Supongamos que exista un país llamado
Colombia, y dentro de él un departamento llamado La Guajira. Supongamos que ese
departamento, en gran parte de su territorio, no cuenta con el suministro de
agua potable y sus habitantes padecen diariamente la sed, el hambre y las malas
condiciones de higiene y salubridad por todo lo que implica la falta de este
recurso vital sin el cual no es posible ningún desarrollo ni ningún progreso, y
tan siquiera es posible la vida. Supongamos que lo que estoy diciendo aquí
solamente fuera producto de la imaginación retorcida de un columnista y que en
realidad nada de eso estuviera pasando. Imaginemos entonces cuál sería la
solución para este “hipotético” desabastecimiento en una de las regiones más
abandonadas del país por parte del Estado a lo largo de su historia, y de la
cual se han lucrado los políticos para hacer campaña con su desgracia, muchos
de ellos prometiendo que, a partir del momento en que sean elegidos, los niños
de La Guajira ya no sufrirán más por la escasez de alimento y agua, ni ningún
habitante de esa cálida región, porque ellos se interesarán por erradicar ese
problema de raíz.
Si a cualquiera con dos dedos de frente le preguntan cuál sería la solución para que a La Guajira le llegue el suministro del preciado líquido, lo lógico sería responder que habría que construir primeramente un acueducto. Pero antes de eso, ubicar las fuentes hídricas que proveerán el agua para ser tratada en la planta de purificación, y no olvidar, desde luego, construir también las redes de alcantarillado, no sea que las aguas negras se rebosen e inunden los hogares.
El acueducto, sí, eso es lo que le hace
falta al 70% del departamento de La Guajira para que todos sus habitantes
cuenten con el suministro de agua potable y se reduzca significativamente el
hambre que padece esta región, pues una cosa va de la mano con la otra.
¿Por qué en tantos años no se ha construido
un acueducto medianamente decente para no sufrir esta problemática que en
definitiva conduce a la muerte de niños y ancianos? Falta de voluntad política,
diría yo, es el motivo principal: corrupción, negligencia, clientelismo, falta
de humanidad. Tal parece que a ningún dirigente nacional ni local le importa La
Guajira.
Pero supongamos que a Colombia ha llegado
un gobierno con las banderas del cambio para que todo ese suplicio se termine.
El gobierno, en cabeza de un presidente muy “iluminado”, ha invertido miles de
millones en lo que sería el primer paso de una estrategia para acabar con la
sed en La Guajira. Este paso consistió en comprar cuarenta carrotanques encargados
de repartir el agua a las zonas más vulnerables del departamento. La inversión,
de unos cuarenta mil seiscientos millones de pesos, salió por más del doble de
lo que vale un vehículo de estas características, a razón de mil quince
millones de pesos por carrotanque, que en un mercado normal tendría un precio
de unos 450 millones de pesos. Sólo que el problema requería de una solución
urgente y no se podía reparar en gastos ante el valor de la vida, que es lo que
está en juego. De modo que cuando entraron los carrotanques al departamento lo
hicieron en medio de una algazara festiva, entre pitos y maracas, y por un
momento se despertó la ilusión de un pueblo urgido que, inocente, también
celebró con júbilo la llegada del agua.
Más el agua no llegó en los camiones vacíos
que entraron a la ciudad. Parece ser que al presidente del cambio se le olvidó
que el agua no se produce por acción del pensamiento y el deseo, sino que se
necesita de un río, una quebrada o una fuente limpia para extraerla de allí y
repartirla por las zonas donde más se precisa del recurso. Y esa fuente no se
ha determinado con exactitud. Lo único de agua que tienen los carrotanques es
la marca de agua pintada en la parte posterior de algunos vehículos con la
silueta del presidente del cambio, como para que se sepa quién es el artífice
de tanta grandilocuencia.
Aparte, treinta de los cuarenta vehículos llevan
hasta hoy, 17 de febrero, varios días estacionados en un parqueadero de Uribia
sin cumplir la misión para la cual fueron adquiridos por el gobierno. La
Fiscalía ya inició investigación por presuntas irregularidades en la compra de
los mismos. Dicen desde la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de
Desastres que para el jueves 22 de febrero ya deben estar distribuyendo el agua
a las comunidades más necesitadas. Ojalá sea así.
Pese a todo, la solución salomónica de este
gobierno para la Guajira fue haber comprado los vehículos (con muchas dudas
sobre el procedimiento), pero no haberse provisto del recurso. Habría valido
más que esa inversión en carrotanques la hubieran destinado a construir el
acueducto, que es una solución definitiva.
Si la Fiscalía escudriña en los contratos
de adquisición de estos vehículos, en la empresa que los suministró y en todo
lo que se movió alrededor de esta operación, encontrará cosas bastante turbias;
tan turbias como el agua que se está consumiendo en La Guajira, que es
imposible de tomar. Para la muestra, que se investigue por qué razón el
anterior dueño de la firma que proveyó estos vehículos ya no pertenece a este
mundo: lo asesinaron hace poco, justo cuando salió a la luz el escándalo de los
cuarenta camiones comprados a sobrecosto y que no han repartido ni una gota de
agua. Cosas del gobierno de turno, diría yo. De esas cosas que sólo tienen
explicación en la realidad paralela de los funcionarios del cambio, pues en la
realidad verdadera la única explicación posible es que en todo este entramado
habita el germen pestilente de la corrupción.
De otra forma no se explicarían los asuntos
escabrosos de un contratista proveedor que fue asesinado por razones
desconocidas; de unos contratos ocultos cuyos términos no se conocen a
profundidad; de una licitación asignada a una empresa sin experiencia (conformada
en 2017 con un capital de apenas cinco millones) y cuyo objeto o razón social
es vender productos de ferretería; de unos camiones costosísimos que se
quedaron parqueados esperando a que les lloviera el agua del cielo; de un
pretexto para hacer publicidad política con el rostro del presidente y la plata
de los contribuyentes; en fin, todo lo oscuro y avieso que podría
encontrarse si se indaga con sutileza en este nuevo negociado de la corrupción del
gobierno. Lo mismo que antes, cuando las cosas no habían cambiado.
Y mientras tanto, la población en La Guajira sigue padeciendo la sed y el hambre. Algunos celebraron cuando vieron los camiones llegar, pero nunca hay que ensillar las bestias antes de comprarlas. En este caso, pareciera que compraron apenas las sillas sin la bestia, como cuando se compran carrotanques para distribuir agua, sólo que sin agua para distribuir.





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