sábado, 28 de octubre de 2023

El juego de la democracia

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Y nuevamente, el juego se repite.

    Mañana 29 de octubre los colombianos volveremos a jugar en las urnas a ese juego que se llama Democracia. Es la fecha para elegir a los alcaldes, gobernadores, concejales, diputados y ediles de todas las regiones de nuestro país.

    Y cuando digo “juego” no lo estoy diciendo en juego, sino totalmente en serio. Nuestra democracia tiende cada vez más a ser una representación simulada, recreativa, falsa y manipulada de la decisión que supuestamente el pueblo tiene para elegir a sus gobernantes.



    En primer lugar, no en todo el país se van a realizar elecciones libres por aquello de que ya en algunas zonas de este, especialmente en la periferia, quienes mandan son los grupos armados: Farc, ELN, disidencias, clanes y demás organizaciones del narcotráfico. Estos ya saben cómo constreñir a los habitantes de los pueblos abandonados y carentes de autoridad legítima para que voten por los candidatos que ellos les impongan. Y ya sabemos de qué alianza son esos candidatos. Sabemos, también, qué facción es la que se beneficia de ese constreñimiento. La opción es muy simple: o votan por el fulano de su ideología, o de lo contrario se atienen a las consecuencias que acarrean muerte. No se puede hablar del derecho a votar con libertad cuando no se es libre de ejercerlo. Ahí no hay elección ninguna, porque a los ciudadanos, atemorizados, no les dan opción a elegir. De ahí mi primer argumento de que la democracia es un juego: uno muy peligroso que puede costar la vida si no se marca la equis en el recuadro previamente señalado, no sea que esa equis se convierta en una cruz.



    Luego están los desinformadores, los que juegan sucio, los que hacen campaña con mentiras y triquiñuelas. Para ello se valen de esa poderosa arma que ha sido letal en las elecciones del primer cuarto de este siglo: las redes sociales.

    El político en campaña pone a su equipo, no para que trabaje en beneficio de su candidatura, haciendo conocer su plan de gobierno, socializando sus propuestas y demás, sino para esculcarle al contendor hasta lo más íntimo de su vida con el fin de encontrar en el más leve resquicio cualquier pequeña mancha que pueda afectar la imagen del contradictor. Esa debilidad se engrandece, entonces, a través del rumor, del desprestigio y la cizaña. El resultado: los votos que deja de ganar el oponente sirven a la causa propagandística, por cuanto no se suma, pero se pone a restar en las toldas contrarias.

    Fíjense no más lo que hicieron el año pasado durante la campaña presidencial con algunos candidatos como Sergio Fajardo o Federico Gutiérrez, a quienes los amigos del mal llamado “Pacto Histórico” se encargaron de “quemar” en las urnas como resultado de una agresiva operación de desprestigio, en donde ellos mismos afirmaron que la línea ética, en este caso, “había que correrla un poco”. En otras palabras, que tenían que ser tramposos, sucios y mentirosos. El actual presidente de Colombia le debe mucho a esa falta de ética, aunque él se lava las manos de todo cuanto pueda salpicarlo. Pese a ello, ya sabemos muchas de las pillerías que este gobierno ha querido ocultar bajo el tapete, pero que son de abierto conocimiento público.



    En tercer lugar, la perversión de la democracia hace que esta se convierta en un juego que gana el que más pueda comprar votos. Tanto el que está dispuesto a venderse por cincuenta mil pesos, un tamal, o un bulto de cemento, como el que tiene los medios para sobornarlo, son actores que están a la orden del día en toda elección, máxime cuando es de carácter regional. Si uno mira los candidatos de ciertos municipios encontrará que no puede faltar el politiquero de toda la vida o su familiar delegado; el dueño del clan; el representante de algún mafioso interesado; el dueño de la empresa que hace chanchullo; el que representa a cierto sector gremial que lo ha patrocinado; el recomendado del gamonal, entre otras ratas de esta fauna de la vida política nacional.

    Y si se mira a quienes reciben del otro lado los efímeros incentivos, se encontrará uno con personajes que no han logrado salir de la caverna de la ignorancia y la indiferencia; con una clase excluida de la cual la misma política se aprovecha y se seguirá aprovechando, pues lo que le conviene es que siga existiendo ese nivel de desarraigo del ciudadano para con su patria y sus instituciones. Por ello se valen del pobre, del ignorante y del que incluso por rabia, está dispuesto a vender su voto sin ningún escrúpulo. Así las cosas, la democracia queda convertida en esa figura deforme y cadavérica que se asemeja a un muñeco de nieve cuando el invierno está cesando, o a uno de cera cuando es sometido al poder del fuego.



