La filosofía y ciertas
vertientes de la psicología nos enseñan que del poder interior nace la voluntad
para aprender, crear, crecer, progresar, soportar los dolores, superar los
vicios y las dificultades, restablecer la salud, mejorarse, renovarse… en últimas,
nace la voluntad del hombre para vivir con entereza. Siempre de esa fuerza que
proviene desde lo más hondo del ser, que es su espíritu mismo. De lo contrario,
la especie humana no habría sido capaz de crear ni de transformar el mundo que
ha habitado por siglos. No habría podido evolucionar ni desarrollarse ninguna
civilización sobre la faz de la tierra.
Y cuando digo evolución humana
no me estoy refiriendo al logro de la perfección, de la cual estamos bastante lejos
los individuos. Si admitimos que nuestros hechos en la Historia dejan mucho que
desear y que más bien nos delatan como sujetos que se encaminan hacia una
completa involución, dejamos en claro que ninguna humanidad es perfecta, puesto
que carecemos de la divinidad de los dioses. Aún así, también hay que reconocer
que el Hombre, a pesar de su naturaleza caída y su desviación innata, ha
logrado cosas grandes para el progreso de la humanidad, tanto a nivel material
como a nivel espiritual. El hecho de que un puñado de esa creación imperfecta
manche con sus aberraciones el legado de los hombres buenos, no quita que en
verdad la mayoría de estos hayan pasado por el planeta plantando su semilla
para beneficio e inspiración de las generaciones posteriores.
Y eso parece olvidarlo muy a menudo
el individuo que nos representa en esta contemporaneidad. El hombre posmoderno
se siente el centro del mundo y no se ocupa más que de mirarse su propio
ombligo cuando asume que todo lo existente siempre ha sido tal cual es ahora:
la Historia, los descubrimientos, las máquinas, el orden mundial, el sistema de
vida. Cree que antes de él no hubo nada importante para edificar el mundo en el
que hoy se desenvuelve; que un invento tan relativamente reciente como el
internet, por ejemplo, ha sido cosa de toda la vida y que es normal que esté
ahí, siempre, al alcance de la mano.
Hoy, cuando la innovación
tecnológica se ha empeñado en sorprendernos —y hasta asustarnos al pensar en la
posibilidad de que esta misma nos desplace—, se evidencia más que nunca el progreso
científico y material, hasta el punto de que el Hombre ha jugado a ser Dios y
se ha arrogado la potestad de ser su propio creador, incluso con
características mejoradas. El transhumanismo, que ya es una posibilidad real,
nos alerta sobre el peligro de desaparecer como especie natural cuando a través
de procesos de nanotecnología e ingeniería genética se le puedan modificar los
genes defectuosos a los futuros sujetos, y de allí llegar a crear un Superhombre. Muy
diferente a aquel del que hablara Nietzsche en su momento, porque este Superhombre
con poderes especiales no permitiría “la muerte de Dios”, ya que él es un dios
en sí mismo. Si la humanidad apunta a eso, ¿qué aliciente tiene ser una persona
normal, de carne y hueso, que no se ha sometido a ningún tipo de mejora
artificial y que por tanto no gozará de las ventajas de los transhumanos?
Y he aquí que conecto el
párrafo inicial con el cual comencé esta entrada, en el que ponderaba la fuerza
interior y la ayuda que prestan materias como la filosofía, la psicología, la
teología y demás ciencias humanas, con el punto al cual quiero llegar, y es que
si el futuro nos depara una humanidad cada vez menos humana, habrían sólo dos
cosas que podrían salvarla de su decadencia y posterior desaparición: su fe en
Dios, como primera medida, y la fe en su poder interior expresada en la
voluntad para actuar conforme al orden natural de las cosas: es el orden que nos
dice que somos mortales y que hemos de cumplir una misión en esta tierra sin
trasgredir la misión de los demás.
