Viajar: aspiración suprema para
aquellos cuya rutina se ha vuelto insípida y están urgidos por romperla. Se
asocia con la ganancia del placer, con el antídoto para el estrés, con la captura
del horizonte, con el cambio y la reinvención del ser, con el nuevo punto de
partida desde un ambiente descontaminado del tedio y la repetición.
Viajar supone, para muchos, la
posibilidad de enfrentarse a situaciones de riesgo y conocer personas con las
cuales entablar relaciones que serán semilla para cosechar en el futuro.
También de conocer el amor, aunque sea efímero; de renovarse por dentro; de
hacer las paces consigo mismo. Porque es gusto de la abrumadora mayoría salir
de la zona de confort e indagar las regiones ignotas de un universo exterior
que trae consigo toda clase de sorpresas y aventuras en cada uno de sus recodos.
Es el ser humano, por su
naturaleza errante e inestable, viajero de tiempo completo a través de los
siglos y su historia. De no ser por la arcaica manía de viajar no se hubieran
descubierto continentes como el americano, ni conquistado territorios, ni
fundado pueblos, ni avanzado la civilización hasta el punto de no bastar ya la
inmensidad del planeta como límite de las más ambiciosas expediciones, porque
el hombre ha expandido las fronteras de su conocimiento y ahora precisa de
otros mundos para acometerlos.
Y precisamente eso es viajar:
arremeter contra la distancia, asaltar el tiempo y su cuenta regresiva; embestir
la paz; apresurar el comienzo de lo que no se sabe qué es; azuzar las piernas y
la mente para provocar el movimiento; apurar la despedida y prolongar una bienvenida
que en cuestión de poco será un nuevo adiós. Viajar, como lo dice un poema que
talvez nunca he leído, es vivir una nueva vida, pero también es darle sepultura
a costumbres antiguas con las que llevamos tiempo conviviendo. Todo dependerá
de lo que se necesite encontrar: algunos buscan la locura porque se sienten
asfixiados de tanta cordura, y por ello emprenden la travesía por caminos, cielos
y mares. Otros, más nostálgicos, simplemente añoramos el regreso, para lo cual
hubiera sido mejor no salir de casa.
Sólo aquellos cuyo ánimo convive
bien con la soledad, con la quietud, con las aguas calmas y con un espíritu
sedentario que no se desespera por la levedad de la vida, pueden resistir la
tentación de viajar, que en el fondo no es más que las ganas de emprender la
huida temporal hacia un paraje en el que de todas maneras los demonios de la
cotidianidad perseguirán al viajante a donde quiera que vaya.
Cierto día le preguntaron a
Sócrates acerca de un hombre que se quejaba por la inutilidad de sus
incontables viajes, pretendiendo este encontrar en ellos un bálsamo para sus
amarguras. Al ver que ningún cambio de lugar le era provechoso a este viajero,
Sócrates concluyó que aquel resultado infructuoso era de esperarse. Le dijo así
al hombre: “No sin razón te ha sucedido esto, ya que viajabas en compañía de ti
mismo”. El problema no es la ubicación del alma, sino la angustia de quien la
contiene y la hace padecer.
Séneca, por su parte, aducía que el hecho de no poder viajar no implicaba que existiera una pobreza implícita, que por demás era falsa en comparación con quienes sí podían aventurarse a la expedición. De nada servía poseer muchos bienes y haber conocido infinidad de sitios si al individuo le parecía que esos otros que ostentaban más y conocían más tenían la parte de felicidad que a este le faltaba. En otras palabras, que quienes podían surcar los mares y los cielos, atravesar las montañas y los caminos, no necesariamente tenían por qué ser más afortunados que aquellos que no lo hacían. “¿De qué te aprovechará haber escapado de tantas ciudades griegas y haber logrado huir a través de los enemigos?”, preguntaba el sabio, y luego agregaba: “Hasta la paz te procurará motivos de temor”. El juicio del filósofo con respecto a los viajes para el aspirante a la sabiduría es negativo, puesto que “el continuo cambio de lugar es un obstáculo para el aprendizaje”, y ese cambio implica falta de continuidad, inconstancia e interrupción arbitraria del proceso por el cual se llega a la perfección.
