sábado, 24 de junio de 2023

Que todo cambie para que todo siga igual... o peor

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Con lo que ha pasado en estos diez meses de gobierno de Gustavo Petro queda demostrado que el problema no era la derecha, o por lo menos no exclusivamente los políticos corruptos de derecha de los que tanto se quejó la izquierda durante décadas. Esos mismos que, según la narrativa, nos han gobernado toda la vida y nos han dejado un saldo cada vez más nefasto. Es por ello que once millones de colombianos celebraron —hace un año exactamente— que la izquierda hubiera llegado “por primera vez” al poder en Colombia. Por fin se acabarían la mentira y la corrupción.

    Lo paradójico es que en esa fabulesca lista de “gobiernos de derecha durante más doscientos años” meten hasta al libertador Simón Bolívar, que apenas tenía la incipiente noción de la díada izquierda/derecha que asimiló de la Revolución Francesa, en la que la burguesía liberal estaba del lado izquierdo, y él, por supuesto que también.

    Pero esos eran otros tiempos en que las definiciones políticas se decantaban de otra manera. El error histórico en el que incurren las izquierdas contemporáneas en Colombia solamente les ha servido para decir que la derecha lleva gobernando doscientos años en este país y que todo se lo ha robado. En lo de los robos, digamos que eso puede obedecer a una enfermedad congénita del político colombiano, fuere cual fuere su orientación ideológica, porque con tanta corrupción que tenemos en nuestro país, hasta uno les da la razón a los izquierdosos: aquí todo se lo han robado. En lo de que solamente los de derecha son los ladrones, ahí sí permítanme reírme a carcajadas, pero reírme con la más irónica de mis tristezas. Si la derecha roba por ambición, la izquierda roba porque llega con hambre al poder, suponiendo que en verdad nunca hubiera gobernado un presidente de izquierda en Colombia, cosa que es rebatible.



    Lo otro es el cuento de la oligarquía. Cuando a los zurdos les desvirtúan el argumento de los doscientos años de la derecha gobernando, cambian la palabra por una que se ajusta mejor a las características de los que han estado en el poder, y la reemplazan por la palabra “oligarquía”: el gobierno de unas pocas personas pertenecientes a una clase social privilegiada. De esto, pues, es de lo que se ha venido quejando la izquierda, incluido el presidente, porque coinciden en que Colombia siempre ha sido manejada por oligarquías poderosas. Lo contradictorio es que ahora que son ellos los que están en el poder, se les ha olvidado que también pasaron a convertirse en una oligarquía más. Nunca antes un gobierno se había visto tan déspota, tan despreciativo, tan clasista… tan oligarca. Petro y su corte no son para nada un cambio que beneficie a los desprotegidos. Al contrario, ellos usan a los que no tienen nada para ser también otro grupo de privilegio al que no le importan las carencias de su pueblo. La izquierda ha llegado al poder en Colombia, no para gobernar bien, sino para apoderarse de toda una nación.

    Porque como todo político corrupto, al señor Petro se le olvida lo que prometió en campaña y hace exactamente lo contrario. Ahora sale con que hizo mal los cálculos, que se le despiporró la cuenta; que el Congreso no le deja hacer las reformas para su pueblo, que el empresariado, los banqueros, los grupos de poder y la oposición son los que están manipulando a una “clase media arribista” para que se pongan en su contra; que los medios de comunicación son los que ordenan a las otras ramas del poder público; que el cambio climático es culpa de los colombianos; que el capitalismo es el que ha destruido el planeta, que los combustibles fósiles son una maldición y por eso hay que subirle el precio a la gasolina, y ojalá que nadie vuelva a utilizarla. No tiene en cuenta que el problema de la inseguridad y el narcotráfico está desbordado, que las masacres han superado en el mismo lapso a las de su antecesor, que este es un país en el que aumenta el hambre por causa de sus políticas regresionistas. Petro prometió una “Colombia humana”, pero está deshumanizando el país. Otorgando prebendas a los criminales y asfixiando a la gente honesta y trabajadora lo único que va a lograr es quebrar la moral de una nación que otrora se preció de estar consagrada al Sagrado Corazón de Jesús. Ya nada de eso queda, pues con las ideas de Petro le hemos regalado nuestra alma al diablo. Ni siquiera vendido. Son las ideas que van en contra de toda lógica económica, política y moral.  



