En un mundo ideal, una nación debe
generar riqueza como condición imprescindible para sobrevivir y mantenerse
activa dentro del mapa geopolítico. Debe también contar con unos
administradores justos y honestos que no se roben la riqueza de sus ciudadanos.
Para ello es menester que la sociedad que conforma esa nación esté dotada de principios
que a su vez se reflejen en sus gobernantes. Si estos cometen abuso, las
personas tendrán que estar prestas a denunciarlos, a expresarse en contra de
las prácticas insanas. Pero no basta con que la sociedad denuncie, proteste, rechace,
o exponga al mal funcionario en la picota pública. Hay que actuar contra los
representantes que han malversado los recursos apropiándose de ellos: hacerlos
pagar y no descansar hasta que se imponga una condena ejemplarizante. No hay
que quedarse en la crítica, sino salir a proponer un modelo de gobierno en
donde no se repita el error de volver a encumbrar dirigentes corruptos o
tiranos. Eso, repito, en un mundo ideal.
Pero como tal cosa no existe,
volvamos a la realidad. Y la realidad es que mientras la sociedad no se amase
con los ingredientes de la ética y los valores, nunca podrá disfrutar del sabor
de los buenos líderes, salvo en casos excepcionales en que por obra y gracia de
la suerte, un pueblo sumido en la miseria dé con un buen conductor de sus hilos,
o al menos con uno que tenga buenas intenciones. Pero no es esa la regla, sino
la excepción.
Una sentencia de vieja data
nos aterriza el silogismo de esta manera: “cada pueblo tiene los gobernantes
que se merece”. Es inevitable: la rectitud y la sapiencia de los guías
encumbrados son el reflejo de la rectitud y la sapiencia del pueblo que los eligió.
Son los frutos que da el árbol de la nación, y los principios éticos, el abono.
También está el consejo
bíblico que nos dice “por sus frutos los reconoceréis”, para recordarnos que no
son los discursos ni las promesas, sino las buenas ejecutorias del gobernante las
que valen. Porque una cosa es lo que dicen antes de tomar el poder, cuando son
empáticos con sus electores. Otra cosa es lo que ocurre después, y para la
muestra tenemos ejemplos infinitos desde el comienzo mismo de la Historia.
Así, si le echamos la culpa al gobierno elegido popularmente de los
males que nos aquejan, deberíamos mirar primero qué hicimos o qué dejamos de
hacer nosotros como sociedad para que dichos males se hubieran acarreado sobre
nuestras cabezas.
Y todo esto lo digo por la sociedad
colombiana. Próximamente elegiremos presidente motivados (otra vez) por un gran
cambio que se promete como la redención última de nuestros padecimientos
históricos. Es probable que dentro de unos años nos estemos quejando (como hoy)
de que las cosas salieron mal. Le echaremos en cara el error a los compatriotas
obnubilados que se dejaron convencer por las promesas, o que simplemente,
cansados de tanta estafa, ardidos de tanto ultraje, eligieron la peor opción para
así irnos de una vez al abismo y no tener que seguir muriendo lentamente. Le echaremos
la culpa al impostor que la sociedad ungió, ya sea por ingenuidad o por puro
despecho, porque al igual que los otros, también se aprovechó. Con el agravante
de que por él nunca antes estuvimos tan dispuestos a perderlo todo; tan
suicidas.
Hay que examinar el entorno
dentro del cual se ha forjado el caudillo de marras y determinar por qué se le
permitió llegar hasta donde llegó. Hay que identificar la cultura e idiosincrasia
que tiene el pueblo que lo eligió; qué tipo de valores encarna; quién influyó
en su educación, si acaso tuvo alguna; cuáles son los paradigmas que ese pueblo
tiene inculcados en su opinión. Porque una sociedad en conflicto, surcada por
la violencia, el odio, el resentimiento; colmada de corrupción; educada en la
cultura del avivato y el facilismo; dispuesta a saltar por la borda si no se le
conceden sus caprichos mendicantes; vendiéndose al postor que mejor pague por
su conciencia; nunca, pero nunca, podrá elegir a un buen gobernante. Ni
siquiera tendrá una baraja de candidatos respetable.
Dentro de unos años, cuando en medio
de la pobreza de la nación se quiera ejercer la autocrítica, ya será demasiado
tarde. Todo se habrá quedado en un anhelo de que las cosas hubiesen sido
diferentes por no haber sembrado con la semilla de la racionalidad.
Los psicólogos utilizan un término
que bien podría acuñarse en la sociedad colombiana: pensamiento ilusorio,
que consiste en percibir la realidad a través del deseo para derivar de allí
una actitud ilusa, irresponsable, egoísta y tendenciosa. Al final la persona termina
creyendo que las cosas se resolverán de la mejor manera sin tener en cuenta que
los indicios apuntan hacia otro lado. Es una fase de negación ante las evidencias
irrefutables de lo que se viene encima.
Si los colombianos le
apostamos a esa ilusión de que todo seguirá igual en el futuro, que nada malo
podrá suceder, no podremos quejarnos el día de mañana. No podremos decir “debimos
habernos preparado para la debacle”. No valdrán los lloriqueos ni los
señalamientos, diciendo que la culpa es de la derecha oligarca, del capitalismo
salvaje, del imperio yanqui. La culpa, la verdadera culpa, será del pueblo
mismo por haber tomado esa actitud de escepticismo frente a la realidad política
del país. De diversas formas nos lo advirtieron y nos hemos negado a creer
gracias a nuestro optimismo desbordado.
Porque como buenos exponentes
de esta región latinoamericana, nos gusta posponer las responsabilidades con
tal de no afrontar el dolor de la incomodidad, ignorando de paso la realidad
cruda que está tocando nuestra puerta para traernos malas noticias.
Por los fanáticos nada puede hacerse. Ni hoy, ni dentro de cuatro, diez, o veinte años. Ellos seguirán pensando que su líder, aunque los tenga pidiendo limosna en los semáforos, aunque los suma en la más estólida miseria, les seguirá brindando una luz de esperanza “cuando los enemigos de la revolución al fin caigan y la amenaza extranjera que los bloquea se termine”. Porque cuando los gobernantes son tiranos siempre buscarán los culpables más allá del horizonte.
Pero me da coraje por los incrédulos,
tan cómodos en sus sillones, jactándose de que nada va a pasar y moviendo la
cabeza de un lado a otro cuando alguien intenta advertir sobre el peligro.
Así mismo ocurrió en los
tiempos de Noé, y ya ven lo que pasó. Los animales se salvaron, pero a los que
se decían ser racionales y se burlaron del pobre Noé, se los llevó el diluvio.
Ustedes saben a qué me
refiero. No hace falta decir nombres ni repetir la monserga de los indignados.
En todo caso, por si cualquier cosa pasa dentro de unos años, no metamos a Dios
en esto. Culpa nuestra. Aunque en muchos casos tengan que pagar justos por
pecadores.





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