Uno se pregunta por qué es que
los políticos de izquierda que apuntan por la vía democrática[1] a convertirse
en presidentes de las naciones latinoamericanas tienen tanto éxito a nivel
electoral y luego son un fracaso en la ejecución de sus políticas una vez que
han ascendido al poder. ¿Por qué esa ola roja de gobiernos “socialistas-demócratas”
(no socialdemócratas) que últimamente viene tiñendo el continente, y de la cual
ni el propio Estados Unidos se ha salvado?
Uno toma el mapa de América y
no tiene mucho para escoger con relación a los países en donde el progresismo,
o el socialismo “cool” (que a la larga son la misma cosa) no hayan
esparcido sus tentáculos. Desde Canadá hasta la Argentina, todo pareciera
contaminado por el virus de la progresía. Se salvan unos pocos, pero son países
pequeños que no tienen peso político ni estratégico dentro de la región. Parece
que fuera cuestión de tiempo para que la totalidad de este lado del hemisferio
estuviera manchada con el rojo-sangre del socialismo. Porque eso es, en el
fondo, lo que se encuentra en la médula de todos estos gobernantes
izquierdistas disfrazados de hombres de avanzada al tiempo que ofrecen la
solución para los grandes problemas ambientales del planeta. El
verde-naturaleza, por supuesto, es el color de su disfraz, pero por dentro son
del mismo color de la bandera de la China comunista o de la antigua Unión
Soviética. Como la sandía: verdes por fuera, rojos por dentro.
La primera ola del Socialismo
del Siglo XXI nos llegó gracias al Foro de Sao Paulo en el que Lula Da Silva y
Fidel Castro reunieron a todos los líderes de izquierda de la región para saber
por dónde podían orientar su Revolución una vez que en 1991 se desintegró la
vieja URSS, que fue la potencia que sostuvo a Cuba por muchos años para enfrentar
una guerra hegemónica contra los Estados Unidos y de la cual salió perdiendo. Disuelta
la Unión Soviética, las izquierdas latinoamericanas replantearon el modelo y se
reinventaron con aquello del Socialismo del Siglo XXI. Fue por Venezuela por
donde comenzó a hacer mella esta fallida política, unos siete años después de
llevado a cabo el Foro de Sao Paulo, y de allí se diseminó como una plaga por
varios países latinoamericanos: Argentina, Bolivia, Ecuador, Uruguay, Paraguay,
Brasil, Nicaragua, Honduras, entre otros. Cuatro países, los de la llamada Alianza
del Pacífico, se mantuvieron incólumes frente a la primera ola del Socialismo
del Siglo XXI, pero caerían después, en la segunda ola, producto de un golpe
perfectamente orquestado y calcado sistemáticamente en un lapso de menos de cuatro
años. Esos países fueron México, Perú, Chile y Colombia, y en ese orden
sucumbieron a gobiernos de extrema izquierda. Para este efecto, la estrategia
fue una redefinición de la izquierda a través de lo que se llamó el Grupo de
Puebla, que fue la renovación del Foro de Sao Paulo: la izquierda, así, se
recargaba con nuevos bríos importados desde las organizaciones internacionales,
nuevos sujetos revolucionarios, nuevas formas de dividir a la ciudadanía
apelando a dinamitar el sistema, instrumentalizando para ello a las minorías.
La izquierda retoma el vuelo y se gesta la segunda ola del Socialismo del Siglo
XXI en Latinoamérica, llenando el vacío dejado desde la otra orilla por una
derecha sin propuesta política sólida ni conexión con las bases sociales.
Los vientos del progresismo
revolucionario resurgieron con una propuesta engañosa, ya no solamente en
Latinoamérica, sino también en Estados Unidos y en Canadá. El partido Demócrata
de los Estados Unidos encarnó el mal y apresuró la caída de la potencia luego
de que la administración Biden implementara puras medidas de corte socialista:
emisión monetaria, subida de la tasa de interés, intervencionismo estatal,
subida de impuestos, políticas de fronteras abiertas, subsidios, financiación a
grupos privilegiados, entre otras. Claro, hay medidas que no necesariamente
tienen por qué ser socialistas, o no tienen nada que ver con esto, pero aplicadas
a rajatabla, conllevan al debilitamiento de la soberanía y al detrimento
económico, social y cultural del Estado-nación. Pues bien, ese resquebrajamiento
de las naciones es lo que en últimas configura el grueso de las agendas de organizaciones
tales como la Internacional Comunista, Naciones Unidas, o los foros económicos
mundiales como el Foro de Davos: el mundo se conduce hacia una gigantesca
corporación global, de modo que para qué países soberanos.
