sábado, 17 de junio de 2023

Todo es parte de la Agenda

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Uno se pregunta por qué es que los políticos de izquierda que apuntan por la vía democrática[1] a convertirse en presidentes de las naciones latinoamericanas tienen tanto éxito a nivel electoral y luego son un fracaso en la ejecución de sus políticas una vez que han ascendido al poder. ¿Por qué esa ola roja de gobiernos “socialistas-demócratas” (no socialdemócratas) que últimamente viene tiñendo el continente, y de la cual ni el propio Estados Unidos se ha salvado?

    Uno toma el mapa de América y no tiene mucho para escoger con relación a los países en donde el progresismo, o el socialismo “cool” (que a la larga son la misma cosa) no hayan esparcido sus tentáculos. Desde Canadá hasta la Argentina, todo pareciera contaminado por el virus de la progresía. Se salvan unos pocos, pero son países pequeños que no tienen peso político ni estratégico dentro de la región. Parece que fuera cuestión de tiempo para que la totalidad de este lado del hemisferio estuviera manchada con el rojo-sangre del socialismo. Porque eso es, en el fondo, lo que se encuentra en la médula de todos estos gobernantes izquierdistas disfrazados de hombres de avanzada al tiempo que ofrecen la solución para los grandes problemas ambientales del planeta. El verde-naturaleza, por supuesto, es el color de su disfraz, pero por dentro son del mismo color de la bandera de la China comunista o de la antigua Unión Soviética. Como la sandía: verdes por fuera, rojos por dentro.    



    La primera ola del Socialismo del Siglo XXI nos llegó gracias al Foro de Sao Paulo en el que Lula Da Silva y Fidel Castro reunieron a todos los líderes de izquierda de la región para saber por dónde podían orientar su Revolución una vez que en 1991 se desintegró la vieja URSS, que fue la potencia que sostuvo a Cuba por muchos años para enfrentar una guerra hegemónica contra los Estados Unidos y de la cual salió perdiendo. Disuelta la Unión Soviética, las izquierdas latinoamericanas replantearon el modelo y se reinventaron con aquello del Socialismo del Siglo XXI. Fue por Venezuela por donde comenzó a hacer mella esta fallida política, unos siete años después de llevado a cabo el Foro de Sao Paulo, y de allí se diseminó como una plaga por varios países latinoamericanos: Argentina, Bolivia, Ecuador, Uruguay, Paraguay, Brasil, Nicaragua, Honduras, entre otros. Cuatro países, los de la llamada Alianza del Pacífico, se mantuvieron incólumes frente a la primera ola del Socialismo del Siglo XXI, pero caerían después, en la segunda ola, producto de un golpe perfectamente orquestado y calcado sistemáticamente en un lapso de menos de cuatro años. Esos países fueron México, Perú, Chile y Colombia, y en ese orden sucumbieron a gobiernos de extrema izquierda. Para este efecto, la estrategia fue una redefinición de la izquierda a través de lo que se llamó el Grupo de Puebla, que fue la renovación del Foro de Sao Paulo: la izquierda, así, se recargaba con nuevos bríos importados desde las organizaciones internacionales, nuevos sujetos revolucionarios, nuevas formas de dividir a la ciudadanía apelando a dinamitar el sistema, instrumentalizando para ello a las minorías. La izquierda retoma el vuelo y se gesta la segunda ola del Socialismo del Siglo XXI en Latinoamérica, llenando el vacío dejado desde la otra orilla por una derecha sin propuesta política sólida ni conexión con las bases sociales.



    Los vientos del progresismo revolucionario resurgieron con una propuesta engañosa, ya no solamente en Latinoamérica, sino también en Estados Unidos y en Canadá. El partido Demócrata de los Estados Unidos encarnó el mal y apresuró la caída de la potencia luego de que la administración Biden implementara puras medidas de corte socialista: emisión monetaria, subida de la tasa de interés, intervencionismo estatal, subida de impuestos, políticas de fronteras abiertas, subsidios, financiación a grupos privilegiados, entre otras. Claro, hay medidas que no necesariamente tienen por qué ser socialistas, o no tienen nada que ver con esto, pero aplicadas a rajatabla, conllevan al debilitamiento de la soberanía y al detrimento económico, social y cultural del Estado-nación. Pues bien, ese resquebrajamiento de las naciones es lo que en últimas configura el grueso de las agendas de organizaciones tales como la Internacional Comunista, Naciones Unidas, o los foros económicos mundiales como el Foro de Davos: el mundo se conduce hacia una gigantesca corporación global, de modo que para qué países soberanos.



