Quienes me conocen a fondo
saben que en este momento hago parte (o por lo menos aspiro a ser parte) de ese
grupo de “activistas” que están luchando por sus propios medios para dar la
batalla cultural contra el progresismo. Y cuando hablo de los propios medios no
me refiero sólo a lo económico, sino también al conjunto de dones y capacidades
que mi Dios nos dio a cada uno para poder defender los principios y los valores
que nos identifican a quienes estamos a favor de seguir dando dicha batalla. Es
decir, cada uno aporta lo que puede aportar y de la manera en que lo puede
hacer.
Los intelectuales y los más
ilustrados escriben libros; los que son buenos para la oratoria hacen debates
con base en el conocimiento adquirido en esos libros; los influenciadores y
otros activistas de redes sociales ponen sus canales a disposición para oficiar
como difusores de las ideas, y ellos mismos también aprovechan su elocuencia y
su reconocimiento para ofrecernos su punto de vista. Otros, que son buenos para
el diseño y el manejo de programas de software, se dedican a hacer memes,
compilaciones, ilustraciones, videos, reels, gifs, caricaturas,
montajes, datos comparativos, historietas; en fin, todo lo que constituye el
mundo del internet y de las redes sociales y que pueda servir como arma
ideológica para esparcir las ideas. Otros escribimos columnas de opinión, unos
con mayor aceptación que otros, es cierto, pero independientemente de las pocas
o muchas lecturas que cada quien puede tener, de alguna manera se trata de
influir con nuestras posturas a nuestro entorno más cercano, no importa que sea
un nicho reducido.
Hay quienes pintan murales, realizan manifestaciones públicas o cadenas de oración; todo depende del rol que se ocupe en este mundo para defender los valores tradicionales. Los hay quienes dictan conferencias a auditorios especializados. Otros producen cine, música, fotografía, literatura, teatro, artes diversas que contribuyen a seguir dando esta batalla en todos los frentes. No se necesita ser un experto, sino simplemente seguir el dictado del sentido común. Por ello cada cual aporta a la batalla utilizando el talento del que fue dotado por naturaleza, y de esa manera los granos de arena se van haciendo montañas.
Pero hay una forma de aportar
a la batalla cultural que a veces se menosprecia, y considero que es una de las
más importantes: la educación que se imparte a los hijos en el seno del hogar.
Allí está la semilla que se tiene que sembrar si en verdad queremos salvar a las
generaciones venideras. Nuestra generación, al parecer, es un caso perdido.
De nada sirve, en la intención
de redireccionar la mentalidad que se cierne sobre el colectivo, la labor del
intelectual que intenta aterrizar y desacralizar el discurso hegemónico; del
maestro que no pretende adoctrinar con falsas y perniciosas ideologías; del
escritor que está cambiando la narrativa dominante; del influenciador que no teme
hablar con la verdad y sin miedo a la censura a pesar de que no aumente su
cifra de seguidores; del dirigente político que quiere hacer las cosas con
honestidad; del periodista que no se vende al poder; del comunicador que no contribuye
a difundir la información falsa; del buen líder de opinión que no se sesga por
simpatizar con sus partidarios ávidos de escuchar lo que quieren escuchar; de
la figura de la farándula y el espectáculo que no teme perder popularidad por
expresar una postura disidente que no está acorde con la corriente de su
entorno; de nada vale la labor de ninguno de estos sujetos si no se educa al
niño para que tenga un discernimiento consciente del bien y del mal, que son
dos categorías tan vigentes como objetivas. Por ello el papel de los soldados
de la primera línea de defensa, que son los padres, es el más importante en
esta batalla cultural. Si esa primera formación que se le da al niño en su hogar
paterno no va direccionada a abrazar los valores que hoy la sociedad posmoderna
ha pretendido relativizar, nada se habrá sembrado en el corazón del infante, y
en el futuro cosecharemos hombres semejantes a la mala hierba, como los que en
efecto rigen los destinos de la humanidad.
