Un descarrilamiento de un tren es un hecho lamentable, pero factible de
ocurrir en un país cualquiera. Dos accidentes en el mismo país y en el mismo
mes son una triste coincidencia. Tres accidentes ya es el colmo de la tragedia
para ese país. Cuatro accidentes en menos de treinta días comienzan a tornarse
sospechosos. Cinco accidentes es algo para no creer porque se confirma que algo
raro está pasando. Seis “accidentes” ameritan que la palabra se ponga entre
comillas porque existe la duda de que sean hechos fortuitos. Un séptimo “accidente”
de tren, en un período de poco menos de dos meses, confirma que detrás de los
anteriores está metida la mano artera del hombre.
No la de los alienígenas, como quisiera hacernos creer el general de la
Fuerza Aérea Norteamericana para desviar la atención del asunto y darle rienda
suelta a una teoría irrisoria que pondría en marcha la defensa planetaria
contra una posible invasión de extraterrestres. A lo mejor haya una marcada intención
de alimentar estas especulaciones de seres de otros mundos que se desplazan en
ovnis en forma de globos (como los que han volado sobre el espacio aéreo de
Estados Unidos y otros países del hemisferio occidental), pero no todos los
humanos somos tan estúpidos como para volvernos a dejar engañar como hace tres
años, cuando un virus supuestamente desconocido que salió de otro supuesto
murciélago paralizó al mundo y partió la historia del siglo en dos hasta el
momento.
Lo cierto es que algo raro está sucediendo con los trenes de Estados Unidos y no hay quien nos de información más allá de la superficial que se encuentra en los noticieros. Los medios hegemónicos callan, seguramente porque les han dado la orden de hacerlo y dan las noticias de los “accidentes” con alguna ligereza, especialmente en lo que respecta al más grave de todos ellos, el del tren de Ohio, ocurrido el pasado 3 de febrero mientras transportaba químicos altamente peligrosos, entre ellos cloruro de vinilo, que es una sustancia clave en la fabricación de plástico.
La explosión de este compuesto, debida al descarrilamiento de 38 de los
150 vagones de este tren, generó una inmensa columna de humo que se transformó
en una nube radioactiva en la atmósfera. El tren, perteneciente a la compañía
ferroviaria Norfolk Southern, fue intervenido por las autoridades para hacer
luego una explosión controlada antes de que el material acabara de estallar. La
medida no fue suficiente para impedir que el agua del acueducto y del río quedara
inapta para el consumo humano, ni el aire se tornara poco saludable para respirar.
Muchos animales domésticos y salvajes murieron por causa de la inhalación del
humo, y más de la mitad de la población de East Palestine, el pueblo
donde ocurrió la tragedia, ha tenido que ser evacuada.
Esto podría presagiar un nuevo Chernóbil en suelo norteamericano; una
catástrofe de dimensiones colosales que la prensa opta por callar y a la que el
gobierno no le quiere dar importancia. Antes bien, el mismo presidente Biden ha
minimizado la situación tardando en enviar a sus emisarios a que revisen la
zona del desastre, y como si fuera poco, ha hecho asegurar a través de sus funcionarios
que la situación está controlada y que el agua no tiene ningún problema cuando
en realidad no es así. Ha sido tanto su desdén por la tragedia ocurrida en su
propio país, que ha preferido viajar a Ucrania para encontrarse con su homólogo
de aquella nación en guerra, seguramente a seguir azuzando lo que no debiera y
a comprometer el dinero de los estadounidenses en un apoyo armamentístico gigante
que sale del bolsillo de los contribuyentes.
El descarrilamiento del tren de Ohio fue el más grave por el desastre ambiental que provocó, pero no ha sido el único percance en este accidentado mes de San Valentín.
El lunes 13 de febrero, el ferrocarril CSX que pasaba por el Estado de Carolina del Sur se descarriló abruptamente. Por fortuna no hubo pérdidas humanas, sino materiales.[1]
Ese mismo día se saltó de los rieles un tren de la empresa Union Pacific
en Texas, dejando un saldo de un muerto, quien fue el conductor de un camión que
resultó arrastrado más de media milla por uno de los vagones que lo embistió a
toda velocidad.[2]
Curiosamente, al igual que el tren de Ohio, los vagones también transportaban
material tóxico.
