Anoche asistí a la conferencia del Dr. en Filosofía
Pablo Muñoz Iturrieta, titulada “La Batalla de los Padres en el Siglo XXI”.
Con una nutrida asistencia,
pude constatar que cada vez somos más las personas que estamos interesadas en
estos temas de sociedad, despertando y reaccionando contra la locura
progresista. Al menos pareciera que no estamos luchando solos en esta batalla,
pues en este tipo de actividades se encuentra uno con un público dispuesto a recibir
información y adquirir conocimiento sobre estos tópicos que personas como el Dr.
Pablo y otros tantos intelectuales vienen advirtiendo desde hace algunos años,
cuando se creía que esto de las políticas inclusivas y de la diversidad iba a ser
una moda pasajera o un embeleco de burócratas para ganarse unos cuantos
simpatizantes electorales y que hasta ahí llegaba todo. No supimos entender que
el mundo estaba decidiendo su rumbo por el camino de la progresía, y que eso
nos costaría caro a los que aún creemos en los valores de la fe cristiana.
Ahora, cuando se están viendo
los primeros resultados de esta insensatez que amenaza con destruir a la Familia
como institución; cuando tenemos víctimas reales y en ascenso y nos toca de
cerca este flagelo en nuestro círculo más próximo, corroboramos que no era una alarma
conspiracionista lo que se venía diciendo por parte de los líderes de la
batalla cultural. Lo vienen diciendo a través de sus canales de Youtube y sus
redes sociales, de las conferencias que nos han brindado por toda Latinoamérica,
de los cursos virtuales que imparten, de los blogs que lideran, de los medios
independientes de comunicación a los que han tenido acceso y de los libros que han
logrado publicar al respecto. No, ninguna teoría de la conspiración, ninguna intención
de generar pánico colectivo se desprende de sus disertaciones. La advertencia
resultó ser real. Hoy nos preocupa la imposición de la ideología de género por
decreto; el apoyo que desde los círculos internacionales se le ha dado a esta
nefasta obra de unos cuantos filósofos, ideólogos, filántropos, burócratas del
globalismo e injerencistas que financian y promueven todas las ideas que
parecieran salir desde la cabeza misma del enemigo de la humanidad. Y digo
enemigo, no porque mi discurso sea de odio contra nadie, como en efecto
catalogan a quienes nos oponemos a la agenda “arco iris”, (de fóbicos), sino
porque en ella está el germen para destruir los cimientos de una institución
que logró ser la base de la civilización occidental: la Familia. Por eso estamos
despertando, y más vale tarde que nunca.
Porque si existe algún
elemento vulnerable dentro de la institución familiar, estos son los hijos,
especialmente cuando atraviesan la primera infancia. Hacia ellos es que debemos
desplegar todos nuestros escudos de defensa porque contra ellos es que va dirigido
el ataque ideológico.
Es que nada de lo que están
enseñando en las aulas en materia de género está sustentado sobre bases
científicas. De hecho, es solamente adoctrinamiento en su máximo esplendor.
Llegar hasta el punto de negar la biología sin utilizar para ello una
epistemología superior que la pueda refutar es ya un acto de arbitrariedad
académica: las ideas se imponen como dogma, como si fuera la evangelización en
una nueva religión. Una religión que, por cierto, no promueve el amor al
prójimo ni normas de comportamiento amparadas en la ética y la moralidad, sino
todo lo contrario: atiza una llama de resentimiento para responder con
ferocidad —y con la anuencia de un Estado que obliga y castiga— a todo aquel
que se oponga al nuevo creo de la diversidad.
Porque se supone que
diversidad es la existencia y la aceptación de las características diferentes de
un grupo social, las cuales pueden estar enmarcadas dentro de lo racial, lo
étnico, la edad, el género, la fe, la orientación sexual, la filiación
política, la nacionalidad, la capacidad física y mental, la cultura, etc. Y en
esto está incluido el pensamiento, que es el motor del orden socializador. Cuando
se puede ser diverso en todo, menos en la potestad de pensar lo que se quiera,
de elegir con libertad, de opinar diferente; es porque esa diversidad encubre el
ethos uniformizante que se reduce a ofrecer el ideal del igualitarismo
como un modelo de obligatorio cumplimiento.
