Ese paño se puede ondear según
convenga, y si dado el caso expira un prócer de la nación, o la naturaleza se
ensaña con nuestros compatriotas, o infamemente se produce la dolorosa tragedia
de la desaparición de mil anónimos, la bandera servirá para exorcizar todo el
mal generado cuando sea izada a media asta.
Existe un escudo de armas encabezado
por el ave insignia de nuestro país, la cual agarra con su pico una corona de
laureles que significa la victoria y la nobleza del pueblo. El cóndor mira a la
derecha —nunca a la izquierda—, y sobre sus garras, entrelazada en la corona, pende
la cinta con el lema nacional de Libertad y Orden.
En el escudo hay una granada
de oro atiborrada de semillas —con su tallo y sus hojas— para evocar el nombre
que tuvo nuestra patria en épocas pasadas: la Nueva Granada.
Aparecen en el blasón las dos cornucopias;
con oro la una y frutas tropicales la otra, que nos recuerdan que este es un
país de riqueza y de suelos prodigiosos. Abajo está el gorro frigio de la
libertad que reposa colgado de la punta de una lanza, y más abajo serpentea el
agua de un istmo que ya no nos pertenece, y sobre el que navegan dos barcos en
cada uno de los océanos que bañan a Colombia.
Muy poco queda ya del oro que una
de las cornucopias exhibe: ese mineral que antes tapizaba nuestra tierra de
manera exuberante se lo han robado impunemente. Y lo que queda es un motivo
para que maten a los ciudadanos que aspiran a encontrar en alguna veta la
salida a la pobreza. Las frutas, el grano y las semillas que muestra la otra
cornucopia parecieran ser un asunto de la representación pictórica; una
alegoría de un escudo que no refleja la realidad. Aunque posamos nuestros pies
sobre un terreno fecundo, lo que escasea en este caso no es la fertilidad del
mismo, sino la falta de voluntad para sembrarlo. Otro producto más rentable ha
sustituido el alimento: el “oro blanco” y maldito que sólo sirve para destruir
al ser humano. No se siembra la tierra, no se cosecha, no se usa para lo que fue
creada. La consecuencia es hambre, guerra y desolación.
En cuanto al gorro frigio, lentamente
se va perdiendo la libertad que representa. En manos de un Estado que le quita
a unos para darle a otros, que busca compensar la insuficiencia con
pauperización, no se vislumbra mucha libertad que digamos. El pueblo pide pan y
el Estado se lo arroja cuando le conviene. No inculca en sus ciudadanos la
condición de hombres emancipados, sino la de esclavos.
El resto del escudo es un
chiste que se cuenta solo: se le rinde homenaje a Panamá, que ya es un país
extranjero. El cóndor, nuestra ave insignia, está en peligro de extinción como
la nación misma está en peligro de sucumbir a una tiranía. Y en lugar del Orden,
lo que viene reinando desde hace tiempo es la anarquía.
Existe un himno nacional que nos
ilusiona con que “cesó la horrible noche” para luego decirnos que la “libertad
sublime entre cadenas gime”. El horror, de hecho, nunca terminó, y por ello el
autor nos insta a comprender “las palabras del que murió en la cruz”. Un himno
que al parecer sólo se saca a relucir para los partidos de fútbol, pero al que
se le resta significado cuando las cifras que registran las masacres no paran
de aumentar. Un himno que se canta a veces con entusiasmo, sobre todo si se
está lejos, extrañando no poder entonarlo dentro de las fronteras nacionales
por esa suerte de destino errante llamado migración.
Existen, pues, símbolos
patrios. Y una Constitución que se supone, es la Carta Magna sobre la que no hay
poder superior ni se puede transgredir ninguno de sus derechos. Cosa extraña
que el primero de ellos, la vida, se suprime todos los días por obra de la
irracional violencia. Esta Constitución se torna en pesada literatura; en
palabra muerta.
Toda esta alusión crítica a los emblemas de la república es para decir
que cada día me duele más la patria. Inútil tanto símbolo y solemnidad vana si lo
que subyace en la esencia de la nación es un espíritu de bajeza y falso
patriotismo.
Dolor de patria porque a
medida que se sienten los pasos del animal gigante que es el pensamiento
uniformizado, nuestra identidad de colombianos, si es que existe, estará
quedando diluida en el implacable mar del desarraigo.
Dolor de patria cuando comenzamos
a vivir en carne propia las consecuencias de nuestra equivocación: corrupción,
carestía, negligencia, clientelismo, escasez, retroceso, empobrecimiento, recrudecimiento
de la violencia, humillación. No sirvieron de nada los espejos, las
admoniciones, las advertencias, las opiniones de los expertos. Quisimos
experimentar por nosotros mismos el horror, conscientes de caer en el abismo
porque ya no nos importa nada. La filosofía de esta época posmoderna es el nihilismo
por doquier para exaltar la muerte. Que se pierda el país que teníamos, dijeron
unos, que será mejor inventarse otro de la nada y borrar lo que antes existía.
Nos damos cuenta ahora de que no es tan fácil construir en la realidad como en
los imaginarios, y que sí, que lo más fácil es destruir lo que otros
construyeron.
Dolor de patria al percibir
cómo comienza el camino a la debacle. Al principio suele haber una queja por
los altos precios, luego una ausencia de las cosas que antes encontrábamos con relativa
facilidad. Después la crisis por lo que escasea, por la inoperancia de las
instituciones, la falta de autoridad, la indulgencia con los abusadores, la
indiferencia del Estado que solamente se dedica a fantasear, la degradación de
unos valores que antes eran necesarios para cimentar una nación y que hoy ya no
se admiten más. Todo comienza a dañarse, a funcionar mal. Lo poco bueno que
había termina por desaparecer y se profundiza el descontento que no podrá
terminar en rebelión porque el aparato del Estado ya se ha encargado de sofocar
a los elementos disidentes. Solamente los áulicos del poder se niegan a aceptar
la realidad, pues de eso se trata el cambio, de tapar el sol con un dedo.
Mientras tanto quienes
detentan el mando saltan jubilosos celebrando un triunfo que nunca será del
pueblo, sino de las élites a las que ellos obedecen. Celebran siendo premiados
con el reconocimiento a unas ejecutorias que apenas existen en papeles, pues la
realidad objetiva evidencia el retroceso de la sociedad que estos canallas se
han encargado de resquebrajar.
Al final, cuando contemplen su
propia obra de destrucción y no puedan acrecentar el mito de sus
elucubraciones, dirán que fueron los otros, sus enemigos, sus contradictores,
los que no permitieron la materialización de la utopía. Porque siempre habrá a
quien culpar de los fracasos. La culpa será en todo caso del imperio, del
detractor, de la naturaleza, de la riqueza ajena, de quien no piense como
ellos, del ciudadano honesto; nunca de ellos, porque ellos son dioses, y a los
dioses no se les achaca ningún defecto.
Dolor de patria porque lo que era
un proyecto de nación soberana con miras a desarrollarse, mañana será parte de un
entramado mafioso y planetario que nos dejará sin bandera, sin escudo, sin
Constitución, sin democracia, sin libertad y sin futuro. Qué dolor que se
acabará la patria, y más dolor que fuimos nosotros mismos los que la dejamos
acabar. Permitimos que unos fanáticos de su propia quimera gobernaran nuestras
vidas.
Contra esos impostores es que
debiéramos descargar todo el peso de nuestro dolor de patria.







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