El
presidente Petro, cada vez que habla de la “paz total”, de su voluntad de
reunirse con el ELN, de su intención de pagarle hasta ochocientos mil pesos a
los delincuentes para que dejen de cometer fechorías, de no perseguir a los
grupos terroristas, de liberar a los vándalos de la Primera Línea que
incendiaron a Colombia con el pretexto de que son presos políticos, de practicar
el perdón social con corruptos y mafiosos, de no actuar con todo el peso de la
ley contra los invasores de tierras, y de que la coca es una mata ancestral
satanizada por los que combaten el narcotráfico; nos está dejando un mensaje
muy claro: que en Colombia, delinquir paga.
La
llamada paz total poco tiene que ver con la dimensión semántica que encierra la
palabra paz. Tal como en el gobierno de Santos, esa bandera la
utilizaron hasta el cansancio para justificar el lavado de activos más grande
que se hubiera realizado en el mundo; es decir, para lavarle los crímenes a las
Farc. Ahora Petro busca hacer lo mismo con un discurso que se mantiene, y que
apenas es cuestión de agregarle alguna retórica para que sus seguidores, tan
cortos de raciocinio como de buen corazón, se convenzan de que va a haber un
cambio positivo.
Pero
la paz total es una pantomima direccionada desde el globalismo. Los colombianos
como que no entendemos todavía de qué se trata el juego. No existe la paz
total, nunca ha existido en la historia de la humanidad. Nada tiene que ver la
paz que propone Petro con la paz de la que hablara Jesucristo. Esa paz, tan
política y corrompida como fue la paz de Santos, es precisamente todo lo
contrario a lo que en verdad significa la palabra, tanto simbólica como gramaticalmente.
La
paz total es todo aquello que sirva para despejar el camino del mal en aras de
evitar una arremetida de sus representantes. En otras palabras, es tranzar con
la complicidad, bajarle la cara a la tiranía, arrodillarse al totalitarismo,
dejar que los malos reinen y nos traten como sus súbditos.
Porque no es un proyecto original de Gustavo Petro, sino de la agenda a
la que él representa en Colombia.
Lo de
ponernos a depender del gas y el petróleo venezolano, por ejemplo, con la
excusa del cambio climático, es una estrategia para empobrecernos hasta que el
hambre nos rinda a la sumisión. Lo de permitir que el socialismo cobre forma en
una sociedad que hasta hace poco era trabajadora y guardiana de su vida, honra y
bienes, le es útil a los poderes superiores a los que obedece Petro para
destruir nuestra nación. El objetivo es entregarla a un orden mundial en el que
no tendremos derecho siquiera a una patria propia. Lo de destituir generales de
las fuerzas militares, reformar la policía, pagarles a los delincuentes, dejar
libre el cultivo de la coca y no perseguir las acciones del narcotráfico, permitir
las invasiones y perseguir a los empresarios, es un propósito de dejarnos en
las manos del hampa sin la posibilidad de podernos defender para que estos nos
despojen impunemente hasta de nuestros últimos recursos, pues ya no habrá
institución que nos pueda proteger.
Aunque los resultados de las elecciones digan otra cosa, estoy seguro de
que a Petro no lo elegimos los colombianos. El fraude, me imagino, ya venía
dado desde cuando él viajaba a Europa durante la campaña presidencial y allí se
concertaba cómo tenían que ocurrir los hechos. O tal vez desde mucho antes. Ese
software mágico de origen venezolano que fue vendido por los socialistas
españoles a la Registraduría Nacional para hacer el escrutinio no se puede
olvidar. ¿Acaso era Petro el único que podía hablar de fraude en caso de no ganar?
El resto teníamos que aceptar que este sujeto iba a ser presidente sí o sí.
