sábado, 29 de julio de 2023

Un gobierno para cerdos

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Amigo colombiano: si usted es de aquellas personas que se levantan temprano a trabajar, honradas, respetuosas de la ley y la autoridad, cumplidoras de su deber, leales a su país, amorosas con sus semejantes, nobles de corazón; en fin, si usted se considera una persona medianamente correcta, un buen ciudadano que no le hace mal a nadie ni tampoco se lo desea, quiero decirle que el gobierno que comenzó a regir hace casi un año en el país cafetero (o más bien cocalero), no es para usted.

    No sé si ya se habrá dado cuenta, y en tal caso sepa que lo siento mucho, pues yo también soy colombiano y temo que algo muy malo le depara a mi país. Aquí a la persona buena no se le defiende, no se le valora ni es tenida en cuenta para nada positivo, a no ser para que pague sus impuestos, cada vez más onerosos, pues estos se necesitan para mantener a los parásitos. Por el contrario, este gobierno defiende el crimen, el hampa, el modelo del mal ciudadano, el del pillo, el del ventajoso, el del resentido, el del fracasado. Este es el gobierno que promueve la envidia, la división social, el vicio, la impuntualidad, la sinvergüencería, el irrespeto, el odio de clases, la pereza, la cobardía, la rosca, la ineptitud, la estupidez; entre otras tantas cosas que nos destruyen como individuos. Todo lo que alguna vez nos enseñaron que era bueno hay que olvidarlo bajo la lógica de este gobierno: aquí todo debe ser al revés de ahora en adelante.



    Quiero decirle que, aunque está en el gobierno equivocado, pudiera estar en el país correcto. Colombia es un hermoso territorio lleno de gente buena al que una caterva de bandidos con poder está desangrando, está disolviendo en la pobreza y la desesperanza. Así es, mi querido compatriota: nos están quitando nuestro país y no estamos haciendo nada por impedirlo.

    Porque si algo nos ha dejado claro este gobierno durante su primer año de mandato, es que en realidad no le importa sacar adelante a la nación. Al contrario, lo que pretende es hundirla en el fango del “decrecimiento”. Aquí subyace una tácita intención de entregarle el país a los grupos terroristas y al globalismo. Entregar, por un lado, el Estado de derecho a la delincuencia que, amparada en los “derechos” que sólo a ella se le han concedido, gozará de privilegios, de impunidad, de total libertad para asesinar y continuar cometiendo fechorías, de modo que cada día incrementen las masacres para derivar en una cultura de la muerte en donde la vida no valga nada. Al parecer, somos muchos colombianos emitiendo dióxido de carbono por el mundo y la única manera de controlar nuestra población es haciendo que nos matemos los unos a los otros. Precisamente, a esta política se le conoce bajo el lema de “potencia mundial de la vida”. En manos de los delincuentes se da inicio al reinado de la anarquía, se acrecienta el silencio de los buenos ciudadanos ante el miedo de ser asesinados, y finalmente se sella con el diablo un destino de perdición para este país.



    Por otro lado, buscan entregar la soberanía a ciertas élites internacionales interesadas en que la devastación sea una realidad para entrar a comprar nuestros suelos a precio de remate, si es que antes el presidente no se ha encargado de adelantar esta transacción con una repartición de tierras en donde no se tenga en cuenta la propiedad privada. Socializando el país, sin propietarios ni tenedores de por medio, a los bloques internacionales como el Partido Comunista Chino, por ejemplo, les queda de maravilla apoderarse de nuestra nación con la excusa de que van a realizar inversiones, aunque solamente quieran llevarse nuestros recursos. Sería una nueva colonización, sólo que esta vez desde el Lejano Oriente, como para mencionar el caso más probable. O tal vez una colonización corporativa en donde el nuevo explotador no sea una nación imperial, sino un magnate meta capitalista. En cualquiera de los dos casos, el propósito de quebrar al país y arruinar moralmente a sus ciudadanos sirve a ese otro propósito mayor del nuevo orden mundial.

