Hace poco los noticieros mostraron unas imágenes tomadas desde distintos
departamentos de Colombia como Antioquia, Arauca, Cauca y Nariño, en los que
miembros del grupo terrorista de las Farc (que ahora se hacen llamar “Las
disidencias”, pero sabemos que son la misma cosa) se pasean como “Petro
por su casa” y patrullan como si fueran ellos la autoridad legítima sin que la
verdadera fuerza pública pueda hacer nada para impedirlo. Este grupo, que sigue
existiendo aún después de haber firmado la “paz” con el gobierno de Santos,
apareció también la semana pasada haciéndole un lavado de cerebro a los niños
en una escuela de Yarumal (Antioquia) con anuencia de un gobierno que no quiere
perseguir la criminalidad en aras de su discurso de pacifismo trasnochado.
Las Farc, que históricamente son las mayores reclutadoras de menores
para sus filas, que los han sustraído de la casa de sus padres a la fuerza y
han abusado de ellos, que los han usado como escudos humanos y le han arruinado
el futuro a miles de niños campesinos, ahora se presentan como un grupo de
hermanitas de la caridad regalando cuadernos y hablando bonito para lavar su
cara manchada con la sangre de los colombianos que han sido víctimas de
asesinato, secuestro, terrorismo, extorsión, violación, entre otros.
Sí, son las mismas Farc que una vez bombardearon una iglesia en donde se
refugiaban mujeres y niños, matando más de cien personas en la triste toma al
pueblo de Bojayá. Las mismas que le pusieron la bomba al Club El Nogal hace
exactamente veinte años; las que se tomaron pueblos, secuestraron y mataron
policías y soldados, desplazaron campesinos, ganaderos, comerciantes, personas
inocentes que solo querían trabajar por este país. Esas mismas Farc que han
sido un cáncer para Colombia y que nunca desaparecieron, sino que por el
contrario se dividieron en varios grupos cual medusa a la que le nacen dos
cabezas cuando le cortan una; esas mismas Farc que hoy se quieren reconocer
como víctimas, ahora lucen uniformes nuevos y limpios, cascos iguales a los que
usa el ejército colombiano, dotación de primera calidad, y seguramente
armamento mucho más moderno que el que tenían en la época de las pescas milagrosas.
Gracias a la falta de gobierno, este grupo toma su segundo aire y se encuentra
en el mejor momento de su historia delictiva.
Si alguien se pregunta por las autoridades legalmente constituidas, por
las instituciones que debieran encargarse de que esto no suceda, sería tachado
seguramente como un mal ciudadano, o al menos uno muy inconsciente que no
alcanza a dimensionar el trasfondo que tiene la mal llamada “paz total” que
propone el presidente Gustavo Petro para firmarse con toda la caterva de delincuentes
que azotan al país. Porque la “paz total” es ante todo impunidad, es olvido
perenne, es “dejar hacer y dejar pasar”, es revictimizar a la víctima y
reivindicar al hampón y al asesino; en otras palabras, el pacto con la
criminalidad.
Ya lo dijo el presidente en una alocución anterior: “si logramos que una
serie de actividades de la sociedad colombiana que hoy se consideran crimen no
se consideren crimen más adelante, pues habrá, por definición, menos crimen en
Colombia”.
Importante anotar que “el cambio” que se encumbró en el poder no fue un
cambio para mejorar sustancialmente la vida de los ciudadanos, sino para dar la
impresión de que se les mejoró. Basta con decir que ya no se consideran delito
algunas “actividades”, como las llama Petro, para que dejen de considerarse
delito. Por ende, el resultado será una sociedad libre de delito.
Todo comienza por el lenguaje. El verbo, principio para la
creación de la tierra y los cielos, ahora parece que es una potestad del dios
Petro.
De manera pues que esta es la estrategia. Bien Goebbeliana, por demás:
partir de una premisa falsa, de una mentira, y con ello basta para cambiar la
realidad. Como cuando decía el Ministro de Propaganda nazi que una mentira
repetida mil veces se convierte en verdad.
