Mañana domingo, 28 de julio, hay elecciones presidenciales en Venezuela.
No, no bromeo. Yo sé que puede parecer un chiste. El país vecino hace rato que es una dictadura, pero no por ello dejan de haber votaciones en las dictaduras: votaciones arregladas, por supuesto, porque son parte del teatro de la democracia que ellos han montado.
No se necesitará esperar hasta las dos de la madrugada o más para saber quién será el próximo presidente de Venezuela por los siguientes seis años. Yo de una vez se los anticipo, y eso que no soy adivino. Sí, así como lo están pensando, el próximo presidente de Venezuela a partir del domingo se llamará Nicolás Maduro Moros. No haría falta siquiera gastar dinero en realizar esos comicios e imprimir tarjetones, porque todo está cuadrado para que el señor gane, como ha ganado desde que el otro dictador con ínfulas de Jesucristo lo legó en el poder. Así ha sido en Venezuela durante los últimos veinticinco años, y ahora más que nunca necesitan la pantomima de las elecciones para que todo parezca democracia.
El fraude ya está listo, queridos lectores. Solamente existen dos posibilidades: que gane Maduro, o que pierda Edmundo Gonzáles, el candidato que representa los intereses de la opositora María Corina Machado, y de paso al 90% de los venezolanos, según los sondeos de opinión de las redes sociales, en vista de que las grandes firmas encuestadoras contratadas por el régimen dan como ganador al sátrapa. Sólo esas dos posibilidades y todos lo sabemos.
Lo que uno se pregunta, entonces, es para qué se prestó la oposición a participar de unas elecciones que ya se vislumbran arregladas por un régimen que no está dispuesto a abandonar el poder y que seguramente será el ganador de los comicios otra vez. Uno se pregunta para qué arriesga María Corina su última carta de credibilidad si se espera un fraude, y en ese caso habrá demostrado que se prestó a un juego sucio en donde engañó a todos los ciudadanos venezolanos fungiendo como falsa oposición. Uno se pregunta si acaso la culpa del fraude será otra vez de Maduro, o de aquellos que le permitirán por enésima vez hacerlo.
Me aventuro a dar una respuesta: este domingo Nicolás Maduro volverá a salir airoso en las elecciones ante la comunidad internacional, pero no es seguro que pueda volver a ser el presidente otros seis años. Los números lo darán como contundente ganador por un amplio margen, pero la realidad podría decir otra cosa. Él sabe que el pueblo no lo aceptará. Que, ante la inminencia de la presión popular en las calles, de la cual resultaría el ignominioso baño de sangre que le prometió a los que protesten, lo mejor es que no gane, o que negocie su salida. Tendría que pagar un alto precio por su victoria y cargarse a cuestas los tantos muertos que va a provocar su represión anunciada.
Es cierto, Maduro ganará las elecciones, pero perderá el poder. Su desespero es tan patético que ha tenido que recurrir a una ridícula ceremonia brujeril utilizando un gallo para obtener la victoria; una especie de ritual carnavalesco en donde no tendría nada de extraño que los demonios que él y sus brujos invocan se regodeen en la sangre del animal como símbolo de lo que se viene para Venezuela.
Esta vez su triunfo podría sellar su más humillante derrota, así que tendrá que pensar muy bien por cuánto margen está dispuesto a derrotar a su contendor en los resultados oficiales de las urnas. La gente, cansada de sus engaños y tropelías no aceptará un nuevo triunfo suyo, y no se sabe si esta vez los militares lo acompañen. La comunidad de comunistas internacionales tampoco está dispuesta a perder su prestigio por apoyar a Maduro, pues él ya va de salida y aquellos apenas van en su carrera ascendente. Si el patriotismo aflora en la Venezuela humillada por 25 años de chavismo, es posible que la fuerza popular no le permita al dictador continuar con su revolución de pacotilla y no tenga de otra que montarse en un avión con los millones de dólares que se le robó a su pueblo y largarse para Turquía, en donde tiene otro tanto a buen recaudo.
Sí, todos sabemos que este domingo Nicolás Maduro ganará de nuevo, y esa no será la noticia. La noticia sería, en todo caso, si María Corina y su candidato tuvieran el descaro de reconocer el resultado en abierta complicidad con el régimen. “Lucharemos hasta restablecer la democracia”, dirán, pero nadie les volverá creer. ¿Con qué cara le pedirán el voto a los ciudadanos dentro de seis años? Que no se presten para esa novela de mala factura que ya todos sabemos cómo termina.
Lo otro es que el miedo paralice a los venezolanos como nos tienen paralizados a los colombianos, y nadie salga a gritar el fraude que ya tienen preparado. El baño de sangre que el carnicero anunció por si no le resulta la trampa es una amenaza muy cierta que estaría dispuesto a cumplir. No le ha temblado la mano en otras ocasiones para asesinar a su pueblo ante el silencio de la comunidad internacional. Porque los dictadores, en especial los de izquierda, no salen del poder por los votos, sino por las balas.
