La semana pasada se llevó a
cabo la VIII versión de la Feria del Libro del Eje Cafetero: Paisaje, Café y
Libro, en la ciudad de Pereira. Como siempre, la Feria dejó una impresión muy positiva
en materia de asistencia, de ventas, de reconocimiento del evento y
consolidación de los escritores y artistas participantes. Positivo también fue
el resultado para las editoriales, las librerías y la misma organización de la Feria
que cada año se esmera por ofrecerle al público interesado un programa de
calidad. Y desde luego, positivo fue el balance para los lectores que una vez
más concurrieron a un espacio en el que pueden sentirse plenamente felices al
encontrar allí todo tipo de novedades literarias, de ofertas editoriales,
culturales y educativas, y de temáticas diversas que posibilitan seguir
cultivando este bello hábito de la lectura.
No podían faltar, por
supuesto, los stand de café y productos derivados para
hacerle honor al lema de la feria, en los que se pudo degustar de la bebida cuyo
grano recién molido motiva el olfato, despierta el ánimo y se vuelve ideal para
acompañar la lectura. El café como impronta de una región en la que cada vez se
lee más. Por estos aspectos, la Feria del Libro puede seguir anotándose puntos.
Pese a ello, no resultó tan positiva para quienes se quedaron por fuera de algunos eventos que estuvieron a rebosar y en los que por cuestiones de aforo no pudieron ingresar. La organización no previó que para algunas presentaciones tendría que haber habilitado escenarios con mayor capacidad, lo cual es un indicativo del crecimiento mismo que está teniendo este festival del libro, cobrando relevancia no sólo en la ciudad, sino a nivel nacional. Por ello se espera que para las próximas ediciones se cuente con una logística capaz de albergar una mayor cantidad de público, en especial en las conferencias que presentan a los escritores y a las personalidades más reconocidas a nivel nacional.
Ejemplo de ello fue la
ponencia del escritor bogotano Mario Mendoza, a la que asistieron alrededor de
mil personas y en la que nos quedamos por fuera al menos unas cien. O la
presentación del libro de Héctor Abad Faciolince, que hubiera requerido un
aforo similar al de Mario, pero solamente se habilitó uno de los salones
principales del recinto de Expofuturo, mientras que en el salón contiguo, a la
misma hora, una señora le hablaba a “cuatro gatos” tomando posición sobre un
tema que ni debiera ser parte de una feria del libro, pero que mejor no
menciono para que no me crucifique la corrección política. Hubo allí un error
de programación o de cálculo, porque para la presentación de Abad hubieran
tenido que unir los dos salones, como se hace cada que hay una conferencia
importante. Tal parece que la organización no esperaba la asistencia masiva a
los eventos de los escritores nacionales.
Dato curioso: fueron menos los
escritores famosos que tuvo esta versión de la feria en comparación a la versión,
por ejemplo, de 2019. Y pocos invitados internacionales. A lo mejor el
presupuesto no daba para tanto, o a lo mejor nos estamos localizando más de lo
necesario, pues en esta feria se notó el predominio de los escritores
regionales. Unos novatos, otros ya con experiencia, pero poco reconocidos más allá
de las fronteras de la ciudad. Desde luego, no se puede juzgar la calidad de su
pluma sin haberlos leído, o sólo por el hecho de no contar con el respaldo de
una editorial poderosa que los potencie en el mundo de las letras, pero no nos
digamos mentiras, y es que para un evento que involucra personalidades de talla
nacional o extranjera, se pierde el interés por escucharlos. Y es lamentable,
pero así es este negocio: el gancho de las ferias siempre son las figuras del
momento. Habría que pensar en una feria regional donde verdaderamente los
escritores locales y aquellos que recién comienzan tengan su propio espacio y
no tengan que competir contra los consentidos de las grandes editoriales que la
misma gente pone en el podio de los aclamados.
Más este es un detalle sin importancia. Mucho nos han recalcado que un
buen libro no se valora por la fama de su autor, sino por la calidad literaria
que posee la obra en sí misma. Estoy seguro que los escritores jóvenes y experimentados
de la región irán poco a poco copando lugares de importancia a nivel nacional y
ganando renombre. No es fácil en esto de las letras hacerse a un lugar, pues
como en la vocación sacerdotal, en la escritura también se aplica eso de que “son
muchos los llamados y pocos los elegidos”.
Pero aparte de la emoción de asistir a una feria del libro por el gusto de leer y la posibilidad de encontrarse con gente que comparte gustos en común (aunque esta vez no encontré a nadie); por conocer qué es lo que se está escribiendo, y por todo lo que rodea a la feria, lo que me llamó la atención esta vez, y lo digo desde mi óptica personal, no sin cierta decepción, fue un rasgo común que hallé tanto en figuras de la cultura nacional como en escritores locales que no trascienden más allá de su comarca. Lo detecté también en parte de los asistentes, en los ponentes y en los intelectuales que asistieron a esta muestra. Encontré que al parecer, esta, como todas las demás, es una feria del libro de tendencia progre.
