sábado, 29 de octubre de 2022

Entender lo contrario

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Hay palabras que uno escucha en los medios que, lejos de producir el efecto deseado al que apunta su verdadero significado, ya no nos dicen nada. Pareciera que su repetición incesante en los discursos de los políticos, de los periodistas, de los activistas y de las organizaciones internacionales, las hubieran vaciado de contenido.

    La palabra “paz”, por ejemplo. La escucha uno todos los días como parte del plan central del mandatario de turno; como una búsqueda infinita que nos conduciría a un país mejor, pero el término de por sí ya no significa lo que debiera significar. Entonces la narrativa dominante obliga a ponerle un apellido a esa palabra para darle una resonancia efectista, y así ya no sólo se habla de “paz”, sino de “paz total”. Este, al parecer, es el nuevo embeleco del gobierno colombiano, o diríamos, más bien, el eufemismo benévolo para disfrazar otras palabras cuyo impacto en la conciencia popular no es de tan buen agrado: “impunidad”, “ilegalidad”, “abuso”, “subversión”, “injusticia” “pillaje”; quebrantamiento de la ley puro y duro avalado por quienes imponen esas mismas leyes. Desde luego, leyes promulgadas para que las cumpla sólo el pueblo raso, no la criminalidad. Se sabe que toda criminalidad está por fuera de la ley, incluyendo aquella que preside en el trono presidencial.

    De modo que nada hay tan falto de sentido como la “paz total”, cuando la sola acepción es una utopía. ¿Ha habido en la Historia de la humanidad algún período donde se haya respirado siquiera por un breve lapso de tiempo algo parecido a los aires de la paz total? Pero tenemos en Colombia a un mesías que dice tener la clave para imponerla: la paz total por decreto, como si así funcionara. Igual que su amigo Santos, los adalides de la paz se sienten con el derecho de autoproclamarse los únicos dueños de ella, y por tanto los llamados a cambiar el rumbo de la Historia. Cuánto narcicismo cabe en un cuerpo humano, cuánto delirio de grandeza.



    “Justicia social”, por ejemplo, es otra frase mágica para motivar incautos. Escuchan esas dos palabras y se activan como un felino al que se le muestra la comida. Y los gobernantes hacen de esa frase su caballo de batalla y la usan como bandera de campaña para supuestamente representar a aquellos oprimidos ávidos de que la justicia social obre en favor de ellos. Sin embargo, si tuviéramos que definir el término, nos encontraríamos con un problema: ya de por sí es un oxímoron la frase. La justicia no puede estar encaminada a resolver las diferencias de clase. La justicia, entendida como principio moral, es aquello que “se inclina a obrar y juzgar respetando la verdad y dando a cada uno lo que le corresponde”. Si se le agrega el componente “social”, se estaría haciendo referencia a la igualdad social (cosa que no existe ni existirá jamás en el mundo de lo real), al Estado de bienestar, a la distribución de la riqueza, a la prevalencia de los derechos de los pobres. Suena muy bien, y está perfecto que se luche por superar la pobreza y por establecer la igualdad ante la ley, que es la única igualdad que deberíamos tener los seres humanos, pero no es en este caso la justicia la que establezca la igualdad de oportunidades. De hecho, una justicia social encaminada a la distribución de la riqueza es completamente injusta.

    Así, cuando desde las esferas de la gobernanza nos hablan de “justicia social” como un programa de obligatorio cumplimiento, lo que debemos entender es lo contrario: que el Estado meterá la mano en la libertad de las personas, en sus bienes, en su capacidad de generar riqueza, en su independencia, en la autonomía para valerse por sí mismos porque quiere repartir lo que hay entre los que no tienen. Algo que a la luz de los postulados humanistas podría parecer muy equitativo, pero que a mí me parece muy injusto. ¿Por qué alguien debe repartir el fruto de su trabajo entre los que no han participado de él? ¿Es razonable aplicar la justicia para la igualdad de resultados en lugar que para la igualdad de oportunidades? Pero ya sabemos que ese es uno de los principios fundamentales de la doctrina socialista, que consiste en ser generoso con la riqueza ajena.  

    Partiendo de la idea del resentimiento social, azuzando el encono de los pobres contra los ricos, a quienes se culpa de su situación, un ideólogo como Marx pretendió cambiar el mundo proponiendo una nueva teoría económica en la que decía establecer un sistema justo. En ningún sentido lo fue. La división, el odio de clases, la violencia, nada de eso ha servido a ningún país socialista para tener mejor justicia. Lo único que hizo fue fundar una nueva religión (la del Estado), y alentar a unos feligreses tan fanáticos y radicales como insensatos e irracionales.



