sábado, 4 de febrero de 2023

El progresismo pega duro

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Cuando le dieron la palabra a Rupertino, estando en aquella charla a la que asistió, titulada Lenguajes Experimentales y Enfoque de Género en la Literatura Moderna (porque Rupertino andaba entonces muy interesado en el tema de lo novedoso en la literatura para poder seguir forjándose como escritor a futuro), este se despachó sin más:

    —Los cursos de género y el lenguaje inclusivo son un atentado contra la libertad; una basura ideológica —profirió.

    Todos en el auditorio lo miraron asombrados ante tamaña insolencia pronunciada contra la diversidad. No podían creer que se tratara de un fóbico infiltrado en sus huestes.

    —Pero, ¿cómo puede usted decir semejante afrenta, señor? —lo reconvino el expositor.

    —Sí, sí. Yo no convengo con eso —reiteró Rupertino—. Todo lo que aquí se ha dicho son paparruchadas y cuentos para retrasados. Esto es pura ideología, no es literatura.

    El expositor tuvo que contenerse para no estallar en procacidades contra aquel hereje que despotricaba de su conferencia; de un tema para el que llevaba toda su vida preparándose, además de haberse especializado en Estudios de Género y Diversidad en una de las tantas universidades del Estado en donde tienen tan transcendental carrera. Un murmullo de inconformidad comenzó a sentirse en el salón hasta convertirse en protesta airada contra Rupertino.

    —¡Fuera! —le gritaron.

    —¡Homofóbico!

    —¡Facho!

    —¡Antiderechos!

    —¡Machirulo!

    —¡Heteropatriarcal!

    —¡Uribista!



    El expositor pidió calma y se dirigió adusto hacia el interlocutor que lo contradecía. Lo miró seriamente a los ojos y habló con voz temblorosa:

    —Le voy a pedir con toda decencia que se retire de este recinto, si acaso usted no apoya lo que aquí se está diciendo. Tenga en cuenta que esto es una política protegida por el Estado y que puede usted ser demandado por discurso de odio.

    Rupertino sabía lo que se le venía encima. De hecho, en el título de la conferencia había intuido de lo que se trataba. Por eso asistió, porque en algún momento sabía que iba a molestar. Quería que lo odiaran, pues ya estaba harto de sentirse ignorado. Tomó sus cosas, pero antes de marcharse habló a la multitud que estaba a punto de írsele encima.

    —Me voy, pero les digo que la literatura no es esto. ¿Cómo pretenden que le pongamos una e a los adverbios, los adjetivos, los pronombres y otras palabras al final solamente por un asunto de incluir a los que no se sienten masculinos ni femeninos? No pervirtamos el lenguaje. Y eso de descubrir características homosexuales en cada escritor que se menciona ya está rayando con la paranoia. Que fulanito escribió tal novela, y que era homosexual. Que este otro escribió tales novelas, y que sus premios se deben a que era homosexual. No me “hinchen las pelotas”, como dirían los argentinos. Oscar Wilde fue un excelente escritor, y sí, era homosexual, ¿y es que eso debe importar? Lo que importan son sus obras, no con quién se acostaba.



    —Definitivamente usted es un fascista irredento —le dijo un compañero al tiempo que lo tomaba del brazo para intentar sacarlo del recinto. 

—El fascismo hoy no existe, señor —contestó Rupertino sacudiéndose al compañero, y agregó—: eso fue un sistema totalitario que se acabó después de la Segunda Guerra Mundial y quedó prohibido de por vida. En todo caso, si quedan fascistas en este tiempo, esos son ustedes, los de la extrema izquierda.

    Chiflidos y rechiflidos resonaron por todo el espacio, y entonces otro tipo fortachón con la camiseta ceñida se paró y sacó a Rupertino a trompicones.


    Llegando al paradero de buses tuvo una ligera sospecha de que alguien lo seguía: un sujeto de chaqueta negra, a quien Rupertino le pareció haber visto durante la charla, llegó al mismo paradero conversando (o fingiendo conversar) por celular al tiempo que miraba alrededor, como buscando algo. Se fijó en Rupertino y no volvió a quitarle la mirada.

    Cuando el autobús llegó y se detuvo, ambos hombres se subieron. Primero Rupertino, adelante en la fila; luego tres o cuatro personas más y enseguida el tipo de la chaqueta, que ingresó de último y se sentó en la banca larga del fondo sin perder de vista su objetivo.

    El viaje fue lento y agotador. Rupertino miraba por la ventanilla desde una de las bancas del centro, ya desapercibido del hombre de la chaqueta y pensando en el episodio que acababa de protagonizar. Bien hecho que lo hubieran sacado, se dijo. Cuando una persona quiere torpedear una clase hay que retirarla, y él se ganó su expulsión a pulso.

