Mi padre fue camionero gran parte de su vida. Su pasión fueron los carros desde muy joven, cuando aun siendo un imberbe salió del campo a la ciudad para desempeñarse como latonero, y después como pintor en el taller de un concesionario. No solo fue su primer trabajo al jornal, sino también el primer peldaño de una extensa trayectoria en la que tuvo que escalar a punta de esfuerzo y trabajo duro. Más tarde alguien le enseñó a mover los vehículos dentro del taller; a parquearlos hacia adelante y en reversa para facilitar las labores al interior. Otro día se quedó viendo embelesado cómo el mecánico armaba un motor y luego lo ponía a trabajar ya instalado, revolucionándolo y explicándole a mi padre el funcionamiento de la mecánica de motores de combustión. Con el paso de los meses y algo de curiosidad y astucia de su parte, algún día resultó manejando un camión sin que nadie le enseñara formalmente, o apenas con unas cuantas instrucciones básicas. Y entonces se lanzó a la carretera y se descubrió en el nuevo oficio de chofer, como se le conocía en ese entonces a los conductores sin que se ofendieran por ello. Primero condujo un camión sencillo, pero cuando llegaron las primeras tractomulas al país, mi padre dio el salto y se desempeñó como chofer de tractomula durante muchos años.
Así fue hasta que un día logró hacerse a su propio vehículo. De ahí en adelante le sonrió la prosperidad después de muchos trasnochos y jornadas interminables recorriendo las carreteras del país, resistiendo los embates del sueño y sorteando los obstáculos y los peligros en esas faenas sin horario en las que se tenía en mente el propósito de llegar a un destino sin saber exactamente con qué se iría a encontrar en la siguiente curva. Trabajó, ahorró, tuvo una meta, y en menos de lo que creyó posible, dejó de ser camionero y pasó a ser transportista. Los años ochenta lo sorprendieron con una mini flotilla de tractomulas que le permitieron amasar una pequeña fortuna con la que ni siquiera soñó siendo niño. No fue un hombre rico, pero era más de lo que podía esperar.
Eso sí, siempre se mantuvo dentro del gremio del transporte, que fue el negocio que nos dio de comer a todos en nuestra familia y gracias al cual mi padre nos pudo sacar adelante. De manera que estoy muy familiarizado con el ambiente y el lenguaje que habla sobre fletes, planillas, despachos, cargues y descargues, repuestos, ACPM, talleres de mecánica, liquidaciones, traspasos, revisados; en fin, todas las palabras y conceptos que conciernen al transporte de carga, gremio en el que mi padre se desenvolvió con éxito la mayor parte de su vida.
Por esa razón conozco de sobra los motivos que angustian a un transportador, cuáles son sus más agobiantes presagios, cuáles sus más hondas preocupaciones.
Y aunque el transportador se vea avocado a amanecer algún día varado en carretera en un país en donde es común el asedio de los grupos criminales que se deleitan quemando tractomulas para infundir terror; aunque tenga que lidiar con vías en mal estado o arriesgarse a pasar por caminos estrechos, resbalosos, rodeados de precipicios salvajes en los que en una mala noche puede sucumbir en el vacío; aunque tenga que abusar del cuerpo porque muchas veces necesita llegar a tiempo a su destino pasando por alto el hambre y el cansancio, luchando contra el microsueño que lo lleve a un final fatal, exponiendo su vida a los accidentes que son el pan de cada día en las carreteras del país; aunque tenga que bajarse a cambiar una llanta en plena tormenta en el páramo o bajo una resolana de sol insufrible en la costa, y revolcarse en un pavimento áspero y quemante para salir de una emergencia ocasional mientras llega a un taller; aunque tenga que mantener en vilo la respiración cada vez que pasa por un lugar en donde sabe que lo pueden abordar los saqueadores de mercancías, y vaciarle la carrocería en cuestión de segundos sin saber si le dejan la opción de huir o tener enfrentarse a ellos para no ser tomado como un cómplice del robo; aunque tenga que luchar en las empresas por conseguir la mejor carga y luego verse sometido a tener que aceptar el flete más barato, rozando casi que con un viaje al límite de la pérdida porque seguramente su vehículo no es de un modelo nuevo y la carga que le dan es la más engorrosa de llevar; aunque tenga que exponer su camión, su capital sobre ruedas, a los riesgos de un negocio en el que en un mal cálculo se puede ir todo al diablo y quedar en la ruina; a pesar de todo eso, no hay amenaza más contundente para un transportador, y a nada le tiene tanto miedo, como al aumento del precio del combustible.
