sábado, 19 de marzo de 2022

Derechohumanismo, una religión de imbéciles

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Lo veíamos venir, lo presentíamos: comenzó como una Declaración Universal de Derechos Humanos, un documento representativo de todas las naciones del mundo "con diferentes antecedentes jurídicos y culturales". El 10 de diciembre de 1948 la Asamblea General de las Naciones Unidas en París proclamó aquella declaración como "un ideal común para todos los pueblos".¹ Allanó el camino para la implementación de diversos tratados de derechos humanos que hoy en día se aplican de manera permanente en todo el mundo. sus valores principales: la libertad, la justicia y la paz.
    Pero tres cuartos de siglo después hemos descubierto con un sino de desaliento que las bases fundantes sobre las que se edificó la Declaración de los Derechos Humanos, hoy están totalmente socavadas. Dice el profesor José Antonio Seone de la Universidad de la Coruña en su artículo para la fundación Manuel Giménez Abad de España, que "todo exceso es insano, y también para el Derecho".² Es justamente lo que viene sucediendo con los derechos humanos: se está cometiendo un exceso con ellos, se están utilizando para el abuso y para coartar los derechos ajenos en nombre de la defensa de los propios.




    Hoy, todos los aspectos de la vida civil y política están enmarcados por derechos. El derecho a la protesta por aquí, y el derecho a ejercer la sexualidad libre y abiertamente por allá; el derecho al auto reconocimiento como al sujeto le venga en gana por un lado, y el derecho a requerir una protección especial del Estado por considerar que se pertenece a uno de los grupos de exclusión por el otro. Y sí, aunque los derechos fundamentales de los seres humanos requieren ser protegidos a lo largo del tiempo, nos estamos viendo avocados a una "inflación de derechos" que cada vez nos está haciendo más insoportable la existencia. La agenda de la ONU en esta materia reconoce, a través de sus agencias filiales, que en efecto existe un exceso de derechos que pretende cubrir todos los frentes del devenir humano; que el marco del reconocimiento de garantías y prebendas es un atractivo importante para justificar las nuevas luchas que se apropiaron del lenguaje y de la justicia
    Open Global Rights, por ejemplo, admite que "las quejas sobre la inflación de los derechos no son nuevas, y en gran medida, distorsionan el proceso interpretativo mediante el cual los jueces y otros órganos oficiales extienden orgánicamente las protecciones de los derechos humanos a lo largo del tiempo".³ Es decir, que esta fundación descaradamente progresista (sólo basta ver su nombre) le dice a quienes consideran que existe un exceso de derechos, o en su defecto una demanda exagerada por hacer valer los derechos que en ocasiones no son siquiera vulnerados, que están distorsionando las luchas que solamente los jueces pueden interpretar. Visto así, para ellos es muy bueno que se hable de más y más derechos y se expandan estos a los aspectos en donde no sería relevante reclamar aquello que no se ha perdido. Por ejemplo, Naciones unidas definen nuevos derechos cada vez que pueden, y estos a su vez pretenden abarcar mucho más allá de los derechos naturales. Ya no los proclama para una generalidad de ciudadanos, sino que segmenta por grupo social, profesión, región geográfica, orientación sexual, raza, edad, grupo étnico y hasta simpatía política. En esta última característica no necesito definir cuál es aquella que la ONU favorece. 
    Es así como los promotores de la segmentación hablan de los derechos de las personas trans o los derechos de los inmigrantes ilegales como si los primeros y los segundos pertenecieran a una categoría diferente a la humana. ¿Acaso los Derechos Humanos no fueron promulgados para aplicárselos a todos en general?



    Pese a todo, cuando no se comparte esa desmedida inflación de los derechos, no tarda la militancia progre en tratarlo a uno de lo contrario, es decir, de antiderechos, de ignorante, de negacionista de la realidad, de desconocer el avance que se ha logrado gracias a las luchas de los grupos minoritarios. Y yo pienso que sí, que los grupos que han sido marginados a lo largo de la Historia merecen su inclusión, como todos; que toda persona es digna e importante, pero sospecho que el discurso que enmarca el activismo en que todo es una transgresión a un derecho, está haciendo que estos por sí mismos carezcan de valor. Es decir, el culto desmedido a los derechos se ha convertido en la nueva religión, tan radical como la más ortodoxa de las religiones: el derechohumanismo.
    Así le llamo yo, pues los adeptos a esta religión se han encargado de tergiversar y filtrar las acciones humanas a través de una ideología perniciosa, hasta el punto de que los deseos también se han ubicado en la misma categoría de los derechos. Por el contrario, ellos mismos son los que han proclamado a los cuatro vientos que los deberes que tiene un ciudadano para con su sociedad obedecen a una tiranía impuesta por un poder supremo que hay que derrocar. 
    Como si fuera poco, entra también la patraña de la deuda histórica. Todo se volvió una deuda, ya sea histórica, social, o moral. Todo se cataloga como una falta de empatía de los que no somos creyentes de esa religión. Todo es una opresión del sistema. Si bien es una realidad que venimos de un pasado de discriminación, de estructuras jerárquicas de exclusión y explotación, y de relaciones de dominación; esa es una constante de la Historia que no podemos cambiar con una discriminación a la inversa, o positiva, como le llaman los fieles de la religión de los derechos. No se puede compensar en el presente las injusticias del pasado que se cometieron contra unas personas que ya no están, y que fueron cometidas por otras personas que tampoco están. ¿Habría que crear entonces unas nuevas injusticias en el presente de manera que se puedan compensar con ellas las injusticias del pasado? 




