sábado, 30 de diciembre de 2023

En busca del tiempo perdido frente a la TV

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    De la misma manera como Rupertino Díaz terminó el año 2022, asimismo terminó el 2023: acostado en el sofá de su casa, muy seguramente viendo por televisión La Gran Fiesta de los Hogares Colombianos que conduce y dirige el reconocido presentador Jorge Barón, ya en su etapa de decadencia y senilidad.[1]

    Pero no es de don Jorge Barón, respetado señor, de quien se trata esta historia, sino del desconocido Rupertino Díaz, un insignificante ciudadano colombiano que hace parte de la misma masa ignota que se tiene que entretener con cualquier cosa el último día del año para no sentir que en realidad no sólo se está acabando un año más del calendario, sino que se le está acabando la vida completa sin haber hecho nada de provecho; yaciendo en su sofá como un autómata, día tras día desde el primero de enero del año que finalizó, y continuando así hasta el próximo 31 de diciembre, porque seguramente Rupertino destinará gran parte del nuevo año perdiendo minutos frente al televisor.

    Su niñez fue dirigida por la pantalla chica, por allá en los años ochenta, cuando presentaban los mejores dibujos animados de la historia, que sí eran buenos dibujos. En ese entonces los héroes luchaban contra el mal, cuya representación característica no venía dada por el hombre blanco capitalista heteropatriarcal y cristiano, como ahora, sino por toda clase de monstruos ambiciosos, corruptos, egoístas, destructores, rencorosos, viciosos y holgazanes que querían apoderarse del mundo, y cuya piedra en el zapato eran los héroes que Rupertino admiraba. Al final los maleantes eran vencidos y la vida afuera continuaba aparentemente normal, aunque de vez en cuando no dejaban de acechar algunos de los temores reales para los cuales no existían héroes capaces de mitigar el miedo: la bomba atómica, una guerra nuclear, la guerrilla, el narcotráfico, un secuestro, un volcán en erupción, la posibilidad de quedarse solo, etc. Rupertino creció viendo en la televisión que el mal nunca triunfaba, pero pronto se dio cuenta de que la realidad era muy diferente.   



    También en su adolescencia, desde los doce hasta los dieciocho, se la pasó acostado en un sofá muy similar, pegado al televisor, malgastando esa década de los noventa donde ya en su casa contaban con un VHS para realizar las grabaciones de los programas favoritos, de modo que el goce frente a la pantalla se pudo dar por partida doble. Fue el tiempo de las películas de alquiler, de las series juveniles y de acción los fines de semana, de los programas de concurso y de bromas en la calle, de los partidos de fútbol por el regreso de Colombia a los mundiales, de las nuevas telenovelas que trataban la problemática del país, de los magazines musicales, ahora con rock en español, y presentados por las jóvenes vedettes de la televisión, que eran las hijas de las vedettes de los años setenta. A Rupertino lo asaltaban las hormonas viendo a Angie Cepeda y a Viena Ruiz en el Calendario Sueños del 94; soñaba teniendo un romance con Carolina Acevedo, con Ana Lucía Domínguez, con la misma Carolina Gómez, Señorita Colombia. Fue la década de Natalia París y Sandra Muñoz en su mejor momento. La considerable cantidad de televisión que vio en su adolescencia precipitó la madurez sentimental de Rupertino hacia una serie de amores malogrados por creer que para conquistar mujeres bastaban los osos de peluche y las esquelas de Timoteo, tan famosas en la época. Pronto comprendió que a las únicas mujeres que les gustaban todos esos detalles romanticones y melosos eran a las de las telenovelas que él veía, y eso porque esos detalles provenían de galanes como Manolo Cardona, Naren Daryanani, Rafael Novoa, Andrés Juan, y demás, o de lo contrario también se hubieran ganado su rechazo. A Rupertino le faltaba y le seguirá faltando mucho para aspirar a ser siquiera la décima parte de un galán de telenovela. Pero no importaba, él seguía regalándole su atención al televisor, porque el televisor lo estaba maleducando y le estaba alimentando las estúpidas fantasías que luego le cobrarían con dolor en la adultez.



    Y fue en la adultez temprana donde tampoco se despegó Rupertino del aparato pérfido. El agravante fue que ya para esa época se acrecentó la televisión por cable, y Rupertino se sumió por horas pasando canales, viendo fútbol de otros países, series de otros países, divas y galanes de otros países, y todos los refritos que pasaron repetidos y que no se pudo ver en su juventud. Comenzaban los años dos mil, y Rupertino nada que se despegaba del televisor. Ya no eran dibujos animados, ni películas de alquiler, sino toda la gama de canales y más canales que no alcanzaba a dar la vuelta en una hora. Se volvió adicto al zapping y ya no miraba nada con devoción; ningún programa en particular, porque de cada canal veía un trozo y así se hizo a una idea de cómo estaba el mundo: de cada cosa atrapó un pedacito en su cerebro, llegando a los treinta años con un poco de retazos de imágenes en la mente que no le permitieron un recuerdo duradero. Y para colmo, el viejo VHS fue reemplazado por el DVD, el aparato de reproducción laser en el que no sólo podía ver videos musicales de sus artistas favoritos, sino el resto de películas que no se vio en el cine, que hasta se encontraban vigentes en cartelera, porque los DVD’s piratas se conseguían fácil en los semáforos de cualquier esquina, de modo que Rupertino no tenía excusa para pararse del sofá y dejar la abulia. Fue así como lo sorprendió una nueva década sin haber hecho nada más que mirar y mirar televisión, siempre acostado en el sofá. Ya el milenio, comenzado hacía diez años, iniciaba el tránsito a los años veinte, con la novedad de que no sería el televisor lo que tendría anclado a Rupertino a su sofá, sino el celular lo que lo tendría prisionero en cualquier lugar y a toda hora.