El primer educador es el padre
de familia. El primer moldeador de la personalidad de su hijo es aquel que
tiene a su cargo la responsabilidad, no sólo de procurar la manutención de este,
sino además su educación moral y espiritual. Eso incluye el derecho que tiene
el niño a ser disciplinado, antes que nada, para que desde su tierna infancia
se vaya haciendo a la idea de que todo cuesta y que nada será fácil en este mundo
al que ha venido por voluntad del Creador. Que el hombre tiene tanto deberes como
derechos, y la obligación principal es ser persona de bien, para lo cual
requiere una alta dosis de constancia, esfuerzo, disciplina, tenacidad, y todas
las virtudes dignas de ser cultivadas, ya que no son innatas. Esa debería ser
la primera lección que se le debiera dar al niño para revestirlo de una
mentalidad fuerte desde temprana edad, atendiendo a ese sabio adagio que dice
que hay que corregir al niño de hoy para que no llore el hombre del mañana.
El deber, siempre el deber por
delante, comenzando por el mínimo deber de hacer la cama sin falta, como bien
nos lo remarca el psicólogo canadiense Jordan Peterson.
Por ahí comienza el fundamento
de toda batalla cultural: tender la cama, ordenar el cuarto, realizar los
deberes domésticos, organizar la ropa, levantarse a tiempo, ser puntual,
trabajar duro, no procrastinar, no ceder espacio a la pereza, no permitir los
vicios; cosas tan simples y a la vez tan dificultosas de hacer, que parecieran
no tener ninguna profundidad ni relevancia cuando se comparan con la tarea de emprender
una batalla cultural para cambiar la mentalidad del mundo. Ahí volvemos a otra sabia
y elemental frase: si no cambio yo, mi mundo no cambia. De ahí que los
problemas del orbe estén más adentro de nosotros mismos que afuera. Esa guerra
interna que llevamos a todas partes, que nos ha vuelto intolerantes, belicosos,
narcisos, solitarios, inmanentes, es lo que está dando al traste con la
humanidad. Luego nos quejamos por el mundo al revés, y se nos olvida que los
que estamos al revés somos los que de alguna manera contribuimos a toda esta
debacle social con nuestra permisividad ante lo que está mal y que aceptamos
como normal.
Nos hace falta un poco más de
mirada crítica para rechazar aquello que a fuerza de repetición y sobreexposición
hemos aceptado en vista de que la sociedad ya lo aceptó. Sobre todo, nos hace
falta mucha autocrítica para con nosotros mismos, que somos seres
envalentonados por la mezquindad de ver solamente los yerros ajenos y no los
propios: a la hora del autoexamen resulta que cada uno es perfecto, y si acaso
se equivoca, tiene una “justificación” muy grande para hacerlo. Estamos
conformes con los defectos que el exterior pondera como virtudes; transamos en
silencio con la mentalidad antivalores que ya hasta nos parece buena, pues la
conciencia colectiva nos dice que debemos aceptarnos y querernos como somos.
Que no nos confundan. La
batalla cultural comienza a ganarse cuando reconocemos la viga de nuestro ojo y
hacemos todo para quitarla de allí.
No es aceptándonos sin condiciones,
sino corrigiéndonos incesantemente como podremos aspirar a que algún día los
hombres compartamos una conciencia de mejoramiento continuo en donde se rechace
tajantemente todo lo que huela a la mediocridad posmodernista y victimista.
Donde no haya cabida para el atentado contra la moral y las buenas costumbres
que, por cierto, no son para nada subjetivas.
Hay mucho terreno por arar,
esto apenas comienza, como cuando comenzó la humanidad por allá en los albores
de las cavernas; como sigue recomenzando cada vez que asiste a un período coyuntural
de su historia y se encuentra con el concepto del hombre nuevo, recargado,
redimido, reconstruido y todos los adjetivos que se le quiera colocar.
Al final volvemos a trocar
nuestro destino, porque de esos hombres nuevos que han nacido de cada
revolución no queda más que un remedo de ser humano entregado a sus pérfidas corrupciones.
De ahí la importancia de rectificar el camino ordenando primero la casa, allí
donde están la familia, los hijos, los lazos, el futuro.






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