A ocho días de la primera
vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia, el panorama que nos pintan
las encuestas no ha cambiado sustancialmente: Petro sigue liderando la
intención de voto, Fico lo secunda con prácticamente la mitad del porcentaje.
Atrás vienen los del llamado centro: Hernández y Fajardo, cuyos votantes son
los que definirían esto en segunda vuelta; y muy atrás, con un porcentaje
ínfimo, casi que simbólico, vienen los demás: Ingrid, Enrique Gómez y Jhon
Milton Rodríguez. Estos dos últimos, los que más se le acercan a una ideología
de verdadera derecha en Colombia. Debe estar muy mal la derecha para que no
alcance a representar ni el 3% de la intención de voto presidencial.
Porque contrario a lo que se
piensa, Fico no representa la verdadera derecha. Él podría ubicarse en el sector
de la centro-derecha, si se quiere, que a veces se corre más al centro o a la
centro-izquierda, pero no se ubica en una derecha conservadora y
antiprogresista, que es la que anhelan los colombianos que se identifican con
esta corriente ideológica. Él mismo no se quiere encasillar en el espectro de
las viejas tendencias. Quiere desmarcarse de eso, pero es un error: mientras la
extrema izquierda petrista va con toda para asegurarse la presidencia por la
razón o por la fuerza, aglutinando lo peor de la política colombiana y pactando
con cuanto indeseable tenga que pactar para encumbrarse en el poder, el ingenuo
y bien intencionado Fico pretende convencer con un discurso políticamente
correcto, en donde pide que nos olvidemos de las disputas ideológicas y nos
unamos todos por el bien de Colombia. Ojalá fuera así de fácil, Fico, pero la
realidad es otra.
Esta disputa presidencial hay que entenderla como una lucha a muerte contra la internacional comunista. Los colombianos nos estamos jugando el pellejo en las votaciones más importantes de la historia republicana. Fico intuye que sí, pero no se atreve a tomar el toro por los cuernos. Tal vez desconoce que el poder de la izquierda no es sólo contar con el voto de muchos ciudadanos erráticos, confundidos o malintencionados (que quieren un cambio que nos va a precipitar al abismo), sino que es además el poder de una gran fuerza global en la que interfieren actores de distinta índole, todos estratégicamente organizados y con el plan ya trazado para que el socialismo se encumbre en Colombia: Grupo de Puebla, Fundación Rockefeller, Open Society Foundation, CIDH, CEPAL, ONU, Banco Mundial, Cuba, Venezuela y demás países miembros del Foro de San Pablo, movimientos sindicales, organizaciones guerrilleras como las Farc, el ELN, y otros grupos narcotraficantes, y en general los gobiernos adscritos al socialismo del siglo XXI, son algunos de esos actores.
Claro que es una cuestión de izquierdas y derechas, hoy más que nunca.
Esa batalla toca darla, y especialmente por el lado de la cultura. O tocaba
darla desde hacía mucho tiempo para no haber tenido que pasar por este momento
histórico tan peligroso. Desde luego que los organismos internacionales tienen
aquí las manos metidas, como las tuvieron en la toma guerrillera urbana de
2021, la que disfrazaron de protesta pacífica. Desde luego que el plan de la izquierda
internacional ya está trazado con ayuda de globalistas y grandes financiadores;
los mismos que ayudaron a subir presidentes socialistas en toda Latinoamérica.
No es una teoría conspirativa.
La realidad salta a la vista. Tomemos un mapa político de Latinoamérica para
que veamos que ya está casi todo pintado de rojo. Sólo faltan Colombia y Brasil por caer.
Así como los otros dos países del Pacto de Lima —Perú y Chile—, ya cayeron en
manos del socialismo, a Colombia le piensan asestar el golpe en estas
elecciones.
De modo que Fico, el candidato que apoyaré en segunda vuelta en caso de que pase, debe entender que no sólo están las ideologías de por medio, sino los intereses globalistas materializados en agendas que a veces él mismo se ha encargado de apoyar sin darse cuenta, como la agenda LGTB: no sabe Fico toda la estafa y la amenaza para los intereses nacionales que se esconde detrás de esa farsa.
Por el lado de Petro, a él no sólo lo
favorecen las encuestas, sino todo el sistema que se ha montado para que sea el
ganador. Es la crónica de una muerte anunciada. Todo está preparado de
antemano. Las instituciones ya están cooptadas por la izquierda, entre ellas la
Registraduría, que después de las elecciones legislativas tendió un manto de
duda acerca de la confiabilidad de sus procedimientos y funcionarios.
