Aquella noche fresca en la
ciudad de Pereira, luego de un aguacero torrencial, Rupertino Díaz se puso su
mejor camisa, se perfumó, se peinó con gel y se aventuró a la vida nocturna de
la “trasnochadora y morena” con intenciones de mitigar en algo su soledad.
Se dirigió caminando a la zona rosa, y luego de sopesar las diferentes
alternativas que le ofrecían los pregoneros de las mejores discotecas y bares,
optó por entrar a un sitio llamado “Las Oscuras Tentaciones”, una discoteca de medio
pelo que era la única que se ajustaba a su presupuesto, y en donde podía beberse
una cerveza sin la obligación de consumir un mínimo establecido de licor fuerte.
Entró al bar para tomarse solamente dos cervezas, relajarse un poco, escuchar
la presentación del grupo musical y luego marcharse para su casa antes de las
doce de la noche, con el convencimiento de que su mente estaría despejada para
la jornada de escritura que lo aguardaba al día siguiente.
Necesitaba dispersar su cabeza convertida en un hervidero de ideas sin
ninguna posibilidad de concreción en el papel. El “bloqueo del escritor” se le estaba
haciendo frecuente desde hacía bastante tiempo, y ahora su pluma dubitativa se
negaba a regalarle una mísera línea de calidad. Ello provocó el estancamiento
de su novela durante los últimos cuatro años. Cuando por fin decidió sacarla
del cajón y retomar la escritura, se dio cuenta de que aquello era un
galimatías que habría que restructurar si quería contar con una mínima
posibilidad de publicación. Su vida como escritor en ciernes se desplomaba como
un edificio implosionado, y el desespero lo condujo aquella noche a ese bar en
el que creyó que encontraría un chispazo de inspiración para continuar
adelante.
Pidió una cerveza a una joven agraciada, la cual le ofreció la carta del lugar con una amabilidad confusa, tanto, que por un momento Rupertino se sintió turbado con la sonrisa afable que le ofrecieron. Su ego se animó, y mientras la joven se dirigía a otra mesa para atender a una pareja, se percató el escritorzuelo de que ese trato simpático y afectivo era el mismo para todos los clientes. Alcanzó a ilusionarse en lo que fueron los cinco segundos más felices de toda la semana. En verdad, el desespero de este hombre por encontrar el amor habría hecho que confundiera la aparente cortesía con un atisbo de insinuación. Cuando la mesera regresó y le dejó su cerveza, Rupertino vio con desdén que ya no le sonreía, ni le sonreiría más el resto de la noche: ella había notado la orfandad de aquel pobre desamparado.
Entonces comenzó a mirar en
torno suyo, a ver si veía un rostro conocido. Absolutamente ninguno. Se fijó en
la pareja que tenía al lado de su mesa: un extranjero cincuentón y bien portado
y una mujer espectacular de redondas curvas que seguramente no debía ser su
esposa. La chica estaría rondando los 25 años a lo sumo, vestida con ropa de
marca, exhalando un perfume delicado y seductor por el que a Rupertino se le
despertaron unas ganas inmensas de intimar con aquella hembra de semejante
calibre. Pero claro, era consciente de que una mujer así no se fijaría nunca en
él. Habría que ser extranjero y de bolsillo abultado, un empresario próspero y reconocido,
un profesionista exitoso; o en el peor de los casos, que para estas mujeres
resulta ser el mejor, un anónimo de origen misterioso, vestido con galanura, arriesgado,
divertido; de aquellos que no dejan duda sobre su profesión, pero que en esos
casos es mejor simular que no se sabe la procedencia de sus recursos, y que
tampoco interesa.
Pero Rupertino apenas estaba
aspirando a ser escritor, que es la profesión menos apetecida por hembras
voluptuosas y juveniles como aquella. Ni con el equivalente a un año de su subsidio
de renta básica podría complacer los caprichos de semejante damisela cuyo
hombre no paraba de hacer reír. Sabía que era extranjero porque hablaba en un
idioma mitad español y mitad enrevesado de no se sabe qué país, y le contaba a la
mujer algún cuento gracioso sin darle tregua a sus carcajadas.