El hecho es que todos los
países del mundo cumplen con una agenda y no hay ninguno que pueda quedarse por
fuera. Se llama Agenda 2030, y es el conjunto de lineamientos políticos,
sociales, demográficos, ambientales, culturales y de toda índole que enmarcan
el modelo de lo que debería ser el mundo para el año 2030. Lo llaman “Objetivos
de Desarrollo Sostenible”. Los miembros de Naciones Unidas han firmado para
seguir la pauta de acción que impone la agenda. Desde luego, esta se implementa
de diferentes maneras, según el gobernante de turno de cada país, quien la
ejecuta con mayor o menor intensidad; variando los niveles de su aplicación, pero
por ningún motivo contemplando la posibilidad de renunciar a ella.
En el caso colombiano tenemos a
un presidente que romantiza el ideal marxista al tiempo que habla de cambio
climático y dice defender el planeta Tierra. De un lado quiere ejecutar las
políticas para llevar a Colombia a un socialismo sin precedentes, con su
respectivo empobrecimiento y la pérdida de identidad nacional que esto
conlleva; y de otro, hace caso de los puntos de la agenda propuestos por los
poderes que lo gobiernan a él, así como a otros mandatarios en todo el mundo: los
presidentes son tan solo unos capataces que obedecen, y de acuerdo a esa
obediencia serán compensados. El presidente Petro quiere recibir las
compensaciones y los reconocimientos a toda costa. Él es megalómano, y por
tanto vive de la venia y del aplauso.
La cuestión es que los metacapitalistas que aportan para la Agenda son los mismos que tienen injerencia en los distintos países y también son los que financian las campañas de esos candidatos populistas que se lanzan con propuestas de cambio. Soros, por ejemplo, es una muestra palpable de que el gobierno de Petro se le ha arrodillado a sus deseos. No se nos olvide que parte del viajecito de Francia Márquez a África fue financiado por Open Society, y la señora les agradeció públicamente. A tipos como George Soros y su emporio de fundaciones es que los políticos le deben sus favores. No es casualidad que el presidente colombiano asista a cuanto foro climático haya en el planeta y se comprometa a desindustrializar el país en pos de contribuir con la reducción de las emisiones de CO2, así Colombia no sea un aportante significativo en la contaminación mundial. Por ello las políticas de gobierno están amarradas a una agenda que soterradamente le sirve a una pequeña élite que se encarga de promoverla. Petro, por supuesto, quiere hacer parte de esa élite. Y también el resto de los mandatarios que se pintan de socialistas, progresistas y ecologistas.
Así que no nos extrañe que los
gobernantes latinoamericanos, en especial los de izquierda (pero también los que
decían ser de centro y muchos de derecha cobarde), sean los que más pujen por
promover un narcosocialismo ecologista. Al tiempo que dicen defender la ecología
sostienen que las drogas “recreativas” deben ser legalizadas, que los cultivos
ilícitos deben ser lícitos y que, en el caso colombiano, por ejemplo, el
petróleo y el carbón son venenos, mientras que la coca es una planta ancestral
que no necesariamente tiene por qué ser nociva si se elige consumir libremente en
forma de cocaína.
Por ello tampoco nos sorprenda que las medidas políticas que se están
adoptando tiendan a restringir cada vez más nuestras libertades y principios, y
a limitar todo intento de prosperidad. Ya lo advertía en su tiempo el escritor
satírico irlandés Jonathan Swift: “Un pueblo habituado durante largo tiempo a
un régimen duro pierde gradualmente la noción misma de libertad”. Que no se
diluya nuestra libertad.
Las economías nacionales se deterioran, la soberanía desaparece, las
fronteras se vuelven simbólicas, la élite gana, los políticos se benefician si
pagan los favores utilizando su poder… el pueblo pierde. Todo es parte de la
Agenda.
[1] Salvo los casos de Cuba, Venezuela
y Nicaragua, donde no podemos tapar el sol con un dedo, puesto que en esos
países no hay democracia. Si acaso lo que existe son simulacros de participación
ciudadana en los que le hacen creer a la comunidad internacional que son repúblicas
garantes de la democracia, pero no hay nada más allá de eso. En Cuba, por
ejemplo, ya ni siquiera existen elecciones. El régimen se ha eternizado en el
poder, y ni siquiera el cambio de gobernante obedece a un cambio de gobierno.






No hay comentarios.:
Publicar un comentario