Vivimos en la época de la posmodernidad,
ampulosa en vacíos existenciales, relativismos, fanatismos, subjetivismos,
carencias de identidades consistentes, sexualidades efímeras y dioses hechos a
la medida de nuestras necesidades. Si ahondáramos en los autores de esta penosa
debacle moral y espiritual, encontraríamos hombres y mujeres con vidas
tormentosas. La mayoría de ellos fueron filósofos, escritores, psicólogos,
poetas, sociólogos y humanistas en general, que no tuvieron un final feliz.
Hablo, por supuesto, de los que ya
murieron. Me remito, por ejemplo, a los pensadores de la Escuela de Frankfurt. Digamos
el nombre de Marcuse, quien orientó todos sus esfuerzos para que el nuevo
hombre de la revolución se convirtiera en la conciencia de la clase obrera, y
para ello precisó del discurso de la liberación de la sociedad, no sólo
económicamente, sino también a nivel sexual. Me refiero también a Simone de Beauvoir,
la esposa de Sartre, ambos comunistas hasta la médula, sólo que en la señora ya
estaba germinando el bicho de la nueva izquierda a través de la deconstrucción
de la mujer: “No se nace mujer, se aprende a serlo”. ¿Recuerdan la frase? A
partir de este postulado reventaron las hordas feministas de la tercera ola y
se les fritó el cerebro a muchos con el cuento de la autopercepción. Desde ahí
viene esta obsesiva persecución contra la mujer, al punto de que ya hoy no
podemos definirla como a la hembra de la especie humana responsable de la
gestación por razón de la fisiología de sus órganos reproductivos femeninos,
pues se consideraría discurso de odio.
Y cómo no mencionar a ese símbolo fetiche
del posmodernismo como lo es el francés Michel Foucault, que si bien no fue el
padre del movimiento, sí fue su gran exponente. Aquel que develó una nueva
manera de ejercer el poder, ya no a través del castigo físico, sino a través de
la vigilancia (biopoder). De allí vienen muchas de las ideas que los Estados progresistas
han adoptado en sus códigos y legislaciones: que los delincuentes son
delincuentes porque se les ha oprimido mediante relaciones de poder. Que toda
relación de poder genera oprimidos y opresores. En definitiva, que todo
delincuente tiene justificación para cometer un delito, porque en últimas el
delincuente es víctima de una represión. ¿Nos suena?
Pero esta conciencia posmoderna, que se
podría situar más o menos a partir de los años sesenta del siglo XX y de la
cual ahora estamos recogiendo los peores frutos, tuvo su semillero en las ideas
de un filósofo del siglo XIX que no tenía ni idea que de su aporte a la
filosofía se desprendería un movimiento llamado posmodernismo, el cual tendría
su auge cien años después de la muerte del personaje en cuestión. A él se le
podría considerar, indirectamente, el primer gran padre del posmodernismo. Se
trata de Friedrich Nietzsche.
Nietzsche debió ser el verdadero gestor de la posmodernidad. Plantea
como tema central en su filosofía la cuestión del superhombre. En su
libro “Así habló Zaratustra” escribe la historia de un ermitaño que tras muchos
años de reflexión y soledad abandona la montaña en la que vive para compartir su
sabiduría con la gente. Es una metáfora del evangelio en clave de ironía, una
burla. Es la inversión del profeta, que no es el hijo de Dios, sino, en este
caso, el “superhombre” que viene a traer la buena nueva de que "Dios ha muerto" y
que por tanto el hombre tiene el camino libre para superarse a sí mismo.
Una mala interpretación de esta teoría del
superhombre vio sus frutos en el nazismo, cuando allí se habló de la raza
superior y se propaló la peligrosa idea de exterminar a las “razas inferiores”,
en especial a una. Pero Nietzsche no hablaba en este sentido de una raza
superior o de un hombre héroe. Hasta su propia hermana confundió su tesis, pues
ella misma tuvo simpatías con Hitler.
El concepto inicial del superhombre aún
sigue sin comprenderse del todo en los círculos académicos. Creo que ni el
mismo Nietzsche lo comprendía. Tampoco se comprendía a sí mismo. Apenas tenía
la sospecha de que el nihilismo y su concepción pesimista de la vida eran el
punto de partida de una sociedad que comenzaba a desligarse de la idea de Dios.
