Digamos que la chica de la
historia que a continuación voy a relatar se llama Susana. Susana es una
adolescente hermosa, rebelde, extrovertida e inquieta. Como la mayoría de las
adolescentes de su edad, se ha hecho regalar un celular de última tecnología
por parte de sus padres. Ya desde muy niña sabía maniobrar con perfección el
dispositivo de su madre cuando lograba que esta se lo prestara después de mucho
rogarle, o cuando se lo sacaba a hurtadillas para revisar sus redes sociales.
Tanto imploró Susana por un aparato propio, que al final sus padres terminaron
cediendo y le compraron el de más alta gama como regalo por la fiesta de sus
quince.
Susana comenzó a realizar toda clase de bailes
y representaciones “artísticas” en su red social favorita (Tik Tok) para
obtener la aprobación de sus amigos. Poco a poco sus videos fueron haciéndose
virales entre los estudiantes del colegio y después entre toda la comunidad adolescente
del pequeño pueblo en el que vivía. Comenzó a ser conocida como Susana, la
tiktokera, pues cada día se inventaba un nuevo baile, un nuevo reto, un nuevo
tutorial de maquillaje, una fonomímica burda, o una nueva historia para subir a
sus propias páginas, incluyendo fotos y estados de cómo se sentía cada cinco
minutos. Se volvió tan adicta a las redes sociales, que terminó por convertirse
en una generadora de contenido para el público juvenil, lo cual se le convirtió
en un compromiso prioritario.
Pero llegó el día en que ya no
fueron suficientes las monerías bailables ni las sesiones de maquillajes
ridículas, ni las mímicas de canciones pegajosas. Sus seguidores le dejaban en
los comentarios que querían verla en otra faceta más sensual, más “artística”,
aprovechando su talento y su belleza. Le reclamaban por el exceso de ropa, y
así fue como ella se ideó la forma para complacerlos revelando su cuerpo un
poco más de lo acostumbrado. De inmediato notó que la audiencia crecía cuando hacía
determinados bailes en pantaloncitos cortos y blusas escotadas, pero una vez
saciada la novedad, las vistas comenzaban a descender.
Desesperada por obtener cada vez más likes, Susana probó un día a ejecutar un paso de reggaetón metida a presión en una tanga brasilera que le dejaba ver el esplendor de sus carnes tiernas, poniéndose de espaldas y despojándose de una blusa ombliguera que al sacársela completamente permitía la exhibición de su espalda suave, tersa y morena a los espectadores que soñaban con tener a Susana entre sus brazos. El número finalizaba con ella arrojando la blusa sobre la cámara para que no se le vieran sus pechos, y ahí terminaba todo. Varias veces lo practicó la joven en su habitación, aprovechando que sus padres salían a trabajar y ella quedaba a sus anchas en la casa, pues de otro modo sus progenitores se habrían dado cuenta de lo que hacía. Desde luego, las horas que antes le dedicaba al estudio quedaron sepultadas por las que ahora le dedicaba a las redes sociales: Susana se estaba tirando el año académico, pero aquello parecía no importarle, pues la mayoría de sus compañeras atravesaba por una situación similar. Más de una, viendo el éxito de su compañera en las redes, decidió volverse también “creadora de contenido”.
Los profesores no entendían
por qué sus alumnos no podían con los temas que trataban de enseñarles. A pesar
de que habían probado todos los métodos habidos y por haber de la pedagogía
moderna, el aprendizaje cada vez se hacía más difícil. Los muchachos se veían
pálidos, mal dormidos, distraídos, sin ganas de asimilar nada. Las muchachas,
en cambio, se veían rozagantes, lozanas, pero igualmente desconcentradas y embrutecidas,
además de que despertaban en los demás una sensualidad y un dejo de erotismo
provocador completamente discordante para la edad que tenían.