No obstante, muchos se empeñan en buscar distintos lugares y dirigirse
allá con la esperanza de ser otros al regreso. Casi nunca lo logran. Retornan
ávidos de repetir los placeres encontrados en el viaje reciente, desenfrenados
en su pasión, incontenidos en su ira, presos de los impulsos lascivos y
violentos del amor, acrecentados los vicios, confundidos en la toma de las decisiones
importantes. A duras penas el viaje ha servido para recrearse por un breve
tiempo, porque la mayoría de esos desplazamientos los conciben las personas
para obtener placer. Y ya sabemos del carácter efímero de este. Efímero e
intrascendente, pero marcado a fuego en el hemisferio de las emociones que se
quieren repetir. De ahí lo que reafirmaba el político romano de que “para el
enfermo hay que buscar un médico, no un país”.
Para Dickinson, el mejor viaje
es la lectura. “Para fugarnos de la tierra un libro es el mejor bajel; y se
viaja mejor en el poema que en el más brioso y rápido corcel”, escribió en
su poema titulado “Ensueño”. Yo también soy de este pensamiento, aunque muchas
veces, por no entender de metáforas ni de alegorías; por no comprender la
retórica de los buenos escritores; por tomar la lectura a la ligera, los
corceles de mi viaje se terminan estrellando.
No conozco hasta este momento
a ninguna persona que diga que no le gusta viajar con frecuencia, salvo quien
escribe esta entrada, y uno que otro temeroso de los peligros del desplazamiento.
Sin embargo, cuando pregunto a los dromómanos por qué no viajan más, la
respuesta suele estar asociada a dos factores incontrolables: no hay tiempo ni
dinero suficiente. Y no nos prestemos al engaño, pero en este sistema de cosas
donde todo cuesta dinero, el factor económico es sumamente decisivo a la hora
de emprender el viaje.
De ahí la frustración por la
imposibilidad del sueño propio y la envidia por la concreción del sueño ajeno
que tienen muchos al ver que unos sí logran lo que otros no han podido
realizar. Máxime cuando existen esas vitrinas burlescas para refregarle al
infeliz y al resentido la dicha que sí alcanzó el prójimo: las redes sociales.
También ahí está la
explicación del por qué en estos tiempos se viaja más en los fotomontajes que
en la realidad. Los viajes falsos engañan a los internautas desprevenidos;
generan un aparente prestigio social aun cuando todo lo que se mueve alrededor
de las imágenes y los videos publicados es parte del gran teatro del engaño.
Sea cual sea el motivo por el
que se desea viajar, no hay que olvidar que el ánimo debe mantenerse sereno aún
si no se viaja. Los miedos, las amarguras y las preocupaciones no se quedarán a
esperarnos en el sitio de partida, ni se curarán las enfermedades si no ayudamos
al cuerpo cultivando la virtud. Porque todo lo malo irá con nosotros a donde
quiera que vayamos. Y al regresar nada desaparecerá por arte de magia, sino que
estarán las tristezas en el mismo lugar en el que las dejamos momentáneamente;
es decir, en nuestro corazón. Nos puede suceder como al hombre que Sócrates
aconsejó que dejara de viajar consigo mismo, pues resultaba una muy mala
compañía.
Vuelvo a Séneca —el estoico preferido—, para cerrar esta entrada con una
reflexión final en la que se aconseja no emprender ningún viaje si antes de
lugar, no se cambia es de pensamiento, ya que… “El
andar de acá para allá no te aportará ayuda alguna; viajas, en efecto, con tus pasiones
y tus vicios te siguen. Por cierto, ¡ojalá te siguieran! Estarían más alejados:
ahora los llevas contigo, no tiras de ellos.”1
Por ello quisiera recomendar un viaje a un
lugar oscuro y lleno de imperfecciones en el que no la vamos a pasar nada bien,
pero del que seguramente volveremos transformados: un viaje al interior de
nosotros mismos.
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1. Lucio Anneo Séneca. Cartas a Lucilio. Capítulo: Los viajes no procuran ni la
sabiduría, ni la virtud. Santo Domingo. Biblioteca digital. Minerd Dominicana-Lee.





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