Pocos días antes, el 19 de enero, se produjo otro descarrilamiento en el
mismo Estado de Ohio, que por ahora no quiere saber de trenes. En este caso, un tren
del Sistema Ferroviario Central de 97 vagones también se salió de la vía sin
motivo aparente. Por fortuna el tren venía vacío y no hubo daños ni heridos.
Diez días atrás, el nueve de enero, en Lake City, también Carolina del
Sur, se presentó un accidente ferroviario. Otro más se produjo cerca de Loris
el 21 de enero, en el mismo Estado.
La cuenta sigue en California, donde se suscitó un accidente en el área
rural, y en Detroit, donde se presentó otro en el área metropolitana.[3]
Finalmente, antier, en el Estado de Nueva York, se registró un choque de
un tren contra un camión de carga larga que quedó atorado en la vía férrea
inexplicablemente. Por suerte, el conductor pudo salir del camión, el cual fue
arrasado y demolido en pedazos, como si se tratara de un juguete de cartón.[4]
Según la Agencia de Estadística de Transporte, “los accidentes
ferroviarios son relativamente comunes en Estados Unidos, aunque las consecuencias
rara vez son dramáticas”. La Agencia registra 54.539 descarrilamientos de
trenes entre 1990 y 2021, un promedio de 1.704 por año con una tasa de
mortalidad muy baja, de solo cuatro muertes por año.[5]
Pese a la frecuencia con que se producen estos accidentes, no deja de
parecer extraño que esto sea así. Es decir, no deberían existir estas
contingencias tan numerosas solo por causas mecánicas, errores humanos, o fallas
estructurales.
Pero en el accidente del tren de Ohio sí pareciera haber algo podrido, y una de las pruebas es que el periodista de la cadena televisiva News Nation, Evan Lambert, fue arrestado por la policía cuando llegó al lugar de los hechos para hacer entrevistas a los lugareños.[6] Vulneraron su derecho a informar atentando contra su libertad de expresión en el supuesto país de las libertades. A Lambert se le formularon cargos por resistencia al arresto y por alterar el orden público, pero fueron cargos falsos. Al final lo liberaron, pero ya habían interferido con su trabajo e impedido la información verídica. Alguien tuvo que haber ordenado su arresto y luego se lavó las manos.
Otra coincidencia todavía más inquietante es que existe una película de Netflix
llamada “Ruido blanco”, que trata sobre el descarrilamiento de un tren con
productos tóxicos justamente en Ohio, al tiempo que el gobierno hace todo lo
posible por ocultar el hecho y los medios de comunicación por no informarlo. ¿Acaso
esta película es una especie de profecía cinematográfica muy exacta o la
inspiración para poner en marcha un plan con miras a crear una tragedia y
beneficiar con ella a unos cuantos interesados? Piensa mal y acertarás.
Para completar el cuadro, el lunes 20 de febrero una fábrica metalúrgica
cerca de Ohio explotó misteriosamente dejando un saldo de un muerto y trece
heridos.[7] Del
incendio no se conocen los motivos, pero se sabe que el único muerto respondía
al nombre de Steven Mullins, trabajador de la planta que desde que se enteró
del accidente del tren se dio a la tarea de viajar a East Palestine para ver
cómo podía ayudar. Le contó a un amigo que tenía la intuición de que las vías
del tren habían sufrido un saboteo y que el gobierno lo quería ocultar. Mullins
no tenía evidencia de nada, pero sospechaba algo. No alcanzó a esclarecer sus
sospechas, pues murió en el terrible accidente de la planta pocos días después
del descarrilamiento del tren de Ohio.[8]
Pero ahí no paran las fatales coincidencias. Un avión que despegó del
aeropuerto de Arkansas con rumbo a Colombus, Ohio, transportando a cinco
científicos ambientalistas que tenían la misión de prestar ayuda y recoger
información en lo relacionado con la explosión de la planta mencionada, además
de realizar mediciones de la calidad del aire y del agua en la zona del
desastre, se precipitó a tierra poco después de despegar. “Otra vez,
misteriosamente”, como diría el periodista Nicolás Morás.[9] Cayó
un par de millas al sur del Aeropuerto Nacional Bill y Hillary Clinton, como
para seguir siendo suspicaces. De modo que la misión que investigaría la
explosión de la planta de Ohio en la que murió un trabajador de dicha planta
que alertó sobre un saboteo en las vías del tren descarrilado, tampoco pudo
llevarse a cabo. Los científicos perecieron y se sumó una nueva tragedia a esta
emergencia ambiental. ¿Será acaso que a alguien no le conviene que se
investigue lo que sucedió en Ohio para que haya esta escalada de hechos
inexplicables?