Petro ya se siente presidente. Ya gobierna en las sombras y es el dueño de la orden que obliga a generar el caos o a mantener la estabilidad. Se da el lujo de hacer alocuciones cuasi presidenciales desde sus redes, enviando a su ejército de apoyadores de La Primera Línea a incendiar el país; hace actos de campaña en plaza pública cuando en el momento no lo había permitido el Consejo Nacional Electoral. Luego se va a España a obtener el apoyo del partido socialista español, el partido de gobierno, y seguramente a contratar a los mercenarios… digo, a los escoltas que hacen parte de su equipo de seguridad. A lo mejor fueron los que infiltraron la campaña de su contradictor más próximo. Después se reúne con los directivos de INDRA, la empresa que va a suministrar el software para contar los votos en las elecciones presidenciales. Si se hiciera una comparación con el fútbol, eso tiene el mismo efecto suspicaz de un directivo de un equipo que se reúne con el árbitro a puerta cerrada antes de comenzar el partido. No deja un sabor de juego limpio. Después aparece borracho en un acto de campaña en Soacha y ninguna autoridad se pronuncia. Luego manda gente de su campaña y de su familia a las cárceles a que se entrevisten con condenados por corrupción, los que se robaron a Bogotá, y luego sale a proponer un perdón social para los que han delinquido, qué belleza. Después sale a decir que los paramilitares son bienvenidos a su campaña y protesta por la extradición de Otoniel, porque pareciera que a Petro le gusta el narcotráfico. De hecho, él es partidario de la legalización y la no extradición. ¿Acaso pensará ser el jefe del cartel más grande de Colombia cuando esté en el gobierno, al mejor estilo de Nicolás Maduro? Si así es como candidato apenas, no quiero imaginarme lo que será como presidente.
Y no hablemos mucho de su vicepresidente (no vicepresidenta), la señora
Francia Márquez, la misma que recibió el beneficio del Ingreso Solidario, el
cual se suponía que era para las personas más pobres, creado durante la
pandemia para hacerle frente al hambre que muchas personas tuvieron que pasar
ante la imposibilidad de salir a ganarse su sustento. Ella, a sabiendas de que
no lo necesitaba, se quedó muy calladita porque aparecía en la lista de los
beneficiarios, y pues ella qué culpa, ¿verdad? Aparte, Francia repite de
memoria el discurso de la nueva izquierda, el de la victimización, el de la
reivindicación, el del feminismo, el racismo, el ecologismo, la agenda LGTB, el
igualitarismo, en fin. Encarna todo lo progresista que se puedan haber
inventado, importándonos problemas de otras sociedades para tratar de gestarlos
aquí, porque las instrucciones que le dieron parecen ser muy claras.
¿Y qué decir de los aliados
del Pacto Histórico? Dejan mucho que desear. Uno duda que sean ellos los que
van a representar el cambio. Basta mirar quiénes acompañan a Petro: Gustavo
Bolívar, el financiador de la Primera Línea, que de ninguna manera son
muchachos perseguidos injustamente: son terroristas urbanos, muchos de ellos
pertenecientes a las células urbanas del ELN, como se demostró. Roy Barreras,
el discutido y eterno senador que ha militado en todos los partidos y del que
todavía no se conoce su participación en los desfalcos de Caprecom y Saludcoop porque
precluyó la investigación sin saberse la verdad. El desfachatado Armando
Bennedetti, investigado por corrupción y enriquecimiento ilícito, aunque esas
investigaciones son las que nunca avanzan. El amigo de los delincuentes de las
Farc, el senador Iván Cepeda, el que al parecer tiene licencia para entrar a
las cárceles con grabadora en mano para registrar testimonios sin que nadie le
cuestione por ello. En honor a su padre bautizaron las Farc el frente Iván
Cepeda Vargas, de manera que el senador tiene que estarles muy agradecido. Fue
el mismo que apoyó al bandido de Santrich cuando la JEP se negó a extraditarlo;
le levantó las manos en señal de victoria como una burla hacia el país, pues el
“cieguito” se hizo la víctima de un entrampamiento, pero se descubrió que seguía
delinquiendo después de la firma del espurio acuerdo de paz.
En conclusión, el panorama electoral en Colombia es turbio, y cualquier
otro candidato que gane sería un alivio temporal que nos pospondría el fantasma
del comunismo por cuatro años más, aunque no estaremos a salvo.
Como apuesto a que no habrá
ganador en primera vuelta, si estuviera en mi país votaría por Jhon Milton Rodríguez
o por Enrique Gómez, pues es un voto de opinión en el que se vota por el
candidato que más lo puede representar a uno. De hecho, me parecen mejor las
ideas de Jhon Milton, que es cristiano y está del lado de la familia y la fe.
Por eso considero que nunca será un voto perdido, así los pragmáticos digan lo
contrario.
En segunda vuelta sí me voy
con todo con Fico, que me parece un buen tipo y se ve que quiere hacer una
buena presidencia. No creo que sea el continuismo de Duque, aunque tengo mis
reservas cuando los financiadores de las agendas progres lo cojan por su cuenta
y lo convenzan de hacer parte del avance por los derechos, la diversidad, el
desarrollo sostenible y cuantas patrañas se les ocurra en nombre de la pérdida
de las libertades.
Por Petro nunca. Jamás. Hay
que ser un desalmado, un bruto o un mediocre para votar por él. Como lo dijo
alguna vez el periodista Felipe Zuleta: “si gana Petro el país se va a la
mierda”. Porque no estamos en ella todavía, como dicen los zurdos, pero con su
ayuda, pronto estaremos allí.
Porque si al final de este
periplo electoral, el nuevo presidente de Colombia se llama Gustavo Petro, el
país deja de estar a las puertas del infierno para adentrarse en él.







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