Cómo tuvo que sufrir el
presidente Greco cada que el habilidoso y menudito jugador Monchito Pérez, la
estrella de la Selección Colombia, se levantaba como impulsado por un resorte y
cabeceaba al arco, y luego anotaba en lo que fue la primera victoria de
Colombia frente a Brasil por las eliminatorias al mundial. Cómo miraba con
preocupación el partido pidiendo que Monchito no convirtiera un tanto para que
nadie recordara, de momento, el secuestro del padre del futbolista a manos de los
guerrilleros amigos de Greco, tan sólo veinte días atrás.
Y Monchito no sólo convirtió
uno, sino dos goles, y la gente los celebró a rabiar, y mostraron al padre del
jugador pletórico de alegría celebrando el triunfo de su hijo y el regreso a su
hogar sano y salvo. Hubo quienes se atrevieron a bautizar ese partido como el
partido de la libertad, y a proponer los goles que el jugador anotó como los
goles contra el secuestro. Por ende, serían también los goles contra los
secuestradores, y en últimas, contra el propio presidente de la república,
amigo íntimo de tales delincuentes. Por eso él sufrió con el triunfo de la
Selección; con las anotaciones de Monchito; con la celebración del padre de
este; con la apoteosis de un pueblo que gritó el nombre de Greco para
vituperarlo cada que tuvo la oportunidad.
A Monchito lo llamaron a
Inglaterra y le dieron la nefasta noticia: su padre yacía en poder de los
Melenos (Milicia de Emancipación Patriótica, MEP), ese grupo terrorista con el
que el presidente Greco insistía en sostener conversaciones de paz a pesar de
que ellos mismos habían afirmado que pedirían sus privilegios, pero jamás
dejarían las armas.
Lo cierto es que por obra de
un milagro (¿o el pago de un rescate extorsivo?) los Melenos liberaron a don
Moncho Pérez (más conocido como Garrincha, por su admiración por la vieja
gloria del fútbol brasileño) en medio de un show mediático al que ya los
guerrilleros tienen acostumbrado al país desde la época de las “pescas
milagrosas”.
El hijo rogó al cielo todos
los días, y hasta le dedicó un gol que hizo en Inglaterra a su padre, alzándose
la camiseta para pedir por su liberación. Al fin don Garrincha fue liberado y
Monchito vino a jugar el partido contra Brasil con una motivación tremenda como
agradecimiento por la solidaridad que mostraron todos los colombianos frente a
la situación que tuvo que atravesar. Y lo pudo hacer. Con sendos golazos de
cabeza, le devolvió la esperanza a un país, no sólo de clasificar al próximo
mundial, sino de salir del fango en el que lo tiene sumido un gobierno que ya
muestra tintes dictatoriales.
Pero Monchito lo único que
hizo fue jugar bien y darle un triunfo a la Selección. Se abstuvo de dar
respuestas políticas a pesar de que algunos periodistas lo picaron. Hizo bien
en no hacerlo. Lo de Monchito es el fútbol, no la política. Del tema político
se encargó la gente en el estadio cuando miles de asistentes gritaron al
unísono: “fuera Greco, fuera Greco”. El presidente, desde su casa, se
arrellanaba en su sillón muerto de la ira, no con Monchito, sino con toda esa
multitud que lo quiere fuera del poder. Sólo que con cada gol de Monchito el
público se envalentonaba con más furia contra él.
Nada más democrático que un
estadio de fútbol. Allí se encuentran simpatizantes de todas las vertientes
políticas. Lo que sucedió la noche del jueves 16 de noviembre fue un pequeño
plebiscito, una opinión casi unánime de lo que piensan los colombianos de su
presidente. Los únicos que no aceptan la realidad de las cosas son los
grequistas consumados: “es que no todos piensan lo mismo”, manifestaron
aquellos. “Los que insultaron al presidente fueron gente pagada por Tico
Martínez y Alexis Kar, que allá estaban manipulando a las masas”, se
defendieron los fanáticos de Greco, pero la verdad es que por lo menos el 90%
de los asistentes estaban de acuerdo con el clamor.
Y si no les convence una
petición al unísono en un estadio de fútbol, al menos deberían creer en las
encuestas, en donde el mandatario ya remonta el 60% de impopularidad.
Como si fuera poco,
Marianella, la hija menor de Greco, tuvo la desfachatez de asistir al estadio.
Nadie gritó contra ella, nadie pronunció siquiera su nombre. Al que detestan
los colombianos es a su padre, pero a ella no le quedó más remedio que
retirarse del estadio, no sin antes dejarnos saber con un insulto ardido lo que
piensa de los que quieren ver fuera del poder a su progenitor: “hijueputas”.
Greco, visiblemente afectado
porque la tribuna miró a su hija mientras pedía a gritos su renuncia, los tildó
de cobardes por dirigirse a una menor indefensa. Pero nadie se metió con Marianella,
sino que más bien con ella le mandaron la razón para hacerle saber que el
pueblo lo rechaza. Tuvo más culpa el padre por permitir la exposición pública
de la niña sabiendo el desprecio que inspira él en el ciudadano del común. ¿O
acaso pensaba Greco que todavía era un presidente popular y querido?
Por si al presidente no le
quedó claro el mensaje, también se lo mandaron a decir con su señora esposa, Mónica
Alcázar, quien tuvo que salir prácticamente escoltada, porque contra ella sí
iba dirigida la rechifla y los insultos. También a ella la detesta el pueblo, y
tiene todo el derecho de hacerlo, porque es con justa razón.
Hagamos especulaciones. Si
Monchito Pérez no hubiera convertido ningún gol, si hubiera jugado mal y la
Selección Colombia hubiera sufrido una derrota apabullante, el presidente
habría pasado inadvertido. La gente se habría enfadado con los jugadores,
excepto con Monchito, que habría estado más que justificado su bajón
futbolístico. A Greco igual lo hubieran chiflado un rato, pero lo político habría
pasado a un segundo plano. En ese caso su popularidad se hubiera mantenido en
los niveles vergonzosos en los que anda desde que decidió hacerle la vida
imposible a los colombianos con sus alzas y sus reformas.
Pero la Selección ganó con dos
goles de Monchito, y el triunfo de Colombia es la derrota del presidente,
porque sin querer, este partido adquirió un matiz político. Su popularidad se
terminó de hundir y se volvió prácticamente irrecuperable. Salieron a flote los
temas del secuestro, de sus vicios, del fracaso de su paz, del aumento de la
inseguridad y de la hipocresía con la cual se han conducido los funcionarios de
este gobierno, comenzando por el presidente. El fútbol fue el caballo de
batalla para que los colombianos afloraran la rabia por su mandatario. Sólo el
hecho de haber dobleteado el precio de la gasolina y haber encarecido el costo
de vida para los más pobres es motivo suficiente para sacarlo a patadas de un
cargo al que nunca mereció llegar. Y no hablemos de todas las corruptelas y
hamponerías que se presume que ha cometido.
Si le va mal al presidente, le va bien a
Colombia. Si le va bien a Colombia, le va mal al presidente. Todo ello porque
quien dirige los destinos de la nación está haciendo lo posible por entregarla
a sus enemigos: a la criminalidad, al globalismo del catastrofismo climático, a
la dictadura socialista de sus vecinos aliados.
Por eso hay que orar para que
a Colombia le vaya bien, excelente, supremamente bien. Y no sólo en el fútbol.
No importa que eso signifique
la ruina y la derrota de su principal enemigo. No importa que para ello haya
que sacrificar a un presidente.





Ese partido sirvió para ratificar una vez más el descontento popular de los colombianos con el presidente que nunca debimos elegir.
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