Y ese poder interior llamado “voluntad”, nos dice Ryan Holiday, autor del libro El obstáculo es el camino, “no debe verse afectado nunca por el mundo exterior… la verdadera voluntad es callada humildad, resistencia y flexibilidad…es disciplina”.[1] Al respecto, este autor que promueve la escuela estoica nos conmina a pensar que la voluntad tiene más que ver con la capacidad para detenerse o capitular, que con el ansia para desear algo o con el impulso con el que se actúa en pos de ese deseo. Que está más orientada a enfrentar la adversidad y la agitación antes que propender por el buen ánimo con el que el ser humano asimila la felicidad y la buena estrella. La voluntad como medio para controlarse en lugar de ser el detonante que permite entrar en acción sin un mínimo de razonamiento. El resorte que está más ligado al carácter que al temperamento.
Insisto: la tecnología moderna
nos ha hecho pensar que controlamos el mundo. Nada más lejos de la realidad. De
hecho, no controlamos nada, pero sí somos controlados por la tecnología. Por
más que se haya avanzado en las técnicas de clonación y de crear a partir de un
embrión a un hombre a imagen y semejanza de Dios, lo cierto es que nadie puede
regresar de la muerte; a nadie se puede resucitar.
Pero Dios le dio libre
albedrío al Hombre, que es esa misma voluntad para decidir qué hacer y qué
camino elegir. Por ello uno no entiende cómo es que la mayoría de los mortales hemos
elegido el camino de la complacencia, el del placer a corto plazo, el de la
comodidad. Esta reflexión me recuerda una frase de Séneca en la que decía que
“necesariamente consideran corta toda existencia quienes la miden de acuerdo
con sus placeres ilusorios, y por lo mismo insaciables.”[2] Es volver al lema
hedonista de “la vida es un ratico”, “sólo existe el ahora”, “nuestra vida es
un eterno presente”. Y claro que el momento presente se debe aprovechar; valorar
en su justa medida, pero cuando se reduce el propósito de vida al mero hecho de
agotar el paquete completo de dichas y placeres en una corta cantidad de tiempo
y con la mentalidad de que no nos alcanzarán los días para hacerlo, reafirmamos
el adagio popular del “comamos y bebamos que mañana moriremos”. Como si en
realidad no hubiera un mañana; como si no existiera otra dimensión de la
existencia; como si la consigna de la “vida buena”, del “vivir sabroso”, fuera
una especie de precepto obligatorio para ser feliz, y quien no lo aplicase a
rajatabla sencillamente estaría perdiendo sus horas de existencia por andar
respirando en vano.
¿Y qué sucede si no se cumplen
esos deseos terrenales que la mayoría de la gente tiene en mente; si no se
logran esas metas altas que se gestaron del propio poder interior de los
humanos para hacer realidad unos sueños que le pertenecieron en principio a
otros y de los que la masa se quiere apropiar como si fuera eso lo único que le
proporcionara felicidad a la especie entera? ¿Qué pasa si se prescinde del
placer, de la poesía, de la belleza, de la naturaleza, de la buena vida, la
comida, el arte y la prosperidad? ¿Acaso valen menos esas vidas que las que
optaron por la empresa del riesgo, la adrenalina y las pasajeras sensaciones por
la necesidad de sentir que realmente estaban vivos?
La respuesta es que no pasa
absolutamente nada. Tampoco por ello deja de tener sentido la vida, ni se
vuelve la existencia ruin.
Porque ni siquiera los
recuerdos de glorias pasadas le quedan al fulano que tiene que enfrentarse con
la muerte. De ella no se sale vencedor, y en todo caso a ella sucumbiremos. No
importa si se fue feliz, si se hizo lo que se quiso, si no se consiguió absolutamente
nada. No importa, pues al fin y al cabo no es esta vida corpórea la que cuenta.
Al final retornamos a la misma inexistencia de la que procedemos, de modo que
¿para qué el afán?
[1] Youtube. [Audiolibros
azur]. (15 de julio de 2023). “El arte inmemorial de convertir las pruebas
en triunfo”. El obstáculo es el camino. Ryan Holiday. [video] 2:53:30
https://www.youtube.com/watch?v=gXH-WWejKOY&t=3250s
[2] Lucio Anneo Séneca. Cartas filosóficas. Santo Domingo. Biblioteca Digital Minerd-Dominicana Lee. (s.f), pág. 123 de la edición electrónica descargada de: https://ministeriodeeducacion.gob.do/docs/biblioteca-virtual/EzqD-seneca-lucio-anneo-cartas-filosoficaspdf.pdf





No hay comentarios.:
Publicar un comentario