En la historia política de Colombia tuvimos
un presidente general y dictador que por allá en el año 1957 tuvo que ser defenestrado. Hemos
tenido presidentes que se repartieron el poder por turnos durante dieciséis
años para intentar aplacar una violencia partidista que generó otra violencia
guerrillera. También hemos tenido presidentes que nos prometieron erradicar una
pobreza absoluta que nunca se erradicó, un futuro que nunca llegó, y el advenimiento
del “tiempo de la gente” que al final solamente fue el tiempo de los carteles
de la mafia que financiaron una campaña presidencial. Hemos tenido presidentes
que despejaron territorios con la ingenuidad de que podría alcanzarse la paz con
quienes nunca han querido hacerla, y presidentes que asimismo firmaron un acuerdo para
entregar, no sólo territorios, sino curules en el Congreso y la impunidad de
por vida, todo por ganarse un Nóbel. También hemos tenido presidentes con ganas
de perpetuarse en el poder hasta por tres períodos consecutivos, como si fueran
una especie de mesías irremplazables que al final terminaron repelidos por un
gran sector de la sociedad. Hemos tenido presidentes marionetas, tibios y
paquetones que pasaron con más pena que gloria. Pero lo que no habíamos tenido
hasta entonces en nuestra sufrida historia política moderna, es un presidente que llame
él mismo a la revolución contra el poder cuando él es quien está detentando ese
poder. Ahora ya lo tenemos.
Algún día lo gritó con arrestos de caudillo
independentista: “¡Me llamo Gustavo Petro y soy su presidente!”. Otro día lo
dijo pasando por encima de la división de poderes: “Yo soy el jefe del Estado,
por lo tanto, jefe del Fiscal General”. Sólo le faltó decir aquella célebre frase
que Luis XIV pronunció ante el Parlamento de París: “El Estado soy yo”.
Lo que uno no se explica, entonces, si él
es el jefe del Estado, qué hace llamando a la revolución. Porque azuza a un
grupo del pueblo —como si en él estuviera representado todo el pueblo— para que se levante si el Legislativo no le aprueba sus reformas.
Sabe que su imagen favorable no supera el 30%, que el grueso de ese pueblo lo
desprecia y que muchos de sus votantes hoy se sienten defraudados. El presidente
que tenemos, que en verdad merece ser defenestrado, como lo dijo el coronel Marulanda,
tiene toda la estampa de un dictadorzuelo. Camina como dictador, habla como
dictador y parece un dictador. ¿Qué podría ser? Seguro que no es un pato.
La semana pasada un grupo de hombres de la “guardia
indígena” o de la llamada “guardia campesina”, que en realidad no representa a
la mayoría de los indígenas ni de los campesinos, se congregó en la Plaza de
Bolívar, frente al Capitolio Nacional para intimidar con sus demostraciones de
guerra al Congreso que sesiona y discute las reformas que propuso el Ejecutivo.
Hicieron formación en orden cerrado, exhibieron su bastón de mando simulando
portar un fusil, lucieron su indumentaria nueva, con radioteléfonos y aparatos
de comunicaciones. No parecía ninguna guardia pacífica, sino un ejército en pie
de guerra: un ejército de subversión. La manifestación, que fue más bien un
acto de intimidación, fue la respuesta al llamado del presidente de este grupo
de supuestos campesinos e indígenas sin identificar para presionar la
aprobación de las nefastas reformas que pretende imponer Petro a pupitrazo o
palazo limpio, si es preciso. Esa es la manera como él dice respetar la
democracia. Nunca se habló de un Golpe de Estado propiciado por el jefe del
mismo del Estado a las demás ramas del poder, pero fue evidente que aquello fue
otro intento por desestabilizar el equilibrio democrático.
Luego viene el pleito con el Fiscal,
representante de la rama judicial, que se supone que también es autónoma en sus
determinaciones. Y la cereza del pastel fue cuando el coronel Jhon Marulanda declaró
en una entrevista que al presidente habría que defenestrarlo.
Defenestrar. Esa fue la palabrita de la
controversia que ni al mismo fiscal, aunque está en las antípodas del
presidente, le gustó. Y parece que a nadie. Ni siquiera al espectro de la
derechita cobarde cuya corrección política es la que nos ha llevado al límite
en el que nos encontramos. Vi uno que otro político que se dice de derecha o de
centro criticar al coronel por lo que dijo, como si hubiera sido una afrenta.
Los noticieros también hicieron un escándalo por ello y hasta un gran sector de
la prensa lo consideró como una salida en falso del coronel. Que cómo se le
ocurría decir eso, que en aras del respeto a la democracia no se debía hablar
de defenestración, pues aquello supone un Golpe de Estado contra el presidente.
A mí, la verdad, no me parece mala idea lo
de la defenestración. La palabra puede sonar chocante, pero sólo quiere decir
que se separa o se expulsa a una persona de su cargo. Nada de lanzar a nadie
literalmente por una ventana, como lo da a entender su primera acepción, que
viene de la palabra fenestra, que significa ventana. Nada de violento hay implícito allí. Claro, un
Golpe de Estado por la vía militar implica violencia y no es democrático, pero
no así la defenestración. Existen mecanismos constitucionales que bien pueden
aplicarse para destituir al presidente de su cargo. ¿Por qué? Pues muy sencillo,
el señor presidente está dando muestras de conducirnos a un abismo, de destruir
las instituciones, la economía, lo poco bueno que se ha construido. Está
jugando con el futuro del país. En otras palabras, está haciendo las cosas tan
mal, que merece ser defenestrado. ¿Acaso no es lo que los accionistas de una
empresa harían con un gerente que está llevando su empresa a la quiebra? Pues
bien, el presidente no está sabiendo gerenciar el país, además de que su
egolatría, su megalomanía y sus ínfulas de dictador, están poniendo en peligro
la supervivencia de la república que tantos años nos ha llevado construir.
“Pero es que el presidente fue elegido
democráticamente”, alegan quienes asumen la defensa de sus actos de gobierno. Y
es cierto, hace un año la mayoría electoral supuestamente amaba a Petro. Hoy
sus desengañados se cuentan por miles. Ya le conocieron el talante, ya están abriendo
los ojos, aunque es un poco tarde para ello. Los que sabíamos cómo se
presentaría todo esto no nos sentimos traicionados, sino indignados ante el
tamaño de la estupidez humana.
Lo malo es que sus intenciones de perpetuarse
en el poder no son motivo de alarma. La reforma electoral, que va a imponer el
voto electrónico, es la mejor manera de ganar siempre las elecciones. Si
físicamente el escrutinio dejó dudas en los pasados comicios, no digamos lo que
será una votación administrada por una máquina cuyo software es altamente
manipulable. Podrá eternizarse en el trono presidencial si no lo defenestran
antes. Y cuando eso ocurra ya no se podrá hablar siquiera de la expulsión del
presidente por vía constitucional, porque para entonces la Constitución ya será
otra. Para entonces habrá engrasado tan bien la maquinaria del poder que será
imposible remover el mal desde la raíz. Y luego dicen que nunca seremos como
Venezuela. Qué va, si vamos rumbo a ser una versión empeorada del vecino país.
Urge la defenestración.





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