Con el paso de los días,
Susana aumentó la intensidad de sus escenas de baile. Ya no hacía un video
corto de vez en cuando, sino que todos los días se dio a la tarea de ingeniarse
un paso diferente, con un vestuario cada vez más sugestivo para mantener complacidos
a sus seguidores. Llegó el momento en que se dio cuenta de que lo que hacía no debía
estar muy bien, y que incluso ella no lo estaba disfrutando tanto como al
principio, pero se propuso que sus videos fueran los más vistos en
comparación con otras “creadoras de contenido” de renombre a las que consideró
como su competencia. Ella debía de tener más visualizaciones que cualquiera, y
de este modo entró en una carrera que la llenó de inseguridades y le mandó al
suelo su autoestima. Observó preocupada que sus cifras no aumentaban en
proporción a lo que ella deseaba, y que de hecho sus videos eran cada vez menos
vistos cuando repetía los bailes que antes le habían elevado la popularidad. Ya
no le daban tantos likes como antes, y aquello hizo que Susana entrara
en pánico. Si obtenía menos de cien “me gusta” en los posteos que publicaba, de
inmediato los borraba, sintiéndose inútil y desdichada.
Por otro lado, los seguidores ya no querían bailes en tangas, sino verla desnuda completamente. Y no sólo verla, sino tenerla. Hubo alguno que otro que le ofreció el oro y el moro para que la pequeña Susana se dejara acariciar por él. Las redes convencionales ya no le permitían a ella exhibirse más de lo que podía, de modo que abrió una cuenta en Only Fans para mostrarse como Dios la trajo al mundo y monetizar mucho más de lo que monetizaba con Tik tok o con cualquiera de esas redes que ya no le representaban los ingresos suficientes para alcanzar las metas financieras que se propuso.
Fue de esta forma como Susana
se convirtió en una aclamada modelo Web Cam antes de cumplir la mayoría de
edad, ganando incluso mucho más dinero que sus dos padres juntos.
Pero no se crea que Susana
solamente tuvo que desnudar su intimidad frente a las cámaras. Al entrar al
mundo de la pornografía virtual tuvo que hacer performances con chicos y
chicas de su misma edad en los cuales debía tener relaciones sexuales reales
para que depravados desde el otro lado del planeta se pudieran divertir. Poco a
poco Susana se fue acostumbrando a esas escenas hasta que la desnudez y el sexo
le parecieron lo más natural del mundo, lo más cotidiano, y llegado al punto, lo
más aborrecible también, pues perdió la capacidad de amar y de sentir a través
de la entrega sexual. Nunca vio el sexo más allá de una mera una transacción
mercantil por la cual ella ofrecía su cuerpo y el cliente pagaba por verlo. A
veces por poseerlo. Eso era todo.
No obstante haber entregado su
intimidad, haber dejado profanar su cuerpo de manera artificiosa y mecánica,
Susana nunca dejó de medir su valor por los indicadores de sus redes sociales.
Se sentía vacía por dentro, había caído en depresión, se había distanciado de
su familia por la vida que había decidido llevar, no tenía ningún amigo
verdadero, sólo seguidores virtuales. Todo ello la condujo a probar otros
vicios aparte del sexo, como lo fueron las drogas. Esto último la sumió en un
círculo que se retroalimentaba por efecto de la compensación inmediata. Si sus
seguidores mermaban y ello la conducía a sentirse mal por la incapacidad para
retenerlos, las drogas le generaban la dopamina suficiente para sentirse de nuevo
contenta y ensayar otra escena que le permitiera recuperar las cifras perdidas
de vistas o de “me gusta”. Susana no quería perder vigencia, no soportaba ser
olvidada por ese cúmulo de jueces anónimos que la ponderaba según el contenido
que ella les ofreciera. Ahí quedaba toda su valía.
Al principio fueron selfies
arriesgadas en peñascos abismales, a punto de tirarse al mar profundo, al borde
de ser devorada por una fiera salvaje en un zoológico inseguro, o desafiando la
velocidad en una motocicleta de alto cilindraje.
De alguna manera, Susana tenía
que captar la atención de sus seguidores. Si la perdía, era perderse a sí
misma, pues a menos que mantuviera el interés de su público desconocido, ella no consideraba que podía llegar a ser valiosa.
Pero la atención y el interés
se pierden porque es imposible mantenerse vigente en un mundo donde nada
existe, donde solo se vive de la inmediatez y nada es trascendente en lo
absoluto. En ese mundo paralelo y gaseoso se perdió el alma de Susana. Se perdió
su bienestar emocional, su capacidad para relacionarse, su intimidad, su propia
imagen, pues todas las fotos que publicaba de sí misma ejecutando retos siempre
fueron retocadas y los videos editados para parecer atrevida y diferente.