Ese es el fantasma que ronda su alma, y su anuncio en las disposiciones económicas del gobierno es aquello que le hace descomponerse hasta el punto de dejarle salir algunas lágrimas. Nada más escuchar en las noticias que “el gobierno autorizó un alza en el precio del galón”, y el ánimo del transportador de carga cae al piso, como derribado por un gancho propinado por un contendor inexpugnable. La gran derrota del camionero es que le suban el precio al insumo principal de su actividad: en este caso, el ACPM.
Porque el camionero, aquel que hace circular la economía del país en su vehículo seriamente estigmatizado por contribuir de modo significativo a l tráfico en las carreteras y a contaminar el medio ambiente, no quisiera subir el importe de su actividad más allá del aumento que cada año determina la Ley en lo relativo al costo de vida. El camionero quisiera que el precio del flete fuera justo, tanto para él como para los empresarios que despachan sus mercancías, y que no tuviera que subirlo más de una vez al año, sino que fuera un elemento de permanencia para poder tener la tranquilidad suficiente que se necesita para ser un buen transportador. Sólo que si se produce una subida desmedida en el precio de su materia prima, este también tendrá que cobrar más por llevar las mercancías de un lugar a otro, pues no puede trabajar a pérdida. Y en últimas, quien tiene que asumir el costo de esas alzas de combustible no es otro que el consumidor final: aquel parroquiano como cualquiera de nosotros que tiene que pagar más por los alimentos y los bienes de todo tipo.
En este sentido recuerdo a mi padre cuando se quejaba cada vez que le subían el precio a las llantas, a los repuestos, a los parqueos, a los peajes, al rodamiento, pero sobre todo al ACPM. Y luego las empresas se negaban a subirle el precio a los fletes porque aquello aumentaba los costos de su producción. De esta forma, por mucho tiempo, los transportadores tenían que tragarse el aumento y trabajar recibiendo menos utilidades, hasta que se unían a través de sus agremiados y exigían al gobierno aumentar los fletes o que les bajaran el combustible. Llegado el momento, en muchas ocasiones hubo que ir al paro: no prestaban más el servicio hasta que sus condiciones mejoraran.
Pero en los tiempos de mi padre los paros eran realmente para parar. Las tractomulas y camiones se quedaban detenidos en sus parqueaderos y todos los camioneros dejaban de trabajar. Mi padre tampoco sacaba sus vehículos, no sólo por solidaridad, sino por el peligro de que los carros que salían a prestar el servicio y que no se acogían al paro eran apedreados por los mismos compañeros de su gremio.
Sin embargo, en Colombia hizo carrera la costumbre de que los paros sean violentos. Una forma de violentarlos es a través del bloqueo de las carreteras, en este caso, con los mismos tractocamiones. Y no sólo lo han hecho los transportadores, sino también los taxistas, los indígenas, los sindicatos, los mineros, los cocaleros, y cualquier gremio o grupo que se sienta con algún poder en este país. Con el poder no sólo de privar de su servicio a la comunidad, sino también de paralizarla y limitarle su libre movilidad, lo cual es atentatorio de la Ley, y además, una injusticia latente.
Sé que mi padre, solidario con el paro, habría guardado su vehículo cuando el gremio diera la orden, pero jamás se habría prestado para obstaculizar con él la salida de una ciudad, la vía pública por donde otros, con otras urgencias y otras necesidades, también tienen que movilizarse: viajeros que deben llegar al aeropuerto a abordar un vuelo programado con meses de antelación, enfermos que necesitan llegar a un examen médico, también programado desde hace varios meses, y muchos con situaciones que no dan espera, como pacientes que necesitan hacerse su diálisis, padres de familia que van a recoger a sus niños que salen del jardín infantil, trabajadores que requieren llegar a su sitio de trabajo y no se pueden permitir la excusa del paro camionero, en fin. Como sea, tienen que llegar, y la opción de caminar horas y horas, tras de que es la más peligrosa, es la más inhumana.