    Cuando llegó la marejada de los “teléfonos inteligentes”, Rupertino encontró una nueva forma de entretención. Dejó a un lado el viejo televisor porque en el internet lo encontraba todo: videos, música, fotos, chismes, y hasta amigos virtuales. Se quedaba horas y horas pegado a esa otra mini pantalla que era el celular, y de ese modo se olvidó de estudiar, de trabajar, de prepararse para el futuro. Dejó de ver las telenovelas y los programas televisivos de otros tiempos por estar husmeando la vida del prójimo. Con la aparición de las redes sociales, Rupertino encontró que la vida de los individuos comunes y corrientes era mucho más interesante que la de los héroes de las películas, y así se dedicó por entero a buscar ex novias que lo dejaron por no hacer más que mirar televisión, enemigos que se salieron con la suya y ahora estaban en mejor posición que él, ex compañeros que se dieron la gran vida y gozaban de la fama y el prestigio que Rupertino hubiera querido para sí; en fin, se dio cuenta de que la gente había avanzado con el mundo, y él seguía allí como un espectador de la vida ajena desde su móvil, sin mover un dedo para cambiar la propia. Al contrario, fue en la red donde Rupertino encontró una infinidad de posibilidades de entretenimiento, con lo cual estuvo incluso demasiado ocupado hasta para entretenerse. No podía dar abasto con tanta notificación, con tanto contenido por mirar, con tantos videos represados, con tanta información que la gente subía a diario en sus páginas y que él no alcanzaba a evacuar. Había de todo: programas informativos, conferencias, entrevistas, debates, shows de comedia, asesorías sobre cómo ligar con mujeres, películas viejas y nuevas, recomendaciones de películas y series, reseñas de las mismas, opiniones sobre libros, temáticas en general, y opiniones a las opiniones, críticas a las críticas y reacciones a las reacciones. Cada personaje particular que luego fue conocido como influencer tenía algo para decir, y Rupertino necesitaba saber qué era, pero no podía verlos a todos. Al final tuvo que escoger entre unos cuantos para que lo entretuvieran, pero se cansaba pronto y cambiaba, ya no de serie, ni de película, ni de canal de televisión, sino de canal de Youtube, de Short, de Reel, de cada pequeño fragmento de video que no duraban ni un minuto y que a Rupertino le parecían eternos, porque era mucho lo que tenía que ver. Pasaba y pasaba el dedo para continuar, uno tras otro, durante horas, hasta que en sus ojos se esbozaban los bastones negros que le tenían entorpecida la vista desde hacía tiempo. 



    Así recibió Rupertino el 2024: inmutable, improductivo, impertérrito, impotente.  Sin siquiera levantarse a mirar por la ventana los juegos pirotécnicos que estaban reventando al frente de su casa. Se mantuvo acostado en su sofá, absorto en el celular, que a veces coincidía con lo visto en el televisor, porque estos aparatos también se modernizaron para no quedarse atrás y se convirtieron en Smart Tv’s. Era imposible despegarse: streams, notificaciones, fotos de sus conocidos en lugares improbables, nuevos videos de sus Youtubers favoritos, recomendaciones para ver. No podían cerrarse sus ojos que ya ardían en el fuego azul del display del celular.

    Porque Rupertino sentía que había perdido gran parte del conocimiento del mundo mirando sólo televisión, y que esa oportunidad que se había ido le iba a hacer falta para mirar todo lo que tenía que mirar en internet, en donde estaba la verdadera entretención. Lo sorprendió el 2024 perdiendo el tiempo frente a la pantalla, y así se le iba a ir todo el año, como se le habían ido los cuarenta y tantos años anteriores, anhelando vivir la vida de los demás al tiempo que hacía todo por desvivir la suya. 




[1] A propósito del presentador, este debe ser otro de esos personajes extraños a los que no les gusta reunirse con la familia en Nochebuena y Año Nuevo, pues lleva no sé cuántos años pasando esas fechas lejos de su casa, armando la fiesta en otro toldo, con un poco de gente que ni conoce y promoviendo unos artistas que tampoco nadie conoce, o que conocen tanto, que ya nadie quiere ver. El vetusto conductor se las arregla para que los únicos dos días del año en que tenga que trabajar de manera obligatoria, sean el 24 y el 31 de diciembre. El resto del año pueden contar con él, si acaso no está discutiendo con su alter ego Jorgito, el portero de un edificio desconocido que al parecer es más añejo que el presentador y que le conoce todos los secretos. En una de esas a Jorgito le da un ataque de sinceridad y hace quedar mal a don Jorge.

 


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