sábado, 7 de mayo de 2022

Extradición de doble moral

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




 

    Por fin alias Otoniel fue extraditado. Una parte de los colombianos nos mostrábamos escépticos frente a esa posibilidad, y en el transcurso de esta semana se hizo realidad.

    “Debería pagar su pena en Colombia, entregar sus bienes, reparar a las víctimas y decir todo lo que sabe de sus socios del poder”, escuché que dijo uno de los líderes de la oposición política, siempre tan dispuestos a criticar cualquier medida que tome el gobierno. En este caso no fue el Ejecutivo, sino el Poder Judicial el que aprobó la extradición, de modo que los vainazos que le están tirando a Duque por haberla firmado, deberían tirárselos primero a la Corte Suprema de Justicia. Para efectos de su conveniencia política, ahí la oposición ya no celebra la independencia de los poderes.

    “Como si desde Estados Unidos no pudiera hablar”, escuché que dijo el contradictor.

    “El gobierno lo extradita porque no quiere que Otoniel diga la verdad. ¿Qué es lo que tanto teme Duque?”, continuó otro político en medio de un debate acalorado de una emisora nacional. Ahí me puse a hacer las cuentas y pensé que si este narcoterrorista, como hay que llamarlo (mucho más acertado que decirle rata de alcantarilla), llevaba más de seis meses detenido y no había dicho ninguna verdad, pues ¿qué tanto había que esperarlo? ¿Por qué la corte respectiva no adelantaba la diligencia para ver qué era lo que tenía que decir?



    Nada, seguro no tuvo nada que decir. La verdad impajaritable es que el sujeto es un delincuente. Las maniobras que se intentaron buscando dilatar su extradición iban a ser un papayazo para darle tiempo a que se fugara de la cárcel, como en efecto estaba planeando. Se iba a repetir la historia deshonrosa que el país tuvo que vivir con ese otro narco de las Farc, el alias Santrich que sí se pudo perder del radar de la justicia gracias a las dilaciones y laxitudes de la JEP.

    Por fortuna a Otoniel se lo lleva la DEA a un lugar donde al menos no va a poder seguir delinquiendo. Porque en ninguna parte hubiera quedado más dispuesto para continuar con su actividad delictiva este rufián, que en una cárcel colombiana. No nos digamos mentiras: aquí a ese tipo de reos los consienten con toda clase de lujos y comodidades: parrandas, trago y mujeres, como en el paraíso del criminal colombiano. (Véase el caso Monsalve). Siempre un poder oscuro y corrupto está dispuesto a dejarse untar la mano.

    Que pague primero en Estados Unidos, estoy de acuerdo. Que se lo lleven bien lejos de sus socios. Y después de unos buenos años de condena, que venga a pagar los crímenes que debe aquí. Espero que para ese tiempo hayan purgado todo el sistema carcelario colombiano. El gobierno americano no va a impedir que un juez de la República lo pueda interrogar vía Zoom, como tantas veces se ha hecho. Pueda ser que allá ese salvaje aprenda una lección que conlleve no pocos padecimientos físicos y morales, como penitencia en vida por sus atrocidades.    

    Lo que no me sorprende es la posición desgreñada de políticos e influenciadores de oposición, que fueron los primeros en pegar el grito en el cielo. Para ellos el gobierno no debió extraditar a Otoniel porque con ello se lleva la verdad que necesitan las víctimas, así como los bienes que debiera entregar para la reparación, con los que seguramente negociará con el gobierno del país del Norte para obtener una rebaja de penas y convertirse en un colaborador de la DEA. Luego saldría libre después de pagar unos pocos años de condena y regresaría a disfrutar del dinero que le quedó y posiblemente a seguir delinquiendo, pues la extradición, tal parece, ya no es un arma de presión para los narcos. Visto así, no es alentador para Colombia el panorama de prebendas que le aguardaría a Otoniel con el gobierno americano. Aún así, es peor que lo dejen en Colombia.



    Los candidatos de izquierda a la presidencia de la República tampoco están de acuerdo con la extradición. Especialmente el de la extrema izquierda, que se queja de que al extraditar a Otoniel, Colombia estaría renunciando a su soberanía, cuando es todo lo contrario: la firma del tratado de extradición es válida precisamente porque Colombia es un país soberano.

    Pero no debe extrañar que la ultraizquierda se rasgue las vestiduras cuando Colombia, en ejercicio de su soberanía, decide aplicarle el tratado de extradición a un narcotraficante. Se duelen porque están tomando una posición desde su conveniencia política. ¿Acaso no fue uno de los de la cúpula del Clan del Golfo el que dio la orden en las poblaciones bajo su dominio terrorista de votar por Petro? Porque aparte de levantar votos en las cárceles, ahora Petro le da la bienvenida a los paramilitares (o más bien a los narcotraficantes de cualquier pelambre). Siendo enemigo de la extradición, el candidato de los pactos con delincuentes se convierte en el principal aliado. No sea que también estén buscando que les otorguen el perdón social, cuando lo promulguen ley de la República.

