El presidente Greco aspiró impaciente la raya de cocaína que minutos
antes había distribuido en línea recta sobre su escritorio, aprovechando la
intimidad de su despacho que a esa hora de la madrugada se hallaba felizmente
desolado, luego de que en el día hubieran transitado por allí un sinnúmero de
asistentes, ministros y viceministros del gabinete, directores de entidades,
líderes gremiales y sindicales, emisarios de los grupos armados y uno que otro
actor representando a la comunidad de artistas que cada tanto iba a solicitarle
apoyo económico para una cantidad de proyectos cinematográficos que al
presidente ni le interesaban.
En aquella ocasión, por fortuna, ningún funcionario de gobierno osaría llamar
o tocar la puerta de la oficina del presidente. En primer lugar, era domingo y
todos estaban descansando y seguirían descansando aún después de que saliera el
sol del lunes. En segundo lugar, Greco le tenía prohibido a sus asistentes que
lo importunaran cuando quería estar a solas en su despacho, so pena de una
sanción disciplinaria o una pérdida de investidura. Así era el presidente.
A esa hora, sin embargo, se sentía libre y redivivo, cuando nadie
deambulaba por los pasillos de Palacio y él podía, por fin, reencontrarse con
sí mismo, con la coca y con el whisky.
La primera dama continuaba ensayando una coreografía con su profesor de
baile en los pisos superiores, en donde los pasos carnavalescos hacían retumbar
la plancha de cemento que se tambaleaba cada vez más con los escándalos de la
historia patria. Las chiquillas hacían una fiesta en el salón principal. Los
ecos de un reggaetón destemplado y los gritos de un selecto grupo de jóvenes
era lo único que turbaba la paz del Palacio de Nariño. Definitivamente allí
tampoco reinaba la paz total.
Pero al presidente Greco no le atormentaban los ruidos de la fiesta ni
los pasos de baile de su señora tanto como le acongojaban sus problemas
estomacales. Su médico le había dicho que la úlcera gástrica estaba cada vez
más complicada de tratar si no le ponía freno a la ingesta de alcohol, pero el
presidente era terco y no aceptaba por ninguna razón el sacrificio de dejar de
beber. Optó mejor por destituir a su médico y hacerse a los servicios de uno
que lo aliviara sin tantas objeciones científicas.
De objeciones, debates, oposiciones, contrariedades y discusiones estaba
harto, máxime cuando era por eso que en el Congreso no le habían querido pasar
sus reformas tal cual él las había propuesto, sin cambiarles ni una coma. “¿Qué
más querían esos pícaros parlamentarios?”, se preguntaba con indignación. Su
equipo de trabajo ya les había ofrecido todo el dinero que tenía para planes
sociales; todos los puestos y las cuotas burocráticas que tenía para repartir,
y aún así los lagartos querían más, porque eran políticos insaciables y estaban
vinculados a clanes de mucha tradición oligárquica. Peces gordos, como el
director del Partido Liberal, la directora del Partido de la Unión, el
presidente de los conservadores, algunos sátrapas del Giro Racional y de los
verdes, que eran verdes por fuera y rojos por dentro, y estaban metidos en todo
lado, criticando a la derecha cuando les convenía y a la izquierda cuando no
les iba bien en el botín burocrático. Tal vez estos tibios eran, a su juicio,
los más complicados de tranzar, pues no se sabía nunca de qué lado estaban,
aunque siempre se habían reconocido como centro-izquierda. Al fin y al cabo,
todos políticos hambrientos como lo fue él en sus tiempos de parlamentario.
Pero en sus tiempos se transaban por algo menos. No se explicaba él por
qué razón, ahora que la izquierda había llegado al poder, los de la vieja
derecha se habían puesto dignos y habían ampliado el rango de sus peticiones.
Conforme la corrupción se fue normalizando, ya no era necesario hablar con
eufemismos como “auxilios parlamentarios”, “mermelada”, “platos de lentejas” ni
“participaciones burocráticas formales”. Lo que se usaba ahora eran los aportes
para conformar “la gran coalición”.
La coalición, por supuesto, debía parecer rota a los ojos del público.
