Un gato grande y corpulento
decide atacar a un ratoncito muy pequeño porque se lo quiere devorar. Otro gato
casi igual pero menos fuerte llega a la escena y se conmueve del pobre ratón al
que decide considerar como su protegido. Lo azuza contra el enemigo para que
pelee, diciéndole que no se preocupe, porque en caso tal de que no pueda defenderse,
él lo defenderá. El grandulón manda un zarpazo sin clemencia, hiere al ratón. Este
llora pidiendo ayuda. Aquel que le prometió defenderlo titubea y mejor sale corriendo
con la excusa de que va a solicitar refuerzos. El agredido patalea sangrante en
la arena. Luego, desde un balcón en donde están a salvo, varios aliados le lanzan
al ratón herido un garrote para que se defienda, pero no pueden hacer más por
el momento: el corpulento les podría ganar a todos, además de que cuenta con
otro gato aliado mucho más grande y fuerte que, como si fuera poco, es un gato
que sabe técnicas de kung fu. En ese punto está la pelea y no se sabe lo que va
a pasar.
Ese caricaturesco cuadro es
más o menos lo que está sucediendo hoy en Europa del Este. Hasta el momento en
que escribo esta entrada, Rusia ha lanzado varios misiles sobre Ucrania, y esta
última está resistiendo como puede. La OTAN le ha prometido ayuda, le ha
enviado armamento e intenta por todos los lados bloquear a la poderosa Rusia, a
la que nada la contiene. Tiene ánimo de beligerancia y dice ser ella la ofendida.
La OTAN Sabe que moralmente tiene la obligación de intervenir, pero también
tiene mucho miedo porque ya no conserva su poder de antes y porque el enemigo
es “un monstruo grande que pisa fuerte”. ¿Quién le pondrá el cascabel al gato?
Para entender un conflicto
hay que remontarse a sus orígenes o al menos revisar un poco el contexto. La
guerra entre Rusia y Ucrania no comenzó hoy, sino hace mucho tiempo. Como
mínimo deberíamos irnos hasta la disolución de la antigua URSS después de la
caída del muro de Berlín. Rusia acordó con las potencias occidentales que la
OTAN no extendiera su área de influencia sobre los países orientales, o al
menos sobre las antiguas repúblicas de la ex Unión Soviética, a las que a pesar
de la disolución, las siguió considerando como parte de su barrera infranqueable.
Poco a poco, con el enfriamiento de los conflictos, la Unión Europea y la OTAN
se fueron corriendo hacia Oriente hasta llegar a naciones como Georgia y Ucrania,
la frontera más importante que tiene Rusia con el Occidente. Rusia ya no era
una potencia económica, pero le quedó el poderío militar y nuclear. Viendo que
el antiguo enemigo se acercaba a su área de influencia, comenzó a liderar
invasiones para evitar que esto sucediera, como una forma de poner candado a la
OTAN para que no interviniera en lo que consideraba parte de su zona de
seguridad. Primero se metió a Georgia y tomó control de ella, luego en 2014 se
anexó la Península de Crimea, posteriormente incentiva la guerra en la región
del Donbass para que dos provincias ucranianas logren su independencia: Donetsk
y Lugansk, que aunque no son reconocidas por el mundo como independientes,
ellas sí lo quieren ser porque tienen mayoría de población rusa. Como antecedente
cultural, hay que recordar que Kiev, la capital de Ucrania, antiguamente fue la
capital del gran Imperio Ruso, por lo que Putin siente que la nación vecina sigue
siendo parte del alma de la Madre Rusia. A pesar de la firma de los dos acuerdos
de Minsk en 2014 2015, en donde Rusia se comprometía a respetar la soberanía de
Ucrania, Rusia nunca aceptó la autonomía cultural de las regiones ucranianas
que habían sido parte de la Unión Soviética y que serían idiosincráticamente
más afines a Rusia que a Occidente, el cual mantuvo un cierto paternalismo
sobre Ucrania, evidenciado en el envío permanente de armas que los rusos nunca
vieron con buenos ojos porque aquello lo consideraban una amenaza de seguridad
nacional.