    Por eso uno entiende que el presidente que tenemos esté más interesado en destruir el país que en sacarlo adelante. Él, que quizás se odia a sí mismo, también odia a esta nación y a sus habitantes; está dispuesto a empobrecerla, a humillarla, a rebajarla y hacerla quedar en ridículo, porque cada vez que habla en nombre de Colombia no queda mal él, sino la nación que sufre por tener a un líder que da pena. De ahí que no nos extrañe el por qué propone las reformas que propone o nombra a los ministros que nombra, o por qué genera temor a los inversionistas con los discursos que pronuncia al tiempo que le pone todo en bandeja de plata a la criminalidad. Entendamos que el presidente tiene un propósito deconstructivista con el cual busca implantar su mentado “cambio”. Y deconstruir es igual que destruir.



    Mientras a usted —estimado compatriota que devenga un salario mínimo o un poco más— le toca esforzarse por ganar su pan (y eso dándose por bien servido de que por lo menos tiene trabajo), un “padre de la patria” se gana el equivalente a cuarenta veces lo que usted gana, y muchas veces sin asistir a las plenarias ni cumplir con su obligación de legislar, o en su defecto legislando para atentar contra la persona de bien. Por ejemplo, se acaba de aprobar un “pequeño aumento” de cinco millones de pesos al salario de cada uno de nuestros honorables congresistas, incluyendo el respectivo retroactivo. Pero no crean que eso sale así no más. Para poder pagar dicho aumento de sueldo a los políticos hay que aumentar el precio de la gasolina, de los peajes, de los impuestos, de la comida. Hay que incrementar las tarifas de los servicios, de la ropa y la recreación; ponerle trabas al buen ciudadano, que es el que paga todo. Asimismo, es él quien pagará los subsidios a los delincuentes para que “no maten más”. Es la doble vacuna: la que cobran los bandidos y la que por derecha cobra el gobierno para darle a los bandidos. Así, no hay ciudadano honesto que resista.



    Y ni qué decir de ese mecanismo que sirve para comprar las conciencias de los más pobres: el subsidio. Invento que ha funcionado en todos los gobiernos y que en este no podía ser la excepción. Con este instrumento se encarga el poder de mantener a sus votantes y a sus aduladores para perpetuarse indefinidamente. Para completar la estrategia, se compra a miles de activistas prepago que trabajan a veces dando la cara y a veces desde el anonimato, con centenas de dispositivos desde los cuales manipulan la opinión. En otros casos crean cuentas falsas que automáticamente interfieren para generar ruido en cuanta información no les conviene. Porque si de algo sabe este gobierno, es de desprestigiar al contrario y ensalzarse a sí mismo, igual que se viene haciendo en política desde hace muchos años, cuando ni existían las redes sociales. Sólo que muchos creyeron ingenuamente en un "cambio" para bien, y resultó ser un cambio para mal.

   De manera, mi querido compatriota honesto, que aquí no seremos tenidos en cuenta los defensores de la “libertad y el orden”. Vamos viendo para dónde es que tendremos que movernos, pues será cuestión de meses para que comience la estampida colombiana: por ahora no hay forma de que este gobierno sea removido del poder, ya que ha cooptado las instituciones y tomado control de las fuerzas militares. Las próximas elecciones regionales, aunque nadie en el país vote por ellos, serán ganadas por los candidatos del gobierno. Ya lo veo venir con el pesimismo tan realista que me caracteriza. Acaba de pasar en España, donde nadie quiere al gobierno socialista de Pedro Sánchez, pero los partidos de oposición fracasaron y ganó nuevamente el socialismo. Lamentablemente ocurrirá en Colombia, y espero equivocarme. 



    Si no elegimos bien en octubre, y vuelven las regiones a quedar en manos de esta izquierda progre-socialista, no tiene caso seguir dando la batalla por este país que habrá sellado su ruinoso destino. No tiene caso que yo continúe con una columna política semanal, ni que se siga poniendo en evidencia la farsa petrista. A menos que haya un fraude, el cual debe ser investigado para comprobarse, y en caso tal resistirnos a aceptar los resultados; a menos que pase eso, pensaré que esto es lo que la gente quiere, que nos gusta vivir sin libertad, dominados por el miedo, chantajeados por un subsidio, entregados al mal y resignados a vivir en dictadura. O si no pregúntenle a los hermanos cubanos y venezolanos lo que es disfrutar de las mieles del socialismo.

    Dinero para los malos, garrote para los buenos: esa es la política del gobierno comunista de Gustavo Petro. En un país así no se puede salir adelante obrando correctamente. Nadie querrá portarse bien: aquí todos quieren convertirse en cerdos.

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