En
Colombia tuvimos espías rusos interfiriendo en nuestros asuntos internos durante
mucho tiempo y nadie hizo escándalo. Las Farc llegaron al Congreso y su ala
terrorista continuó matando y abusando, y sin embargo nos dicen que hay que
cumplir con un proceso de paz al que por cierto el pueblo le dijo no. Se
descubrió que los disturbios de 2021 fueron financiados desde cuentas del
exterior para apoyar grupos interesados en desestabilizar el orden público, y todavía
tienen el cinismo de hablar de protesta pacífica. No pasó nada. Como que nos
olvidamos de los muertos y las pérdidas económicas, como que nos hubieran
anestesiado la conciencia. Al final quienes salieron victoriosos fueron los
mismos involucrados en la destrucción del país: Petro y sus amigos. Los que hoy hablan de paz total. El chiste se cuenta solo.
De
modo pues, que para el modelo que se propone, es una estupidez portarse bien en
este país bajo la óptica del gobierno que nos rige. Aunque no lo quiere
reconocer, Petro le está diciendo tácitamente a los colombianos que no trabajemos
duro por sobrevivir si podemos salir a atracar; que no paguemos impuestos si
siempre hay un rico que tendrá que pagarlos; que no respetemos la propiedad que
los demás adquirieron con su esfuerzo; que nos dediquemos a sembrar coca, pues
ese es el producto más rentable que tiene Colombia; que seamos unos sinvergüenzas
(a lo mejor como él) perdidos en la borrachera, en la parranda eterna, en el
placer de los sentidos y que no hagamos nada productivo por nuestras vidas; que
lleguemos tarde a todo, que pretendamos vivir de los subsidios, como unos
esclavos, y que seamos unos parásitos dedicados a vivir de lo que otros
producen.
El presidente
Petro nos manda un mensaje muy claro en el inicio de su mandato: ser un hampón,
uno muy malo, y serlo conformando un grupo muy poderoso. No sirve estar solo
cometiendo delitos menores, y no sirve ser un grupo débil, sin capacidad de
negociación. Hay que ser como las Farc, el ELN, los gaitanistas, los caparros,
las disidencias, la Primera Línea, entre otros. La periodista Salud Hernández,
de quien tomo prestada la idea para hacer este artículo, no lo pudo haber dicho
más claro: “hay que estar en una banda muy criminal, y si se le agrega un toque
político, entra en las grandes ligas" para negociar con el gobierno.
De
otra parte, está la otra Colombia, la de la gente buena y trabajadora; la que
todos los días se levanta a jugarse la vida en la consecución del sustento para
los suyos, la que emprende y forma empresa, la que se capacita y aporta en un
empleo; la que seguramente no votó el programa socialista porque no quiere que
el gobierno le rompa las piernas para recibir regaladas las muletas. Este otro
país es para el que el presidente no quiere gobernar, sino más bien al que pretende
perseguir: empresarios, trabajadores, informales, profesionales, técnicos,
jornaleros, campesinos; toda gente de bien de todos los estratos sociales.
Gente que no pide que le regalen nada, pero tampoco que le quiten del producto
de su esfuerzo para dárselo a otros que no lo han merecido. Gente que sabe que
este será un gobierno dirigido para beneficiar a quienes no
les interesa trabajar por la nación ni sacarla adelante.
Por ello se ha programado una marcha por parte de un sector de la sociedad civil para el próximo 26 de septiembre, en protesta por las decisiones que está tomando Gustavo Petro a tan solo un mes de haber asumido el cargo. ¿Creían que sería un izquierdista moderado, de esos que sólo tomaría medidas impopulares contra la clase alta, pero beneficiando al pueblo? Ahí tenemos el resultado de haberle permitido el beneficio de la duda a un ex guerrillero de este calibre. Uno que no pagó por sus culpas ni fue objeto de la justicia, sino del indulto.
Ya comenzamos
a ver cómo es el talante del señor presidente a pocas semanas de su posesión. Aquí
los únicos que vivirán sabroso serán los delincuentes. No me extraña, si
estamos gobernados por uno de ellos, ya sea porque en el pasado lo haya sido, o
porque en el presente lo sigue siendo.





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