Alguna mañana en que se despertó abrazando la
almohada con la pasión con que hubiera abrazado al amor de su vida, Rupertino Díaz
entendió en que ya iba siendo hora de encontrar una mujer que lo curara de su soledad
irrevocable. Era un designio de la vida, un mal necesario, como le decía en
vida su padre, quien, por cierto, después de separarse de la madre de
Rupertino, jamás volvió a casarse ni a conseguir esposa. Pero a Rupertino,
pasado ya de sus cuarenta y cinco años, le estaba haciendo falta experimentar aquello
de la vida en pareja. Lo soñaba despierto, lo idealizaba, y a veces hasta le asignaba
un rostro y un cuerpo a esa desconocida que se imaginaba bajo formas deseables
e imposibles, lo que confirmaba una fantasía irrealizable, teniendo en cuenta
que este hombre no tendría en la vida real la más mínima posibilidad de
entablar una relación con la mujer de sus sueños. Rupertino lo sabía, y por
ello fantaseaba con mujeres que, ni siendo el último hombre sobre la tierra, se
fijarían en él.
No es que quisiera casarse por
la iglesia y tener una familia como lo dictan los cánones de la sociedad
religiosa para quedar reducido después a un ente sin libertad. De hecho, le
encantaba estar solo, vivir solo, leer solo, escuchar su música sin que nadie
se la criticara y comer en la más absoluta soledad, viendo sus programas
favoritos, que por lo general eran las repeticiones de las telenovelas
mexicanas de TV Azteca o de Televisa. Lo que él quería era simplemente contar
con la compañía de esa mujer ideal al momento de terminar de comer, de cerrar
el libro, de apagar el televisor y silenciar el reproductor de música. Es
decir, cuando se cansara de sus actividades solitarias.
El problema era en las mañanas, al despertarse, o quizá en las noches, cuando
iba a la cama. Allí era donde añoraba una buena fémina para entrepernarla y
consentirla, y que ella lo consintiera, ya que ni siquiera la posibilidad del
sexo lo trastornaba, pues desde hacía muchos años que él sufría de inapetencia,
y eso era algo a lo que ya no le buscaba remedio por vergüenza de tener que
confesárselo a un doctor, el cual ya no lo vería con el respeto con que se mira
a un paciente, sino con algo de risa y menosprecio. Estaba resignado a no disfrutar
del mayor placer sobre la faz de la tierra. Había aceptado su fracaso, y sólo
quería una mujer con la que pudiera abrazarse hasta fundirse en un sueño
apacible y despertar con la certeza de ser amado, justo en esos instantes donde
las ganas de dormir se sacian y se pretende seguir soñando despierto,
imaginando tener el amor entre los brazos. Se conformaba con apenas unos
minutos efímeros de calor: así de poco esperaba de la vida.
Durante el resto del día ni
siquiera pensaba en ello, y mucho menos a la hora de dedicarse a sus
quehaceres. Allí sí que no hubiera deseado por nada del mundo ser un hombre
casado, con una esposa discutiendo por todo: porque no lavó la losa a tiempo o
porque se demoró más de lo necesario frente a la pantalla del televisor, o tal
vez porque se gastó unos pesos de más en unos libros o en una borrachera de
amigos. Su dinero no sería su dinero si el compromiso fuera ahorrar para un
viaje familiar o realizar un cambio de mobiliario, aunque los muebles estuvieran
en perfectas condiciones, porque las mujeres se encaprichan con cosas como estrenar
enseres. Por motivos como esos él valoraba su soltería irredenta, la libertad
de hacer lo que le diera la gana sin el peligro de ganarse una cantilena
insoportable. Pero cuando llegaba la noche y el golpe de la desolación lo
atosigaba, entonces ahí sí se acordaba de que debía hacer todo lo posible por
no quedarse solo, así fuera nada más para poder abrazar un cuerpo caliente y
tierno bajo las cobijas.
¿A quién buscar, a quién
llamar en esos momentos de desespero? Y si a lo mejor existía alguna amiga
deseosa, ¿cómo le respondería Rupertino a la hora de ir con ella a la cama,
desnudarla y pretender otorgarle placer para tener luego la posibilidad de abrazarse
y retozar juntos si ni siquiera él podía comportarse como un macho? ¡Ah!,
desgraciada vida la de este pedazo de hombre que no tenía derecho a amar ni ser
amado. Ni siquiera de abrazar ni ser abrazado. A Rupertino le hubiera bastado
con eso.
Cuando le comentó a su experimentado amigo
Diego Faciolince acerca de su vacío sentimental —en medio de una nutrida ronda
de cervezas en un antro donde se confundían viejos quejumbrosos amantes del
tango y los boleros con jóvenes universitarios que transpiraban rock y música
de culto electrónico—, este le habló sin anestesia, como siempre solía hacerlo,
razón por la cual se había ganado un poco su mote de El Facho Lince.
— ¿Para qué quiere tener una mujer si se pueden tener varias al tiempo?
—La soledad, hermano. La
soledad golpea duro. A mí con una que me quisiera y que me comprendiera me
bastaría —respondía Rupertino urgido de cumplir su deseo.