Entiendan, es sólo una percepción, y a lo mejor estoy equivocado. Reconozco que puede ser una estupidez de mi parte desinflarme por la amalgama de personajes, estereotipos, identidades, estilos, temáticas, comentarios, relatos, posiciones políticas, ideologías, argumentos, símbolos, reclamos sociales y demás elementos discursivos y culturales que identifiqué en este programa. La culpa es mía por estar en el lugar equivocado. ¿Qué quería? Estoy en un evento cultural diseñado por gente de la cultura para gente de la cultura: ni modo que allí vaya a encontrarme con gente que piense exactamente como yo.
A mí me encantan las ferias del libro, amo el ambiente de los libros, soy un apasionado por la literatura, pero lejos de sentirme como un pez en el agua en este evento, me sentí como un infiltrado.
Me dirán que soy un prejuicioso que juzga a la ligera, que tengo una mente cerrada y oxidada, que no evolucioné con la llegada del siglo XXI. Lo admito, todo eso puede ser cierto, pero sé que hay algo más que no me quita el sinsabor. No sé por qué, pero me da la sensación de que el 80% de los que asistieron a la feria del libro comparten el pensamiento generalizado que no ve del todo con simpatía las palabras “propiedad privada”, “libre mercado”, o “religión”, por ejemplo. O se han comprado el discurso del cambio climático por el cual apoyan la descarbonización de la economía, aunque esto suponga regresar a la edad de las cavernas; o apoyan el mito de la educación “gratuita y de calidad”, o aquel otro de “mi cuerpo, mi decisión"; o el más reciente, el de la “paz total”. Ustedes más o menos me entienden por dónde va la cosa: me encontré con un predominio general de cierto espectro del pensamiento, con lo cual ya tengo un motivo para decepcionarme.
Creo que el problema está en la
visión del mundo que nos muestran los escritores y los artistas. Su idealismo
los inclina a las revoluciones y a las utopías, cuando no a las distopías. Se
alimentan de ello, y eso está bien para la literatura, pero no dimensionan que
tras su obra está la posibilidad de que haya seguidores que les crean ciegamente
todo lo que inventan. Entonces lo trasladan a la realidad, y ahí es cuando germina
toda la caterva de soñadores que exigen un mundo ideal, al mejor estilo del Mayo
del 68, cuando decían “seamos realistas, pidamos lo imposible”. Son
intelectuales que germinan la semilla de una corriente ideológica que con el
tiempo se vuelve bastante nociva para la sociedad hasta el punto de incidir en
la política y el destino de un país: tal vez hasta el punto de terminar en un
totalitarismo sin retorno.
El escritor best seller,
por ejemplo, dice que la vanguardia de la humanidad la tiene el tercer
mundo y que hacia allá se dirigen todas las sociedades. Lo malo es que
pareciera gustarle que ese caos se esté produciendo, pues eso le da material
para sus libros; y entre más catastrófico nos pinta el panorama, más le
aplauden los asistentes (yo entre ellos, lo admito). Culpa al capitalismo de la
debacle mundial, habla de una vuelta al primitivismo, de una degradación irreversible
del ser humano, como si le estuviera sonando la idea. En el fondo intuyo que
apoya el otro mito: el de la lucha de clases.
Otro dice que no cree en las
conspiraciones, cuando a todas luces ya nos han dicho hacia dónde nos quieren
llevar y a través de qué métodos, pero sigue afirmando que esos son cuentos de
los teóricos de la conspiración, como el cuento del castrochavismo en las
elecciones pasadas. Y ya ven, el castrochavismo quedó corto para lo que nos
tienen programado.
Otros hablan de los abusos de
la policía, de las corrupciones de gobiernos pasados, de los crímenes de estado
en la década del dos mil, de la resistencia, de los asesinatos de los líderes sociales
en la era Duque, de los parapolíticos… pero por una cuestión acomodaticia no se
quieren referir a nada del presente, ahora que supuestamente se ha entronizado
el cambio, como si de verdad dicho cambio fuera a ser para bien. Callan impunemente
cuando ven que vamos enrutados hacia el precipicio. Apenas dan a entender muy
sutilmente lo que piensan, y los áulicos se las cogen en el aire al tiempo que
aprueban con la cabeza y sonríen con la complicidad de quien escucha
exactamente lo que quiere escuchar.
Y así por el estilo, cada cual va aportando su cuota de lamentación contra “el sistema que provoca el descontento social” y la consiguiente “protesta pacífica”. No como las marchas que se están programando ahora, que para ellos no son más que una actitud resentida e inútil de sectores derechistas que no representan a la sociedad.










Me hubiera gustado ver la feria contigo y observar y criticar esos "libros" de los que hablas, seguro nos hubiéramos reído.
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