Pero Rusia también acusó a
Ucrania de no respetar los acuerdos de Minsk al negarse a retirar los grupos armados
y los mercenarios de odio nacionalista en las provincias de Donetsk y Lugansk,
muy cerca de su territorio, que eran una constante amenaza. Putin lo entendió
como una expansión de la OTAN hacia sus fronteras. Esas organizaciones neo
nazis se convirtieron en el caballo de batalla para decir que la OTAN estaba
interviniendo más de lo debido en Oriente, así que demarcó una línea roja como
límite, el cual sería cruzado cuando Ucrania fuera aceptada en la OTAN. Lo
mismo había sucedido en 2008, cuando Georgia pidió su membresía a la cofradía
del Atlántico Norte. Putin nunca permitió que ninguna de las ex repúblicas soviéticas
que él consideraba como su barrera de seguridad fuera parte de la organización
de su enemigo. Nunca estará conforme mientras los gobiernos en estas repúblicas
no sean afines a su política.
Por otro lado, el gobierno de
Ucrania, al parecer, fue quien promovió esos grupos de odio contra Rusia en la
región fronteriza en las provincias mencionadas. Aparte prohibió que se adaptara
el ruso como lengua oficial en esta región, cosa que molestó mucho a los
habitantes, que culturalmente eran más rusos que ucranianos. De ahí que Putin
promoviera la independencia de esas regiones y exigiera el respeto de esa decisión
a Ucrania. Pretendía que estuvieran de su lado. Él, conocedor de la agenda de
Occidente, ya sabía cuál era su paso a seguir, y lo habló con China. Su
decisión de invadir a Ucrania obedeció más a una cuestión de estrategia geopolítica
para debilitar a sus oponentes antes que a un interés humanitario por aquellas provincias
límites con Rusia. Putin pide que el presidente de Ucrania sea derrocado para que
se posesione un títere que él pueda manejar, como sucedió con Bielorrusia. Pero
quién sabe si con eso se conforme. Él tiene ambición expansionista. Es un tipo
en el que no se puede confiar, es un ex agente de la KGB y es un experto en administrar
venenos. Tal vez no quiera refundar la URSS, pero a lo mejor desee recuperar el
antiguo Imperio Ruso. En todo caso el interés real también estaría movido por
los inmensos recursos minerales y energéticos que posee Ucrania y que constituyen
el botín de guerra principal.
Para Occidente es una clara intervención imperialista, una anexión de un territorio que no le corresponde. Ambos bandos saben que tener a Ucrania de su lado es vital para tomar ventaja en el mapa de la geopolítica. Dios quiera que la pelea por este país no se nos convierta en el nuevo Muro de Berlín; en un hipotético Muro de Kiev, pues tanto los ucranianos pro-occidente como los pro-Rusia necesitan estar en paz. No es momento para una nueva frontera que ya está delimitada por el río Dniéper y que parte al país en dos, lo cual podría constituir el punto de la división.
El dilema es que tanto Rusia
como la Europa Occidental se necesitan mutuamente. Europa y el mundo dependen
del gas de Rusia, del petróleo, del trigo, y del carbón; Rusia depende de
exportar estos productos para tener dólares en su economía. Las sanciones lo
golpearán mucho, pero más que todo a la gente, no al régimen dictatorial. La
población es la que realmente paga las consecuencias. El hambre no se hará
esperar.
Con la inflación que está
viviendo ahora el mundo, más de 5% en Europa y más de 7% en Estados Unidos, con
el incremento del precio de petróleo a niveles que no se veían hace diez años,
con la escasez de minerales energéticos para la producción, con la escasez de
alimento que se está presentando y la crisis global, una guerra mundial sería
ponernos la mortaja y enterrarnos en vida.
Y en Colombia no nos
libraremos de los tentáculos de la guerra. Con el vecino que tenemos al oriente,
aliado de una Rusia que ya ha prendido el fuego, cualquier cosa puede pasar y
nadie nos defenderá, eso es seguro.