    Llegando a su destino, al momento de descender, comenzaron a avivarse sus sospechas. El sujeto también se puso de pie para bajarse en el mismo paradero. ¿Sería el hombre un enviado del conferencista con el propósito de tomar alguna especie de retaliación por lo sucedido?, pensaba, y a decir verdad no le hubiera parecido extraño conociendo el nivel de fanatismo de sus contradictores, quienes rotulaban como malas personas a todo aquel que no pensara como ellos. Imposible. Una discusión ideológica no debía dar para tanto. Simplemente alguien tenía que decir lo que se dijo. De seguir así, esa gente terminará arruinando cualquier área del conocimiento introduciendo ideología en todo.

    Descendió del autobús, cruzó la calle, caminó por la acera hasta el semáforo de la esquina. Cuando la luz cambió a rojo se enrumbó por la callejuela que lo conduciría hasta su casa después de atravesar un parque solitario. Observó sereno que el hombre de la chaqueta se dispuso a cruzar la avenida. Tomó la dirección opuesta a la de Rupertino. Menos mal, pensó. ¿Por qué alguien lo habría de seguir sin motivo? Un ladrón no se toma la molestia de subirse a un bús, pagar el pasaje, esperar a su víctima hasta que llegue y luego robarla en un paraje oscuro; a no ser que sepa que lleva una buena cantidad de dinero. No era este el caso, pues Rupertino a duras penas contaba con lo de los pasajes. Definitivamente tenía que bajarle a la paranoia si quería llevar una vida tranquila. ¿Quién, en su sano juicio, querría darle una lección a un “insensato” por haber incomodado a un grupo de aleccionados progres? Ni el más desocupado perdería su tiempo con él.



    Todo esto lo pensó mientras, en efecto, atravesaba el desolado parque a una cuadra de su residencia. No se dio prisa: mil veces había pasado por aquel lugar y nunca había tenido ningún inconveniente. Se reía de sus descabelladas ocurrencias cuando, detrás de un árbol en medio del parque, apareció el rostro socarrón del hombre de la chaqueta. ¿Cómo había llegado hasta allí si supuestamente había virado en la dirección contraria? ¿A qué hora lo había rebasado y cómo alcanzó a esperarlo detrás de un árbol?

    No hubo tiempo para interrogantes. El hecho es que el desconocido saltó sobre Rupertino y lo arrasó como un tren de carga. Lo mandó al pasto, lo golpeó hasta cansarse mientras la víctima intentaba protegerse el rostro. Ni siquiera tuvo ocasión de defenderse, ni destreza suficiente para aminorar los puños. La sorpresa del ataque lo dejó sin reacción. Cuando ya Rupertino asimiló que estaba siendo objeto de una paliza brutal pidió clemencia, que no lo fueran a matar. Al menos que le dieran una explicación. Siempre había sido un cobarde para las peleas, un acoquinado que solamente las sabía provocar sin saber responder con sus manos.

    —¡Hombre, tranquilo!, ¿qué pasó? —gritaba el pobre cuando le permitían tomar un respiro.

    Pero el hombre no lo dejó tranquilo hasta que vio a Rupertino moribundo y echando sangre por boca y nariz, inerme, yaciendo como un agonizante. El agresor, que ni siquiera tuvo que despojarse de su chaqueta negra para derribar a su oponente y dejarlo rendido, se levantó y le escupió en la cara. Antes de retirarse lo sacó de la duda.

    —Esto va por Catica, para que aprenda que a las mujeres como ella no se las deja tiradas.

    Luego, una patada adicional en el abdomen sirvió como corolario de aquel festín de porrazos.

    —Y esta va por mis amigos gays.

    Entonces Rupertino recordó, en medio del dolor, la vez aquella en que se deshizo de su amiga Cata, La progre, dejándola peinada para quedarse con sus otros amigos en una discoteca de música mexicana. (Música de paracos, como decía ella).

    Sin embargo, Rupertino supo que el verdadero motivo del ataque no fue una venganza por el desplante a Cata, ni la incomodidad que le hizo pasar a la gente de la conferencia de literatura con enfoque de género.

    No. La razón principal iba más allá de un asunto personal: se había metido con el monstruo del progresismo. Su guerra contra esa perversa ideología que permeó a la sociedad contemporánea la tenía más que perdida. Tendría que irse acostumbrando poco a poco a las palizas, luego a la prisión, después a la tortura, y en últimas, enfrentar la muerte. El progresismo es un peleador sin ley que pega duro, y Rupertino comprobó el poder de su puño.    


 




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