El bueno pierde en un mundo de
malos.
Por eso confúndete.
Maquiavelo, El Príncipe.
Acabo de mirar la entrevista
que le hizo la periodista Isabel Cuervo al doctor en economía y analista
político Rafael Marrero en su canal de Youtube[1] y
deduzco de las apreciaciones del experto que definitivamente la geopolítica
está dando un giro radical, que una vez que complete los 180 grados, será
imposible de reversar.
Para nadie es un secreto que Klaus
Schwab, director del Foro Económico Mundial (FEM) concibe que el modelo que
debe seguir el mundo con miras hacia un nuevo ordenamiento mundial debe ser el
modelo de la China comunista. Tanto el Partido Comunista Chino (PCCh) como El
Foro Económico Mundial tienen sus afinidades en común. Miremos qué es lo que
están buscando.
Lo primero es la creación de
un gobierno central unificado al que se le obedezcan sin cuestionamientos sus
directrices. Ese gobierno será el que diga qué puede hacer el individuo, no
sólo en su contexto civil, sino incluso en su contexto personal. Definirá las
pautas desde el número de hijos que puede tener el ciudadano, cómo educarlos,
qué valores transmitirle, hasta la forma en que puede gastar su dinero si acaso
lo tiene.
Schwab representa a una ONG de metacapitalistas que al mismo tiempo pregonan por la abolición de los Estados y la imposición del globalismo como nueva forma de gobierno mundial. El globalismo, palabras más, palabras menos, es la emulación del comunismo del que hablara Marx, sólo que con unos ribetes nuevos en donde no se requiere de ningún sujeto revolucionario como el que estaba representado en la clase proletaria.
En vista de que el comunismo
nunca se ha puesto en práctica de manera exitosa; su fase anterior, el
socialismo, sirvió como un sistema previo que ha sido adoptado por diversos
países con unos resultados lamentables. El socialismo soviético, el cubano, el
de la revolución maoísta, el de Corea del Norte, el del Siglo XXI implantado en
Latinoamérica, no ha dejado otro saldo que el de muerte, hambre y miseria para
quienes han tenido que vivir obligatoriamente dentro de ese régimen. No existe
un caso de un país socialista en donde sus pobladores sean felices. No hay tal
cosa como un país socialista exitoso, si se habla de que ese éxito lo disfruten
los ciudadanos y no los gobernantes.
Es el globalismo lo que está
deviniendo en el nuevo sistema hegemónico, liderado a futuro, no por las
grandes potencias, por bloques económicos o por la unión de países con fines en
común, sino por un solo estado mundial que operaría en todo el mundo y sería
encabezado por China en contubernio con la camarilla de poderosos que hoy
fungen como filántropos, pero que son los que deciden el destino del mundo.
Lo segundo es poder llegar a controlar
la humanidad a través del “esclavismo moderno” que se conseguiría con ese
gobierno mundial regentado por el PCCh. No es tampoco un secreto para nadie que
China utiliza mano de obra esclava, que tiene un dominio tal sobre sus
habitantes, que los confina cuando quiere y como quiere, les roba su propiedad
privada e intelectual, y que, a través de la economía planificada y el
desarrollo de la tecnología de vigilancia en tiempo real, de algoritmos de
predicción del comportamiento y la ayuda de la IA más desarrollada del mundo, los
somete de forma vulgar e inhumana. Es la fábrica del planeta, el gran proveedor
de bienes y servicios del mercado. Uno lo percibe al tiro cuando se da cuenta
de que la mayoría de nuestros aparatos en el hemisferio occidental son made
in china.
De hecho, a través de la
tercerización, las grandes empresas, en especial las de tecnología,
subcontratan la mano de obra esclava, la cual tienen hacinada en especies de
campos de concentración que son ciudades enteras donde trabajan día y noche
para producir, por ejemplo, los paneles solares de la empresa Canadian solar, o los dispositivos de Apple. Posteriormente
estos productos fabricados en China son introducidos sin pagar aranceles y
modificados en su lugar de procedencia. Para poner un ejemplo del daño de la
subcontratación extranjera, sólo el 3% de la ropa que hoy se fabrica en Estados
Unidos es originalmente estadounidense. A inicios de la década del dos mil los
norteamericanos producían el 40% de su indumentaria textil. Por ahorrar en
costos de manufactura terminaron cediendo el mercado. De esta forma, en
palabras del doctor Marrero, “China está creando una economía hegemónica
mundial para desbancar a su enemigo principal”. No le interesa su apertura
comercial al mundo, como muchos pensábamos, sino dominarlo y quebrar las
economías occidentales.