—No sea pendejo —decía El
Facho —. Los únicos que se casan o se comprometen o dejan su vida por una
mujer son los hombres Simp. No sea uno más de esos y más bien aprenda de
los maestros.
— ¿Hombres qué?
—Hombres Simp, señor,
¿no conoce lo que son? Un hombre Simp es un tipo que se esfuerza
demasiado por llamar la atención y por impresionar a todas las mujeres. Les
quiere satisfacer sus demandas dejando que sus propias necesidades sean relegadas.
Mejor dicho, es ese pobre diablo que solo vive por las mujeres y para las
mujeres. A donde llega siempre está mirando para todos lados, sopesando las
posibilidades que tiene de cotizar, fijándose en cada mujer que hay en el lugar,
ilusionándose con que esa noche sí se le va a hacer el milagro de que alguna lo
encuentre atractivo y se le lance en picada. A veces es él el que se lanza
convencido de su éxito, pero siempre falla en el intento, pues ellas huelen su
necesidad. Desde que el hombre entra en el escenario las féminas ya lo han
escaneado a través de su máquina cerebral intuitiva que no falla. Ya lo han
descartado con solo ver sus ademanes, su forma de mirar y de caminar; de actuar
y de interactuar, sin darle la oportunidad al pobre de que diga una sola palabra.
Él está pendiente de ellas y procura siempre ganar su aprobación. Al final se
vuelve complaciente, comprensivo, atento, cariñoso, detallista, sumiso,
protector; en fin, un candidato seguro para estar en la friendzone por
los siglos de los siglos, o un futuro cornudo. Eso sí, tenga mucho cuidado, que
a la corrección política no le gusta que se use la palabra Simp, porque
eso es prácticamente para referirse a perdedores. Por eso le digo, viejo, no
sea Simp y dedíquese a vivir su vida sin pensar en tanto en las mujeres.
¡Sea hombre, carajo!
Rupertino bebió su cerveza y
le pareció que estaba pasando el trago más amargo de la noche, pero al final le
halló razón a su amigo El Facho. Por algo a Diego no le faltaban las
mujeres revoloteando a su alrededor, y Rupertino se preguntaba cómo carajos hacía
este amigo suyo para salir siempre victorioso sin mover ni un dedo. De hecho,
esa noche, en el antro ecléctico, una universitaria con pinta de hipster
lo miraba desde una mesa cercana con ganas de “pasarlo por las armas”, pero
Diego ni siquiera la volteó a mirar.
—No me gustan tan alternas— le
dijo a Rupertino, quien estaba que se moría porque esa mirada fuera para él.
Así, Rupertino Díaz comprendió
que él era irremediablemente uno de esos hombres Simp que su amigo le
había descrito. A donde quiera que iba siempre estaba tratando de llamar la
atención de una mujer, así no fuera muy atractiva; procurando que cualquiera se
fijara en él, y al final ninguna se percataba de su existencia. Lo veían tan
pobre, tan aburrido, tan insignificante, tan poca cosa. Ninguna de las
cualidades que poseía Rupertino (si acaso poseía) se configuraban interesantes
para las mujeres modernas, independientes, sofisticadas, y muy bonitas, por
demás. Las mujeres querían un hombre líder, un varón con estatus, un alfa que
las llevase al cielo y les hiciera despertar emociones como en un cuento de
hadas; que estuviera en capacidad de ofrecerles el paraíso. Rupertino no tenía
nada de eso.
De modo que se prometió a sí
mismo que iba a mejorar: se volvería un hombre más interesante, más divertido, más
sociable, con mucho estatus que le permitiera ser admirado, con muchas
experiencias para contar y mucho mundo para compartir, y sobre todo mucho
dinero para tener una seguridad económica que ofrecer. El dinero, especialmente,
es lo que llama la atención de las mujeres atractivas, según le dijo su amigo
meses después en el mismo antro, porque es en ese aspecto donde ellas ven qué
tanta protección les puede brindar el hombre en tiempos de crisis, o qué tan
buen estilo de vida tendrían ellas a su lado. ¿Qué podía hacer el pobre? Esa
era la realidad y había que aceptarla tal cual. Era lo más difícil de obtener,
y para ello requeriría de un gran plan de superación. Conseguir dinero implicaba
mejorar las relaciones sociales: aumentar el número de amigos y conocidos que
lo enrutasen por el camino del éxito, pero Rupertino era un jugador solitario. O
ser un emprendedor con visión, pero él ni siquiera tenía idea de dónde estaba
parado ni hacia dónde se dirigía. O trabajar y ahorrar mucho, pero a él lo
mandaban a volar de todos los empleos por su temperamento desafiante con los
patrones. O meterse a la ilegalidad, al mundo de las drogas, por ejemplo, pero
para eso había que tener las gónadas bien puestas y no temerle a la muerte, y
ser un atravesado dispuesto a matar o morir, pero ya se sabía que si este
badulaque no tenía sangre para lo legal, mucho menos para lo ilegal.
Al final Rupertino no consiguió cambiar y ahora ya no clasificaba ni siquiera para ser un Simp, pues desvió su atención de las mujeres y no volvió a determinarlas ni por error. Le seguían gustando, pero perdió a propósito todo interés en ellas por aquello de que le sería imposible conquistar hasta a la más horripilante.







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