Refutan quienes defienden el llamado enfoque de género que cómo esto nos puede afectar a los que no compartimos su “teoría” si precisamente se trata de libre elección y autopercepción, la cual no tiene por qué hacerle mal a nadie, y que el ir en contra de sus enseñanzas es ser un discriminador y un odiador. Pues bien, si alguien se percibe como una estrella fugaz, sin afectar a nadie y sin obligar a nadie a que lo tenga que reconocer como tal, uno diría que cada quien es dueño de su locura, y hasta ahí el asunto sería un problema del fuero interno. Lo delicado viene cuando la autopercepción se convierte en una imposición por vía estatal y el sujeto acude a ese Estado autoritario, no para ser reconocido en su derecho a percibirse como quiera, sino para obligar al otro a que lo reconozca como él se reconoce, porque eso ya invade el campo autónomo del pensamiento personal. Lo grave, por ejemplo, es instaurarlo como política educativa en contra de la voluntad de los padres que prefieren educar a sus hijos en la fe cristiana, que por lo menos es una ideología que tiende a preservar la inocencia y la virtud de los más pequeños.
No nos digamos mentiras: si
las políticas de género ahora son enseñadas como una cátedra escolar, es porque
saben que apuntando a la generación más débil en su pensamiento pueden
corromper al hombre del futuro. Aquellas élites que patrocinan toda esta
cultura de la sexualización temprana de los niños, de las hormonizaciones, de
las cirugías para cambiar de sexo dirigidas a los adolescentes, de la
legalización de la pedofilia, en fin, de todo lo desviado y de lo pervertido,
saben que pueden diseñar un hombre atomizado, dividido, confundido y estéril al
que no le quedará más remedio que someterse a las disposiciones del futuro
Estado global. ¿Qué más da? La esclavitud del nuevo orden mundial será un estatus
deseable desde la infancia, porque todas las conductas son intervenidas con
ingeniería social. Y el adoctrinamiento en las falsas teorías del género no es
otra cosa que ingeniería social perversamente calculada.
Por eso la invitación del
doctor Iturrieta y de otros batalladores culturales es a la rebeldía, a no
dejarnos imponer estas teorías basura, a luchar contra un sistema que propende
por hombres afeminados y mujeres masculinizadas con el fin de cortar de tajo la
reproducción. Los padres de familia a estar muy atentos sobre lo que aprenden
sus hijos en la escuela, desde la etapa del jardín infantil. Qué temas les
están tocando, qué canciones les están enseñando, qué dinámicas les están proponiendo.
Sabemos que los degenerados tienen el respaldo del Estado para llevar a cabo su
agenda de perversión, y por esto hay que desenmascararlos y denunciarlos. En
caso de no ser posible, intentar por todos los medios limpiar el cerebro de los
hijos en casa con una educación fundada en valores, pero también centrada en la
realidad de lo que está pasando para que sean ellos los primeros en darse
cuenta en caso de que los intenten reiteradamente adoctrinar. Al niño se le
debe concientizar desde pequeño que es un niño y siempre lo será. A la niña que
es niña. El sexo no es un accesorio que se pueda cambiar y el género no es
aquello que define nuestra identidad sexual, porque sí se nace hombre o mujer,
y se es hombre o mujer desde la misma concepción. No hay más sexos.
Ya hasta se han inventado el Unicornio
del Género para terminar de confundir a los infantes. Es una pedagogía de estos
embaucadores estudiosos del género para “ayudar a descubrir” la identidad
sexual, la expresión del género, el sexo “asignado” al nacer, la atracción
sexual y la atracción romántica. Una basura teórica que no contribuye al progreso
de la humanidad, pero que ya se acepta en todos los currículos escolares.
De modo que el reto es no
cesar en la batalla ni un minuto, y menos si se es padre. Nuestro deber es el
de informarnos y el de formarnos, llenarnos de argumentos y promover las
asociaciones en pro de la unión familiar, participar en las marchas contra esta ideología, mantener un
espíritu inquebrantable, continuar en pie de lucha. Ahora más que nunca se
necesita fortalecer ese muro de contención llamado familia. Dar un buen ejemplo
y mantener una conducta íntegra serían excelentes puntos de partida para iniciar
esta batalla.





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