Hoy, cuando los camioneros con toda razón protestan por la infame subida de $1900 al galón de combustible, el país está a las puertas de un nuevo “estallido social”, y esta vez sí que sería social, no como en 2021, que fue una toma violenta de grupos criminales urbanos de diversa índole alentada por quienes hoy están en el poder y que ya no ven con buenos ojos la protesta que en aquella ocasión decían que era “pacífica”.
Y me sigo sosteniendo en que ninguna protesta que tenga por objeto bloquear el paso de los ciudadanos puede ser pacífica, como no la está siendo la protesta de los camioneros actualmente, a pesar de que tienen toda la razón para protestar. Apoyo su causa, pero no la forma de hacerlo si tienen que impedir la libre circulación de las demás personas que están igual o más afectadas por la situación.
Seguramente muchos de los que protestan votaron por el sujeto que hoy funge como presidente, creyendo en sus promesas y en que los iba a representar porque “era un hombre que venía del pueblo”. Muchos taxistas también lo hicieron; muchos arroceros, paperos, sindicalistas. Ya que el presidente en cuestión ha resultado ser un fraude, no sé si se arrepientan de haberle dado su apoyo. El hecho es que ahora que necesitan ser escuchados, probablemente el gobernante de turno les dará la espalda.
El problema es que ahora que tocan el ACPM, los transportadores sí se decidieron a protestar, pues están tocando sus propios intereses. ¿Por qué, si su gremio es tan fuerte, no iniciaron la protesta cuando comenzó la subida de la gasolina y de paso hubieran apoyado a los taxistas, motociclistas y ciudadanos del común que requieren trabajar por medio de un vehículo? Más hubiera valido la unión de muchos gremios para hacer una protesta conjunta, donde todos los sectores del país dejaran oír su voz, y no la de un solo sector que seguramente terminará negociando con el gobierno, aceptando alzas graduales y extendidas en el tiempo para que el golpe sea menos duro de asimilar.
Así, el paro sigue sobre ruedas. Defiendo a la mayoría de los transportadores, porque al igual que le tocó a mi padre, ellos trabajan bajo las condiciones más adversas. No así a los grandes potentados del transporte que hicieron del sector otro monopolio en el que sacaron del camino a los que otrora eran los humildes camioneros como mi padre, e hicieron su fortuna convirtiéndose en otra especie de mafia.
Hay algo que no me convence del todo, y es esa terquedad por bloquear las vías que son para el uso público, perjudicando a los demás. Sospecho que los que dirigen el paro también tienen sus propios intereses, y a lo mejor no representan al camionero raso; ese que sólo tiene su carrito para trabajar, sino a un grupo poderoso que terminará pactando con el gobierno, cooptado por la magia de la chequera y la repartija, mientras en el mediano plazo el camionero de abajo, una vez más, tendrá que tragarse el sapo del aumento del ACPM, y los ciudadanos que no andamos en camión, sino a pie, tendremos que racionar nuestro consumo ante la carestía que está por venir. Al fin y al cabo, el que “paga el pato” siempre será el pueblo.






Que ameno fue leer esta columna, me transporto a aquella época en que por la casa se estacionaban las tracto mulas y los conductores bajaban para liquidarlos, entregar las planillas, recibir el adelanto para el próximo viaje o simplemente contar los pormenores de lo que les había sucedido en el trayecto del viaje casi siempre desde Pereira a la Costa Atlántica.
ResponderBorrarQue tiempos aquellos el los que la sala de la casa la usaban para llenarla de bultos de café, esperando que el precio de este aumentará para poder venderlo.
Cuantas historias aprendimos de todos aquellos conductores que por tantos años nos acompañaron y con su trabajo nos dieron una vida con muchas comodidades y siempre dirigidos por una persona que con trabajo y perseverancia logro tener una economía tan sólida que le permitió sacar adelante no solo su familia si no la familia de los conductores y de quienes tenían que ver con el gremio del transporte.
Increíble como una sola persona logro construir sus sueños y el de muchos otros.