sábado, 23 de diciembre de 2023

La batalla comienza por casa

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Quienes me conocen a fondo saben que en este momento hago parte (o por lo menos aspiro a ser parte) de ese grupo de “activistas” que están luchando por sus propios medios para dar la batalla cultural contra el progresismo. Y cuando hablo de los propios medios no me refiero sólo a lo económico, sino también al conjunto de dones y capacidades que mi Dios nos dio a cada uno para poder defender los principios y los valores que nos identifican a quienes estamos a favor de seguir dando dicha batalla. Es decir, cada uno aporta lo que puede aportar y de la manera en que lo puede hacer.

    Los intelectuales y los más ilustrados escriben libros; los que son buenos para la oratoria hacen debates con base en el conocimiento adquirido en esos libros; los influenciadores y otros activistas de redes sociales ponen sus canales a disposición para oficiar como difusores de las ideas, y ellos mismos también aprovechan su elocuencia y su reconocimiento para ofrecernos su punto de vista. Otros, que son buenos para el diseño y el manejo de programas de software, se dedican a hacer memes, compilaciones, ilustraciones, videos, reels, gifs, caricaturas, montajes, datos comparativos, historietas; en fin, todo lo que constituye el mundo del internet y de las redes sociales y que pueda servir como arma ideológica para esparcir las ideas. Otros escribimos columnas de opinión, unos con mayor aceptación que otros, es cierto, pero independientemente de las pocas o muchas lecturas que cada quien puede tener, de alguna manera se trata de influir con nuestras posturas a nuestro entorno más cercano, no importa que sea un nicho reducido.



    Hay quienes pintan murales, realizan manifestaciones públicas o cadenas de oración; todo depende del rol que se ocupe en este mundo para defender los valores tradicionales. Los hay quienes dictan conferencias a auditorios especializados. Otros producen cine, música, fotografía, literatura, teatro, artes diversas que contribuyen a seguir dando esta batalla en todos los frentes. No se necesita ser un experto, sino simplemente seguir el dictado del sentido común. Por ello cada cual aporta a la batalla utilizando el talento del que fue dotado por naturaleza, y de esa manera los granos de arena se van haciendo montañas.

    Pero hay una forma de aportar a la batalla cultural que a veces se menosprecia, y considero que es una de las más importantes: la educación que se imparte a los hijos en el seno del hogar. Allí está la semilla que se tiene que sembrar si en verdad queremos salvar a las generaciones venideras. Nuestra generación, al parecer, es un caso perdido.

    De nada sirve, en la intención de redireccionar la mentalidad que se cierne sobre el colectivo, la labor del intelectual que intenta aterrizar y desacralizar el discurso hegemónico; del maestro que no pretende adoctrinar con falsas y perniciosas ideologías; del escritor que está cambiando la narrativa dominante; del influenciador que no teme hablar con la verdad y sin miedo a la censura a pesar de que no aumente su cifra de seguidores; del dirigente político que quiere hacer las cosas con honestidad; del periodista que no se vende al poder; del comunicador que no contribuye a difundir la información falsa; del buen líder de opinión que no se sesga por simpatizar con sus partidarios ávidos de escuchar lo que quieren escuchar; de la figura de la farándula y el espectáculo que no teme perder popularidad por expresar una postura disidente que no está acorde con la corriente de su entorno; de nada vale la labor de ninguno de estos sujetos si no se educa al niño para que tenga un discernimiento consciente del bien y del mal, que son dos categorías tan vigentes como objetivas. Por ello el papel de los soldados de la primera línea de defensa, que son los padres, es el más importante en esta batalla cultural. Si esa primera formación que se le da al niño en su hogar paterno no va direccionada a abrazar los valores que hoy la sociedad posmoderna ha pretendido relativizar, nada se habrá sembrado en el corazón del infante, y en el futuro cosecharemos hombres semejantes a la mala hierba, como los que en efecto rigen los destinos de la humanidad.