Los jefes de los partidos tenían que decir que ellos iban a tener disciplina de
partido y se declararían como independientes o en oposición. Los
parlamentarios, a nivel individual, votarían las reformas como les diera la
gana. El partido no pesaba, y si no se salían unos pocos del redil, los grandes
acuerdos con la casta política no llegarían a buen término. Ahora que el
presidente era casta política y estaba en el poder y no en la oposición,
entendía lo duro que era gobernar bajo las leyes democráticas salvaguardadas
por una constitución política. Más le hubiera valido comenzar a gobernar con
los poderes especiales que pensaba solicitarle al Congreso para no tener que
contar con la voluntad de otros. Él bien podía ser autónomo y soberano sin
necesidad de división de ramas: la democracia lo había favorecido, y así debía
ser hasta su muerte y más allá.
En esas cavilaciones andaba el presidente, apurando un nuevo trago de
whisky, cuando intempestivamente sonó el teléfono. No podía ser el de su
asistente principal y jefe del gabinete, Aura Saavedra, pues esa misma semana
había tenido que prescindir de ella por el escándalo de las chuzadas ilegales a
su empleada del servicio por la cuestión de un dinero personal que a esta se le
perdió. Miró el número de la extensión y se dio cuenta que era de la oficina de
su jefe de prensa. Levantó el teléfono para regañar a su funcionario. A esa
hora no quería saber siquiera que él era el presidente.
— ¡Gonzáles, le he dicho que los domingos
no me joda con entrevistas!, ¡Mire la hora!
Pero Gonzáles no se disculpó. La frase que le soltó al presidente bastó
para justificar su interrupción.
—Vendetti está hablando. Ponga el canal de 7 Días.
Greco abrió la página del medio y se enteró
de lo que estaba pasando. Sabía lo que se le venía: la tormenta que estaba
desatando Vendetti, su embajador en República Bolivariana, sería otro escándalo
más para su gobierno. Ya se imaginaba a esa periodista que él tanto detestaba,
la que le hacía tanta oposición, la tal Jaqui Dávalos frotándose las manos con
la chiva que le estaba soltando al país. Vendetti se escuchaba como un
energúmeno hablándole a la ex jefe de gabinete del gobierno y amenazando con
contar de cómo había conseguido el dinero para financiar la campaña de Greco.
—Si nos hundimos, nos hundimos todos, ¡no
joda, hijueputa! —aullaba el embajador salido de la ropa, hablando enrevesado
también por una borrachera monumental, pero dolido hasta las entrañas con su
antigua socia, la señora Saavedra, a quien él mismo había llevado a Palacio
para que Greco la contratara y la convirtiera en la segunda mujer con más poder
en el país (después de la primera dama, por supuesto), y por quien se sentía
traicionado al ocupar esta el cargo que él hubiera querido para sí. Pero
Vendetti era un verdulero, un bocón, un buchipluma, y por más que se hacía el
guapo con una mujer, Greco sabía que no iba a poder sostenerle nada cuando lo
tuviera en frente.
—Este es mucho perro traidor —murmuró el
presidente mientras escuchaba cómo Vendetti amenazaba a Saavedra y le
recriminaba por haberle dado la espalda.
— ¡Yo les conseguí quince mil millones!
¡Ustedes son unos caremondás, y si ganaron esas elecciones fue por mí,
hijueputa! —seguía vociferando Vendetti en los audios filtrados a 7 Días.
“Aquí no va a pasar nada”, pensó Greco. “Esto
lo soluciono con un trino”. Enseguida llamó a su hija, quien cantaba a todo
pulmón y se oía, también borracha, desde el despacho presidencial. Al tercer
llamado la joven asistió.
—¿Qué pasó, padre? ¿Estamos haciendo mucho
escándalo? —preguntó la niña desde las escaleras.
—No, ¡sube! —ordenó el presidente sabiendo
que escándalo era el que se iba a armar al día siguiente.
La niña entró al despacho, y entonces Greco le pidió que se tomaran una selfie.
Luego subió la foto al twitter con un mensaje que dejaba traslucir que
él no tenía miedo. En realidad, le estaba temblando hasta la conciencia, no
tanto por las consecuencias, que sabía que no se iban a presentar, sino por el
golpe a su ya mermada imagen, que era algo que no podía tolerar. El presidente
era un narcisista que no soportaba que alguien pensara mal de él. Odiaba que el
pueblo ya no lo quisiera como lo quería un año atrás, cuando fue elegido.