Por eso el dictador siente pasos de animal grande cuando ve que se ha quedado solo, sin la ayuda de sus amigos socialistas que le aconsejan que mejor se aparte, que ya es más que justo. Esta vez su jugada para ganar podría ser un tiro en el pie. Por eso Maduro no sabe qué hacer: si robarse nuevamente las elecciones o retirarse por la puerta de atrás al exilio antes que lo detengan los militares que ojalá se acuerden de la patria a último momento. Y en esa salida de negociar su dimisión, podría sacar muy buenos réditos.
Si la civilidad venezolana tiene algo de dignidad, no debería permitir que la oposición negocie nada con ese criminal. Que no se atreva María Corina como su representante a aceptar ningún diálogo con ese régimen asesino, porque ella misma sería la primera traidora de la patria. Cuidado con esa trampa. A Maduro, como a las cucarachas, no se les puede dejar libres e impunes, porque la plaga tarde o temprano vuelve a hacer su nido con la connivencia de los cobardes. Ojo con una salida negociada, trampera, politiquera. Con el mal nunca se negocia. Mejor que se vaya derrotado, que entregue el poder a las buenas o a las malas, y si prefiere salir del Palacio de Miraflores con los pies por delante antes que en un avión turco, pues será su problema, pero esta vez el pueblo no puede tolerar otro robo más de su extinta democracia.
Y existe otro escenario: que se vaya Maduro, pero que se quede Diosdado Cabello manejando los hilos de la dictadura. Porque este no es un régimen compuesto por una sola persona. Aquí hay toda una cáfila de bandidos que al final van a pedir lo suyo, y si tienen que descabezarse entre sí, no tendrán ningún reparo en hacerlo. Y casi que se podría decir que Diosdado desea la caída de Maduro para encumbrarse él como el líder único del chavismo. Podría activar el fraude y provocar el incendio en las calles para que los ciudadanos rechacen al bigotudo presidente hasta que no tenga más alternativa que irse, y entonces asumir como el pacificador, a sangre y fuego, de una nación en caos. Perpetuaría Venezuela su época terrorífica con un canalla todavía más sanguinario y despiadado, y en ese caso sería peor el remedio que la enfermedad.
Pero soñar con que Maduro se va a ir del poder en Venezuela, con que la libertad retornará a este país, es demasiado. Es mejor no esperar milagros. Yo, la verdad, creo que no pasará nada diferente a lo que ha venido sucediendo desde hace veinticinco años. Lamentablemente los ocho millones de venezolanos que han salido de su nación podrían ser diez o doce millones en los próximos años diseminados por el mundo, y a ellos, Dios no lo quiera, nos podríamos unir otros tantos millones de colombianos. La peste negra del socialismo está incubada en Latinoamérica, pero no lo queremos entender y seguimos votando por las pérfidas izquierdas.
La libertad de Venezuela es la libertad de Colombia. El golpe para Maduro sería el golpe contra ese otro dictador que nos entregó al régimen para poder llegar a la presidencia, pues si alguien financió la campaña del guerrillero colombiano, fue precisamente la dictadura con sede en Caracas. Entre otras cosas, está en juego la explotación de nuestro gas por esa maldita negociación de la Casa de Nariño con Venezuela para importar un gas que no necesitamos porque podemos producirlo a bajo costo. Está en juego nuestra soberanía energética hoy entregada a las fauces del régimen liberticida.
Espero equivocarme: ojalá que el pueblo bravío venezolano me calle la boca, o en este caso detenga las yemas de los dedos con los que tecleo este artículo al remover al sátrapa. Cada que Venezuela está ad-portas de una elección las personas terminan con un mal sabor, y me temo mucho que eso sea lo que pase.
Por eso deben estar prestos a resistir, a dar la pelea, sea con las armas de los militares o contra ellas. Es muy fácil decirlo desde la comodidad de un teclado, pero sé que es el mensaje que hay que dar. Sería ideal que las fuerzas armadas no acompañen esta vez al dictador para que no corra la sangre de nadie. Que se nieguen a obedecer su mandato de masacrar al pueblo y no disparen contra los ciudadanos que sólo piden libertad. ¿Quieren cargar con ese peso en su conciencia?
Ocho millones de venezolanos esperan regresar muy pronto a su país cuando toda esta pesadilla se termine. Hoy más que nunca el dictador se encuentra solo y debilitado y hay que aprovechar para asestarle el golpe definitivo. No esperar a que salga por su propia voluntad porque jamás sucederá. Si no es ahora, ¿cuándo?
Yo sólo espero que no tenga que repetir esta columna dentro de 25 años cambiando la palabra Venezuela por la palabra Colombia. A este paso serán dos países los prisioneros.





Es triste ver como juegan con las ilusiones de tantas personas que aunque en el fondo sabían que tendrían la posibilidad de que el gobierno les pusiera una trampa para manipular los resultados de las elecciones como realmente paso; se atrevieron a soñar con recuperar un país que aman con el corazón.
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