sábado, 21 de enero de 2023

Dolor de patria

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




     Existe una bandera nacional compuesta por tres colores: el amarillo, el azul y el rojo; cada color representando una característica indefectible de la república que todavía hoy no se ha terminado de configurar. Se continúa saqueando el oro y la riqueza, contaminando los ríos y los mares y derramando la sangre de los coterráneos, pero no importa, porque ahí está la bandera que lo representa todo.

    Ese paño se puede ondear según convenga, y si dado el caso expira un prócer de la nación, o la naturaleza se ensaña con nuestros compatriotas, o infamemente se produce la dolorosa tragedia de la desaparición de mil anónimos, la bandera servirá para exorcizar todo el mal generado cuando sea izada a media asta.



    Existe un escudo de armas encabezado por el ave insignia de nuestro país, la cual agarra con su pico una corona de laureles que significa la victoria y la nobleza del pueblo. El cóndor mira a la derecha —nunca a la izquierda—, y sobre sus garras, entrelazada en la corona, pende la cinta con el lema nacional de Libertad y Orden.

    En el escudo hay una granada de oro atiborrada de semillas —con su tallo y sus hojas— para evocar el nombre que tuvo nuestra patria en épocas pasadas: la Nueva Granada.

    Aparecen en el blasón las dos cornucopias; con oro la una y frutas tropicales la otra, que nos recuerdan que este es un país de riqueza y de suelos prodigiosos. Abajo está el gorro frigio de la libertad que reposa colgado de la punta de una lanza, y más abajo serpentea el agua de un istmo que ya no nos pertenece, y sobre el que navegan dos barcos en cada uno de los océanos que bañan a Colombia.


    

    Muy poco queda ya del oro que una de las cornucopias exhibe: ese mineral que antes tapizaba nuestra tierra de manera exuberante se lo han robado impunemente. Y lo que queda es un motivo para que maten a los ciudadanos que aspiran a encontrar en alguna veta la salida a la pobreza. Las frutas, el grano y las semillas que muestra la otra cornucopia parecieran ser un asunto de la representación pictórica; una alegoría de un escudo que no refleja la realidad. Aunque posamos nuestros pies sobre un terreno fecundo, lo que escasea en este caso no es la fertilidad del mismo, sino la falta de voluntad para sembrarlo. Otro producto más rentable ha sustituido el alimento: el “oro blanco” y maldito que sólo sirve para destruir al ser humano. No se siembra la tierra, no se cosecha, no se usa para lo que fue creada. La consecuencia es hambre, guerra y desolación.

    En cuanto al gorro frigio, lentamente se va perdiendo la libertad que representa. En manos de un Estado que le quita a unos para darle a otros, que busca compensar la insuficiencia con pauperización, no se vislumbra mucha libertad que digamos. El pueblo pide pan y el Estado se lo arroja cuando le conviene. No inculca en sus ciudadanos la condición de hombres emancipados, sino la de esclavos.  

    El resto del escudo es un chiste que se cuenta solo: se le rinde homenaje a Panamá, que ya es un país extranjero. El cóndor, nuestra ave insignia, está en peligro de extinción como la nación misma está en peligro de sucumbir a una tiranía. Y en lugar del Orden, lo que viene reinando desde hace tiempo es la anarquía.



    Existe un himno nacional que nos ilusiona con que “cesó la horrible noche” para luego decirnos que la “libertad sublime entre cadenas gime”. El horror, de hecho, nunca terminó, y por ello el autor nos insta a comprender “las palabras del que murió en la cruz”. Un himno que al parecer sólo se saca a relucir para los partidos de fútbol, pero al que se le resta significado cuando las cifras que registran las masacres no paran de aumentar. Un himno que se canta a veces con entusiasmo, sobre todo si se está lejos, extrañando no poder entonarlo dentro de las fronteras nacionales por esa suerte de destino errante llamado migración.  