    El hecho es que todos los países del mundo cumplen con una agenda y no hay ninguno que pueda quedarse por fuera. Se llama Agenda 2030, y es el conjunto de lineamientos políticos, sociales, demográficos, ambientales, culturales y de toda índole que enmarcan el modelo de lo que debería ser el mundo para el año 2030. Lo llaman “Objetivos de Desarrollo Sostenible”. Los miembros de Naciones Unidas han firmado para seguir la pauta de acción que impone la agenda. Desde luego, esta se implementa de diferentes maneras, según el gobernante de turno de cada país, quien la ejecuta con mayor o menor intensidad; variando los niveles de su aplicación, pero por ningún motivo contemplando la posibilidad de renunciar a ella.

    En el caso colombiano tenemos a un presidente que romantiza el ideal marxista al tiempo que habla de cambio climático y dice defender el planeta Tierra. De un lado quiere ejecutar las políticas para llevar a Colombia a un socialismo sin precedentes, con su respectivo empobrecimiento y la pérdida de identidad nacional que esto conlleva; y de otro, hace caso de los puntos de la agenda propuestos por los poderes que lo gobiernan a él, así como a otros mandatarios en todo el mundo: los presidentes son tan solo unos capataces que obedecen, y de acuerdo a esa obediencia serán compensados. El presidente Petro quiere recibir las compensaciones y los reconocimientos a toda costa. Él es megalómano, y por tanto vive de la venia y del aplauso.



    La cuestión es que los metacapitalistas que aportan para la Agenda son los mismos que tienen injerencia en los distintos países y también son los que financian las campañas de esos candidatos populistas que se lanzan con propuestas de cambio. Soros, por ejemplo, es una muestra palpable de que el gobierno de Petro se le ha arrodillado a sus deseos. No se nos olvide que parte del viajecito de Francia Márquez a África fue financiado por Open Society, y la señora les agradeció públicamente. A tipos como George Soros y su emporio de fundaciones es que los políticos le deben sus favores. No es casualidad que el presidente colombiano asista a cuanto foro climático haya en el planeta y se comprometa a desindustrializar el país en pos de contribuir con la reducción de las emisiones de CO2, así Colombia no sea un aportante significativo en la contaminación mundial. Por ello las políticas de gobierno están amarradas a una agenda que soterradamente le sirve a una pequeña élite que se encarga de promoverla. Petro, por supuesto, quiere hacer parte de esa élite. Y también el resto de los mandatarios que se pintan de socialistas, progresistas y ecologistas.

    Así que no nos extrañe que los gobernantes latinoamericanos, en especial los de izquierda (pero también los que decían ser de centro y muchos de derecha cobarde), sean los que más pujen por promover un narcosocialismo ecologista. Al tiempo que dicen defender la ecología sostienen que las drogas “recreativas” deben ser legalizadas, que los cultivos ilícitos deben ser lícitos y que, en el caso colombiano, por ejemplo, el petróleo y el carbón son venenos, mientras que la coca es una planta ancestral que no necesariamente tiene por qué ser nociva si se elige consumir libremente en forma de cocaína.



    Por ello tampoco nos sorprenda que las medidas políticas que se están adoptando tiendan a restringir cada vez más nuestras libertades y principios, y a limitar todo intento de prosperidad. Ya lo advertía en su tiempo el escritor satírico irlandés Jonathan Swift: “Un pueblo habituado durante largo tiempo a un régimen duro pierde gradualmente la noción misma de libertad”. Que no se diluya nuestra libertad.

    Las economías nacionales se deterioran, la soberanía desaparece, las fronteras se vuelven simbólicas, la élite gana, los políticos se benefician si pagan los favores utilizando su poder… el pueblo pierde. Todo es parte de la Agenda.  



[1] Salvo los casos de Cuba, Venezuela y Nicaragua, donde no podemos tapar el sol con un dedo, puesto que en esos países no hay democracia. Si acaso lo que existe son simulacros de participación ciudadana en los que le hacen creer a la comunidad internacional que son repúblicas garantes de la democracia, pero no hay nada más allá de eso. En Cuba, por ejemplo, ya ni siquiera existen elecciones. El régimen se ha eternizado en el poder, y ni siquiera el cambio de gobernante obedece a un cambio de gobierno.






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