La foto con su hija era para simbolizar que su hogar estaba fuerte y unido, que
ni el huracán más potente derribaría su gobierno ni su familia. Qué gran padre,
qué gran hombre se sentía. Colombia lo tendría que querer por la razón o por la
fuerza. Si los escándalos de su hijo y de su hermano —de
los que sí se hallaron pruebas de que estaban pactando con criminales— no removieron los cimientos de su poder, lo de Vendetti sería
apenas una leve brizna en una región desértica. Vendetti, cuyo apellido
procedía de Italia, quería desatar una vendetta, pero Greco también
tenía sus raíces en aquel país del Mediterráneo; también conocía la manera en
que los capos de la cosa nostra sabían ajustar sus cuentas, y ese
problema se solucionaría a la mayor brevedad. Hora de sacar su gente.
Dos semanas después, el escándalo, que había sido emitido hasta en las
cadenas internacionales, se había desvanecido como si fuera una noticia de
farándula y había sido reemplazado por otro episodio que colmaba los titulares:
esta vez se hablaba de los niños desaparecidos en la selva hacía cuarenta días
y que ¡oh milagro!, habían sido rescatados con vida por el ejército. Y justo
después se producía esa noticia luego de que Greco regresara de Cuba, en donde
estaba negociando el país con el grupo terrorista de la Milicia de Emancipación
Patriótica. La opinión pública se alegraba de que los niños estuvieran sanos y salvos,
pero se sentía defraudada porque, al parecer, los niños no estuvieron perdidos en
la selva, sino secuestrados por la MEP. O en poder del mismo Ejército Nacional, no se
sabía bien. En todo caso aparecieron por orden de Greco, con lo cual este pretendió
tapar el escándalo de su embajador Vendetti.
Pasaron muchas otras cosas en esas semanas, pero en realidad no pasó nada. El país seguía cayendo en el abismo y Greco seguía siendo el presidente. El día de la marcha que él convocó para que apoyaran a su gobierno se despachó con un discurso en el que culpó a la prensa de todos sus fracasos. La marcha no fue del pueblo, sino de los empleados públicos, de los contratistas del Estado, de los sindicatos, de los educadores zurdos que llevaron a sus estudiantes menores de edad, y cómo no, se hizo presente la “guardia campesina”, que fue traída en buses que alguien puso a su disposición. No faltaron tampoco los terroristas de ese movimiento urbano denominado “Línea de combate”, quienes atacaron a la Policía con papas bomba, como si obedecieran las órdenes de un presidente que no quiere a la propia fuerza pública que lo protege y que protege a la ciudadanía.
Finalmente, nadie pudo saber nada. Vendetti, el que podía contar y a lo
mejor comprobar ciertos hechos escabrosos, se marchó furtivamente a Turquía,
posiblemente bajo amenaza de muerte. Dijo que regresaría el martes, pero nunca
regresó. Un teniente coronel, pieza clave en la investigación por las chuzadas a
la niñera de Aura Saavedra, y quien manifestó a la Fiscalía su intención de
declarar sobre el caso, apareció misteriosamente “suicidado”. Nadie pudo
testificar contra Saavedra ni contra Greco. A una periodista le allanaron su
apartamento y se lo destrozaron sólo para advertirle que estaba jugando con
fuego, que más le valiera callarse.
El caso de las chuzadas quedó en el limbo, porque no se supo quién
dio la orden; la muerte del teniente fue un misterio sin resolver y se decretó como
suicidio, aunque todo indicaba que él jamás tuvo esa intención; la prensa
opositora al régimen de Greco comenzó a informar con miedo, y algunos periodistas
salieron del país. Los grequistas intensificaron su trabajo en las bodegas para
lavarle la cara al presidente, desprestigiando todos los días a los medios y a
los opositores.
Al
final no pasó nada, nunca pasa nada. No pasó nada en los escándalos de otros
gobiernos, y en este tampoco pasará nada. Greco puede estar tranquilo, la Comisión
de "Absoluciones" es su garantía.






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