Fue el mismo Estado, quien navegando a la deriva entre el mar de ideologías postmodernas, o caminando sobre el desierto de las arenas movedizas de la mentira, el que gestó su propio suicidio.
Cuando decidió abrirle la puerta a la secularización y caminar de la mano con ella, trabando tan perniciosa amistad, el Estado se transformó en una persona ruin y viciosa, llena de maldad y de rencor, y arremetió contra los hijos que engendró y crió sin Dios ni ley; es decir, contra sus propios ciudadanos que quisieron ser buenos y que la ruina de su propio padre no dejó.
Los amigos que al principio dijeron apoyarlo y lo besaron en la frente, ahora se miran satisfechos, prestos para saltar sobre la herencia que dejó. George, Bill, David, Klaus, Jeff, Henri, y otros compinches de pasados días de gloria, ahora gozan con la tragedia de su amigo descarriado; al que ellos mismos indujeron al vicio, al sexo libre y corrompido, a la rebeldía, a la blasfemia, a la corrupción, a la estulticia y a la abulia. Fueron ellos con sus empresas internacionales los que ayudaron para que ese amigo frágil se diera su última estocada: lo quebraron, lo pusieron en un callejón sin salida, lo vencieron, lo dividieron contra sí mismo y finalmente le facilitaron el arma para que intentara suicidarse. El Estado, sin ser consciente de su engaño (o a lo mejor ya lo sospechaba) le hizo caso a sus malas amistades.
Pobre Estado decadente que crió cuervos y permitió la concupiscencia de su propia esposa. Pobre infeliz que no cuidó su hogar, sus fronteras; que sacó de allí corriendo a Dios y que se entregó a la bebida y a los banquetes con el dinero que le prestaron los agiotistas. Vencido el plazo y cumplida la deuda, no tuvo con qué pagar y los acreedores se quedaron con su casa, corrompieron a su mujer y pervirtieron a sus hijos que ahora no lo reconocen. Él les había regalado todo, no permitió que trabajaran, los mantuvo inútiles y haraganes. Ahora ellos lo desprecian.
Dicen que lo peor comenzó cuando el Estado cedió a la intolerancia con sus semejantes. Los hostigó. No permitió que en casa se hablara de Jesús, ni que sus hijos portaran un crucifijo o leyeran La Biblia. A la hija menor la dejó en manos de un paisano suyo que la abusó, y el Estado fue testigo silencioso. Alentó la pederastia cada vez que cedía a sus bajos impulsos. Los amantes de su esposa fueron luego sus amantes, de los que se dejó mancillar hasta que el alba despuntaba en un nuevo día y lo sorprendía aun en cama, mareado por la resaca y el efecto de las drogas que se dedicó a consumir y a permitir en su morada.
¡Que viva la libertad!, gritaba el Estado, lleno de una paranoia y una efusividad que después se convertía en llanto porque en el fondo detestaba esa libertad. ¡Que vivan los derechos!, pregonaba el tonto en toda manifestación que se convocaba para exigir privilegios y a veces para otorgarlos, pues él mismo, en su afán de conservar su estatus, le tiraba migajas a sus ciudadanos hijos con tal que lo siguieran venerando.
Entonces el Estado quiso cambiar su estrategia y volverse indulgente con sus protegidos. Les permitió toda clase de desmanes y hasta les aceptó que renegaran de la religión. Dejaron de ser cristianos para volverse "derecho-humanistas", una doctrina esencial para ser merecedores de todo cuanto deseaban. Su creencia no estaba basada en los derechos naturales como la vida, la libertad, la dignidad o la profesión de fe, sino en los instintos liberados porque les dijeron que lo importante era "sentir". Que para revalidar siempre el dogma había que decir que todo es un "derecho humano".
Y el estado, alcahuete y paternal, a todos metió a su casa. No sólo a sus amantes o a sus compinches drogos, sino a toda clase de desconocidos y extranjeros. Abrió la puerta y los invitó a pasar. Los acostó en su cama y en pocos días los extraños comenzaron a mandar y a quitarle la comida de la boca a sus hijos. Él pensó que no habría problemas y que todo estaba bien. ¡Igualdad para todos!, volvió a gritar el Estado y repartió su despensa a partes iguales hasta que todo se consumió. Los nuevos inquilinos exigían pan pero no llevaban ni un mendrugo. Le enseñaron otras cosas a sus hijos y cuando menos pensó el Estado, no sabía ni quién era él. Su identidad se había diluido en las humaredas de la fiesta y los olvidos de la resaca. ¡Que viva la diversidad!, gritó al ver que todos eran diferentes a pesar de que iban uniformados con la misma ideología. Eso sí, cada cual hablaba su propia lengua ininteligible, pero sólo la hablaba para sí mismo, pues estaban tan inmersos dentro de su propia cabeza, que cada quien perdió la noción del otro, del mundo exterior y sólo quedó el YO.
Un día despertó el Estado de su letargo y notó que sus ciudadanos estaban hechos unos zombis. Nadie pensaba ni proponía un alto al desmadre. Quiso organizar un poco la casa, pero ninguno obedeció la orden más elemental. Apenas un viejo nonagenario que estaba sentado en su silla favorita, a la que él llamaba "el trono", parecía observarlo con lucidez. Estaba investido de alguna autoridad, pero el Estado no estaba seguro de quién podría ser esa persona. Le preguntó quién era y el anciano sonrió con malicia. "Yo soy el poder detrás del poder", le dijo. Explicó que a él era a quien habían traspasado todos los bienes, las tierras, los saberes y las personas que conformaban el Estado mientras este andaba de juerga con sus amigotes. El anciano tenía una chispa de maldad en la mirada. "Deja todo como está y márchate", le ordenó al Estado. "Ya no tienes potestad aquí".
Trémulo y agobiado por la pérdida de sus posesiones, el Estado fue a buscar a sus amigos y se dio cuenta de que nunca tuvo amigos. Nadie lo ayudó. Erró por callejones polvorientos hasta llegar a un muelle para intentar tirarse al mar. Fue el mismo viejo nonagenario el que lo agarró por un brazo y le prohibió tirarse. "Tendrás que seguir existiendo hasta que yo lo disponga", le dijo mientras lo ponía en tierra. Luego expresó una consigna para que el Estado entendiera que apenas podía conservar su nombre y su cuerpo, pero como un cascarón vacío. Ninguna autoridad o poder ejercería sobre su gente, ni riqueza o tierra alguna recuperaría. Ahora era un esclavo: "Que viva el gobierno único mundial!", gritó el viejo.
Desde ese día el Estado es un sujeto arruinado, fracasado. Un suicida frustrado que muchas veces intentó matarse sin éxito porque siempre llegaba su amo a quitarle la pistola y a decirle que lo necesitaba vivo para que pareciera que nada había cambiado. Sólo cuando él lo ordenara el Estado desaparecería. Para entonces sería un muerto en vida, un sujeto al que no le correspondería decidir su suerte.
Hoy el Estado poco a poco se sigue suicidando, y al parecer ni a él mismo le importa. En el fondo es el hombre que decidió no luchar por su libertad por el miedo a la muerte; es decir, es el esclavo.






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