sábado, 24 de febrero de 2024

La solución

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Ha llegado el momento de despedirse de lo que a Rupertino Díaz le produce tanta dicha. Se encuentra ad portas de un viaje inaplazable, obligatorio, inexcusable. Habría preferido tener que quedarse en su morada solitaria sin más compañía que la de sí mismo, pero la vida real es algo de lo cual un soñador como él no puede prescindir. Porque a pesar de su idealismo, Rupertino Díaz sigue siendo carne y hueso para alimentar.  

    La vida material tiene sus propias urgencias: el cuerpo no se puede sostener por el mero arte de la ensoñación, la reflexión, la deliberación estática que no conduce a nada. Y a veces no basta la tierra propia para satisfacer las necesidades de un organismo haragán y cómodo como el de Rupertino Díaz. Porque reza el dicho de que “nadie es profeta en su tierra”, y menos lo puede ser este taciturno individuo que en ninguna parte podría ostentar siquiera el título de adivinador.

    Sí, tarde o temprano tendría que irse de su país, pues allí no habría nada para él más que un fracaso perenne ya conocido por todos sus allegados.

    Por ello deberá dejar el único espacio en el que no se siente un forastero para ir a convertirse en uno más en tierra ajena. Y ese espacio es su amplia y espaciosa casa, de la cual es el único habitante. Su casa es su república, su palacio, su reino infalible en donde no tiene que luchar contra el invasor o el colono; es decir, contra un huésped indeseable. Una vez que sale de ella, Rupertino se convierte de inmediato en un extraño, en un bicho raro, en una especie exótica que está en el hábitat equivocado, no importa que sean las calles de su misma patria o de la ciudad que lo vio nacer las que acojan su paso cansino.


Rupertino será siempre un perro de monte mientras su humanidad esté expuesta a la mirada del otro; es decir, cuando sale de las cuatro murallas infranqueables de su fortaleza se transforma en un animal huraño que teme el ataque de los demás animales, y que sabe que una vez sea atacado, este no dudará en responder hasta que su pellejo y sus vísceras queden desperdigadas por el suelo. Es una bestia a la que se provoca fácil, pero asimismo es muy fácil de doblegar para cualquiera de sus contendientes.

    Rupertino no quisiera entrar en contacto con los demás. Le teme a la experiencia nueva, al rostro desconocido, a la pregunta de ocasión para romper el hielo, a la necesidad humana de socializar, pues se ha vuelto un ser asocial, un misántropo, un conejo arisco que escapa de cualquier prueba en la que deba entrar en contacto con la civilización y por eso se esconde en su madriguera a observarlo todo desde allí.

    Ahora que Rupertino Díaz tiene que despedirse de su casa y que no sabe si regresará, piensa que quizá el cambio de escenario echará por tierra todos sus sueños. El sueño de ser un novelista fecundo, por ejemplo, tendrá que ser sustituido por la realidad de aprender a ganarse el pan con el sudor de su frente. De modo que el tiempo que antes utilizaba para leer, releer y luego reflexionar sobre lo leído, será cosa del pasado; de ese tiempo feliz en el que en su guarida imponía su propia ley


    El tiempo, otrora un asunto que él mismo manejaba a su antojo, ahora será un tirano cruel que le prohibirá darse sus más excelsos placeres literarios. Y mucho menos le será permitido darse las licencias que le servían para su inspiración. En este nuevo país en el que pronto se radicará Rupertino, hay que levantarse ya inspirado, dispuesto a producir, sea cual sea el arte que se ejerza. Si la cuestión es que Rupertino quiere ser novelista, ya debe tener estructurada esa novela en su cabeza, prácticamente resueltos todos los problemas de sus personajes de principio a fin, porque no hay tiempo de cambiar sobre la marcha, pues a la hora de la ejecución en el procesador de texto, Rupertino deberá ser consciente de que, para alcanzar el éxito de su cometido, tendrá que escribir a razón de un número determinado de palabras por minuto. Lo importante, en el país a donde se dirige, es que la producción se mantenga, nunca pare, siempre vaya en ascenso. Si es una producción novelística, de igual forma habrá que calcularle sus tiempos y movimientos para no exceder lo presupuestado. Tendrá que escribir con base en metas cuantitativas. Cualquier desface en el logro de dichas metas reducirá la competitividad frente a los demás novelistas que sí pueden producir su arte en tiempo récord, y por tanto serán más prolíficos, más best-sellers, más reconocidos y exitosos. Si Rupertino se conduce sólo por los chispazos de la inspiración, difícilmente destacará en su arte.

