Se ha hecho evidente, desde la
promulgación de la Agenda 2030 de las Naciones Unidas en 2015 (17 objetivos de
políticas públicas para ejecutar de igual manera en todos los países miembros),
que esos objetivos de desarrollo sostenible no son las causas nobles que
parecen. Por el contrario, su trasfondo abstracto es peligroso. Hay que poner
más cuidado en lo que no dice esa declaración, que en lo que dice. Al mejor
estilo de los sutiles mensajes subliminales que los expertos encontraban en la
publicidad o en las canciones de rock cuando se ponía a girar en sentido
contrario el tocadiscos, la ONU ha plagado su agenda programática de mensajes
cifrados que ha encubierto con palabras talismán, eufemismos y lugares comunes
para ocultar sus verdaderas intenciones.
Hablar de paz mundial, de lucha contra la pobreza, de protección del
medio ambiente, de garantizar los derechos, etc., es lo más acertado
políticamente en aras de mantener una sociedad mundial unificada, pues todo
ello corresponde al paquete de anhelos históricos de la humanidad. Anhelos que
por cierto ha logrado ver cumplidos durante muy cortos períodos de su
existencia, por no decir que ninguno: ¿Acaso se recuerda un momento de la
Historia en que los seres humanos no hayamos protagonizado una sola guerra o padecido
las infamias de nuestra torcida naturaleza que nos hace tender al egoísmo, al
odio y al deseo de aniquilar al prójimo? Porque eso de que el Hombre nace bueno,
como decía Rousseau, sí que es uno de los grandes mitos que hay que desmontar.
El mal parece ser un componente de fábrica.
Así, la estrategia de los
organismos internacionales con la ONU a la cabeza apunta a ser la farsa más
grande de todas. Como en los regímenes totalitarios, la propaganda siempre es
una estrategia efectiva a la hora de modificar el pensamiento de las masas. Y
la agenda 2030 es una propaganda que toca las fibras más delgadas de una
sociedad a la que le han insuflado la idea de cambiar todo, tanto lo que está
bien como lo que está mal.
Y el cambio, desde luego,
siempre es la constante, necesario por demás. Sólo que este debe estar
cimentado en la mejora de la vida de los individuos, tanto física como
mentalmente. Y en lo mental se incluye lo ético y lo moral, que son los aspectos
más despreciados por nuestra especie. En este orden la Agenda 2030 nos invita a
un cambio de mentalidad para vivir dentro de un sistema que en aproximadamente
ocho años al menos nos logre cambiar la percepción de la realidad.
Pero todo es una farsa. El
objetivo central está dirigido puntualmente a controlar la población mundial.
Es un discurso para culpar al hombre por el desequilibrio del planeta, de ahí
que se concluya que el género humano no merece reproducirse más. Por ello se
repiten tanto las palabras desarrollo sustentable, diversidad, salud sexual y
reproductiva, calidad de vida, entre otras. No son más que eufemismos para
darle carta abierta al atraso económico, a la pobreza, a la escasez de alimento,
a la pérdida de la propiedad privada, al aborto, a la ideología LGBT, a la
inmigración descontrolada; todo ello arropado bajo la bandera del ecologismo.
Muy sutilmente, una narrativa que concibe al ser humano como una plaga que hay
que desaparecer para que las nuevas generaciones aspiren a tener un planeta digno
para vivir.
Hace unos años, cuando ya
finalizaba mi adolescencia y entraba en la etapa de la adultez, existía por
televisión una serie animada que se llamaba el Capitán Planeta y los
planetarios. Ya por esa época no veía dibujos animados con fervor, pero recuerdo
muy bien que fue tal vez el primer programa de corte ecologista que hubo. Se
trataba de cinco jóvenes, cada uno con un poder especial que representaba
alguno de los elementos de la Tierra. El menor de todos no contaba con ningún
atributo en particular, salvo la fuerza del amor: el poder del corazón, sin el
cual el fuego, el aire, la tierra y el agua no podrían imponerse sobre sus
adversarios. Está claro que ninguna historia puede generar recordación positiva
si no se apela a la emocionalidad del televidente. Juntos invocaban al Capitán
Planeta para luchar contra maleantes que cometían alguna acción en contra de la
naturaleza: contaminar un río, talar un bosque, enrarecer el aire con sus
industrias pesadas, en fin. Allí también se hablaba de la Gaia, que era
un espíritu que personificaba al planeta como si este fuera un ser con vida
independiente. La serie, que en principio fue realizada para promover la toma
de conciencia por el cuidado del medio ambiente, fue financiada por Ted Turner,
fundador de CNN y su principal productor.