Uno escucha a Petro y pensaría que algo falla en su coeficiente
intelectual. Es lógico que las conductas delictivas no dejarán de serlo por el
solo hecho de que no se les llame delito. Póngasele el nombre que quiera, lo
cierto es que un individuo que vulnera la libertad de otro y por ende sus
derechos, es digno de ser castigado: es un violador de la ley. Ahora, si la ley
se cambia, ¿dejará este individuo de vulnerar los derechos ajenos en detrimento
de sus avideces solo porque ya la ley no contempla su actuar como delito? Al contrario,
cada vez más y más individuos sin el importe de la punibilidad saldrán a las
calles a cometer fechorías. Eso es lo que quiere el perverso que nos dirige.
No es que le falle la materia gris, sino que sabe para dónde nos lleva. Su
astucia es saber cómo “medirnos el aceite”, cómo “mover la línea ética”, cómo expandir
más la Ventana de Oberton para que aceptemos lo malo con toda
naturalidad. Su demagogia no tiene límites y nuestra pasividad tampoco. Por
mucho menos de lo que Petro ha propuesto se han caído presidentes en otros
países. En el nuestro, incluso, la ciudadanía y las fuerzas sociales fueron
capaces de derrocar a Rojas Pinilla en 1957.
Porque lo primero que está haciendo este señor es congraciándose con la
base votante para que lo perpetúe en el poder, ya sea a través de él mismo, o de
interpuesta persona. Y esa base electoral lo apoyará en las siguientes
elecciones a cambio de subsidios y perdón de sus trasgresiones. Sabemos que sus
apoyadores son de carácter violento y no dudarán en salir en su defensa cuando
la ciudadanía cansada de la opresión y la injusticia quiera exigir sus derechos.
La represión de estos grupos, que por arte de magia han lavado su condición de
delincuentes, será la más brutal de todas.
No olvidemos que para llegar al poder
nuestro impoluto mandatario se suscribió a pactos como el de La Picota hablando
a favor de un “perdón social” que nadie entendió qué significaba. Luego le
ordenó al fiscal durante su posesión que dejara libre a los “jóvenes” detenidos
que “clamaban por sus derechos”, y finalmente ofreció que el Estado los
subsidiaría con casi un millón de pesos a cada uno. Todo sea por la paz total. A las
Farc y los demás grupos criminales los recompensó con su discurso en favor de
la cocaína y su negativa a perseguir el narcotráfico. Y luego dicen que el
presidente no tiene la culpa de nada de lo que está pasando en el país, puesto
que es una situación a nivel mundial.
No nos crean estúpidos: el presidente de Colombia es parte de la
conspiración mundial. Él ayuda a que se concrete la agenda de destrucción de la
democracia. Por algo obra en favor de todo lo que conlleva a la dictadura
pronunciando frases como la que más arriba se citó. Es decir, si no se dice que
algo es malo, entonces no tiene por qué serlo.
No importa si Petro hace que se erradiquen del código penal delitos como
la calumnia, la injuria, el incesto o la asociación para delinquir en el marco
de la protesta social. Tampoco que desaparezcan las leyes que condenan los
delitos contra el sentimiento religioso o el respeto a los muertos. No importa
si de aquí en adelante todo eso se considera como una simple actividad que no
conlleva a conducta punible. La realidad no se puede cambiar de la noche a la
mañana con tan sólo decretarla, al mejor estilo de los psicólogos positivistas.
Porque bajo esa misma premisa habría que decir que si logramos que a la
dictadura no se le llame dictadura, entonces no habría por qué pensar que
estamos comenzando una dictadura.
Tal y como lo decía el viejo Orwell por allá en 1947, cuando escribía su
famosa distopía: “en una época de engaño universal, la verdad se convierte en
un acto revolucionario”.
Después nos daremos de frente contra la realidad, y aun así diremos: esa
no es la realidad.





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