Con el 55,69% de la votación total
en las elecciones presidenciales de Argentina, el economista Javier Milei llegó
a la presidencia de la república el pasado domingo 19 de noviembre. Su
contendor, el actual Ministro de Economía de ese país, Sergio Massa, obtuvo el
44,3% de los comicios y reconoció su derrota.
Una derrota que no sólo es de
Massa, sino de todo el oficialismo argentino y de toda la izquierda
latinoamericana. De ahí que el motivo de felicidad sea grande, pues es un golpe
que se asesta al corazón del Socialismo del Siglo XXI, la doctrina degradante
que se ha encargado de llevar miseria, violencia y corrupción a los países
donde ha sido implementada. Gracias al cielo, el domingo 19 ganó la libertad en
Argentina; por lo tanto, ganó el pueblo.
Javier Milei se dio a conocer en
la palestra pública por ser un economista —con un estilo muy particular y original—
que daba conferencias y entrevistas acerca de la superioridad del capitalismo
como sistema económico. De allí pasó a ser invitado permanente en los programas
especializados en economía, y en no pocas veces apareció en televisión
despotricando de la “casta política”, como él la llama.
Milei ascendió
vertiginosamente en su corta carrera política porque se identificó con el
pueblo, y el pueblo se identificó con él. Su pensamiento se sintetizó en la
búsqueda de la libertad, y con ella la generación de oportunidades para todos a
través de la iniciativa privada combinada con libre mercado. Se considera un liberal-libertario
y no es un político profesional como aquellos que llevan toda la vida viviendo
de la política y usufructuando de ella, que son los mismos a los que él llama “la
casta”: no son otra cosa que los burócratas que aspiraban a mantenerse en sus
cargos mientras el kirchnerismo oficialista pudiera continuar en el poder.
Pero Milei es un hombre decente, al parecer sincero, que no se valió del pueblo para instrumentalizarlo y sacar provecho político de sus necesidades, sino que supo traducir las penurias del ciudadano: lo que necesita la Argentina es un estado austero; un manejo de la moneda no inflacionario como la dolarización, que en este punto es inevitable; y una dinamización creciente de su aparato productivo para contrarrestar la deuda, la inflación y el hueco fiscal. En otras palabras, para Milei y la mayoría de los argentinos, lo que necesita el país es recuperar su economía y retornar a un capitalismo competitivo en el que se suprima la intervención del Estado y se frenen los monopolios: competitividad pura y dura.
También necesita de una
batalla cultural para desenmascarar todas esas ideologías victimistas que le
han costado billones a la nación y que han servido para generar más burocracia
pagada con el dinero de los contribuyentes. La cantidad de presupuesto que
debiera invertirse en calmar el hambre del pueblo con generación de empleo, con
educación tecno-científica, con obras públicas, etc., en este momento se está
yendo para las arcas de los ideólogos a través de ministerios inoperantes,
imprácticos y derrochones, con los cuales el presidente electo también está en
completo desacuerdo. La mentalidad del Estado benefactor llega a su fin con
Javier Milei.
Y es que son los socialistas
del siglo XXI los únicos que lloran el triunfo de Milei porque saben que es una
derrota contundente para ellos. Llora la izquierda en Argentina y en Latinoamérica
porque se les acaba de dar uno de los peores golpes de su historia. Por fin se
ha derrotado al Foro de Sao Paulo y al Grupo de Puebla (por lo menos momentáneamente
en Argentina); esos dos engendros socialistas y parasitarios que venían de
triunfo en triunfo colocando presidentes en la región a dos manos e imponiendo su
visión de las cosas con sus falsas narrativas: esa visión de que los
victimarios son las víctimas, y las víctimas los victimarios. ¿Les suena eso en
algún país conocido?
Fue la misma Cristina
Kirchner, vicepresidente de Argentina y prácticamente la dueña del país, quien
le envió hace unos años un mensaje a sus opositores que criticaban el modelo
socialista, en el cual les decía: “Si no les gusta el modelo, armen un partido y
ganen las elecciones”. Pues bien, eso es lo que ha hecho Javier Milei: armó su
partido, ganó las elecciones y le ha callado la boca a los zurdos de mierda,
como él también los llama. ¡Y qué callada les metió!
Si permite nuevamente la
filtración de la ponzoña izquierdista, Argentina tendrá que olvidarse para
siempre de salir del fango en el que la dejaron los socialistas; de “comenzar
el fin de su decadencia”, como el mismo Milei lo ha proclamado. Si se permite
pactar con la casta, tener siquiera en cuenta su opinión, que se olviden los
hermanos argentinos de recuperar algún día su país: con la izquierda a metros.
Ellos, cuando han tenido el poder se han dedicado a despilfarrar, a llenarse
los bolsillos, a silenciar la opinión disidente, a empobrecer al pueblo coartándole
su iniciativa y despojándolo de su propiedad. Que se hagan las cosas como Milei
lo dijo en su discurso: “Dentro de la ley, todo. Fuera de la ley, nada”.
Esperamos que este nuevo
presidente electo en Argentina se dedique a reducir el Estado y a ofrecer
alternativas de solución para devolverle la esperanza a los argentinos de que
en su tierra sí se puede lograr la prosperidad y el progreso económico a través
del trabajo, el emprendimiento, la empresa privada, el comercio libre; y no de
los subsidios, la burocracia, el nepotismo, los empleos públicos como única vía
para progresar; es decir, nada que los haga depender de la voluntad de un
Estado leviatán y sus gobernantes. Que Milei haga prevalecer las ideas de la libertad.
¡VIVA LA LIBERTAD, CARAJO!






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