sábado, 10 de febrero de 2024

Camino a la tiranía

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Si buscamos en el diccionario el significado de la palabra tirano, encontraremos lo siguiente:

“Tirano: dicho de una persona que obtiene contra derecho el gobierno de un Estado, especialmente si lo rige sin justicia y a medida de su voluntad. El que abusa de su poder”.[1]

    Si un gobernante, a sabiendas de que debe respetar la independencia de los poderes en una democracia constituida por las tres ramas del poder público que por mandato de la Constitución Política ejercen las funciones del Estado (ejecutivo, legislativo y judicial), insiste en presionar a uno de esos poderes para que elija el fiscal que necesita, y encima alienta a sus hordas de seguidores a que se tomen las calles y se manifiesten a las afueras del recinto donde ese poder opera, ese gobernante está pasando por encima del derecho para hacerse con el control autoritario de su país; por lo tanto, está en camino de convertirse en un tirano, si es que ya no lo es en su fuero interno.

    El pasado jueves 8 de febrero fuimos testigos en Colombia de una agresión contra el Poder Judicial por parte del Ejecutivo. El llamado del presidente de la República a sus seguidores para que salieran a manifestarse frente a las puertas de la Corte Suprema de Justicia con el fin de que esta elija pronto al fiscal de la terna propuesta por él, es una muestra clara de que el mandatario no quiere aceptar la independencia de la Corte, que debe ser autónoma en el tiempo para tomar sus decisiones. Es una muestra, también, de que no quiere respetar la Constitución que él mismo juro defender cuando se posesionó, y es un pequeño síntoma, además, de una forma de gobierno no democrático que viene desde la antigua Grecia, y la cual se conoce como tiranía.



    Un tirano es aquel que quiere imponer su poder por encima del poder de los demás. Gustavo Petro se está prefigurando en la imagen del tirano. Porque si bien en la democracia (al menos en teoría) el poder lo detenta el pueblo, en la tiranía el poder es detentado por una sola persona de manera despótica. Petro quisiera ser ese detentador único y omnipotente. No le gusta que la Corte se tome su tiempo para elegir a la fiscal de la terna de candidatas que él presentó, a las que, por cierto, el tribunal supremo todavía no le quiere dar el visto bueno. A ninguna. ¿Por qué será?

    Esto de la tiranía es un modelo arcaico en el que no necesariamente el gobernante toma el poder por la fuerza o como resultado de una lucha armada. En la mayoría de los casos, los tiranos en la historia han sido queridos en un principio por sus pueblos y han llegado al poder a través de elecciones democráticas, gracias a que aquellos supieron explotar al máximo la estrategia del populismo, que es básicamente saber conectar con las necesidades de los ciudadanos.



    Luego de ser elegido, el tirano comienza a ejecutar una serie de medidas que en un principio pueden parecer impopulares, pero que la gente intenta asimilar en razón de que “son necesarias para el bienestar del colectivo”. Después las medidas se tornan arbitrarias, demostrando así que el elegido no tiene espíritu conciliador y que no le importa pasar sobre quien sea para salirse con la suya. Posteriormente el carácter del gobernante adquiere el matiz del dictador, y en este punto la desconexión con el pueblo es total: gobierna de espaldas a la realidad y comienza la persecución a los detractores. Al final se convierte en un tirano que termina por imponer un régimen a sangre y fuego pasando por encima de la justicia, los derechos y las leyes. Esto es lo que constituye la tiranía, donde el poder es absoluto y unipersonal, mucho peor que una dictadura, aunque toda tiranía siempre es dictatorial.

    La historia de los imperios, los reinados, los países, los califatos y los estados, está plagada de tiranías. Desde los griegos hasta nuestros días, los nombres de Falaris, Nerón, Genghis Khan, Napoleón, Hitler, Mussolini, Stalin, Franco, Mao; o más recientemente los de Mengistu, Sadam Hussein, Fidel Castro, Vladimir Putin, Kim Jong-un, Xi Jinping, Daniel Ortega o Nicolás Maduro, entre otros, resuenan y resonarán en la historia como tiranos y como dictadores. No son lo mismo unos y otros, pero todo tirano es dictador, y un dictador encarnizado está a un paso de convertirse en un tirano.    

