Cuando se habla de religión, el concepto
puede aludir a diversos significados.
Uno de ellos se refiere al sistema de
creencias o dogmas con que una persona o grupo de personas rigen su vida
espiritual. (religión católica, religión budista, religión musulmana, etc.)
El otro es la pertenencia a una iglesia,
organización o institución de corte religioso que se modela por principios sustentados
en la adherencia a un credo respectivo. (Iglesia mormona, Iglesia bautista,
Iglesia católica, Asamblea de las Naciones Cristianas, Iglesia ortodoxa, etc.)
Otro significado de la palabra involucra la
acepción ideológica para explicar los procesos de masificación social, alienación,
los fenómenos naturales, sobrenaturales, epistemológicos, sociológicos, políticos, ontológicos,
entre otros. Los cultos, los rituales, la adoración, la devoción, las
apariciones y las visiones se enmarcan dentro de estos fenómenos. Como cuando
se dice, por ejemplo, que el socialismo es la religión del Estado, o que el
consumo es la religión del mercado.
En el ámbito de la argumentación, la
religión aparece cuando se hace acopio de un razonamiento de fe para defender
una postura. En los debates seculares están descalificados estos argumentos, o
al menos no son válidos a la luz de la ciencia y la razón a la hora de defender
una posición, por cuanto toda religión se considera ideología.
En todo caso, cualquiera que sea la
connotación de la palabra religión que se esté teniendo en cuenta, la
mayoría de las veces esta se supedita al campo de lo privado antes que a lo
público. Se entiende la religión como algo separado de las realidades
seculares, tales como la política, la educación, la economía o el derecho: se
concibe, así, a la religión como un asunto personal. Cada quien creyendo en lo
que quiere.
Toda esta introducción sobre el término para decir que en aras de considerarla como una mera categoría de la esfera privada del hombre, la cual pretende ser relegada del ámbito público, esta palabra va mucho más allá de una iglesia, de un sistema de dogmas, de una devoción ciega a algo o a alguien, o de una decisión individual. La religión es la relación más íntima del ser humano con Dios.
¿Y qué sucede para quien no cree en Dios?
Pues que está en todo su derecho de no creer, o de creer en otros dioses no
cristianos, o en fuerzas que ni siquiera son representadas por un dios personal
y único. Lo cual no quiere decir que estén en la posición correcta. Nosotros,
como hijos de una civilización occidental cristiana debiéramos enmarcarnos
dentro de la religión de Cristo, independiente de cuáles sean sus
ramificaciones.
La posibilidad de tener una relación
personal con Dios es soslayada en el mundo político, económico, secular y
académico, en donde poco creen en él. Por eso prescinden de la religión, aunque
digan que conservan la fe. Me parece un tanto ingenuo escuchar a personas decir
“yo no creo en ninguna iglesia ni en ninguna religión, pero sé que existe un Dios”.
¡Un Dios!, como si fuera uno de tantos que pululan por ahí y no el Dios único y
verdadero. Otros ni le llaman Dios, sino que dicen creer en “algo”. No se
atreven a nombrar su creencia por desconocimiento de la fe cristiana o por la filtración
en su conciencia de todos los raciocinios vanos que nos conducen a dudar de la
existencia misma de nuestro Creador.
Lo cierto es que, sin un conjunto de
principios dogmáticos, la fe es equivalente a un potro desbocado que puede
arrastrar cualquier cosa su paso, pues hay que conocer la manera de llevarla a
cabo en la práctica. Nos guste o no, la pertenencia a una iglesia y la
profesión de una religión son necesarias para encauzar el espíritu.
La palabra religión se acrecienta en
las tradiciones occidentales cristianas que desarrollaron un profundo
discernimiento acerca de este concepto. Religión viene del latín relegere,
que significa recoger o agrupar. También viene de la forma religare, que
quiere decir reunir, ligar, amarrar. En este caso, ligarse a Dios, unirse al “misterio”
que nos creó.
Pensadores de distintas corrientes han
tratado de darle un carácter de religión al budismo, por ejemplo, con su texto
sagrado y su filosofía, pero aquello no alcanzó a estructurarse como una
religión propiamente dicha en Occidente. Fue más bien un sistema ético y moral,
como otros tantos que no llegan a una categoría superior.
Sucede que en nuestra posmodernidad el
vocablo en mención lo venimos adjudicando a cualquier actitud que implique una fe ciega. A todo se le quiere llamar religión. Que los seguidores
de tal o cual tendencia política actúan como fanáticos religiosos adorando a su
mesías; que el cantante de moda al que lo ven como a un dios se encumbra como el profeta
de una nueva religión; que el futbolista en cuyo honor fundaron una iglesia, es
realmente el ungido de un dogma cuyo objeto sagrado no es la cruz sino un
balón. Que el ecologismo es una religión constituida por catastrofistas que
alientan a la desaparición del ser humano, en fin, todo es una religión.
Sólo que cuando la religión pierde el
sentido para el que fue creada, relegándose a la vida privada de manera que no
tenga influencia sobre la vida pública, el resultado es la destrucción total de
los fundamentos occidentales. Irrumpe el secularismo como consecuencia de haber
desvirtuado lo cristiano.
Si decae lo religioso de una nación, decae,
por ende, el sistema político y legal. No es posible separar los valores de una
persona de su actuar en la vida exterior. La práctica de la religión no admite
dicotomías. Así, si alguien tiene que esconder su religión, más valdría que no
hubiera hecho ningún tipo de compromiso con Dios; ningún pacto que no fuera
capaz de cumplir. Porque cuando uno profesa una religión o se adhiere a una
creencia, se está comprometiendo con algo muy sagrado: está dando su palabra
como si estuviera firmando un juramento.
En la Antigua Roma se
castigaba la mentira y la traición con saña porque consideraban que, si estos
dos males entraban al país, sería el fin de su imperio. El no
cumplimiento de la palabra se consideraba un deshonor, y la mejor forma para hacer cumplir era a través del juramento religioso que garantizara la continuidad
de las instituciones.
No valió que Roma castigara a
los traidores porque de todos modos se desmoronó cuando en sus fronteras se
colaron la mentira y la inmoralidad. Nuestra civilización cristiana se derrumba
igual que Roma con las filtraciones de un virus llamado secularismo. Este
virus, que ha permeado hasta las mismas iglesias que hoy se adhieren a un
sincretismo peligroso, es el que nos está llevando al precipicio. El enemigo va ganando la batalla contra Cristo. Y nosotros,
soldados expectantes que no queremos pelear ninguna guerra, seremos los
responsables de haber perdido en un futuro lo único que no podíamos perder:
nuestra libertad de profesar la fe cristiana.
Todo por negarnos a aceptar una religión en la que Cristo es el verdadero protagonista. Porque no queremos que nadie nos robe ese protagonismo: tan sólo deseamos religarnos a nuestro propio ego.





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