Sucedió el domingo 7 de agosto de 2022. Por primera vez un emperador fue coronado en Colombia. No un presidente que se posesionara, no. Un emperador. Se subió al trono del poder y cuenta la leyenda que de allí jamás será removido, al menos no por la buena manera.
Todo el acto de coronación fue digno de las más aclamadas escenificaciones circenses, como les gustaba a los césares romanos. Mucho circo, mucho
espectáculo para distraer a la multitud mientras comienza la repartija de los mendrugos
de pan que sólo les calmará el hambre a unos pocos, y así hasta que surja una
nueva ocasión de volver a levantar la carpa del entretenimiento.
No faltó sino Jorge Barón para que le diera “la patadita de la buena
suerte”, y harto que la va a necesitar. Ojalá en unos años no tengamos que
estar pidiendo aquello de “agüita pa’ mi gente”. Digo, en caso de que se ordenen
los racionamientos de servicios públicos por lo del “cambio climático” que dicen
que va a afectar nuestras fuentes hídricas. A lo mejor en este gobierno se
expida una ley en donde se prohíba bañarse para ahorrar agua, o se prohíba cocinar
para no contaminar con emisiones de monóxido de carbono. Así como van las cosas…
Colombia recordará la posesión de Petro como la más cara de su historia,
la más emotiva, la que hizo derramar más lágrimas. De un lado y de otro. Mientras
unos lloraban de alegría, otros lo hacían de tristeza. De esa clase de tristeza
que presagia una alegría futura por la sospecha de haber tenido la razón.
¡Pobre mi Colombia!, escuché que dijeron algunos compatriotas lejos de su tierra que esa tarde condenaron sus aspiraciones de regresar.
¡Al fin, Colombia!, escuché a otros que mostraron en la televisión bastante
eufóricos y que piensan que ahora sí los van a dejar disfrutar de un país en el
que se puede “vivir sabroso”. Como si la alegría individual dependiera de los
políticos. Que ya era hora, que ya era justo, les oí decir, pero mi intuición
me hace pensar que esa alegría con la que se pintaron los seguidores del presidente
entrante no era tal, y que tras la máscara de la sonrisa se alberga una gran
rabia. Es una alegría con deseos de venganza; una felicidad retadora, y por
ello celebraron la posesión como si estuvieran encumbrando a un rey.
¡Llegó el cambio ahora sí!, pronunciaron los áulicos en los discursos, y
aseveraron —como cada cuatro años— que ese día sería histórico: el país se elevaría por nuevos vientos
de cambio. No se sabe el cambio hacia dónde, pero para los desesperados un
cambio es un cambio. Como a ellos les vendieron la idea de que estábamos muy
mal, piensan que el cambio, por lógica, es algo mejor. Pero no olvidemos que
todo puede ser susceptible de empeorar.
Dicen que si le va bien a Petro, le va bien a Colombia, y que por eso
hay que apoyar al nuevo presidente que llega cargado de nuevas propuestas y demasiadas
ganas de desarrollarlas. Al fin y al cabo, llevaba tres elecciones intentándolo.
Pero yo no veo cómo le puede ir bien a Colombia cuando le van a aplicar el
modelo que ha causado la ruina y la devastación de otros países: la misma
receta fracasada, los mismos ingredientes podridos, y unos cocineros que al
parecer tendrán el propósito de envenenarnos. Es lo que viene para nuestro país:
aumento de la burocracia y el gasto público, aumento de la deuda, aumento de
los subsidios, emisión monetaria, sustitución de importaciones, control de
precios, estatización a manos llenas, restricción de las libertades, y un freno
rotundo al desarrollo económico. Socialismo puro y duro.
¿Todavía creen que no?, ¿que lo mejor es esperar a ver con qué sale
nuestro presidente?, ¿que a lo mejor no será tan malo?, ¿que los colombianos no
permitiremos que nos destrocen el país? Bueno, es que desde el desayuno se sabe
lo que será el almuerzo.
Mejor es dejar todo en manos del Altísimo. No del omnipotente Petro,
sino del verdadero Dios, a ver qué nos depara esta locura.
Perdón; mejor en manos de los chamanes, porque acordémonos que este
gobierno será el de la reverencia por todo lo ancestral. No por casualidad Petro
se posesionó simbólicamente en un ritual chamánico en la Sierra Nevada de Santa
Marta antes de asumir el cargo. ¿Será que le está siguiendo los pasos a su otrora
amigo y ex mandatario Juan Manuel Santos, a ver si también se gana un Nobel? A Petro
seguro le dan el de ecología, ahora que se arropó con la bandera ecofascista
del cambio climático promovida desde Davos. Para que se cumpla aquello de “no
tendrán nada y seré feliz”, dirá él.
Porque lástima que no haya un tributo que premie a los caudillos. Ahí sí
tendríamos unos buenos candidatos para llevarse el galardón en Colombia, como este
recién posesionado mandatario, a quien le fascina rendir culto a su
personalidad.
En fin, pasada ya la fiesta de la posesión, que más que fiesta pareció
una recocha, que se venga ahora sí la resaca.
Pero como no hay gobierno que no mantenga bien fidelizada a su masa de
adeptos, aunque gobierne con los pies, ya nos iremos familiarizando con la
simbología, con las nuevas tradiciones, con el lenguaje reivindicador, con la
cultura de la victimización y la retórica que nos dividirá entre buenos y malos;
entre pueblo y antipueblo; en donde por supuesto, los buenos serán ellos, los
que gobiernan.
Me imagino cómo coparán los espacios para quitar del medio a los
críticos; a los que ellos consideran enemigos, pues necesitan que su opción sea
la única considerada como legítima y democrática.
Recuerdo una frase que le escuché decir a alguien en alguna parte: “el
revolucionario de hoy es el burócrata del mañana”. Es de esperarse que ahora
que son gobierno, los nuevos burócratas olviden todas sus promesas, o digan que
no se pueden cumplir. Ya abrieron el primer paraguas al decir que el mandatario
saliente les dejó la olla raspada, aunque no es más que la primera disculpa para
justificar su bodrio de reforma tributaria. Después será culpa de la oposición,
del imperialismo, de la “derecha fascista”, del bloqueo, del neoliberalismo, de
los que promueven la desigualdad, del capitalismo, de cualquier cosa que les
sirva para justificar su ineptitud. Los zurdos son así.
Este sujeto delirante que por cosas del destino nos tocó como presidente
no interrumpirá su canto de sirenas para seguir seduciendo a su masa
enfebrecida. Así lo han hecho todos los populistas de izquierda y derecha al
ofrecernos sus inútiles fórmulas como la redención del pueblo. Y ninguno nos ha
dejado mejor que antes.
Lo
importante es la forma como se comunicarán las decisiones para que los súbditos
les sigan creyendo: la retórica del gobierno del amor, de la igualdad, de la
unidad, del perdón social, y otra vez de la paz. Esas palabras talismán
funcionan.
Y los petristas, esa masa de creyentes cuya fe ciega no les alcanzará
para ver la realidad, apoyarán a su señor hasta la muerte, así sea que los
desplume y luego les tire maíz, como a la gallina de Stalin.
Porque el petrismo ahora es el nombre de la nueva religión, de modo que
vayámonos acostumbrando a otra más de esas sectas que se encarnan en la figura
de un tirano. Al fin y al cabo, ayer no se posesionó un presidente, sino que se
coronó a un emperador.






También comparto tu opinión en cuanto a que Petro no va a entregarle el poder a nadie, va a mover lo que sea para seguir gobernando, preparémonos para ver como manipula todo a su favor.
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