    A sólo tres días de emprender el viaje, Rupertino le da una última ojeada a su casa y piensa en todo lo que va a extrañar. ¿La encontrará así de acogedora cuando regrese, si es que algún día regresa? ¿La encontrará así, tan suya, tan privada, tan exclusiva sólo para él? Lo duda mucho, porque esa casa tampoco es de su propiedad. Si no es por la caridad de sus familiares, Rupertino no podría vivir allí. Ellos tienen pensado venderla, así que él tendrá que ir pensando, en unos meses, a dónde se meterá con sus centenares de libros viejos, sus decenas de cuadernos de apuntes, sus miles de archivos y borradores de novelas impublicables. Teme que llegue el día en que tenga que tirar su trabajo de años a la basura, pero, al fin y al cabo, ha sido un trabajo yermo, infructuoso, que de nada le ha servido.



    Resignado y melancólico, Rupertino piensa que lo mejor será no perseguir quimeras. Es hora de poner los pies sobre la tierra.

    —¿Por qué no se quiere ir? —le preguntan sus amigos cuando lo ven reacio a la idea de marcharse.

    —Porque lo malo es que allá sí toca trabajar —responde sarcástico.

    —Entonces, ¿por qué no se queda?

    —Porque estoy muy viejo para seguir sin trabajar.

    —¿Y qué piensa hacer? —le preguntan de nuevo.

    —Que sea lo que Dios quiera.

    —¿Cómo se ve usted en el futuro?

    —No lo sé.

    —¿Qué piensa de la vida?

    —No la pienso.

    Quienes hablan con Rupertino sienten lástima de un pobre hombre que no tiene ni presente ni futuro, y que tal vez insiste quedarse en un pasado en el que vivió del triunfo de sus padres. Rupertino es un barco a la deriva. ¿Cómo se desenvolverá en la vida? No lo sabe. ¿Está capacitado para seguir el resto del camino solo, ya que su anciano padre ha fallecido? No, no lo está. Hay quienes quisieran ver a Rupertino sin el apoyo de su familia por el simple morbo de saber cómo se defiende sin soporte; por la dicha de verlo chapalear en el fango de la existencia. Hay quienes sienten inquina contra Rupertino porque jamás ha tenido que luchar nada para ganar algo en la vida, y de hecho nunca ha ganado nada porque todo se lo han regalado. Hay quienes lo han humillado haciéndolo sentir que vale menos porque no tiene méritos para mostrar. Será cuestión de tiempo para que a Rupertino le reviente la burbuja de jabón en la que vive. Y si bien algunos lo quieren ver aplastado por su acritud y su falta de entereza y de carácter, además de su soberbia congénita, otros simplemente no lo consideran digno de nada. Escasamente les genera un mínimo de compasión, y hasta piensan que Rupertino es uno de esos seres que le sobran a este mundo. ¿Para qué existen personas así?



    Pero Rupertino, a pesar de quienes hablan de él, de quienes se mofan de su fracaso, se ríen de su estupidez y su incompetencia para vivir en el mundo real, sabe exactamente qué es lo que quiere. Sabe qué es aquello que le da sentido a su vida: las letras. Ama ser un hombre de letras a pesar de que todavía no tiene la convicción y la disposición para ello. Le falta disciplina y mucho talento. Sin embargo, Rupertino intuye que eso es en lo único en que podría destacarse en la vida, si es que a nadie más le da por hacer lo mismo. Lo malo es que en este mundo de la emocionalidad cada habitante es un escritor innato y se cree que tiene algo interesante para decir. Así también lo cree Rupertino.

    Si no puede lograr nada, si continúa en su estado de derrota perpetua, si pierde al resto de su familia que lo subvenciona y tiene que verse obligado al hambre, a la postración, a la soledad, a la burla y a la humillación, Rupertino ya tiene cómo resolver ese problema. Ya que es un ser orgulloso y altivo, además de ser un completo inútil, él viene preparándose para cuando tenga que enfrentarse con el monstruo de la vida real. La solución, tan simple, está al alcance de su mano, en la gaveta superior de su mesita de noche.



    Todos los días, antes de ir a dormir, abre la gaveta y acaricia esa solución como si contemplara la posibilidad de implementarla. Es un revólver calibre 38 marca Colt que le compró a un viejo conocido por cuatro millones de pesos cuando el conocido tuvo que deshacerse de él, pues de hallarlo la policía, constituiría una prueba grave en su contra. Rupertino corrió el riesgo y se quedó con el artilugio. No sabe ni por qué lo compró, pero presiente que tendrá que usarlo el día menos pensado. Si al conocido vendedor no lo hubieran acribillado después en un ajuste de cuentas, muy seguramente también le hubiera pedido que le consiguiera los proyectiles.

    Por lo pronto, Rupertino se imagina que podría resolver sus problemas en el momento en que asedie el desespero. Imagina también la posibilidad de darle una mano a quienes hayan provocado su rabia y humillación. A lo mejor va a poder ayudar a mucha gente que quizá tiene problemas. Podría acortarles un tortuoso camino de sufrimiento. Porque, ante todo, hay que tener compasión por los enemigos.


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