Retomando
el tema del descarrilamiento, no es este el primer accidente que la compañía
Norfolk Southern ha tenido transportando agentes químicos. El 6 de enero de
2005, otro de sus trenes también se descarriló, provocando una nube tóxica
similar a la de Ohio.[10] Miles
de peces murieron por contaminación de las aguas, más de 1800 yardas de tejido
vegetal se quemaron por acción de las sustancias venenosas. La empresa fue
condenada a pagar una multa muy inferior al monto de los daños causados y
continuó operando como si nada. En el juicio determinaron que la compañía debía
indemnizar a las familias de los nueve muertos que produjo el accidente de
aquella vez, pero jamás les pagó ni un centavo. Por ende, es posible que tampoco
responda en esta ocasión. Ya desde 2005 la compañía contaba con un padrino muy
poderoso: el señor Bill Gates, dueño de 800 mil acciones de esta empresa. Hace
poco, Gates vendió acciones de la firma de inversiones que controla su
patrimonio, incluyendo gran parte de las que tiene en empresas ferroviarias.[11]
No podemos estar tranquilos en ninguna parte del planeta. Los estadounidenses
mucho menos, luego de que se ha anunciado que no se verán los efectos de este
desastre medioambiental de Ohio sino hasta después de unos días.
Lo paradójico es que ahí sí no se pronuncia ninguna autoridad ambiental,
ninguna voz autorizada en la materia, ningún activista preocupado por el medio
ambiente. Se ve que quienes representan los intereses del ecofascismo son
simples mercenarios que viven del cuento, como Greta Thunberg, Al Gore, el
mismo Bill Gates y sus amigos del Foro de Davos y la Agenda 2030 de la ONU. Ni
qué decir de ese adalid en la lucha contra el cambio climático llamado Gustavo
Petro, el que se cree el salvador de la humanidad, pero ni unas palabritas de
solidaridad para con las víctimas de este desastre ecológico.
Los trenes, históricamente, han servido como dinamizadores de la economía. Gracias a ellos el capitalismo se desarrolló en muchas partes del mundo para transportar materias primas y para el intercambio comercial mucho antes de que sirvieran para el transporte de pasajeros. Luego los trenes se convirtieron en un medio obsoleto, cuando fueron reemplazados por los vehículos de combustible y cuando se desarrollaron las carreteras. Ahora, en aras del cambio climático, se busca reimpulsar un medio de transporte que había caído casi que en desuso. Esto es, que la gente ya no viaje en avión, sino que se movilice en tren. Por ello no es raro ver a los grandes líderes del mundo en los foros económicos proponiendo la construcción de vías férreas que unan los distintos países. Quieren revivir el negocio de los trenes porque este negocio le pertenece a los grandes metacapitalistas como Gates y como la dinastía Rockefeller, y es a ellos a quienes conviene el impulso ferroviario mientras se implementa la agenda 2030. Después, en la consecución del “no tendrás nada y serás feliz” que promueve la élite para el mundo, los dueños del negocio de los trenes se podrán dar el lujo de destruirlos nuevamente, así como están echando abajo el negocio de las aerolíneas y dificultando cada vez más la posibilidad de viajar.
Tal parece que a los enemigos de la humanidad no les bastó con el arma del coronavirus para infectar el aire, sino que ahora lo quieren ensuciar con agentes químicos de alta toxicidad. Y no sólo el aire, sino el agua, recurso vital para vivir.
No tengo pruebas para asegurar nada, pero en este reino de los mal
pensados, un sujeto como yo puede atreverse a especular las más descabelladas
hipótesis para explicar por qué tantos accidentes en un mismo país, en un mismo
tiempo, y con un mismo medio de transporte. ¿Acaso no ven que la casualidad es
demasiada como para que nos quedemos con la explicación formal?