    ¿Para qué quería esta legión izquierdista llegar al poder? Recuerdo la campaña de hace un año, el despliegue de gran parte del sector de la cultura y el deporte, los artistas, los estudiantes, los artesanos, los jóvenes y los viejos decepcionados, el gremio de los educadores, de los taxistas, de los trabajadores informales; todos apostando por la campaña petrista y denigrando a los contradictores; todos esperanzados en un cambio que fue producto de su deseo y no el razonamiento frío de su cerebro. ¿Para qué todo ese despliegue de idolatría por un sujeto que al final de cuentas los iba a defraudar? Porque nada puede esperarse del que nada ha cosechado en su vida. Ningún bien puede derivarse de una energía en la que se ha concentrado el mal, el resentimiento, el odio por una patria. Si se vota por alguien con un pasado criminal del cual nunca se arrepintió, no puede esperarse otra cosa que la reivindicación de esos crímenes. Por eso Petro es bondadoso con los grupos terroristas y les otorga concesiones, mas no así con quienes de verdad solamente se han dedicado a empuñar las herramientas de trabajo en lugar de las armas. Por eso a este gobierno le gusta justificar el mal y condenar a las instituciones que se encargan de perseguirlo. Petro nunca quiso llegar al poder para servirle a los demás, sino para servirse a sí mismo. Todos veíamos su narcisismo, su egolatría, su megalomanía. Todos, excepto los petristas que se encargaron de minimizar sus defectos.



    Así que, perdedor como es nuestro presidente a pesar de que haya ganado (dudosamente) las elecciones, no queda más que esperar que al país también lo suma en la desesperanza y nos haga perder a nosotros mismos.

    ¿Por qué insistimos en cosechar lo que no hemos sembrado, en esperar buenos resultados cuando no hemos hecho méritos para ganar nada? ¿Por qué creemos que la paz total se va a lograr romantizando la guerra y el crimen? ¿Por qué se tiene fe en que se saldrá de la pobreza satanizando la riqueza de otros? ¿Por qué pensar que el éxito está de nuestro lado cuando seguimos actuando desde el fracaso? ¿Por qué se elige a un ex guerrillero para que nos gobierne sólo porque aquellos oligarcas de abolengo nos han gobernado tan mal? Somos producto de una lógica retorcida, facilista, subversiva. Nos han corrido tanto la línea del bien y el mal que nos parece loable que un hombre con odio en su corazón y sangre en las manos pueda dirigirnos.

    Eso fue lo que eligieron los colombianos hace un año, por eso votaron. ¿Por qué esperar, entonces que en un bazar de idiotas se pueda encontrar una mente brillante a precio de remate?   

    Vuelvo a mi idea inicial. El problema no era que estuvieran mandando los políticos de esta u otra ideología, que si los de derecha, que si los de izquierda. El problema está en el ADN de quienes nos gobiernan, en la naturaleza de sus ambiciones. Con el “gobierno del cambio” nada cambió, y si cambió algo no fue para bien. Gustavo Petro pasará a la historia como otro más de los peores presidentes de Colombia. Hasta ahora el peor, siendo sólo superado en esa penosa distinción por el que vendrá después de él.



    Más vale que hayamos aprendido la lección para que no volvamos a creer en los discursos de cambio que nos venden los demagogos. Ya lo decía el personaje de “El gatopardo”, la célebre novela de Giuseppe Tomasi Di Lampedusa: Es necesario que todo cambie si queremos que todo siga igual”. Pues bien, todo ha seguido igual… o peor.


 



 

 


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