Otros, por su parte, son
escépticos frente al panorama que ofrecen las encuestas. Aunque uno les deja
traslucir la preocupación por lo que pueda pasar con el candidato indeseable,
ellos simplemente emiten un juicio de valor como si fueran grandes conocedores
de la historia. “No va a pasar nada”, dicen con suficiencia. “Esto ya lo hemos
vivido antes: siempre la izquierda hace bulla y a la hora de las elecciones nunca
gana. En Colombia no ha gobernado la izquierda porque este es un país
conservador, ¿por qué habría de gobernar ahora?”.
Qué bueno que Dios los
escuchara y tuvieran razón, pero mucho me temo que esa posición es la más
absurda que podemos tomar en este momento de la historia: creer ciegamente que
nada va a pasar, que todo seguirá igual, como si no se sintieran pasos de
animal gigante, como si en cada conteo de los últimos cuatro comicios para la
presidencia de la República no se viniera acercando la izquierda cada vez más
al trono, es una insensatez que nos podría costar caro. Son este tipo de
incrédulos, muchos de ellos con una posición mesurada o de centro, los que
tienen gran parte de la culpa de que en otros países se les haya colado la plaga
izquierdista por el resquicio de su negacionismo. Colombia no será la
excepción. Eso de que no va a pasar nada porque la tradición siempre ha dicho
otra cosa o porque la oligarquía que durante años ha manejado este país no va a
dejar que un simpatizante del socialismo llegue al poder, es tan irracional
como pensar que el mundo permanece inmutable desde su creación. No se han dado
cuenta de que las cosas pueden cambiar, y así lo vienen demostrando las
tendencias de los últimos veinte años.
Yo creo, por desgracia, que en esta oportunidad van a ganar los progresistas, por la razón o por la fuerza. “Si no es ahora no será nunca”, les escucho decir a los zurdos que saben que tienen todo de su parte, y que al fin se les cumplirá el sueño. Están convencidos de que ahora sí viene el cambio, que se va a dar el viro que el pueblo estaba necesitando, que ganarán sí o sí. Estos convencidos no saben la telaraña que están tejiendo para sí mismos. El cambio no llega de parte de los políticos. Y si llega, ya sabemos que nunca es para bien. No seamos tan ingenuos. A veces se promueve un cambio sustancial para que al final todo siga igual. Eso piensan los apáticos, los que muy en el fondo aspiran a ese cambio para irnos al abismo, pues urgen de un sacudón que los haga despertar. Sólo que ese avivamiento ocurre cuando ya es demasiado tarde.
De lo que no nos hemos dado cuenta el resto de colombianos, es que la izquierda ya gobierna desde hace rato, y aunque no lo creamos, desde el mismo gobierno de Juan Manuel Santos, tal vez desde Álvaro Uribe.
Los jueces, desde aquellos
tiempos, estaban comenzando a hacer de las suyas. La izquierda copó la rama del
Poder Judicial y eso dio pie para que montaran su propio cartel de venta de
sentencias o dieran golpes de Estado cuando les diera la gana. Hoy las cortes
son prácticamente una dictadura que usurpa la función de los otros poderes. El
Legislativo, por su parte, cada vez fue cediendo más curules a la oposición, y
poco a poco los partidos afines al progresismo se fueron haciendo legión, hasta
el punto de que las alianzas derrotaron a las mayorías. Ya fuera por votos, por
mermelada o por regalos, el Congreso colombiano se convirtió en una mala caricatura,
en un circo con micos y elefantes que en lugar de hacer leyes buenas aprobó
sólo aquellas que beneficiaran a los Padres de la Patria, es decir, a ellos
mismos. También el Ejecutivo se vendió a los intereses de las organizaciones
multilaterales y al corporativismo con presidentes como Uribe, Santos, Duque, y
el que viene, llámese como se llame. El negocio está pactado, y de lo que se
trata es de debilitar la institucionalidad. Pensar que Uribe tenía ideología de
derecha fue el más cándido error de los colombianos. Él nunca fue de derecha
real a pesar de ser antisubversivo y combatir a la guerrilla. Nunca lo declaró
si quiera porque siempre fue un socialdemócrata, es decir, un liberal con
conciencia social, y no hay nada más parecido a la izquierda hoy en día que ese
sector de los que se hacen llamar socialdemócratas.