Pero nada de esto lo habría
podido lograr sin el concurso del mismo Estados Unidos y de las organizaciones
internacionales como la ONU y el FEM. No nos olvidemos que fue Nixon, ex
presidente de Estados Unidos, quien en 1972 decidió abrir relaciones
comerciales con China en su visita a Mao. Hoy esas relaciones ya no son comerciales,
sino de poder geopolítico, y ese poder está del lado del PCCh.
Hoy China opina en favor del Acuerdo de París y sonríe al Foro Económico
Mundial cuando se habla de políticas verdes, pero aun así es el país más contaminante del mundo: 35% de las emisiones de dióxido de carbono se le deben a la nación del dragón. Su contradicción no es impedimento para encaminarse como el país más
desarrollado, pues todos aquellos que están implementando las políticas
ambientales a ultranza lo están haciendo en detrimento de su economía.
Véase por ejemplo el caso de Alemania
(que depende del gas ruso por abstenerse de producir el suyo), Reino Unido, España,
y el mismo Estados Unidos, que actualmente le tiene que comprar petróleo a un
narcotraficante como Nicolás Maduro. Además, el gobierno de Biden le vende las
reservas de petróleo a las refinerías chinas, sabiendo que es su principal
enemigo. ¿Será acaso que los negocios de Hunter, su hijo, influyeron para que
las relaciones comerciales fueran tan cordiales con los comunistas de la China?
En todo caso, según palabras del doctor Marrero, “[Estados Unidos] está al
punto más bajo de las reservas de petróleo de los últimos cuarenta años”.[2]
Dice, además, que dos cosas
son imprescindibles para llegar a ser la primera potencia mundial: la red 5G
para la distribución de data y el desarrollo de la Inteligencia Artificial, por
un lado; y por otro lado el poderío militar. Con la primera pueden perseguir a
las personas y predecir su comportamiento, controlar sus gastos, restringir sus
actividades con respecto a la huella de carbono que deja cada quien según los
bienes y servicios que utiliza y de paso reducir la autonomía y la libertad al
máximo. Con la segunda pueden someter por la fuerza a sus enemigos. Y China
tiene ambos factores en crecimiento.
Pero si China se encuentra en
una posición superior en lo relativo a su poder económico, geopolítico y
hegemónico, no lo es menos en su aspecto armamentístico. Es el único país con
la capacidad para desafiar el orden mundial liderado por Occidente hasta ahora.
Actualmente cuenta con 340 buques, 12 submarinos de misiles balísticos y 44 de
ataques de propulsión nuclear, 250 lanzadores de armas de alcance intermedio. Se
estima que para 2025 China tenga dentro de su flota naval 400 barcos de guerra.
En poco menos de diez años se prevé que triplicará su arsenal a 1.500 ojivas
nucleares intercontinentales, Como si fuera poco, China está instalando bases
militares en países donde ha consolidado sus relaciones, ya no tanto cercanos
en territorio, sino cercanos en ideología, tales como Venezuela, Nicaragua,
Cuba; y ya Colombia está en la lista después de que el socialismo llegó al
poder con Petro.
El PCCh, además, cuenta con un
arma tan poderosa como ilegal para contribuir al derrumbamiento de su principal
enemigo, y por ende del mundo occidental: controla alrededor de 5000
laboratorios clandestinos en diferentes partes del mundo en donde se produce el
fentanilo y que envían luego a los Estados Unidos vía México y sus carteles de la
droga. Fentanilo que, por cierto, se cobró la vida de 107.000 americanos
durante 2022. Esta es una de las peores armas de destrucción social.
La amenaza del PCCh es inexorable.
Tiene de su lado a gran parte de la conspiración global de poderosos a los que
no les interesa la libertad de la humanidad, sino que son una alianza mortal
para los deseos de supervivencia de nuestra civilización.
Tal vez no podamos hacer nada
para combatir a esos monstruos que, evidentemente, nos superan en fuerza a los
ciudadanos de a pie que estamos desarmados y desprotegidos. Porque la mayoría
somos "hombres buenos habitando en un mundo de malos". Por ello llevamos las de
perder. Pero es mejor saber lo que nos tienen reservado en vez de no saber. Así
podremos atender el consejo de Maquiavelo cuando tengamos que enfrentar los
horrores del globalismo y el poder del dragón: confundirnos con los demonios
para que no sepan de qué lado estamos.







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