Porque la voluntad de vivir dejó de existir como acto real, y apenas quedaba en
la sociedad el escenario de una mera representación, de una apariencia en la
que no se lograba alcanzar nunca la satisfacción. El pesimismo nihilista,
pensaba Nietzsche, había que convertirlo en algo positivo: progreso,
desarrollo, evolución. Así como el mono (el hombre-primate) fue superado por el
hombre-pensante; este, de igual manera, sería superado por el superhombre
Nietzscheano, pues llegaría a estar por encima con respecto a la naturaleza
humana de aquel. No habría de ser un hombre con superpoderes, sino alguien que
pudiera ejercer la virtud partiendo desde un horizonte de creatividad, de
talento, de dominio del arte, de creación de belleza; totalmente separado de la
noción burguesa, citadina y religiosa, y alejado de la creencia dogmática de la
paz y la armonía entre los hombres por interjección de un dios. Su posición es
elitista. Su superhombre no necesita valerse de otro, ni de Dios, sino que
busca su propio sentido y se supera en su condición de ser humano hacia un
peldaño más alto de la escala evolutiva. Muerto Dios, muere también el hombre
tal como lo veníamos conociendo hasta entonces a través del humanismo
iluminista.
Me remito también al humanismo cristiano
como movimiento que ponía al hombre en el punto más alto de la creación, pero
siempre subordinado a Dios. Nietzsche, por el contrario, echa mano del
iluminismo de la Ilustración, de la ciencia positivista, y coloca al
superhombre como centro, no teniendo sujeción más que a su propio ser. Desplazando
a Dios de toda explicación sobre el sentido del mundo, de toda cosmología, el
hombre pasa a ser el centro. No el hombre de la modernidad, el que todavía
reconocía la naturaleza divina que lo sobrepasaba, sino ese nuevo hombre que
debía ser revestido de otra naturaleza: el superhombre; aquel que olvida los
valores cristianos, aunque no sepa bien todavía a cuáles recurrir.
En el libro de Zaratustra, Nietzsche se
dedica a imitar el estilo del evangelio y a hablar con metáforas ininteligibles
que no dejan traslucir claramente cómo tiene qué comportarse en concreto ese
superhombre. Redunda en la retórica, abusa de la poética, cae en una ambigüedad
imperdonable, y al final el profeta Zaratustra junta a una legión de discípulos
a los que enseña que las divinidades han caído en desgracia, y que en su lugar aparece
el superhombre para reemplazarlas. El superhombre, para Nietzsche, no es un ser
superior capaz de dirigir a las ovejas, sino aquel que ha dado un salto
evolutivo desde lo más esencial de su ser. Se ha vuelto lobo.
La filosofía de Nietzsche es una alusión
alegórica a una sociedad que todavía no está lista para emanciparse de Dios. En
el tiempo del filósofo no se puede dar el anuncio de que Dios ha muerto, sino
que habría que esperar un tiempo más, para cuando la sociedad al fin se pudiera
desligar de él. Ese tiempo, a pesar de las corrientes posmodernas que han
atomizado al hombre, no ha podido instalarse con contundencia. Aún la mayoría
de los hombres, por fortuna, nos negamos a abortar la idea de Dios.
La
realidad, tanto para Schopenhauer como para Nietzsche, es una mera apariencia. Lo que subyace en esta apariencia es la
voluntad: voluntad humana. Nietzsche quiere que el hombre se aleje de Dios para
que encuentre su sentido de vida. Ese sentido, hasta ese momento en que lo
decía, lo otorgaba la religión, que para él era una farsa. Por ello propende
porque el hombre renuncie al ideal del máximo trascendente, pero no quiere
tampoco que este caiga en el nihilismo de Schopenhauer. La realización se producirá
cuando el hombre encuentre la verdadera emancipación, porque le dará un sentido
de vida profundo, lejos de la religión, lejos de Dios, más cerca del
superhombre.