Otra cosa de la que no nos
hemos querido dar cuenta los colombianos es que no somos nosotros los que
elegimos al presidente. El presidente nos lo imponen desde afuera, desde los
organismos internacionales y el multilateralismo. Nosotros solamente jugamos a
depositar el voto, pero el nombre del ocupante de la Casa de Nariño ya está
pactado desde hace mucho rato: se llama Gustavo Petro.
Gustavo Petro, un hombre que transpira el odio más sórdido por la sociedad, y que lo alberga en su mirada, en su discurso y en su corazón, cuyo proceder en su juventud es más parecido al de un gatillero que al de un combatiente, que ejecutó a sangre fría a enemigos que eran un obstáculo para su organización criminal del M19, de la que él formó parte; él, el ex guerrillero que está marcando la agenda política del momento y que tiene dividido al país en dos; para desgracia del pueblo colombiano (y ruego a Dios porque no sea así) será el próximo presidente de la República. Quienes han hurgado en su hoja de vida y han querido desenmascararlo se encuentran con grandes vacíos en la vida de este hombre: aparte de su pasado guerrillero es poco lo que se conoce de él. Ni siquiera se ha verificado su lugar de nacimiento, aunque dicen que es de Ciénaga de Oro. Se sospecha de un amancebamiento que tuvo siendo joven con una menor de edad, del cual quedaron unos hijos que no se sabe quiénes son; y también de una inmoral incursión en el bajo fondo del travestismo que siempre se mantuvo oculta y de la cual salió su otro alias: Rosita[1]. El grupo criminal al que perteneció en la década de los ochenta tuvo nexos con la mafia de Pablo Escobar, y fue este quien les financió la Toma del Palacio de Justicia. Petro no es el representante de la mayoría en Colombia, con toda seguridad, y aun así muchos fanáticos enceguecidos están dispuestos a votar por él creyendo que les va alivianar sus cargas económicas, que va administrar con ética los recursos de los contribuyentes y que será el caudillo que lleve al país por las sendas de la equidad y la justicia social.
Según el periodista e
investigador Ricardo Puentes Melo, desde hace muchos años está acordado que es
Petro quien tiene que llegar al poder para este período presidencial[2]. En
1997 se reunió la fundación Buen Gobierno, gestada por Juan Manuel Santos, con
grandes personajes de la política colombiana, con empresarios, políticos,
líderes guerrilleros, periodistas, entre otros, con el objetivo de diseñar la
agenda colombiana para los próximos 17 años, dividiéndola en estadios. El
primer estadio sería el de un gobierno de diálogo con la subversión con miras a
buscar un acuerdo de paz. Este fue el período de Andrés Pastrana, quien
propició todas las condiciones para firmar la paz con las Farc sometiéndose
incluso a su voluntad. El acuerdo no podía llegar a buen término, así que se le
abrió la puerta al segundo estadio, que era un gobierno de mano fuerte que
combatiera a la guerrilla y la debilitara sin llegar a eliminarla de tajo.
Mientras se efectuaba ese combate las organizaciones de derechos humanos
mirarían hacia Colombia, propiciando el ambiente para hablar de paz y entrar
así al tercer estadio, que sería un proceso de negociación con la guerrilla que
sirviera para lavarle su imagen de criminales y acreditarles simpatía
internacional. El proceso lo inició Uribe a escondidas y lo continuó su sucesor.
Santos pactó el acuerdo sin darle méritos a Uribe y por ello fue que se
enemistaron. No hubo tal traición. Así la izquierda ya podría entrar a tomar
parte en el poder, pero necesitarían antes un gobierno de transición hacia el
socialismo desde la democracia. Si Petro no fue puesto en 2018 era porque primero
tenía que venir ese gobierno, el de Iván Duque, que obedeció al pie de la letra
las instrucciones que tenía que cumplir. El gobierno de transición debía
provenir de las huestes derechistas para que a la hora de reivindicar la JEP y
el espurio Proceso de Paz con las Farc no se le fuera el pueblo encima y por el
contrario creyera que era bueno si lo hacía el Uribismo. Al tener a un tonto
útil que encarnara los peores pecados de la izquierda, pero en representación
de la derecha, el pueblo inevitablemente se volcaría a la otra opción, esa que
hablaba de subsidios, de programas sociales, de lucha de clases, de amor por lo
humano, porque según esa opción, el
problema del país era la desigualdad.