    Y ahí están los centros de pensamiento, las universidades públicas con Fecode a la cabeza (que se manifestó abiertamente a favor de Petro), haciendo política cuando lo que deberían estar haciendo los maestros es educando a los jóvenes y no instruyéndolos en ideologías que les arruinarán su futuro. Porque es en la academia donde se promueve el debate político inclinado hacia un lado de la balanza. Se escriben toneladas de literatura denunciando las causas de nuestro desastre histórico; se hace un recuento de todo aquello que nos tiene como nos tiene; se pronuncian alocuciones en donde se quejan de la corrupción (de la cual ellos también son partícipes), de la continuación del feudalismo en pleno siglo XXI, pero al mismo tiempo omiten los pecados que cometieron algunos de los miembros de esas colectividades que dicen que los representan.


    Tal vez coincidamos en el recuento de muchos de los baches de nuestra historia, pero en el presente omiten algo muy importante, y es que el gran lastre nacional se llama cocaína.

    De eso no se habla; es algo que cuesta reconocer, como si fuera prohibido mirarse en el espejo y señalar el lunar en la cara, que son las más de 250.000 hectáreas de tierra que nos quitó el crimen organizado, porque es comida que se deja de producir para sembrar muerte. Es suelo del que se apropiaron los carteles que difícilmente vamos a recuperar. La deforestación y la esterilidad a la que ha sido sometida, impedirán que esa tierra algún día pueda volver a producir alimento de calidad. Nada que desangre más la fertilidad de nuestros suelos que arrancar monte para sembrar coca.

    La solución que proponen para este flagelo es simple: dejar de combatirlo. Legalizarlo. No proponen una alternativa distinta para la lucha contra las drogas que sea efectiva y mengüe el poder de los carteles y las mafias. Todo lo contrario, su genialidad consiste en hacer posible que el nuestro sea un narcoestado ya legalizado.  

    Y tampoco ve uno a los partidos verdes de corte ecologista/progresista protestar por el abuso al que se han sometido nuestros recursos naturales en aras del negocio al que no se debe combatir, porque según ellos, el glifosato es dañino para la salud. Como si lo que comemos no estuviera fumigado de antemano con pesticidas y fertilizantes que contienen toda clase de químicos.

    Se quejan de la explotación ilegal de nuestras selvas por parte de mineros, madereros, empresas petroleras e industrias contaminantes; de la ganadería que según ellos está destrozando miles de hectáreas, generando una pobreza sin precedentes; de los desastres ambientales generados por ciertos proyectos productivos que debieran detenerse. Raro que ninguno sale a protestar cuando vuelan los oleoductos y se generan los derrames de petróleo; se contaminan las quebradas y los ríos, sustento de muchas familias de pescadores que ya no pueden sacar el pescado inservible. Curioso que en los discursos veintejulieros de sus reclamos todo sean arengas contra el gobierno y ni una sola afrenta contra los grupos de narcotraficantes (sean guerrilleros, paramilitares, organizaciones armadas de cualquier índole, porque todos son lo mismo). Estos son los que están provocando el verdadero desastre ambiental y social del país. Pero ni una palabra en contra.



    Porque de nuestras violencias históricas enmarcadas por desplazamientos por parte de las élites que se han quedado con las tierras; de los asesinatos, secuestros, crímenes de Estado y demás; sí hablan. Se habla de la arrogancia de nuestros empresarios, que por su ambición desmedida, ascendieron de clase social, y ahora son considerados unos tecnócratas con ínfulas de modernidad a pesar de provenir de las huestes más profundas del pasado agrícola y campesino de sus predecesores. Se habla de la lucha de clases, de la reivindicación de los oprimidos, de los derechos de las minorías, de la explotación de los ricos, las desigualdades.

    De todo se habla, menos de lo que se tiene que hablar, y es que la coca nos comió. Y de allí provienen tanto la violencia como la corrupción.

    Son estos nuevos narcos los que están generando el desangre del país: los que asesinan líderes sociales, los que están comprando conciencias en las cortes, los que están financiando proyectos de ley para que no les toquen el negocio. Y la alianza con las clases políticas no respeta ideologías: ahí está tanto la izquierda como la derecha.

    ¿Acaso importa que Otoniel pertenezca al Clan del Golfo, a las Farc o al ELN? ¿Acaso no son todos iguales, narcotraficantes? Porque para la izquierda todos tienen que confesar una verdad, menos la de ellos. ¿Han obligado a confesar a los ex miembros de las Farc que ahora están en el Congreso un delito de lesa humanidad? Claro que no. Los delitos siempre los cometen otros, comenzando por el gobierno.



    Esta extradición de Otoniel dejó un sabor amargo de la izquierda a la hora de cuestionar a un delincuente: si es considerado paramilitar del Clan del Golfo, se oponen a la extradición por cuanto el sujeto tiene mucho que confesar acerca de sus supuestos socios, que son generales del ejército y funcionarios del gobierno. Si es un guerrillero de las Farc, se oponen porque según ellos, todo ha sido producto de un entrampamiento, una persecución, una injusticia.

    Ah, la doble moral.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...