En caso de estallar a nivel mundial, esta podría ser la primera guerra declarada entre el globalismo y el nacionalismo. Pero esta vez no es el nacionalismo americano ni de ninguna potencia occidental el que es protagonista, sino el nacionalismo ruso, que es mucho más férreo y demencial. Putin está dispuesto a hacerse matar por Ucrania, no por amor a ese país, sino por mantener lejos a la OTAN. ¿Valdrá la pena librar esa batalla por parte de las potencias occidentales sabiendo que lo que está en juego no representa mayor cosa para Occidente? ¿Acaso la OTAN, por salvar a Ucrania va perder a Europa?
El profesor Omar Bula Escobar,
experto en el tema de globalismo, en entrevista con La Hora de la Verdad aseguró
que Occidente atraviesa por su momento más decadente de la historia y que Putin
ya lo advirtió. Él sabe del intento para instaurar un nuevo orden mundial que
eliminará la soberanía nacional de los países. Lo dijo no hace mucho, que “los
estados están abandonando los valores morales que tienen sus raíces en el cristianismo,
que hará que las personas pierdan su dignidad humana y eso será la ruina de la
civilización occidental”. El hecho es que este globalismo que quiere imponer
una agenda única para los países occidentales es peligrosamente destructivo,
pues los debilita al sustraerlos de su agenda propia, contrario a lo que sucede
con Rusia, China, o los países árabes, que por su arraigo en la Nación, la Tradición,
la Religión y el control político y social de sus ciudadanos, no permiten que
la borrasca globalista entre en sus fronteras.
Esa también es la prevención
de Putin, y no pretendo hacer defensa de su macabra actuación en esta guerra,
pues es un hombre sanguinario y siempre lo ha sido. No obstante, bien sabemos
lo peligroso que resulta para un radical cuando intentan desde afuera imponerle
otros sistemas de valores distintos a los suyos: atacará con uñas y dientes, y con
todas las armas a su alcance; y de armas sí sabe este imperialista.
Por otro lado aparece Estados
Unidos en una posición debilitada, con un poderío completamente mermado representado
por un anciano senil que no por anciano es mal gobernante, sino por sus
tendencias deconstruccionistas, abriéndole la puerta a todo lo que acuerdan los
foros económicos globales e imponiendo las recomendaciones a rajatabla, no importa
que esas medidas tomadas vayan en contra de los principios fundantes de su
propia patria. Está más preocupado por atender las políticas de la inclusión y
consentir toda clase de quimeras justicieras de unas minorías que se sienten
relegadas, que por reforzar la seguridad de un país con grandes enemigos.
Occidente, concentrado por
ejecutar la agenda destructiva de las naciones, no puede librar una guerra
contra un nacionalismo dotado de las más sofisticadas armas de destrucción
masiva, porque mientras Estados Unidos y la Europa globalista dejaron permear
toda clase de ideologías que apuntan a cambiar la realidad con las palabras y a
dividir a los hombres convirtiéndolos en cáscaras de huevo, la Rusia nacionalista
o la China comunista cada vez más le cortan el vuelo a las filosofías de la
mentira. No permitirán que les arruinen su tradición y sus valores fundantes,
lo cual los lleva a cultivar ciudadanos más leales, más seguros, más fuertes,
siempre dispuestos a luchar y morir por su patria aunque no tengan la razón.
Por eso la posición de
Occidente en este conato de guerra está fragmentada. Ya no puede actuar con los
mismos criterios de hace años, ya no tiene la capacidad militar de enfrentar al
monstruo totalitarista que sí conservó la esencia de su poder, aunque ese poder
lo haya logrado con base en la invasión y la destrucción, es decir, con base en
la guerra.
Los valores judeocristianos se
han desdibujado. El nuevo orden mundial está colaborando para ello. Y Rusia,
cual serpiente rastrera saca ventaja de la debilidad de su enemigo y se da el
lujo de convertirse en un nuevo Leviatán. Esto está comenzando y hay que
prepararse para lo peor. Después vendrá la reactivación que le sigue a toda
guerra que a unos cuantos les deja réditos insuperables, por eso es un negocio.
Y las potencias emergentes la necesitan para quedar dueñas del nuevo orden.
Lástima que esta vez seamos
los occidentales los que estemos en desventaja. Alguna vez tuvimos las de ganar,
hoy podríamos perderlo todo.
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