Con el paso de las horas el calor aumentó. La música moderna, la atmósfera de sensualidad, el perfume hechizante de la mujer y la ingesta del licor invadieron los sentidos de la concurrencia. Casi todos bailaban, excepto Rupertino, quien bebía absorto su cerveza en su rincón olvidado y no quitaba la vista de aquella belleza poseída por el espíritu de una pasión febril; animando al extranjero, seduciéndolo, besándolo, halagándolo, dándole entrada para que desentrañara los secretos de sus carnes tersas. Cómo hubiera querido Rupertino ser ese turista.
En el momento más esplendoroso
de la rumba sonó una canción de banda mexicana y los chiflidos de la gente no
se hicieron esperar. Alguien la había solicitado, tal vez el grupo del centro
conformado por varios hombres de panza prominente y uno que otro con sombrero.
Nada raro fuera si alguno de ellos hubiera sido del país centroamericano. El extranjero
y la mujer se sentaron en su mesa. El hombre bebió un sorbo de su whisky en las
rocas, se sobó los ojos y se paró para ir al baño, dejando por un momento a su
hembra exótica en propiedad visual del escritor de al lado.
Rupertino decidió entonces observarla
sin temor a ser descubierto, aprovechando la ausencia momentánea del galán, deseándola
con lascivia, viéndola de perfil mientras ella escribía en su celular. Discurría
en pensamientos ardientes al tiempo que su mente se adhería a un sistema de
estructuras tan racionales y lúcidas como las de un psicópata en la intención
de acometer un crimen pasional. Pero esa intención tan sólo estaba en su
cabeza, pues Rupertino carecía de la sangre para matar a una simple mosca. Fue
entonces cuando aquella criatura cósmica lo miró y a él se le heló la sangre.
La mujer le sonrió coqueta, pero el psicópata de papel se acobardó, no creyó en
esa sonrisa inalcanzable, no pudo siquiera sostenerle la mirada. Desvió los
ojos hacia otro lado sin poder darle crédito a lo que ahora escuchaban sus oídos.
—Buenas noches, caballero —lo saludó la dama.
Por supuesto, no pensó que el
saludo fuera para él, aunque la miró por reflejo y vio que las dos llamas de
unos ojos voraces lo calcinaban azarosamente. Sólo por temor de ser tomado como
un estúpido contestó el saludo:
—Buenas noches, señorita.
—Me di cuenta hace rato que me
está mirando —lo increpó desafiante.
—No, señorita. No la estoy
mirando.
—No mienta, señor. Pero no se
preocupe, no me molesta. Tampoco lo culpo, porque modestia aparte, yo sé que la
mayoría de los hombres me miran. Al contrario, me halaga mucho que un hombre
como usted fije sus ojos en mí.
— ¿Un hombre como yo? —se
interesó Rupertino.
—Sí, un hombre como usted que
parece ser muy inteligente —respondió tajante la mujer.
— ¿Acaso el señor que está con
usted no es su pareja? —preguntó ofuscado, temiendo la llegada pronta del
extranjero a la mesa.
—Sí, es un amigo. Él me
pretende, yo a veces le correspondo porque mi amigo es un gran tipo, pero voy a
ser muy franca, y antes de que él venga, espero que sea discreto.
—No me asuste, señorita —respondió
el escritor ya un poco más confiado. La señorita le sonrió, tomó su vaso de
whisky y le dedicó el trago a Rupertino.
—A mí, en realidad, me gustan
los hombres que se ven misteriosos e interesantes como usted, y por eso me
gustaría conocerlo.
Acto seguido estiró la mano para dejar en la mesa de Rupertino una tarjeta con su nombre y su teléfono: “Yolima Rendón, 3006659833”. Luego se volteó para seguir disfrutando de la noche, justo en el momento en que el extranjero salía del baño y se dirigía hacia ella. Llegó a besarle el cuello un instante, le tomó las manos y se bebió de un sorbo el resto del vaso. Mientras la abrazaba, la muchacha le guiñó un ojo a Rupertino a espaldas de su pareja, como indicándole que guardara la tarjeta discretamente y la llamara un día de estos. Este tomó la tarjeta con disimulo y se la metió en el bolsillo de su camisa. Estaba pletórico de felicidad, no lo podía creer. Nunca se imaginó que un día la vida le iba a sonreír con las mujeres, y aunque sabía que este tipo de hembras no era para enamorarse ni mantener una relación afectiva, se daría por bien servido si por lo menos concretaba para la siguiente semana una cita que terminara en una batalla de cama con esa esplendorosa creación. Bien podía marcharse a su casa tranquilo: había encontrado lo que deseaba y no haría falta ya una segunda cerveza. ¿Para qué? La inspiración le había vuelto, estaba ansioso por llegar, encender el ordenador y escribir de largo toda la noche para sacarle provecho a su mente turbada por el episodio.
