sábado, 28 de mayo de 2022

Culpa nuestra

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    En un mundo ideal, una nación debe generar riqueza como condición imprescindible para sobrevivir y mantenerse activa dentro del mapa geopolítico. Debe también contar con unos administradores justos y honestos que no se roben la riqueza de sus ciudadanos. Para ello es menester que la sociedad que conforma esa nación esté dotada de principios que a su vez se reflejen en sus gobernantes. Si estos cometen abuso, las personas tendrán que estar prestas a denunciarlos, a expresarse en contra de las prácticas insanas. Pero no basta con que la sociedad denuncie, proteste, rechace, o exponga al mal funcionario en la picota pública. Hay que actuar contra los representantes que han malversado los recursos apropiándose de ellos: hacerlos pagar y no descansar hasta que se imponga una condena ejemplarizante. No hay que quedarse en la crítica, sino salir a proponer un modelo de gobierno en donde no se repita el error de volver a encumbrar dirigentes corruptos o tiranos. Eso, repito, en un mundo ideal.

    Pero como tal cosa no existe, volvamos a la realidad. Y la realidad es que mientras la sociedad no se amase con los ingredientes de la ética y los valores, nunca podrá disfrutar del sabor de los buenos líderes, salvo en casos excepcionales en que por obra y gracia de la suerte, un pueblo sumido en la miseria dé con un buen conductor de sus hilos, o al menos con uno que tenga buenas intenciones. Pero no es esa la regla, sino la excepción.

    Una sentencia de vieja data nos aterriza el silogismo de esta manera: “cada pueblo tiene los gobernantes que se merece”. Es inevitable: la rectitud y la sapiencia de los guías encumbrados son el reflejo de la rectitud y la sapiencia del pueblo que los eligió. Son los frutos que da el árbol de la nación, y los principios éticos, el abono.

    También está el consejo bíblico que nos dice “por sus frutos los reconoceréis”, para recordarnos que no son los discursos ni las promesas, sino las buenas ejecutorias del gobernante las que valen. Porque una cosa es lo que dicen antes de tomar el poder, cuando son empáticos con sus electores. Otra cosa es lo que ocurre después, y para la muestra tenemos ejemplos infinitos desde el comienzo mismo de la Historia.

    Así, si le echamos la culpa al gobierno elegido popularmente de los males que nos aquejan, deberíamos mirar primero qué hicimos o qué dejamos de hacer nosotros como sociedad para que dichos males se hubieran acarreado sobre nuestras cabezas.



    Y todo esto lo digo por la sociedad colombiana. Próximamente elegiremos presidente motivados (otra vez) por un gran cambio que se promete como la redención última de nuestros padecimientos históricos. Es probable que dentro de unos años nos estemos quejando (como hoy) de que las cosas salieron mal. Le echaremos en cara el error a los compatriotas obnubilados que se dejaron convencer por las promesas, o que simplemente, cansados de tanta estafa, ardidos de tanto ultraje, eligieron la peor opción para así irnos de una vez al abismo y no tener que seguir muriendo lentamente. Le echaremos la culpa al impostor que la sociedad ungió, ya sea por ingenuidad o por puro despecho, porque al igual que los otros, también se aprovechó. Con el agravante de que por él nunca antes estuvimos tan dispuestos a perderlo todo; tan suicidas.   

    Hay que examinar el entorno dentro del cual se ha forjado el caudillo de marras y determinar por qué se le permitió llegar hasta donde llegó. Hay que identificar la cultura e idiosincrasia que tiene el pueblo que lo eligió; qué tipo de valores encarna; quién influyó en su educación, si acaso tuvo alguna; cuáles son los paradigmas que ese pueblo tiene inculcados en su opinión. Porque una sociedad en conflicto, surcada por la violencia, el odio, el resentimiento; colmada de corrupción; educada en la cultura del avivato y el facilismo; dispuesta a saltar por la borda si no se le conceden sus caprichos mendicantes; vendiéndose al postor que mejor pague por su conciencia; nunca, pero nunca, podrá elegir a un buen gobernante. Ni siquiera tendrá una baraja de candidatos respetable.

 Dentro de unos años, cuando en medio de la pobreza de la nación se quiera ejercer la autocrítica, ya será demasiado tarde. Todo se habrá quedado en un anhelo de que las cosas hubiesen sido diferentes por no haber sembrado con la semilla de la racionalidad.



    Los psicólogos utilizan un término que bien podría acuñarse en la sociedad colombiana: pensamiento ilusorio, que consiste en percibir la realidad a través del deseo para derivar de allí una actitud ilusa, irresponsable, egoísta y tendenciosa. Al final la persona termina creyendo que las cosas se resolverán de la mejor manera sin tener en cuenta que los indicios apuntan hacia otro lado. Es una fase de negación ante las evidencias irrefutables de lo que se viene encima.

    Si los colombianos le apostamos a esa ilusión de que todo seguirá igual en el futuro, que nada malo podrá suceder, no podremos quejarnos el día de mañana. No podremos decir “debimos habernos preparado para la debacle”. No valdrán los lloriqueos ni los señalamientos, diciendo que la culpa es de la derecha oligarca, del capitalismo salvaje, del imperio yanqui. La culpa, la verdadera culpa, será del pueblo mismo por haber tomado esa actitud de escepticismo frente a la realidad política del país. De diversas formas nos lo advirtieron y nos hemos negado a creer gracias a nuestro optimismo desbordado.

    Porque como buenos exponentes de esta región latinoamericana, nos gusta posponer las responsabilidades con tal de no afrontar el dolor de la incomodidad, ignorando de paso la realidad cruda que está tocando nuestra puerta para traernos malas noticias.




    Por los fanáticos nada puede hacerse. Ni hoy, ni dentro de cuatro, diez, o veinte años. Ellos seguirán pensando que su líder, aunque los tenga pidiendo limosna en los semáforos, aunque los suma en la más estólida miseria, les seguirá brindando una luz de esperanza “cuando los enemigos de la revolución al fin caigan y la amenaza extranjera que los bloquea se termine”. Porque cuando los gobernantes son tiranos siempre buscarán los culpables más allá del horizonte.

    Pero me da coraje por los incrédulos, tan cómodos en sus sillones, jactándose de que nada va a pasar y moviendo la cabeza de un lado a otro cuando alguien intenta advertir sobre el peligro.



    Así mismo ocurrió en los tiempos de Noé, y ya ven lo que pasó. Los animales se salvaron, pero a los que se decían ser racionales y se burlaron del pobre Noé, se los llevó el diluvio.

    Ustedes saben a qué me refiero. No hace falta decir nombres ni repetir la monserga de los indignados. En todo caso, por si cualquier cosa pasa dentro de unos años, no metamos a Dios en esto. Culpa nuestra. Aunque en muchos casos tengan que pagar justos por pecadores.      

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