Según Puentes, también se
negoció en La Habana que Petro sería el hombre indicado para acabar con la
democracia colombiana y fragmentar las instituciones desde adentro, en
consecuencia con lo que viene pasando con las demás democracias
latinoamericanas. El Foro de Sao Paulo (ahora Grupo de Puebla) ha de poner a su
candidato en Colombia como lo puso en los demás países con el visto bueno del
globalismo, pues ambos comparten objetivos en común.
Por otro lado, ¿qué nos hace
pensar a los colombianos que seremos la excepción cuando está visto que por la
vía del Poder Judicial se están implementando con celeridad las medidas que
recomienda la Sociedad Abierta de Naciones, de propiedad de George Soros? En
menos de veinte días, por ejemplo, se emitieron dos fallos fundamentales para
los intereses del globalismo (aborto y documento con género "no binario").
Es que hay que ser muy
ingenuos para creer que los colombianos somos los que vamos a elegir presidente
cuando desde afuera ya nos lo eligieron con la anuencia de la élite colombiana
de izquierda, incluido el Uribismo que jamás fue de derecha, y la clase
política que siempre ha estado al servicio de las mafias (o es ella misma una
mafia). Sólo un milagro nos podría evitar que se cumpliera ese designio trágico
para nuestro país.
No hay candidato de derecha
que le pueda dar debate en este momento al Elegido.
Ni siquiera hay consenso en la centro-derecha que no se considera de derecha
porque sus candidatos tienen miedo a ser señalados de ultraderechistas, es
decir, a ser calificados desde la perspectiva del enemigo que se ganó la
narrativa del discurso.
Un Fico Gutiérrez, un Barguil o un Oscar Iván Zuluaga poco o nada podrán hacer ante el poder del globalismo. De hecho ni siquiera deben saber lo que se encierra detrás de esa palabra, no tienen ni idea. O si la tienen deberán dejar pasar esa objeción, si es que quieren llegar al poder. ¿Quién podría contrariar las recomendaciones de la ONU con respecto a su Agenda 2030, o al Foro Económico Mundial con respeto al Gran Reseteo? ¿Quién podría negarse a recibir un préstamo del FMI con altísimos intereses a cambio de dejar meter en la Constitución del país todas las políticas orientadas a promover la ideología de género, la agenda LGBT, y los tratados de pérdida de soberanía con la excusa de proteger el medio ambiente? Si de hecho bajo el gobierno actual, que se suponía que era de derecha, Colombia dio el salto más grande hacia el progresismo con la despenalización del aborto, quedando como el país más “laxo” de la región en este tema, no me imagino lo que sería estar en manos de un verdadero progresista, que además es comunista.
En conclusión, queridos
compatriotas, sólo un milagro nos podría salvar, o al menos posponer por otros
cuatro años la hecatombe. Acaso la hora cero ya esté marcada para Colombia.
Igual hay que votar, sumar esfuerzos para que un hombre tan nefasto no llegue
al poder con ganas de desquitarse de lo que le hicieron en el pasado, con
expropiaciones y pérdida de libertades. Ejercer el deber de ciudadanos en la medida
en que se pueda. Y aquellos que todavía piensan que no va a pasar nada, que
Petro no sería tan grave como creemos, los insto a que desconfíen. O sino
pregúntenle a los miles de venezolanos que están rodando por las calles
colombianas en busca de un plato de comida qué era lo que decían por allá en
1998, cuando un coronel medio chiflado se lanzó a ser presidente. Primero se
burlaron, luego lo subestimaron, y ahora están pagando las consecuencias.
Así pues que a pesar de tener
todo en contra, que ya todo parezca estar negociado, mantengamos la esperanza
en el milagro que nos ayude en esta lucha contra la izquierda socialista, que
no es más que un lobo con piel de oveja.
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