Amigo colombiano: si usted es
de aquellas personas que se levantan temprano a trabajar, honradas, respetuosas
de la ley y la autoridad, cumplidoras de su deber, leales a su país, amorosas
con sus semejantes, nobles de corazón; en fin, si usted se considera una
persona medianamente correcta, un buen ciudadano que no le hace mal a nadie ni
tampoco se lo desea, quiero decirle que el gobierno que comenzó a regir hace casi
un año en el país cafetero (o más bien cocalero), no es para usted.
No sé si ya se habrá dado cuenta, y en tal caso sepa que lo siento mucho, pues yo también soy colombiano y temo que algo muy malo le depara a mi país. Aquí a la persona buena no se le defiende, no se le valora ni es tenida en cuenta para nada positivo, a no ser para que pague sus impuestos, cada vez más onerosos, pues estos se necesitan para mantener a los parásitos. Por el contrario, este gobierno defiende el crimen, el hampa, el modelo del mal ciudadano, el del pillo, el del ventajoso, el del resentido, el del fracasado. Este es el gobierno que promueve la envidia, la división social, el vicio, la impuntualidad, la sinvergüencería, el irrespeto, el odio de clases, la pereza, la cobardía, la rosca, la ineptitud, la estupidez; entre otras tantas cosas que nos destruyen como individuos. Todo lo que alguna vez nos enseñaron que era bueno hay que olvidarlo bajo la lógica de este gobierno: aquí todo debe ser al revés de ahora en adelante.
Quiero decirle que, aunque está en el gobierno equivocado, pudiera estar
en el país correcto. Colombia es un hermoso territorio lleno de gente buena al
que una caterva de bandidos con poder está desangrando, está disolviendo en la
pobreza y la desesperanza. Así es, mi querido compatriota: nos están quitando
nuestro país y no estamos haciendo nada por impedirlo.
Porque si algo nos ha dejado
claro este gobierno durante su primer año de mandato, es que en realidad no le
importa sacar adelante a la nación. Al contrario, lo que pretende es hundirla
en el fango del “decrecimiento”. Aquí subyace una tácita intención de
entregarle el país a los grupos terroristas y al globalismo. Entregar, por un
lado, el Estado de derecho a la delincuencia que, amparada en los “derechos”
que sólo a ella se le han concedido, gozará de privilegios, de impunidad, de
total libertad para asesinar y continuar cometiendo fechorías, de modo que cada
día incrementen las masacres para derivar en una cultura de la muerte en donde
la vida no valga nada. Al parecer, somos muchos colombianos emitiendo dióxido
de carbono por el mundo y la única manera de controlar nuestra población es
haciendo que nos matemos los unos a los otros. Precisamente, a esta política se
le conoce bajo el lema de “potencia mundial de la vida”. En manos de los delincuentes
se da inicio al reinado de la anarquía, se acrecienta el silencio de los buenos
ciudadanos ante el miedo de ser asesinados, y finalmente se sella con el diablo
un destino de perdición para este país.
Por otro lado, buscan entregar la soberanía a ciertas élites
internacionales interesadas en que la devastación sea una realidad para entrar
a comprar nuestros suelos a precio de remate, si es que antes el presidente no
se ha encargado de adelantar esta transacción con una repartición de tierras en
donde no se tenga en cuenta la propiedad privada. Socializando el país, sin
propietarios ni tenedores de por medio, a los bloques internacionales como el
Partido Comunista Chino, por ejemplo, les queda de maravilla apoderarse de nuestra
nación con la excusa de que van a realizar inversiones, aunque solamente
quieran llevarse nuestros recursos. Sería una nueva colonización, sólo que esta
vez desde el Lejano Oriente, como para mencionar el caso más probable. O tal
vez una colonización corporativa en donde el nuevo explotador no sea una nación
imperial, sino un magnate meta capitalista. En cualquiera de los dos casos, el
propósito de quebrar al país y arruinar moralmente a sus ciudadanos sirve a ese
otro propósito mayor del nuevo orden mundial.
