La fundación
Del otro lado, en La Montaña, apenas
a cien metros de distancia, el sacerdote José Bonifacio Bonafont, que oficiaba como
párroco de este pueblo, se levantó ese día pensando lo mismo que su correligionario:
que la disputa por el territorio al pie del cerro del Ingrumá entre los
habitantes de Quiebralomo y La Montaña debía llegar a su fin.
De modo que cada uno de los curas
convocó a sus respectivos feligreses y todos se dieron cita en la línea
divisoria que separaba los poblados.
—Padre— le dijo un párroco al
otro—, ¿Para qué dos pueblos,n dos plazas y dos iglesias principales en un
territorio tan pequeño si eso ha significado que nos matemos los unos con los
otros?
—Tiene razón, padre— le contestó
el segundo—. Lo mejor es que tumbemos esta barricada y nos quedamos con un solo
pueblo, porque si seguimos con esta enemistad nos va a llevar el diablo.
Cuenta la historia que así fue como se instauró la paz duradera entre los dos villorrios con tal de evitar cualquier castigo del maligno. Que a ese pueblo unificado lo bautizaron como Riosucio, y que, aunque la anécdota se narra fácil, aquello no fue de un día para otro. Existen muchos más detalles para precisar, pero más o menos fue ese el cuadro que llevó a la fundación del único pueblo de Colombia que tiene dos plazas principales con sus respectivas iglesias. Y no fue sino hasta 1847 cuando Riosucio, hoy perteneciente al departamento de Caldas, fue unificado por decreto.
El carnaval
No es el Carnaval del diablo, como erróneamente se publicita desde
afuera. Los lugareños y organizadores enfatizan en que esta no es una fiesta
anticristiana con motivo de adorar al embajador del mal en la tierra, ni mucho
menos de agredir la religiosidad; sino más bien que es un bailoteo cuyo diablo
pintoresco y alegórico sirve como pretexto para entrar en el estado anímico de
la tradición; esa tradición que rememora que, gracias a la paz que sellaron los
habitantes de los pueblos divididos, fue que pudieron derrotar al pérfido a
punto de llevar sus almas. Por eso se hace hincapié en denominarlo el diablo
del Carnaval, y no al revés.
Los organizadores cuentan
también que es una manera de integrar la cultura de un pueblo conformado por indígenas,
negros y blancos; las tres razas sobre las que se dio todo el proceso de mestizaje
en América. Por ello a Riosucio acuden, cada dos años, miles de personas deseosas
de vivir la experiencia de un jolgorio cuyo protagonista es un diablo “carente
de maldad”, según se dice.
Brillan como flamas las
cuencas de sus ojos y los cuernos afilados se replican en las cabezas de los
danzarines y los asistentes cuyos rostros se ocultan tras la máscara del endemoniado.
Unas alas de murciélago parecen desplegarse a su paso, como si estuviera a punto
de volar al firmamento reclamando su venganza, aunque en este caso él solamente
vino a traer unión, alegría y fiesta. La gente acude a su encuentro y lo aplaude
como a un rey. Se toman fotos a su lado, se atavían con su indumentaria y visitan
su casa-museo. Unos lo idolatran y le aplauden; otros lo desaprueban en
silencio, pero nadie podrá ignorar el poder que tiene su convocatoria.
En torno a él estamos los
curiosos que observamos con ojos desconfiados: no nos parece que en aquella efigie
de madera, metal, yeso y trapos coloridos esté el espíritu de las tinieblas,
pero su expresión es tan sádica que nos hace dudar de que verdaderamente el diablo
no se encuentre allí: su figura se exhibe en los avisos de los negocios, en los
carteles publicitarios, en los disfraces, en los souvenirs, en la cara
de los políticos que no han de faltar. Tal vez este diablo se camufla en
la actitud de idolatría antes que en la marioneta.
Es licencioso, borrachín, orgulloso
de su bufonesca entraña de malvado. Preocupado de que el diablo me haya poseído
el alma mientras miro el espectáculo, converjo en que él ya está habitando en
cada uno de los asistentes para obrar a su manera: tal vez incitando a la embriaguez
con maléfica alegría, haciendo que muchos encantados beban de unas cantimploras
con forma de vejiga. Esa vejiga, en realidad, representa el calabazo del diablo;
el recipiente donde se fermenta la bebida ritual del carnaval: el guarapo. Terminando
el carnaval, el calabazo finalmente es enterrado como símbolo de que no se
volverá a tomar guarapo hasta la siguiente llegada del diablo, dos años
después.
La fiesta
Ya en enero, se da inicio
oficialmente a la celebración con el desentierro del calabazo que dejó el diablo.
No obstante, el evento principal se centra en las cuadrillas. Estas están
compuestas por familias, asociaciones, delegaciones, o grupos de amigos en general
que se disfrazan con temáticas diversas (demonios, matachines, piratas, faunos,
etc.). Vienen de muchas ciudades; cada cuadrilla con una comparsa alusiva a un
tema en específico, acompañándose por lo general de chirimías. Adaptan letras
de canciones reconocidas y realizan su propia versión dedicada a Riosucio, a
algún personaje de la vida pública, a la situación de moda. El sábado las
cuadrillas desfilan por las calles ante un nutrido público que las ve pasar
desde andenes y balcones, y el domingo se presentan en diferentes tarimas dispuestas
por todo el pueblo, o peregrinan de casa en casa para que los jueces decidan cuál
es la mejor. La jornada es agotadora, pero los participantes están dispuestos a
resistirla con tal de ofrecer al público el performance que vienen preparando
desde hace meses.