    Existen, pues, símbolos patrios. Y una Constitución que se supone, es la Carta Magna sobre la que no hay poder superior ni se puede transgredir ninguno de sus derechos. Cosa   extraña que el primero de ellos, la vida, se suprime todos los días por obra de la irracional violencia. Esta Constitución se torna en pesada literatura; en palabra muerta.

    Toda esta alusión crítica a los emblemas de la república es para decir que cada día me duele más la patria. Inútil tanto símbolo y solemnidad vana si lo que subyace en la esencia de la nación es un espíritu de bajeza y falso patriotismo.  



    Dolor de patria porque a medida que se sienten los pasos del animal gigante que es el pensamiento uniformizado, nuestra identidad de colombianos, si es que existe, estará quedando diluida en el implacable mar del desarraigo.

    Dolor de patria cuando comenzamos a vivir en carne propia las consecuencias de nuestra equivocación: corrupción, carestía, negligencia, clientelismo, escasez, retroceso, empobrecimiento, recrudecimiento de la violencia, humillación. No sirvieron de nada los espejos, las admoniciones, las advertencias, las opiniones de los expertos. Quisimos experimentar por nosotros mismos el horror, conscientes de caer en el abismo porque ya no nos importa nada. La filosofía de esta época posmoderna es el nihilismo por doquier para exaltar la muerte. Que se pierda el país que teníamos, dijeron unos, que será mejor inventarse otro de la nada y borrar lo que antes existía. Nos damos cuenta ahora de que no es tan fácil construir en la realidad como en los imaginarios, y que sí, que lo más fácil es destruir lo que otros construyeron.



    Dolor de patria al percibir cómo comienza el camino a la debacle. Al principio suele haber una queja por los altos precios, luego una ausencia de las cosas que antes encontrábamos con relativa facilidad. Después la crisis por lo que escasea, por la inoperancia de las instituciones, la falta de autoridad, la indulgencia con los abusadores, la indiferencia del Estado que solamente se dedica a fantasear, la degradación de unos valores que antes eran necesarios para cimentar una nación y que hoy ya no se admiten más. Todo comienza a dañarse, a funcionar mal. Lo poco bueno que había termina por desaparecer y se profundiza el descontento que no podrá terminar en rebelión porque el aparato del Estado ya se ha encargado de sofocar a los elementos disidentes. Solamente los áulicos del poder se niegan a aceptar la realidad, pues de eso se trata el cambio, de tapar el sol con un dedo.

    Mientras tanto quienes detentan el mando saltan jubilosos celebrando un triunfo que nunca será del pueblo, sino de las élites a las que ellos obedecen. Celebran siendo premiados con el reconocimiento a unas ejecutorias que apenas existen en papeles, pues la realidad objetiva evidencia el retroceso de la sociedad que estos canallas se han encargado de resquebrajar.

    Al final, cuando contemplen su propia obra de destrucción y no puedan acrecentar el mito de sus elucubraciones, dirán que fueron los otros, sus enemigos, sus contradictores, los que no permitieron la materialización de la utopía. Porque siempre habrá a quien culpar de los fracasos. La culpa será en todo caso del imperio, del detractor, de la naturaleza, de la riqueza ajena, de quien no piense como ellos, del ciudadano honesto; nunca de ellos, porque ellos son dioses, y a los dioses no se les achaca ningún defecto.   



    Dolor de patria porque lo que era un proyecto de nación soberana con miras a desarrollarse, mañana será parte de un entramado mafioso y planetario que nos dejará sin bandera, sin escudo, sin Constitución, sin democracia, sin libertad y sin futuro. Qué dolor que se acabará la patria, y más dolor que fuimos nosotros mismos los que la dejamos acabar. Permitimos que unos fanáticos de su propia quimera gobernaran nuestras vidas.

    Contra esos impostores es que debiéramos descargar todo el peso de nuestro dolor de patria.


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