Acababa de pagar la cuenta a
la joven mesera cuando notó que la mujer y el extranjero realizaban movimientos
extraños. De un momento a otro, el hombre comenzó a sentirse mal, a perder el sentido,
a verse cansado y somnoliento, frotándose los ojos una y otra vez. La mujer le
decía alguna cosa al oído, pero este parecía no reaccionar. Ambos intentaron
ponerse de pie, y el hombre flaqueó, casi yéndose al piso. La mujer, ya con una
actitud frívola, se dirigió a Rupertino y le solicitó ayuda.
—Señor, ¿me podría ayudar a
llevar a mi esposo hasta la salida? Se ha excedido de copas.
Pero Rupertino no supo en ese
momento qué era lo que debía hacer. Hacía poco menos de cinco minutos el
extranjero parecía estar bien; de hecho, había acabado de bailar una canción con
su acompañante, y no entendió cómo en un santiamén el sujeto se veía agarrado
por la ebriedad. La mujer le guiñó nuevamente el ojo a Rupertino, y con ese
guiño fue el escritor el que perdió la voluntad. Se paró de inmediato, se echó
el brazo del tipo a su cuello y lo ayudó a salir.
—Qué vergüenza —decía ella
como excusándose con los meseros y la gente del bar—. A mi esposo siempre se le
va la mano con el whisky. Gracias por ayudarme, caballero.
Lo raro es que cuando el
caballero se fijó en la mesa vecina, notó que había tan solo dos vasos de
whisky desocupados. Muy poca cantidad para embriagarse. ¿Esposo? ¿No dizque eran amigos?
Ya todo esto le olía mal a Rupertino Díaz cuando salió
a la puerta del bar con el extranjero semi inconsciente y la mujer
siguiéndolos. Afuera los esperaba un carro particular estacionado al frente.
—Es el Indriver que
pedí —le dijo la mujer para que Rupertino condujera al borrachito hasta allí y
lo acomodara. Dentro del vehículo, un hombre joven saludaba como si ya
conociera a la muchacha.
—Se emborrachó —le explicó
ella —. Vamos a dejarlo en el hotel y después volvemos.
Luego le señaló a Rupertino
para presentarlo.
—Es un amigo que acabo de
conocer en el bar. Muy gentil, me ayudó a sacarlo.
El conductor asintió sin
siquiera mirar al nuevo amigo ni ayudarlo a que acomodara al ebrio. La mujer le
habló al oído a Rupertino.
— ¿Me quieres acompañar?
— ¿Cómo dice?
—Acompáñame. Lo dejamos en la
casa y luego hablamos tú y yo.
Pero algo se removió en las entrañas
del escritor que lo hizo retroceder con desconfianza. También estaba
sintiéndose mareado y somnoliento.
—No, no, vaya, yo la espero. —le
dijo todavía con ingenuidad, aferrado a la esperanza de la aventura fácil.
—Vamos ya —ordenó ella.
—Vaya y vuelva, yo la espero…
me siento mareado.
No insistió más. Le dio la
orden al conductor de que arrancara al percatarse de que varios curiosos los
estaban mirando, y al parecer uno de los guardias de la discoteca se acercaba. La mujer se montó adelante y el carro arrancó de inmediato haciendo
chirriar las llantas. Allí se quedó Rupertino sosteniéndose la cabeza mientras
un hombre del personal de seguridad le preguntó si se sentía bien.
—Sí, estoy bien. Creo que la
cerveza me hizo daño. —respondió abrumado por la borrachera extraña.
— ¿Desea que le pida un taxi?
—No, gracias, yo me voy
caminando, mi casa queda cerca —respondió mientras se enfilaba rumbo al barrio
Corocito, donde vivía en un cuarto rentado.