También los decretos hacen
parte de la tradición. Son versos satíricos que se recitan como parodia de un
decreto real, haciendo alusión a la República del Carnaval. Como son de carácter burlesco, aluden a los
personajes del pueblo y sus intimidades; todo en un estilo jocoso, sin herir la
susceptibilidad de los mismos.
El acto del conjuro, por su parte,
involucra la lectura de otros versos en los que se alejan los malos espíritus,
y ya como epílogo de la fiesta.
Se sabe que durante los seis
días que dura el evento, la población promedio de Riosucio se quintuplica con
las personas llegadas desde todos los rincones del país, y que un camastro o un
colchón inflable para dormir en cualquier rincón de la vivienda más humilde del
pueblo se vuelve tan apetecido y solicitado, que puede llegar a valer lo que
vale una habitación de un hotel cinco estrellas en la capital. Porque literalmente
“no hay cama pa’ tanta gente”.
Y seguirá llegando gente, pues
esta fiesta en Riosucio, como ha sido declarada patrimonio inmaterial, está
atrayendo en cada nueva versión a un número mayor de visitantes, no sólo del país,
sino también del extranjero. Con razón dicen por ahí que para hacer las obras
del diablo lo que resulta es quién.
Yo no juzgo si está bien o mal
que una multitud se entregue frenética durante seis días a rendirle honor a una
figura de apariencia demoníaca. Uno entiende el contexto de la celebración que
aquí tiene lugar y sabe que el mal no está en los cachos ni en la cola; ni en
las máscaras, ni en el tridente. Pero no se puede negar que las imágenes que
captura la retina impresionan por su particular frenesí y permanecen en la
memoria como un instrumento que fustiga el alma. Tampoco en los oídos deja de retumbar
el redoble de la azarosa batucada cuyo estruendo da la sensación de que se va a
acabar el mundo. Claro, todo es una puesta en escena, y el propio diablo no
está en esa estatua de seis metros que sacan a desfilar por las calles y a la
que le llaman “Su majestad”, pero algo de intranquilidad queda en la conciencia
del creyente cuando sabe que acaba de ser partícipe de un acto que seguro no le
debe parecer gracioso a Dios. Y esa intranquilidad es la certeza de que se
trasgredió una ley sagrada: la que prohíbe hacer apología al enemigo.
Hay quienes piensan que, aunque esto sólo se trate de una burda sátira, en el trasfondo de esta celebración pagana subyace un homenaje que se le rinde al asesino de la fe; al que azuzó para que asesinaran a nuestro Señor Jesucristo. Pues, así como el que no cree en las brujas sabe que las hay, lo mismo aplica para quien no cree en el diablo: su figura podrá ser una representación bastante quijotesca que se adaptó durante la Edad Media, pero que no quepa duda de que el mal —y un ser maligno— existe.
Yo no sé ni qué pensar al
respecto. Tampoco se puede ser tan cándido de asumir esta celebración como una
fiesta de ambiente familiar para ir con la señora, los niños y la suegra. Tuve
la ocasión de ver a varios pequeños disfrazados con cachos y cola danzando al
son de las tamboras, pero los padres son quienes tienen la responsabilidad. Hay
tradiciones que pesan incluso más que la tradición cristiana, y esta es una de
ellas. Aquí dicen que no hay que atribuirle cualidades religiosas ni
anticristianas al diablo, porque es apenas un símbolo para infundir un estado
de ánimo. Mi reflexión es que si el que juega con candela puede terminar
quemado, ¿qué le podría suceder al que juega con el diablo?
Si el Carnaval de Riosucio es
un carnaval pagano al que la misma Iglesia se debiera de oponer, eso no lo podría
dilucidar un mortal desapercibido como yo, que apenas hasta hoy lo vengo a presenciar
por el asunto de buscar pachanga más que de buscar al mismo “Patas”. Cada uno
con sus creencias y a cada uno se le respetan. Yo aún me mantengo en la
disyuntiva de si debiera tolerarlo o rechazarlo, pero confieso que de todos
modos he pecado, como todo el mundo en esta vida. Incluso estando en la misma
Tierra Santa o en la Casa del Señor, todos somos pecadores.
Lo que sí es cierto, es que con
la fiesta en Riosucio se genera una dinámica social tremenda que une a los habitantes,
como ocurrió cuando se fundó el pueblo en 1819, y eso, para beneficio de los riosuceños
y del municipio, hay que resaltarlo como positivo.
Por lo menos queda el consuelo
de que, con el último conjuro, el diablo debe ser incinerado frente a la
multitud para que de esa manera haya redención de nuestras culpas, si es que en
medio de la algarabía se cayó en la tentación de enaltecerlo. Desde luego, lo
que se quema es una pequeña efigie rellena de pólvora, pues la imagen grande se
conserva en señal de que el diablo no muere, sino que es derrotado por dos años;
tiempo durante el cual la maldad del mundo será nuevamente recogida, y el amo y
señor de las tinieblas retornará triunfal, ávido de reinar en este suelo.
De modo que en la siguiente edición
del carnaval el pueblo tendrá la ocasión de redimirse y volver a conjurar el mal
para que este se vaya con el diablo y sus cenizas. De lo contrario, se cumplirá
esa temible sentencia que hicieron los curas a quienes continuaran atentando contra
la paz: “se los va a llevar el diablo”.







No hay comentarios.:
Publicar un comentario