El último video fue para desafiar la muerte, uno de sus retos finales. Tenía que tomarse unas cien pastillas antidepresivas y filmar su propio suicidio en vivo. Lo había anunciado hasta el cansancio: cuando tuviera unas diez mil personas conectadas al directo haría el reto más peligroso de su vida. Al fin Susana sería admirada por una copiosa multitud; al fin tendría la atención de diez mil personas al tiempo para mirar cómo ella se envenenaba con barbitúricos y se despedía de este mundo. El morbo de sus seguidores la conminaba a que siguiera adelante, a que no tuviera miedo a desafiar la muerte. La recompensa sería el respeto y la atención imperecedera que Susana tanto necesitaba, no sólo para vivir, sino también para morir.
Por un designio del destino,
Susana no murió cuando se tragó las pastillas en la soledad de su cuarto.
Alguien, tal vez un vecino, la encontró cuando a la píldora número quince ya se
le había perforado el intestino y no pudo seguir ingiriendo más, porque cayó babeando
en medio de un ataque de epilepsia. La transmisión en vivo continuaba y ninguno
de los seguidores se había perdido del espectáculo. Comentaban morbosos sobre
la belleza de su muerte, le enviaban likes, corazones y hasta carcajadas
con lágrimas. Los paramédicos que llamó el vecino se la llevaron a la clínica,
y allí le salvaron la vida después de haber pasado por una severa infección de
peritonitis.
Se salvó de milagro, pero Susana
no quedó bien, nunca volvió a ser la misma. La sobredosis del medicamento
afectó sus neuronas y su mirada quedó perdida por completo. Se habló en alguna
junta médica de una pérdida irrecuperable de la zona del cerebro en que se almacena
la memoria. Se olvidó quién era ella, quiénes sus padres, quiénes las pocas
personas que la conocían y en algún momento habían tratado de brindarle algún consejo.
Susana terminó recluida en un
centro para personas con problemas mentales, pero nunca más se recuperó. Su
capacidad para poner atención se perdió por completo. Esa atención por la que
tanto luchó desde muy joven, ahora no la tenía ni siquiera para sí misma.
Todo por exponerse
excesivamente a las redes, al juicio de unos internautas cuya opinión no valía
nada. Por ese puñado de espectadores desocupados malogró su autoestima, regaló
su intimidad en busca de aprobación, y al final, viendo que no era lo
suficientemente aprobada, decidió jugar a los dados con el diablo.
Sí, Susana fue una adicta a la
atención, y como ya no la podía obtener por sus bailes sensuales, por sus
videos porno o por sus retos arriesgados, trató de conseguirla jugándose la
vida.
Esta historia, que no es nada
original, y que de hecho es inspirada en los casos que se conocen en la
realidad, es la historia de millones de jóvenes que se han vuelto adictos a las
redes sociales por el mundo. Los estudios han confirmado el peligro de esta
nueva adicción, pero no existe ningún gobierno interesado en combatirla. Al
contrario, cada vez más se promueve el uso de la tecnología sin alertar sobre
sus peligros. Queda en manos de los padres de familia regular el uso de esta
potencial arma en el seno de sus hogares. De lo contrario, la epidemia se seguirá
extendiendo como una droga de las más letales, causando depresión, disgregación
familiar, violencia, irritabilidad, falta de aceptación, inadaptación, confusión
sexual, entre otros trastornos psicológicos.
Es hora de detener este
contagio social, limitar el uso del internet, de la televisión, de los
videojuegos, de las redes sociales, de las pantallas en general. No tenemos
idea de cuánto nos merman la actividad cerebral estas puertas de entrada a la
adicción del siglo XXI. El camino es tomar conciencia y educarse
responsablemente sobre los riesgos que toda esta tecnología implica.
Porque si tanto tiempo nos demandan
estas invenciones, al punto de hacernos perder contacto con la realidad, es porque algo
malo hay oculto en todo ello. Ya lo dice el sabio y popular refrán: “De eso tan
bueno no dan tanto”, y créanme que tanta conectividad, tanta interacción
virtual y tanta red social termina irremediablemente mal. Y de eso tan malo sí
dan bastante.







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