Y una de mis hipótesis es esa, la de que nos están preparando para algo grande:
otro engaño sistemático, una coartada intergaláctica; quizás la asimilación de
un mundo distópico y fantástico que los grandes poderes saben que estaremos en
capacidad de aceptar sin cuestionar nada, como ya ocurrió hace tres años.
O tal vez —y esta es mi segunda hipótesis— nos están aclimatando para una guerra mundial. Puede ser que ya estemos en ella, en su periodo previo de hostilidades y exhibiciones de colmillos, y no nos hayamos dado cuenta. Saldrán a la luz algunas explicaciones de por qué ha pasado lo que ha pasado, se atarán cabos de todos los sucesos aparentemente aislados, como el de los globos espías, las quemas de las plantas donde se producen alimentos, la gripa aviar, el verdadero propósito de la guerra Ucrania-Rusia, la escasez de los fertilizantes, la obsesión con el cambio climático, la inflación generada por las políticas de gobiernos de corte socialista y el empobrecimiento sistemático de una población que cada día sufre los estragos de la pérdida de su soberanía alimentaria.
Entonces se dirá que es una provocación del uno y del otro: que los chinos haciendo vigilancia, que Rusia amenazando con usar su arsenal nuclear, que Corea del Norte e Irán uniéndose a la gavilla, en fin: motivos para pelear no han de faltar. Y se dirá cualquier cosa con tal de justificar las acciones de las cuales los únicos que saldremos perjudicados seremos los ciudadanos que nada podemos hacer ante las decisiones que toman otros.
Eso sí,
todo lo tendrán fríamente calculado, ensayado de antemano de tal modo, que
hasta la misma guerra será producto de un simulacro, o ella misma será el
simulacro. Nos harán creer lo que no es y nos harán tomar partido por aquello que
desconocemos. Al fin y al cabo, han preparado el escenario de tal manera, que todo
habrá de parecer un accidente.
[1] Portalportuario. (14 de febrero de 2023). Estados Unidos:
trenes descarrilan en Ohio, Carolina del Sur y Texas.
[2] Telemundo Houston Digital. (13 de febrero de 2023). Un muerto tras accidente que provocó descarrilamiento de tren de Union Pacific en Splendora.
https://www.marca.com/tiramillas/actualidad/2023/02/14/63ebdddbe2704e91158b458a.html
[3] Joe Sommerlad. (24 de febrero de 2023). ¿Cuántos descarrilamientos de trenes ha habido en 2023? Independent en español.
https://www.independentespanol.com/noticias/eeuu/ohio-descarrilamiento-tren-estados-unidos-b2289210.html
[4] Libertadmedia. (23 de febrero de 2023). Emisión de Libertadmedia al final del día (23/02/2023).
https://www.youtube.com/watch?v=r0PTmGPQLHA&t=4336s
[5] op. Cit. Independent en español.
[6] Publimetro. (febrero 13 de 2023). Ohio:
arrestan a reportero que cubría descarrilamiento tren. https://www.publimetro.com.mx/noticias/2023/02/13/ohio-arrestan-a-periodista-que-cubria-accidente-del-tren-que-descarrilo-con-quimicos-en-la-carga/
[7] Tampahoy.com.
(febrero 21 de 2023). Explosión en planta metalúrgica de Ohio mata a un
trabajador y lesiona a trece. https://www.wfla.com/tampa-hoy/nacional/explosion-en-planta-metalurgica-de-ohio-mata-a-1-trabajador-y-lesiona-a-13/
https://www.youtube.com/watch?v=bg-vP2bSnaw&t=3274s
[9] Ibíd. [Video]. 1:18:50
[10] Wikipedia. Accidente de tren de Graniteville.
https://en.wikipedia.org/wiki/Graniteville_train_crash
[11] La República. (13 de mayo de 2022). Bill Gates vendió US$940 millones en títulos que tenía en Canadian National Railway.
https://www.larepublica.co/globoeconomia/bill-gates-vendio-us-940-millones-en-titulos-que-tenia-en-canadian-national-railway-3363279








Muy interesante el planteamiento seguro algo se traen entre manos. que develen los archivos de wikileaks
ResponderBorrar