    Y es eso precisamente lo que nos quiere enrostrar la ideología del derechohumanismo y de la deuda histórica: que los blancos se arrodillen frente a los negros en las justas deportivas y en los actos conmemorativos para pedirles perdón por la esclavitud que hubo; que los heterosexuales se callen ante los homosexuales y casi que los veneren porque estos antes fueron perseguidos; que los hispanos (que por cierto no somos hispanos puros) nos dejemos pisotear por los indígenas porque fueron nuestros ancestros españoles de hace tres  siglos los que llegaron a someterlos; que los hombres bajemos la cabeza frente a las mujeres y les regalemos nuestra valía para que ellas se venguen por tantos años de machismo; en fin. Porque al otorgar derechos especiales a cada conglomerado que fue víctima de otro, se cree que se restablece el equilibrio de la Historia.
    Tanto es lo que se habla de derechos hoy en día, que hasta las treinta veces que he repetido la palabra "derecho"" en este artículo resultan un abuso del término, y ofrezco excusas por ello, pero solo quiero evidenciar que no podemos hacer de nuestros derechos humanos el caballo de batalla para fomentar nuevas guerras en nombre de lo que consideramos "un reconocimiento de la dignidad inalienable de los seres humanos". (Declaración Universal de los derechos Humanos, 1948).
    Es que hoy cualquier acción pretende cobijarse bajo el paraguas del derecho humano. El aborto ya se considera un derecho a decidir, por ejemplo, cuando en realidad es la decisión de matar a un inocente, lo cual excluye la vida. Pero entre aborto y vida está primando el primero sobre el segundo. En Argentina, hasta las toallas higiénicas son exigidas como un derecho para que lo garantice el Estado. A esto le llaman "Justicia Menstrual". Parece un chiste, pero reírse de ello es causa de serios problemas. Exigencias como estas están justificadas sobre la base de la religión derechohumanista: "todo deseo descabellado de la sociedad se pretende considerar un derecho humano".




    Semánticamente se le ha expandido tanto el campo al término, que por querer estar agrupando todo bajo este significante, los verdaderos derechos humanos han perdido su significado y cada vez valen menos.
    Habría que redefinir cuáles son los derechos realmente humanos. La vida, la libertad, por ejemplo, están considerados en todos los tratados y constituciones como derechos humanos naturales. Con la sobreabundancia de deseos elevados a la categoría de derechos, carece de seriedad esa palabrita de moda.
    ¿Quiénes entonces definen qué es un derecho humano y qué no? ¿Qué tratados cobijan todas esas quimeras que los imbéciles pretenden consagrar como derechos? Si los derechos son el fruto de los combates políticos ganados a través de años de lucha y reivindicaciones, es lógico que los nuevos combates, aunque sean injustificados, o aunque no defiendan una causa con sinceridad, están ganando terreno en lo político y desplazando los derechos fundamentales. La vida misma, la libertad, la libre expresión, son instituciones que poco a poco se convierten en conquistas obsoletas.


    Mientras tanto la religión del derechohumanismo cada día gana más adeptos que han sabido explotar muy bien el negocio de la victimización. Estoy pensando seriamente en ser parte de la secta, ahora que acabo de cumplir mis 42 años y siento que el Sistema me está negando mi derecho a tener éxito en la vida; a tener una bonita mujer y unos hijos obedientes, y un auto del año, y una villa con lago para mi deleite. No señores, no son sueños de un iluso fracasado: son mis derechos, mis derechos humanos, según la ideología derechohumanista.

[1] https://www.un.org/es/about-us/universal-declaration-of-human-rights

[2] https://dialnet.unirioja.es
art...PDF "TODO EXCESO ES INSANO, TAMBIÉN PARA EL DERECHO"

[3] https://www.openglobalrights.org/human-rights-inflation-whats-the-problem/?lang=spanish

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