    El uso moderno de la palabra tirano se ha desfigurado de su acepción original y hoy se usa indistintamente contra un gobernante cuyas características son la arbitrariedad, el despotismo, la crueldad, la injusticia, entre otros. Se califica peyorativamente de tirano a cualquier rey o dirigente que utilice el totalitarismo como forma de gobierno, o haga uso de la aplicación de ideologías extremas. 



    Pero cuando el tirano comienza el ascenso a la cima del poder simula ser una oveja mansa y se hace querer del conglomerado. Ya instalado en su trono dictatorial, se quita la máscara y exhibe los colmillos del lobo que en realidad es. Y cuando hinca el diente en el cuello del cordero (pueblo) es demasiado tarde para removerlo del cargo. No hay mucho por hacer, pues ese tirano, a fuerza de oratoria, demagogia y victimismo, ha cooptado todos los poderes para hacerse con el poder supremo.

    Por lo general es el poder de la justicia el primero que quiere capturar, y es el que más le cuesta. Tarde o temprano lo termina logrando. Una vez el tirano detenta el control total de su país, se convierte en juez y parte; en gobierno sin oposición; en informador oficial; en dueño absoluto de los medios de comunicación, de producción, y de la propiedad privada; en el dictaminador de la opinión y en el benefactor de una sociedad que debe rendirle culto con tal de recibir su ración de alimento diario. Se convierte en el Estado mismo: todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, como decía Mussolini. Todo por el gobernante, nada contra el gobernante, ni siquiera el pensamiento.

    Volviendo al caso colombiano, hay que decir que el individuo que ocupa el cargo de presidente de la nación no es todavía un tirano ni un dictador. Ha llegado a su puesto por elección democrática y aún tiene que cogobernar con los otros dos poderes de la rama pública y las demás instituciones que mantienen en equilibrio el funcionamiento del Estado. Hay que decir que es un demócrata hasta que no se demuestre lo contrario, pero está en camino de ser un autoritario, con el agravante de convertirse en un tirano. Parece que tiene ese rumbo marcado, pues está dando todas las señas para sospechar que llevará a Colombia por el camino del totalitarismo.



    Quedó demostrado hace dos días frente a las puertas de la Corte Suprema. Hubo una asonada, una amenaza manifiesta por parte de un grupo de personas en actitud hostil que intentó entrar al recinto sin éxito, por fortuna. Pero no dejaron salir ni entrar a los magistrados de la Corte, y la presión desde las redes sociales fue que nadie entraba o salía de allí hasta que no eligieran al nuevo fiscal. Y ese intento de tomarse la Corte, con banderas del grupo terrorista M19 a bordo, nos recordó a los colombianos que en 1985 ese mismo grupo, para el cual militó el presidente, se tomó el Palacio de Justicia y quemó vivos a los magistrados. Sería fatal que la historia se repitiera por la instigación del presidente contra el poder judicial, pues esa protesta “pacífica” fue convocada por él mismo. Le urge que le nombren un fiscal sobre el cual sí pueda hacer las veces de jefe, porque a Gustavo Petro le gusta que la Fiscalía le obedezca y le investigue sólo lo que él quiere.

    Debe estar muy intranquilo el presidente ahora que su hijo está acusado de recibir dinero de ex narcos para su campaña presidencial; por haberse volado los topes electorales; por el escándalo que tiene en entredicho su gobierno con el abuso de autoridad de su mano derecha, la “zarina” Laura Sarabia, con un muerto de por medio; con el escándalo de los supuestos 15 mil millones que le consiguió Benedetti (que algo muy grave debe saber de Petro) para la campaña y que no se sabe de dónde provinieron; con el entredicho en el que se encuentra su legitimidad. Petro está asustado y no quiere que se investigue nada contra él. Por eso necesita presionar a la Corte, amenazarla con sus turbas iracundas de colectivos comprados a punta de subsidios. Por eso preferirá mil veces el camino del tirano al del demócrata.



    Por estas y otras tantas razones que los colombianos ya conocemos, se teme que este país se convierta en una dictadura. Una de izquierda, para más señas. Y de allí pasemos a la tiranía absoluta y definitiva. Porque estamos en manos de un sujeto megalómano al que le gusta que le rindan culto a la personalidad. Esa es la característica psicológica manifiesta en un tirano. El resto de su actuación como presidente pudiera enmarcarse dentro de la mera incompetencia, pero en el fondo me late que hay una aspiración a obtener el poder supremo.

    Pueda ser que no, aunque todo indica que un narciso en el poder es un tirano seguro.

 


[1] Real Academia Española. Rae.es


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