    Pero vuelvo al sentido vacuo y a veces opuesto que adquieren las palabras cuando se las refuerza de manera indiscriminada. La palabra “verdad”, otra más de las quimeras que nos pintan desde el establishment para seguir ocultándonos todas sus intenciones. Que qué importante es la verdad de los hechos; que las víctimas tienen derecho a saber la verdad de lo que ocurrió en el pasado; que sólo a través de la verdad se podrá lograr la justicia y la reparación, etc. No obstante, nada se cuenta como es. Las “comisiones de la verdad” resultan a la postre lo más falaz que se han podido inventar. Ellas cuentan las versiones a medias, tergiversadas, dulcificadas en algunos casos para beneficiar a unos actores a quienes no conviene delatar. Las sombras de esa “verdad” nunca son esclarecidas totalmente, y así el vacío de las dudas se va llenando con narrativas direccionadas para que al final prevalezca una sola “verdad”. ¿Cuál?, la que manipulan desde las ONG’s, los gobiernos, las instituciones, los medios de comunicación. Al final ellos nos muestran “su verdad”. No la que es objetiva, que es la única que existe.

    “No existe la verdad, cada quien tiene su propia verdad”, me decía una amiga progre, y yo tenía que escuchar su sandez colmándome de paciencia para no mandarla al demonio. Juicios semejantes son producto de toda esa corriente posmoderna y relativa que lo único que logró fue engendrar criaturas de cristal que se quiebran con el primer aluvión de realidad. La verdad, entonces, se convierte en una posverdad, en algo que está “detrás de” o “después de”; en lo contrario a ella, es decir, en la mentira.

    En otras palabras, para entender bien de qué es lo que se habla en este lenguaje cifrado, basta interpretar las menciones más reiteradas que están contempladas como puntos centrales de la agenda pública a la luz de sus propios antónimos, y con eso ya se hace uno a la idea de por dónde es que van las verdaderas intenciones del poder.



     Así, como en el mundo orwelliano, en nuestro mundo cada vez se copian más sus disfuncionalidades. A la mentira se le llama verdad; a la guerra se le llama paz; al miedo, a la incertidumbre y al sentimiento de pérdida, hay que llamarlo felicidad; a la escasez toca decirle abundancia; y así por el estilo.

    Cuando el presidente dice que hay que poner impuestos saludables, el trasfondo que se agazapa allí es el hambre, pues los pobres son los que más sufren con los impuestos a la comida, por muy poco nutricional que esta sea. Cuando se nos habla del derecho a la “salud sexual y reproductiva”, lo que hay que entender es el derecho a matar a un no nacido, que va en contravía contra toda salud, y desde luego, es anti reproducción. Si el presidente dice que quienes compran dólares perderán su dinero porque él mantendrá la estabilidad cambiaria, hay que entender lo contrario: a comprar dólares, pues secretamente está implementando medidas para acabar con nuestra moneda y someternos a un empobrecimiento sin precedentes, buscando beneficiar a quién sabe qué agentes externos que parasitarán nuestro país. Si se ensalza la cocaína y se satanizan el carbón y el petróleo, nuevamente, hay que entender lo contrario: los minerales energéticos representan nuestro progreso y la coca es la ruina y la muerte del ser humano; el verdadero veneno. Como este es un mundo al revés, aconsejo que entendamos todo al contrario de la manera como los gobernantes y las élites pretenden inculcarnos, haciendo exactamente lo opuesto a lo que ellos dicen.



        Tanto es así, que en el discurso ante la preocupación por el cambio climático le endilgan la culpa exclusivamente al hombre (sobre todo si es hombre blanco nacido en el mundo industrializado) y lo condenan ojalá a desaparecer con tal de que se salve el planeta. Pero es al revés. Hay que procurar luchar por la supervivencia de la humanidad, que el planeta lleva aquí millones de años y no es tan estúpido como para dejarse destruir por el hombre. Somos tan poca cosa que no podríamos siquiera devastar este universo, porque él tiene la capacidad de renovarse. Los que sí podríamos destruirnos como especie somos los humanos, en esa egoísta pretensión de acaparar los recursos naturales por parte de algunos pocos privilegiados que quieren quedarse con la tierra y con el agua, sometiendo al resto a una vida de exterminio en nombre del cambio climático. Habría que ponerse a sembrar, inundar el mundo de comida, continuar el desarrollo agrícola. No es decreciendo, como pregonan los regresionistas. Es trabajando y yendo hacia adelante, avizorando el futuro. Sólo así podríamos garantizar que este mundo se vuelva a enderezar alguna vez para así no tener que entender lo contrario a lo que nos dicen.

1 comentario:

  1. Que verdad en lo que escribes y sobre todo en la frase ser generosos con la riqueza ajena, eso es lo que hacen los gobiernos socialistas pero vaya y mire si ellos comparten sus riquezas, JAMAS.

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