sábado, 17 de febrero de 2024

Sedientos

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Supongamos que exista un país llamado Colombia, y dentro de él un departamento llamado La Guajira. Supongamos que ese departamento, en gran parte de su territorio, no cuenta con el suministro de agua potable y sus habitantes padecen diariamente la sed, el hambre y las malas condiciones de higiene y salubridad por todo lo que implica la falta de este recurso vital sin el cual no es posible ningún desarrollo ni ningún progreso, y tan siquiera es posible la vida. Supongamos que lo que estoy diciendo aquí solamente fuera producto de la imaginación retorcida de un columnista y que en realidad nada de eso estuviera pasando. Imaginemos entonces cuál sería la solución para este “hipotético” desabastecimiento en una de las regiones más abandonadas del país por parte del Estado a lo largo de su historia, y de la cual se han lucrado los políticos para hacer campaña con su desgracia, muchos de ellos prometiendo que, a partir del momento en que sean elegidos, los niños de La Guajira ya no sufrirán más por la escasez de alimento y agua, ni ningún habitante de esa cálida región, porque ellos se interesarán por erradicar ese problema de raíz.

    Si a cualquiera con dos dedos de frente le preguntan cuál sería la solución para que a La Guajira le llegue el suministro del preciado líquido, lo lógico sería responder que habría que construir primeramente un acueducto. Pero antes de eso, ubicar las fuentes hídricas que proveerán el agua para ser tratada en la planta de purificación, y no olvidar, desde luego, construir también las redes de alcantarillado, no sea que las aguas negras se rebosen e inunden los hogares.



    El acueducto, sí, eso es lo que le hace falta al 70% del departamento de La Guajira para que todos sus habitantes cuenten con el suministro de agua potable y se reduzca significativamente el hambre que padece esta región, pues una cosa va de la mano con la otra.

    ¿Por qué en tantos años no se ha construido un acueducto medianamente decente para no sufrir esta problemática que en definitiva conduce a la muerte de niños y ancianos? Falta de voluntad política, diría yo, es el motivo principal: corrupción, negligencia, clientelismo, falta de humanidad. Tal parece que a ningún dirigente nacional ni local le importa La Guajira.

    Pero supongamos que a Colombia ha llegado un gobierno con las banderas del cambio para que todo ese suplicio se termine. El gobierno, en cabeza de un presidente muy “iluminado”, ha invertido miles de millones en lo que sería el primer paso de una estrategia para acabar con la sed en La Guajira. Este paso consistió en comprar cuarenta carrotanques encargados de repartir el agua a las zonas más vulnerables del departamento. La inversión, de unos cuarenta mil seiscientos millones de pesos, salió por más del doble de lo que vale un vehículo de estas características, a razón de mil quince millones de pesos por carrotanque, que en un mercado normal tendría un precio de unos 450 millones de pesos. Sólo que el problema requería de una solución urgente y no se podía reparar en gastos ante el valor de la vida, que es lo que está en juego. De modo que cuando entraron los carrotanques al departamento lo hicieron en medio de una algazara festiva, entre pitos y maracas, y por un momento se despertó la ilusión de un pueblo urgido que, inocente, también celebró con júbilo la llegada del agua.



    Más el agua no llegó en los camiones vacíos que entraron a la ciudad. Parece ser que al presidente del cambio se le olvidó que el agua no se produce por acción del pensamiento y el deseo, sino que se necesita de un río, una quebrada o una fuente limpia para extraerla de allí y repartirla por las zonas donde más se precisa del recurso. Y esa fuente no se ha determinado con exactitud. Lo único de agua que tienen los carrotanques es la marca de agua pintada en la parte posterior de algunos vehículos con la silueta del presidente del cambio, como para que se sepa quién es el artífice de tanta grandilocuencia.

    Aparte, treinta de los cuarenta vehículos llevan hasta hoy, 17 de febrero, varios días estacionados en un parqueadero de Uribia sin cumplir la misión para la cual fueron adquiridos por el gobierno. La Fiscalía ya inició investigación por presuntas irregularidades en la compra de los mismos. Dicen desde la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres que para el jueves 22 de febrero ya deben estar distribuyendo el agua a las comunidades más necesitadas. Ojalá sea así.

    Pese a todo, la solución salomónica de este gobierno para la Guajira fue haber comprado los vehículos (con muchas dudas sobre el procedimiento), pero no haberse provisto del recurso. Habría valido más que esa inversión en carrotanques la hubieran destinado a construir el acueducto, que es una solución definitiva.



    Si la Fiscalía escudriña en los contratos de adquisición de estos vehículos, en la empresa que los suministró y en todo lo que se movió alrededor de esta operación, encontrará cosas bastante turbias; tan turbias como el agua que se está consumiendo en La Guajira, que es imposible de tomar. Para la muestra, que se investigue por qué razón el anterior dueño de la firma que proveyó estos vehículos ya no pertenece a este mundo: lo asesinaron hace poco, justo cuando salió a la luz el escándalo de los cuarenta camiones comprados a sobrecosto y que no han repartido ni una gota de agua. Cosas del gobierno de turno, diría yo. De esas cosas que sólo tienen explicación en la realidad paralela de los funcionarios del cambio, pues en la realidad verdadera la única explicación posible es que en todo este entramado habita el germen pestilente de la corrupción.

    De otra forma no se explicarían los asuntos escabrosos de un contratista proveedor que fue asesinado por razones desconocidas; de unos contratos ocultos cuyos términos no se conocen a profundidad; de una licitación asignada a una empresa sin experiencia (conformada en 2017 con un capital de apenas cinco millones) y cuyo objeto o razón social es vender productos de ferretería; de unos camiones costosísimos que se quedaron parqueados esperando a que les lloviera el agua del cielo; de un pretexto para hacer publicidad política con el rostro del presidente y la plata de los contribuyentes; en fin, todo lo oscuro y avieso que podría encontrarse si se indaga con sutileza en este nuevo negociado de la corrupción del gobierno. Lo mismo que antes, cuando las cosas no habían cambiado.



    Y mientras tanto, la población en La Guajira sigue padeciendo la sed y el hambre. Algunos celebraron cuando vieron los camiones llegar, pero nunca hay que ensillar las bestias antes de comprarlas. En este caso, pareciera que compraron apenas las sillas sin la bestia, como cuando se compran carrotanques para distribuir agua, sólo que sin agua para distribuir.   


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