Por eso uno entiende que el presidente que tenemos esté más interesado en destruir el país que en sacarlo adelante. Él, que quizás se odia a sí mismo, también odia a esta nación y a sus habitantes; está dispuesto a empobrecerla, a humillarla, a rebajarla y hacerla quedar en ridículo, porque cada vez que habla en nombre de Colombia no queda mal él, sino la nación que sufre por tener a un líder que da pena. De ahí que no nos extrañe el por qué propone las reformas que propone o nombra a los ministros que nombra, o por qué genera temor a los inversionistas con los discursos que pronuncia al tiempo que le pone todo en bandeja de plata a la criminalidad. Entendamos que el presidente tiene un propósito deconstructivista con el cual busca implantar su mentado “cambio”. Y deconstruir es igual que destruir.
Mientras a usted —estimado
compatriota que devenga un salario mínimo o un poco más— le toca esforzarse por
ganar su pan (y eso dándose por bien servido de que por lo menos tiene trabajo),
un “padre de la patria” se gana el equivalente a cuarenta veces lo que usted
gana, y muchas veces sin asistir a las plenarias ni cumplir con su obligación
de legislar, o en su defecto legislando para atentar contra la persona de bien.
Por ejemplo, se acaba de aprobar un “pequeño aumento” de cinco millones de
pesos al salario de cada uno de nuestros honorables congresistas, incluyendo
el respectivo retroactivo. Pero no crean que eso sale así no más. Para
poder pagar dicho aumento de sueldo a los políticos hay que aumentar el precio
de la gasolina, de los peajes, de los impuestos, de la comida. Hay que incrementar
las tarifas de los servicios, de la ropa y la recreación; ponerle trabas al
buen ciudadano, que es el que paga todo. Asimismo, es él quien pagará los
subsidios a los delincuentes para que “no maten más”. Es la doble vacuna: la
que cobran los bandidos y la que por derecha cobra el gobierno para darle a los
bandidos. Así, no hay ciudadano honesto que resista.
Y ni qué decir de ese mecanismo que sirve para comprar las conciencias de los más pobres: el subsidio. Invento que ha funcionado en todos los gobiernos y que en este no podía ser la excepción. Con este instrumento se encarga el poder de mantener a sus votantes y a sus aduladores para perpetuarse indefinidamente. Para completar la estrategia, se compra a miles de activistas prepago que trabajan a veces dando la cara y a veces desde el anonimato, con centenas de dispositivos desde los cuales manipulan la opinión. En otros casos crean cuentas falsas que automáticamente interfieren para generar ruido en cuanta información no les conviene. Porque si de algo sabe este gobierno, es de desprestigiar al contrario y ensalzarse a sí mismo, igual que se viene haciendo en política desde hace muchos años, cuando ni existían las redes sociales. Sólo que muchos creyeron ingenuamente en un "cambio" para bien, y resultó ser un cambio para mal.
De manera, mi querido
compatriota honesto, que aquí no seremos tenidos en cuenta los defensores de la
“libertad y el orden”. Vamos viendo para dónde es que tendremos que movernos,
pues será cuestión de meses para que comience la estampida colombiana: por
ahora no hay forma de que este gobierno sea removido del poder, ya que ha cooptado
las instituciones y tomado control de las fuerzas militares. Las próximas
elecciones regionales, aunque nadie en el país vote por ellos, serán ganadas
por los candidatos del gobierno. Ya lo veo venir con el pesimismo tan realista
que me caracteriza. Acaba de pasar en España, donde nadie quiere al gobierno
socialista de Pedro Sánchez, pero los partidos de oposición fracasaron y ganó nuevamente el socialismo. Lamentablemente ocurrirá en Colombia, y espero equivocarme.
Si no elegimos bien en
octubre, y vuelven las regiones a quedar en manos de esta izquierda progre-socialista, no tiene caso seguir dando la batalla por este país que habrá sellado su ruinoso
destino. No tiene caso que yo continúe con una columna política semanal, ni que
se siga poniendo en evidencia la farsa petrista. A menos que haya un fraude, el
cual debe ser investigado para comprobarse, y en caso tal resistirnos a aceptar
los resultados; a menos que pase eso, pensaré que esto es lo que la gente
quiere, que nos gusta vivir sin libertad, dominados por el miedo, chantajeados
por un subsidio, entregados al mal y resignados a vivir en dictadura. O si no
pregúntenle a los hermanos cubanos y venezolanos lo que es disfrutar de las
mieles del socialismo.
Dinero para los malos, garrote para los buenos: esa es la política del gobierno comunista de Gustavo Petro. En un país así no se puede salir adelante obrando correctamente. Nadie querrá portarse bien: aquí todos quieren convertirse en cerdos.






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