
hace su fiesta y su banquete, seguramente con partes de niños abortados
sazonados con pimienta. Y están haciendo fiesta también algunas corporaciones
farmacéuticas de las que se sospecha que experimentan con restos de fetos para
sacar sus vacunas y sus productos médicos. Ya pronto abundarán en materia prima
para abaratar sus costos de producción. Celebren por ahora, piensen que es un
derecho que les da la ley para hacer a la mujer más libre, que es una ayuda
para quienes desconocen los métodos de planificación. El día de mañana esas
risas probablemente se conviertan en lágrimas. Bueno, si es que tienen
conciencia.
[1] La salud real, no el
concepto que emite la OMS sobre salud integral, en el que incluye la salud
física, mental y social. Bajo ese supuesto, una depresión menor es
considerada una falta de salud, lo que habilitaría
a la mujer embarazada para practicarse un aborto aduciendo problemas sociales a
raíz de su estado.
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