    Y para rematar, no me puedo olvidar de la pantomima de los grandes medios y del periodismo parcializado. Esta escenificación es muy parecida a la segunda, sólo que, en aquella, son las personas del común y los influenciadores baratos (en algunos casos prepagados por los mismos partidos políticos) los que comentan a través de las redes para mover opinión. Pero los periodistas de los grandes medios, los que tienen toda la parafernalia a su disposición y el contacto directo con los candidatos, hacen su agosto en las elecciones al inventarse cada uno un programa de espectáculo para ofrecer show y subir el rating, al que han decidido bautizar como “debate”. Y es en los debates donde pretenden hacer que los candidatos se saquen los trapos al sol, se rasguen las vestiduras, se radicalicen de tal forma que los electores los terminen amando con locura o despreciando con fanatismo, y hasta se declaren unos odios que parecieran ser asunto de honores familiares.

    Sólo que esta es otra parte del juego. Esos mismos que han decidido odiarse delante de las cámaras, pactan luego con el ganador y forjan las alianzas, las negociaciones del “yo te doy y tú me das”, los “acuerdos sobre lo fundamental”, porque el discurso de la “gran coalición” para sacar los proyectos adelante “por el bien de la patria” nunca pasará de moda. Apelan a aquello de “la unión hace la fuerza”, y es la unión para timar a sus electores. Cuatro años después, esos que se unieron para aprobar reformas a cambio de cargos burocráticos, volverán a ser encarnizados contradictores, y el electorado volverá a creer que ahora sí vienen los buenos, los que no se dejarán comprar por puestos. El pueblo también participa de ese juego fantasioso, y su papel, por los siglos de los siglos, será el del eterno mártir; el del sacrificado del círculo vicioso de la política.



    Mañana vuelven las elecciones y volveremos a caer. Espero que no, pero me temo que en muchas partes no hemos aprendido la lección. Por lo menos el experimento del socialismo en las tres ciudades principales ya les ha sabido a cacho a los ciudadanos, y a juzgar por las encuestas, el petrismo será sacado a patadas de allí. No así en las zonas donde la guerrilla es quien tiene el control del orden público gracias a la cesión que el Estado hizo de sus territorios para entregárselos, en lo que es una clara violación a la Constitución de la República. Pero bueno, ya sabemos que el gobierno nacional es el gobierno que le gusta a los delincuentes, ¿qué más podemos esperar?

    Por mi parte, sólo espero que sean unas elecciones limpias, transparentes, que el que gane lo haga en franca lid, porque verdaderamente esa sea la opinión de la mayoría.

    Yo sigo siendo escéptico, sobre todo con el registrador que tenemos, y teniendo en cuenta el antecedente de las pasadas elecciones, donde se demostró que hubo compra de votos, y si no me creen, que le pregunten al hijo del presidente para qué era la plata que recibió de personas de dudosa reputación.

    Amanecerá y veremos quiénes son los nuevos gobernantes y legisladores regionales. A pesar de mi escepticismo, no pierdo la esperanza de que los ciudadanos ejerzamos nuestro derecho al sufragio responsablemente. Como mínimo, que conozcamos siquiera el programa de gobierno del candidato al cual tenemos la intención de apoyar. Eso es madurez política.



    De esa madurez, y del conocimiento que se haya formado cada uno de sus respectivos representantes, nace la convicción de votar: votar por unas ideas, por unos principios que son innegociables para cada uno.

    Porque no nos queda de otra que participar en el mentado juego. Al fin y al cabo, es el único sistema que en teoría le da participación al pueblo, y el ser humano no se ha inventado nada mejor… por ahora.

    Pero si vamos a ser partícipes del juego, que sea a conciencia. De la conciencia con la que votemos depende de que estas elecciones —que son parte de nuestra frágil democracia— sean un mecanismo legítimo para enderezar nuestro proyecto de nación en lugar de ser el juego de intereses en el que, como siempre, resultan damnificados los menos interesados. A la larga, quienes venden su derecho por un plato de lentejas para seguir siendo cada vez más pobres; para quejarse en la elección siguiente de que los políticos son una mierda.

    Tienen razón, pero también ellos mismos han contribuido para que se produzca esta “cagada”.


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