    El primer educador es el padre de familia. El primer moldeador de la personalidad de su hijo es aquel que tiene a su cargo la responsabilidad, no sólo de procurar la manutención de este, sino además su educación moral y espiritual. Eso incluye el derecho que tiene el niño a ser disciplinado, antes que nada, para que desde su tierna infancia se vaya haciendo a la idea de que todo cuesta y que nada será fácil en este mundo al que ha venido por voluntad del Creador. Que el hombre tiene tanto deberes como derechos, y la obligación principal es ser persona de bien, para lo cual requiere una alta dosis de constancia, esfuerzo, disciplina, tenacidad, y todas las virtudes dignas de ser cultivadas, ya que no son innatas. Esa debería ser la primera lección que se le debiera dar al niño para revestirlo de una mentalidad fuerte desde temprana edad, atendiendo a ese sabio adagio que dice que hay que corregir al niño de hoy para que no llore el hombre del mañana.

    El deber, siempre el deber por delante, comenzando por el mínimo deber de hacer la cama sin falta, como bien nos lo remarca el psicólogo canadiense Jordan Peterson.



    Por ahí comienza el fundamento de toda batalla cultural: tender la cama, ordenar el cuarto, realizar los deberes domésticos, organizar la ropa, levantarse a tiempo, ser puntual, trabajar duro, no procrastinar, no ceder espacio a la pereza, no permitir los vicios; cosas tan simples y a la vez tan dificultosas de hacer, que parecieran no tener ninguna profundidad ni relevancia cuando se comparan con la tarea de emprender una batalla cultural para cambiar la mentalidad del mundo. Ahí volvemos a otra sabia y elemental frase: si no cambio yo, mi mundo no cambia. De ahí que los problemas del orbe estén más adentro de nosotros mismos que afuera. Esa guerra interna que llevamos a todas partes, que nos ha vuelto intolerantes, belicosos, narcisos, solitarios, inmanentes, es lo que está dando al traste con la humanidad. Luego nos quejamos por el mundo al revés, y se nos olvida que los que estamos al revés somos los que de alguna manera contribuimos a toda esta debacle social con nuestra permisividad ante lo que está mal y que aceptamos como normal.

    Nos hace falta un poco más de mirada crítica para rechazar aquello que a fuerza de repetición y sobreexposición hemos aceptado en vista de que la sociedad ya lo aceptó. Sobre todo, nos hace falta mucha autocrítica para con nosotros mismos, que somos seres envalentonados por la mezquindad de ver solamente los yerros ajenos y no los propios: a la hora del autoexamen resulta que cada uno es perfecto, y si acaso se equivoca, tiene una “justificación” muy grande para hacerlo. Estamos conformes con los defectos que el exterior pondera como virtudes; transamos en silencio con la mentalidad antivalores que ya hasta nos parece buena, pues la conciencia colectiva nos dice que debemos aceptarnos y querernos como somos.

    Que no nos confundan. La batalla cultural comienza a ganarse cuando reconocemos la viga de nuestro ojo y hacemos todo para quitarla de allí.



    No es aceptándonos sin condiciones, sino corrigiéndonos incesantemente como podremos aspirar a que algún día los hombres compartamos una conciencia de mejoramiento continuo en donde se rechace tajantemente todo lo que huela a la mediocridad posmodernista y victimista. Donde no haya cabida para el atentado contra la moral y las buenas costumbres que, por cierto, no son para nada subjetivas.

    Hay mucho terreno por arar, esto apenas comienza, como cuando comenzó la humanidad por allá en los albores de las cavernas; como sigue recomenzando cada vez que asiste a un período coyuntural de su historia y se encuentra con el concepto del hombre nuevo, recargado, redimido, reconstruido y todos los adjetivos que se le quiera colocar.



    Al final volvemos a trocar nuestro destino, porque de esos hombres nuevos que han nacido de cada revolución no queda más que un remedo de ser humano entregado a sus pérfidas corrupciones. De ahí la importancia de rectificar el camino ordenando primero la casa, allí donde están la familia, los hijos, los lazos, el futuro.    


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