Pese a ello, en la época
posmoderna la sociedad tomó distancia de Dios, cayó en el más profundo
nihilismo, no encontró al superhombre de Nietzsche en la emancipación que
prometía. ¿Qué sucedió entonces? Una vez más nos encontramos ante otro filósofo
cuyo ideal cojeó por carecer de aquello que le da sentido de vida al hombre: la
trascendencia. Se evidenció con el posmodernismo que por más que exista un
superhombre emancipado, este jamás tendrá el alcance de un ser superior. En la
cristiandad lo llamamos Dios. No hay duda de que este es el verdadero
Todopoderoso. Claro, Nietzsche alentó la supresión de Dios, pero nunca supo qué
poner en su lugar. El superhombre fue un fracaso en todo sentido. Ni los
valores que el filósofo le atribuyó lo pudieron salvar de su debacle, pues algo
verdaderamente magno necesita mover la voluntad del hombre. Para el católico es
la fuerza del Espíritu Santo, el poder de Dios; para el agnóstico, una
inteligencia superior que no sabe precisar qué es; para el ateo, su propia
convicción de que no hay Dios.
Hasta el mismo Zaratustra, el
profeta de Nietzsche, tuvo en algún momento la necesidad de una metafísica que
justificara y diera sentido a su existencia. Como no encontró una respuesta
clara, tuvo esa revelación mística que se conoció como “el eterno retorno de
las cosas”, el volver otra vez a la tierra, al mundo, porque no hay nada más.
No olvidemos que Nietzsche fue
en su tiempo lo que ahora se conoce como un maniacodepresivo. Tenía momentos de
gran exaltación en los que creía haber llegado a la verdad y encontrar el
fundamento de toda su teoría, y momentos en los cuales renegaba de sí mismo y
se consideraba un tonto por todo aquello que decía, menospreciándose delante de
todos. Fue un personaje antisocial, contradictorio, inestable en todo sentido.
Su rechazo a las instituciones familiares y eclesiásticas fue bien conocido a
pesar de que tuvo la intención de casarse con Lou Andreas-Salomé, la mujer de
la que él se enamoró y a la que le propuso matrimonio, pero esta lo rechazó,
pues quería a otro. Y ese otro era un poeta, amigo del propio Nietzsche;
situación que lo hizo volverse más huraño, más solitario, más tendiente al
suicidio. Nunca llevó a cabo ese cometido, pero tampoco logró convertirse en el
superhombre por el que tanto abogaba. Su vida terminó entre la sífilis y la
demencia, en una parodia de su propia declaración de la muerte de Dios. En
realidad, era él quien lo había aniquilado en su corazón y en su mente. Era
Nietzsche el que moría mientras la creación de Dios perduraba por los siglos de
los siglos.
Porque desde siempre ha
existido un “logo ordenador”. Platón se refirió a él como el Demiurgo; Plotino
lo denominó como el Ser Original; los cristianos lo reconocen como el Padre, el
Creador del universo. Ese universo, que por principio es perfecto e infinito,
es el primer libro que Dios escribió para que el hombre lo estudiara y entendiera
las leyes naturales. Entendiéndolas puede entender a su Creador, pero
desechándolas, volviéndolas objeto de un dominio utilitarista en una clara
demostración de arrogancia, se encontrará este que no puede comprender la Causa,
y por tanto tampoco el Fin último de las cosas.
Lo que en apariencia creemos
que es obra del azar no es tan así. Siempre un poder superior obra en todo
aquello que está en la Naturaleza, en la verdad, en la moral, en la belleza. Y
claro, la filosofía que cuestiona y va un paso más allá en su indagación
también es obra de una mente superior que le otorgó la inteligencia al hombre
para que este cuestionara y hallara las respuestas.
Si Dios ha muerto, como lo
propone Nietzsche, entonces ha muerto la Causa Primera, el logo ordenador, el
principio y el fin. ¿Qué le queda al hombre? La respuesta es simple. Baste
mirar alrededor y se sabrá lo que le queda: caos, destrucción, pérdida de
sentido, involución… otra fuerza ha tomado el lugar de Dios. En el reino de lo
metafísico no hay sitio para la nada: siempre existe algo.






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