En la mañana del 27 de mayo de 2023, una bandada de gallinazos alertó
sobre la presencia de un cadáver en la ribera del río Cauca, cerca al municipio
de La Virginia. Los pescadores y lugareños que avistaron el cuerpo flotando en
medio de dos troncos avisaron a las autoridades, y una hora después hicieron
presencia los técnicos forenses para hacer el respectivo levantamiento de un
cuerpo blando y putrefacto sin identificar.
La semana pasada se dio la
alarma por la desaparición del señor Theodorus De Vries, un turista de origen holandés
que había estado en la ciudad de Pereira por asuntos de trabajo, y que, según
testigos, fue visto por última vez en el bar “Las Oscuras Tentaciones” de la
ciudad de Pereira, en compañía de un hombre de unos cuarenta y ocho años de
edad, de aspecto descuidado y presumiblemente de nacionalidad colombiana, y de
una mujer joven y bonita que al parecer ofrecía sus servicios como dama de
compañía. Hasta ahora se sospecha de ambos, pero no se ha dado con el paradero
de ninguno. El último reporte de la Policía Nacional es que están buscando a
los dos presuntos asesinos. Ya pareciera que al hombre lo tuvieran
identificado, pues los indicios sugieren que se trata de un desempleado que
reside en el barrio Corocito y que se hace pasar por escritor, o por lo menos eso
responde cuando le preguntan a lo que se dedica. Al parecer es un escritor de
poca monta, ya que no tiene ninguna publicación conocida en el ambiente
literario, y menos un reconocimiento de importancia. El sospechoso responde al
nombre de Rupertino Díaz. Se ha autorizado un operativo para dar con su captura,
pues podría tratarse de un psicópata en ciernes; un impostor que se hace pasar
por escritor, pero que en realidad no ha escrito nada, y ya se sabe que un
falso escritor es tan peligroso para la sociedad como el más abyecto
delincuente.
También se supo que al turista le habían extraído todo el dinero de las cuentas bancarias, junto con su celular y sus documentos personales. Que fue víctima de una droga llamada Benzodiacepina, la cual produce efectos sedantes y actúa sobre el sistema Nervioso Central. Es una sustancia química muy traficada por la delincuencia sin ningún control. Esa noche no regresó al hostal de doña Casandra, y a esta se le hizo muy extraño. Dos días después se puso en contacto con el cuadrante de la Policía, pues el señor no aparecía y su maleta y sus pertenencias no habían sido reclamadas. Sabía que algo le había sucedido, pues este le había dicho que solo se tomaría una cerveza en la terraza del centro comercial, que no abre hasta muy tarde. Lo cierto es que jamás regresó.
Se especula que le preguntaron la clave de las tarjetas y de las cuentas de las aplicaciones del celular, y que el señor De Vries las dio sin oponer resistencia, puesto que la droga anula la voluntad. Sus cuentas aparecieron sin fondos, y las joyas y el reloj también le fueron robados. Se especula que la alta dosis del fármaco que le suministraron le produjo la muerte. Que el vehículo en el que se lo llevaron no era un servicio de Indriver, sino un cómplice de los ladrones. Que el sujeto que lo introdujo en el carro era parte de la organización y que hizo como que llegaba por su cuenta para después fingir que le ayudaba a la mujer a sacar a su “esposo”, y que luego se hacía el mareado y se iba solo. Que aún con vida, arrojaron a la víctima a una quebrada que desembocaba en el afluente del río Cauca, por los lados del municipio de La Virginia, donde finalmente murió ahogado o infartado.
Rupertino Díaz, por su parte, amaneció al día
siguiente del suceso con un agudo dolor de cabeza, pero a salvo de la emboscada
que pretendieron tenderle. No supo cómo llegó a su casa, y no recordó nada
después de que tomó la tarjeta con el teléfono de la mujer y se la guardó en el
bolsillo. Su escaso dinero estaba completo, sus documentos también. Nada le faltaba,
pero temía volver a tocar el papel con la mano, así que usó un guante de caucho
para ver si acaso estaba impregnado de alguna sustancia. Lo llevaría como
prueba a la fiscalía.
Y la verdad es que iba a
necesitar muchas pruebas de su inocencia, pues ignorante de todo lo que se
fraguaba en su contra, desconocía el verdadero motivo por el cual unos policías
fueron a requerirlo a su casa con la intención de capturarlo.








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