Turner es desde hace tiempo
partidario del control poblacional y nunca ocultó que lo único válido para
salvar el planeta de su devastación era la reducción demográfica. Capitán
Planeta fue tal vez uno de los primeros programas de aleccionamiento en materia
ecológica. Pronto, Turner se daría cuenta (o ya lo sabía) que a la temática
ambiental se le podría sacar importantes réditos. Uno de ellos, convertirla en
el caballo de batalla con miras a establecer un nuevo estado de cosas en el que
la humanidad fuera dividida en castas. Arriba los detentadores del poder, en el
medio los agentes ejecutores, y en la base el resto de sociedad que no tiene
voz ni voto en la distribución del mundo.
En eso consiste también el
discurso de Naciones Unidas: nunca antes los financiadores de la causa
ecologista habían visto tan llenas sus arcas y tan favorecida su imagen.
Mientras destinan dinero a todo tipo de instituciones ambientales, quedan ante
el público como los que verdaderamente quieren salvar el mundo: los nuevos Capitanes
Planeta.
Por otra parte, los dueños de los grandes
medios de comunicación se dan el lujo de presentar la información como más les
conviene. Charlie Chester, el pasado Director Técnico de CNN, admitió que su
cadena había manipulado la información en torno a las pasadas elecciones presidenciales
en Estados Unidos para favorecer la campaña de Biden. El video fue grabado sin
que él se diera cuenta, por ello causa mayor impacto.[1] Allí
mismo dice que manipularon de forma peligrosa lo relativo a la pandemia. Cuando
la gente se cansó de los confinamientos y comenzó a perder el miedo, Chester anunció
que la próxima campaña amarillista estaría apuntando a la tergiversación del
cambio climático.
Una de las maneras de engañar
es proclamando el cuidado del medio ambiente a través de tratados
internacionales como lo es el Acuerdo de Escazú[2],
llamado así porque se adoptó en una población costarricense del mismo nombre,
siendo el primer acuerdo regional ambiental de América Latina y el Caribe, pero
ni siquiera Costa Rica, país de donde es originario el acuerdo, se suscribió a este.
El gobierno arrodillado al globalismo de Iván Duque, por supuesto que lo
suscribió. Colombia negoció así su soberanía con la comunidad internacional.
Se entiende entonces que los
metacapitalistas estén comprando tierras a dos manos, en especial en países privilegiados
en recursos naturales para hacerse con el control alimentario. La fórmula es
muy sencilla: los magnates destinan dinero a los Estados en forma de ayuda
filantrópica para la conservación de ciertas reservas forestales; los Estados
reciben el dinero, lo gastan en lo que le dé la gana al gobernante de turno y
le dan vía libre al “empresario” para que explote los recursos que desee
mientras se hacen los de la vista gorda. Otra forma es hacer que la gente de
las regiones rurales se empobrezca para que los “empresarios” se adueñen de los
predios, ya sea comprándolos a precios reducidos o despojando a los tenedores. ¿Y
cómo empobrecer a las regiones con rapidez? Precisamente, a través de la herramienta
política del Acuerdo de Escazú, que en Latinoamérica se usa para que en nombre
del cambio climático los supra-estados puedan intervenir en los países y
confiscarles sus tierras o detenerles los proyectos productivos.
Cuando los lugareños no
quieren vender y los poderosos no quieren pagar, la solución es más simple aún:
utilizar grupos criminales que se hacen pasar por indígenas o nativos, pero en
realidad son parte de guerrillas y clanes terroristas. Con alguna frecuencia incineran
los campos de los pequeños propietarios. El Estado y los organismos
internacionales hacen presencia en nombre del acuerdo para expropiar esos
campos por supuestas “malas prácticas” o “atentados contra el medio ambiente”.
Las quemas son prohibidas y se responsabiliza de ello al labriego que no ha
tenido nada que ver. Luego se les otorgan esas tierras a los mismos delincuentes
y “empresarios” que fueron tolerados y muy bien financiados. Todo un atentado
contra la propiedad privada. Eso sí, sólo atacan a los pequeños propietarios. Nadie
jamás se mete con los grandes dueños de las zonas como Soros, Jeff Bezos, la Corporación
Benetton o la Fundación Gates. Ellos, los mayores latifundistas, los
globalistas internacionales, siempre salen ilesos en todas sus movidas.
Así las cosas, no hay por qué
esperar vientos de cambio. La inflación, la escasez de alimento, el incremento
de la pobreza, el auge del socialismo, la pérdida de libertades, el aumento de
la delincuencia, el desempleo, la corrupción, la enajenación por los
estupefacientes, la locura y la indiferencia, entre tantos otros males con los
que hoy tenemos que lidiar como humanidad, seguirán siendo la consecuencia
natural de todas estas nuevas agendas, acuerdos, tratados y otras farsas. Igual
que las viejas agendas y los viejos tratados que en otras épocas suscribieron
otros poderosos.






No hay comentarios.:
Publicar un comentario