martes, 23 de abril de 2024

Seguir marchando o tener que marcharse

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Era preciso que sucediera lo que sucedió el pasado 21 de abril para que el mundo supiera que los colombianos amamos nuestra patria, la llevamos en el corazón a pesar de estar lejos y no estamos dispuestos a entregársela al socialismo.

    La marcha de Todos fue un éxito, y eso me motiva a pensar que todavía podemos rescatar la nación de la debacle a la que la están llevando sus dirigentes. Multitudes de personas salieron a las calles a protestar como nunca se había visto en la historia. La marcha más grande de la que se tiene noticia fue aquella que se realizó el 4 de febrero de 2008 contra las Farc, pero en aquella época se dirigió contra un grupo terrorista, no contra un gobierno, como en esta ocasión.

    Las calles se desbordaron de personas que pacíficamente hicieron sus reclamos legítimos. Incluso en algunas ciudades del exterior se organizaron protestas simultáneas, sólo que las convocatorias fueron débiles y no hubo la suficiente difusión.

    No obstante, quienes no pudimos estar en nuestro país apoyamos la marcha desde afuera con todo el corazón y agradecemos a nuestros coterráneos, pues cumplieron masivamente con la cita, entre otras cosas, para exigir la renuncia del presidente a través de la vía constitucional y no a través del Golpe de Estado como lo sugiere él. Los ciudadanos salieron a marchar por racimadas, demostrando que el ilegítimo que nos gobierna perdió el control sobre las calles.



    Lo imagino junto a un vaso de whiskey o a algún otro estimulante que desconozco, viendo por los noticieros la contundente ola que pedía su salida y dando un puñetazo a la mesa, maldiciendo el éxito de la convocatoria que desde un principio quiso que fracasara, porque ya nadie lo quiere, sino que, por el contrario, todo el país lo aborrece. Sólo lo imagino.

    A lo mejor Petro no es consciente de que es la persona más detestada de Colombia. Cree que todavía estamos en campaña, que no han pasado 20 meses desde que le entregaron el bastón de mando que jamás supo cómo utilizar para bien, porque el bien nunca ha formado parte de su esencia. Le tengo una noticia, presidente: ya no estamos en 2022. Esto es 2024, y ese cambio del que tanto usted se jactó, hoy está operando en las mentes de quienes antes lo apoyaban, que por fin abrieron los ojos a una verdad que se negaron a reconocer hasta que se sintieron engañados.

    Petro ya no tiene injerencia sobre la masa. Ha perdido la credibilidad, incluso, de muchos de los que fueron sus seguidores hasta hace poco y que hoy andan apenados por la cagadita que nos hicieron. No se preocupen, ex petristas, no seremos los de este lado quienes los juzguen, pero lo importante es desasnarse; no persistir en el error. Eso sí, no se les ocurra seguir apoyando candidatos de la izquierda extrema, porque no les perdonaremos que cometan la misma brutalidad dos veces.



    Así pues, señor Petro, ¿quería que se pronunciara el Poder Constituyente para ver si le jalaban a una nueva Constitución? Pues bien, ahí tiene. El pueblo se ha manifestado con dignidad y firmeza. Los ciudadanos buenos de todas las clases (no los de la clase dominante, según usted) que ayer salieron a las calles a gritar su salida son legión, y esa legión es real, tangible, presente, incontable: es la que en verdad nos representa a los que somos pueblo. No a ese otro pueblo que sólo existe en su cabeza y que usted piensa que lo ensalza y hasta lo quiere. Ese no existe, señor Petro, por lo menos no como opinión mayoritaria. Así como no existe petrista sin contraprestación alguna. No hay petrista sin subsidio, sin contrato, sin coima, sin mermelada. No hay petrista gratis, no hay petrista por convicción. Hay que entender, señor presidente, que esta apuesta hace rato la perdió. En todo caso, no podrá salir airoso por la fuerza que inspiran sus ideales, sino por la fuerza de su represión, de paso haciéndose merecedor a un vergonzoso lugar de desprestigio en los anales de la historia. Usted, que quiso ser el gran líder latinoamericano, hoy no es más que un monigote que da lástima.

    Antes que el futuro le tenga reservado el mismo destino que le correspondió a Calígula cuando se enteró de que el pueblo lo repudiaba, tenga la dignidad de renunciar, señor Petro, pues está más que probado que a usted no sólo no le gusta El Palacio de Nariño, como lo dijo alguna vez, sino que tampoco le gusta ser el dignatario de este país sencillamente porque lo odia. A usted nunca le gustó la política para servir, sino como un medio para obtener el poder que le permitiera enriquecerse e imponer su voluntad a sangre y fuego, si es necesario. Lo suyo son las armas y la clandestinidad, señor Petro, no las altas dignidades estamentales, ni las leyes, ni las instituciones.



    Ya dejando este mensaje claro para el “señor presidente”, no queda más que seguir trabajando como ciudadanía unida para ver si tratamos de rescatar nuestro país. De Petro no esperemos nada, que igual no cambiará su posición con respecto a las reformas que nos quiere imponer y la nueva Constitución que pretende implementarnos sin importar la forma, como bien lo dijo. Él hace rato cruzó la línea de la sensatez y se aventura por las sendas de la enajenación.

    Nosotros, como personas del común, no podemos ponernos ahora con divisiones de ideologías políticas, con reproches, con señalamientos. Ya el problema lo tenemos encima, y nos atañe a todos; tanto a petristas como a antipetristas. Hay es que ver cómo hacemos para solucionar lo que por ignorancia y soberbia provocamos.

    Por ahora nos queda seguir pidiendo el juicio político. Razones hay de sobra para reclamarlo. Por ahora seguir con los ojos encima sobre el Congreso para tener en cuenta a los legisladores que aprobaron las nefastas reformas y cobrárselas en las próximas elecciones. Por ahora exigirle a las cortes que hagan justicia.



    En caso de que la situación se agrave no tendríamos de otra que ir a un gran Paro Nacional, pero recordemos que ese es el escenario favorito del ilegítimo, pues él se mueve como pez en el agua en el caos y la destrucción, de modo que hay que hacer lo posible por no llegar a esa instancia.

    Por ahora seguir rechazando con vehemencia el camino que nos quieren hacer transitar y negarnos a recorrerlo. Por ahora salir en cada marcha, cada plantón, cada convocatoria, hasta que algún día nos sea prohibido. Dicen que las marchas no sirven de nada, y pueden tener razón, con eso no vamos a cambiar el gobierno, pero vamos a empezar a cambiar como país.

    Esta batalla apenas empieza. Por ahora seguir marchando o terminar marchándonos del todo.


1 comentario:

  1. Hola juanfe. Estamos completamente de acuerdo. Lastima que la alegria durará tan poco. Porque el desgraciado, sigue haciendo lo que quiere con el País.

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