lunes, 8 de agosto de 2022

La coronación del emperador

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




     Sucedió el domingo 7 de agosto de 2022. Por primera vez un emperador fue coronado en Colombia. No un presidente que se posesionara, no. Un emperador. Se subió al trono del poder y cuenta la leyenda que de allí jamás será removido, al menos no por la buena manera.

    Todo el acto de coronación fue digno de las más aclamadas escenificaciones circenses, como les gustaba a los césares romanos. Mucho circo, mucho espectáculo para distraer a la multitud mientras comienza la repartija de los mendrugos de pan que sólo les calmará el hambre a unos pocos, y así hasta que surja una nueva ocasión de volver a levantar la carpa del entretenimiento.

    No faltó sino Jorge Barón para que le diera “la patadita de la buena suerte”, y harto que la va a necesitar. Ojalá en unos años no tengamos que estar pidiendo aquello de “agüita pa’ mi gente”. Digo, en caso de que se ordenen los racionamientos de servicios públicos por lo del “cambio climático” que dicen que va a afectar nuestras fuentes hídricas. A lo mejor en este gobierno se expida una ley en donde se prohíba bañarse para ahorrar agua, o se prohíba cocinar para no contaminar con emisiones de monóxido de carbono. Así como van las cosas…

    Colombia recordará la posesión de Petro como la más cara de su historia, la más emotiva, la que hizo derramar más lágrimas. De un lado y de otro. Mientras unos lloraban de alegría, otros lo hacían de tristeza. De esa clase de tristeza que presagia una alegría futura por la sospecha de haber tenido la razón.



    ¡Pobre mi Colombia!, escuché que dijeron algunos compatriotas lejos de su tierra que esa tarde condenaron sus aspiraciones de regresar.

    ¡Al fin, Colombia!, escuché a otros que mostraron en la televisión bastante eufóricos y que piensan que ahora sí los van a dejar disfrutar de un país en el que se puede “vivir sabroso”. Como si la alegría individual dependiera de los políticos. Que ya era hora, que ya era justo, les oí decir, pero mi intuición me hace pensar que esa alegría con la que se pintaron los seguidores del presidente entrante no era tal, y que tras la máscara de la sonrisa se alberga una gran rabia. Es una alegría con deseos de venganza; una felicidad retadora, y por ello celebraron la posesión como si estuvieran encumbrando a un rey.

    ¡Llegó el cambio ahora sí!, pronunciaron los áulicos en los discursos, y aseveraron como cada cuatro años que ese día sería histórico: el país se elevaría por nuevos vientos de cambio. No se sabe el cambio hacia dónde, pero para los desesperados un cambio es un cambio. Como a ellos les vendieron la idea de que estábamos muy mal, piensan que el cambio, por lógica, es algo mejor. Pero no olvidemos que todo puede ser susceptible de empeorar.



    Dicen que si le va bien a Petro, le va bien a Colombia, y que por eso hay que apoyar al nuevo presidente que llega cargado de nuevas propuestas y demasiadas ganas de desarrollarlas. Al fin y al cabo, llevaba tres elecciones intentándolo. Pero yo no veo cómo le puede ir bien a Colombia cuando le van a aplicar el modelo que ha causado la ruina y la devastación de otros países: la misma receta fracasada, los mismos ingredientes podridos, y unos cocineros que al parecer tendrán el propósito de envenenarnos. Es lo que viene para nuestro país: aumento de la burocracia y el gasto público, aumento de la deuda, aumento de los subsidios, emisión monetaria, sustitución de importaciones, control de precios, estatización a manos llenas, restricción de las libertades, y un freno rotundo al desarrollo económico. Socialismo puro y duro.

    ¿Todavía creen que no?, ¿que lo mejor es esperar a ver con qué sale nuestro presidente?, ¿que a lo mejor no será tan malo?, ¿que los colombianos no permitiremos que nos destrocen el país? Bueno, es que desde el desayuno se sabe lo que será el almuerzo.

    Mejor es dejar todo en manos del Altísimo. No del omnipotente Petro, sino del verdadero Dios, a ver qué nos depara esta locura.



    Perdón; mejor en manos de los chamanes, porque acordémonos que este gobierno será el de la reverencia por todo lo ancestral. No por casualidad Petro se posesionó simbólicamente en un ritual chamánico en la Sierra Nevada de Santa Marta antes de asumir el cargo. ¿Será que le está siguiendo los pasos a su otrora amigo y ex mandatario Juan Manuel Santos, a ver si también se gana un Nobel? A Petro seguro le dan el de ecología, ahora que se arropó con la bandera ecofascista del cambio climático promovida desde Davos. Para que se cumpla aquello de “no tendrán nada y seré feliz”, dirá él.

    Porque lástima que no haya un tributo que premie a los caudillos. Ahí sí tendríamos unos buenos candidatos para llevarse el galardón en Colombia, como este recién posesionado mandatario, a quien le fascina rendir culto a su personalidad.

    En fin, pasada ya la fiesta de la posesión, que más que fiesta pareció una recocha, que se venga ahora sí la resaca.

    Pero como no hay gobierno que no mantenga bien fidelizada a su masa de adeptos, aunque gobierne con los pies, ya nos iremos familiarizando con la simbología, con las nuevas tradiciones, con el lenguaje reivindicador, con la cultura de la victimización y la retórica que nos dividirá entre buenos y malos; entre pueblo y antipueblo; en donde por supuesto, los buenos serán ellos, los que gobiernan.

    Me imagino cómo coparán los espacios para quitar del medio a los críticos; a los que ellos consideran enemigos, pues necesitan que su opción sea la única considerada como legítima y democrática.   



    Recuerdo una frase que le escuché decir a alguien en alguna parte: “el revolucionario de hoy es el burócrata del mañana”. Es de esperarse que ahora que son gobierno, los nuevos burócratas olviden todas sus promesas, o digan que no se pueden cumplir. Ya abrieron el primer paraguas al decir que el mandatario saliente les dejó la olla raspada, aunque no es más que la primera disculpa para justificar su bodrio de reforma tributaria. Después será culpa de la oposición, del imperialismo, de la “derecha fascista”, del bloqueo, del neoliberalismo, de los que promueven la desigualdad, del capitalismo, de cualquier cosa que les sirva para justificar su ineptitud. Los zurdos son así.

    Este sujeto delirante que por cosas del destino nos tocó como presidente no interrumpirá su canto de sirenas para seguir seduciendo a su masa enfebrecida. Así lo han hecho todos los populistas de izquierda y derecha al ofrecernos sus inútiles fórmulas como la redención del pueblo. Y ninguno nos ha dejado mejor que antes.

    Lo importante es la forma como se comunicarán las decisiones para que los súbditos les sigan creyendo: la retórica del gobierno del amor, de la igualdad, de la unidad, del perdón social, y otra vez de la paz. Esas palabras talismán funcionan.



    Y los petristas, esa masa de creyentes cuya fe ciega no les alcanzará para ver la realidad, apoyarán a su señor hasta la muerte, así sea que los desplume y luego les tire maíz, como a la gallina de Stalin.

    Porque el petrismo ahora es el nombre de la nueva religión, de modo que vayámonos acostumbrando a otra más de esas sectas que se encarnan en la figura de un tirano. Al fin y al cabo, ayer no se posesionó un presidente, sino que se coronó a un emperador.


1 comentario:

  1. También comparto tu opinión en cuanto a que Petro no va a entregarle el poder a nadie, va a mover lo que sea para seguir gobernando, preparémonos para ver como manipula todo a su favor.

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